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Su‡rez çvila, Luis. ÒPliegos de cordel, Bernardo Nœ–ez, impresor popular y su Gerineldo de El Puerto de Santa Mar’aÓ. Culturas Populares. Revista Electr—nica 3 (septiembre-diciembre 2006). http://www.culturaspopulares.org/textos3/articulos/suarez.htm ISSN: 1886-5623 |
Pliegos
de cordel, Bernardo Nœ–ez, impresor popular y su Gerineldo
de El Puerto de Santa Mar’a
Luis Su‡rez çvila
C‡tedra de Flamencolog’a y Estudios
Folkl—ricos Andaluces
A mi prima Rosa Arbol’ e Iriarte,
bibliotecaria
de la Real Academia Espa–ola de la Lengua, que
me
puso en camino de encontrar a Bernardo Nœ–ez
Resumen
Bernardo Nœ–ez fue un impresor y librero que trabaj— en C‡diz y en El
Puerto de Santa Mar’a en las dŽcadas iniciales del siglo XIX. De su negocio
salieron pliegos de cordel muy interesantes. Entre ellos, uno que contiene una
versi—n del romance de Gerineldo, contaminada con los romances de El conde Ni–o y de La condesita, de extraordinaria originalidad poŽtica.
Palabras Clave
Bernardo Nœ–ez.
Literatura de cordel. C‡diz. El Puerto de Santa Mar’a. Gerineldo. El conde Ni–o. La condesita.
Abstract
Bernardo Nœ–ez was a
printer and book seller who worked in C‡diz and El Puerto de Santa Mar’a at the
beginning of the XIX century. He made and sold very interesting chapbooks. This
paper analyses an extremely original version of the ballad of Gerineldo, that
he published mixed with the ballads of The Persecuted Lovers and of Count Sol.
Key Words
Bernardo Nœ–ez. Chapbooks. C‡diz. El Puerto de Santa Mar’a.
Gerineldo.
The Persecuted Lovers. Count Sol.
-I-
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C |
iertamente el siglo XVIII no es un buen momento para el Romancero. Desde –poco m‡s o menos– los a–os cincuenta del siglo XVII viene sufriendo el descrŽdito entre las clases cultas y vive, soterradamente, en la memoria del vulgo, que, por obra y gracia de Ò’nfimos poetasÓ, va a–adiendo a su bagaje una nueva estirpe de composiciones que llenan todo el siglo XVIII, el XIX y algunos a–os del XX. Son los llamados romances vulgares o plebeyos que nacen ya despreciados por la gente ilustrada y prohibidos por los poderes pœblicos[1].
Los viejos temas romanc’sticos dejan de interesar y, acaso, no puedan ofrecer ya ninguna respuesta a las inquietudes y gustos de la sociedad. Su misma popularidad, adquirida por los millares de pliegos sueltos que se imprimieron, contribuy— a que fueron tenidos en menos y, poco a poco, llegaran a ser ajenos a los ambientes cultivados. El œltimo pliego que contiene romances recogidos de la tradici—n oral aparece en 1605[2], fecha notable porque, alrededor de ella, el canto y los pliegos que trasmiten el romancero antiguo terminan por hacer irreconciliable su cultivo con altas capas de la sociedad y permanece, en cambio, entre la gente rœstica e iletrada, como patrimonio exclusivo de Žsta[3].
D’a a d’a, el romancero vulgar y plebeyo va invadiendo el ‡mbito popular hasta desembocar en el siglo XVIII esquivo, en que las luces dejaron a oscuras este gŽnero que posterg— y despreci—. As’, como algo mal visto, propio de gente baja y escandalosa, el romancero antiguo va discurriendo en la memoria del pueblo con muy diversa suerte y, parejamente, eclosiona una nueva especie de romances que consagra las aventuras y desventuras de valentones y taimados, las peripecias y haza–as de los bandoleros, las desgracias e infidelidades de las adœlteras, las s‡tiras contra las mujeres o los negros, las costumbres y zalamer’as de los gitanos, los casos prodigiosos, religiosos y profanos, los cr’menes m‡s abominables, sin olvidar la recreaci—n y puesta al d’a de algunos temas antiguos de los ciclos carolingios, bret—n o greco-asi‡tico[4].
TambiŽn los pliegos acogen relaciones o pasillos de comedia, refundiciones de obras en prosa y canciones sacadas de zarzuelas dieciochescas y tonadillas escŽnicas.
Los autores, a veces, son ahora conocidos. En muchas ocasiones, por af‡n de notoriedad o por simple autocomplacencia, incrustan sus nombres en sus composiciones y se salvan del anonimato que, por ejemplo, vel— la identidad de los antiguos juglares.
En la ÒcodaÓ de un romance no es raro encontrar, ahora, el nombre del autor que pide perd—n Òpor sus muchas faltasÓ, como el de Do–a Teresa de Rivera:
Y Juan Mendoza humilde
es raz—n que a todos pida
perdonen las muchas faltas
que en estos romances cifra.[5]
O
prometiendo una segunda parte, como en El esclavo de su dama:
A donde Lucas de Olmo
promete de aquesta historia
otro segundo romance
si al auditorio no enoja[6].
O
poniendo a otro –parad—jicamente ciego– por testigo de vista de la
verdad de lo narrado. As’, el autor de El molinero de Arcos:
Y ahora Pedro Mar’n
advierte que no es novela;
que por testigo de vista
pone al ciego de la pe–a[7].
A veces, bajo el t’tulo, el autor a–ade su profesi—n. Es el caso de ÒFrancisco la Ballina, cabo primero de la escuadra de MarinaÓ[8], o el que guarda su identidad con burlescos oficios como aquel Òcompuesto por un cazador de grillos y cardador de lana de tortugaÓ[9]. TambiŽn, adem‡s del nombre, en ocasiones, facilitan la fuente de donde han tomado el asunto. As’ el autor de La linda deidad de Francia, concluye:
Perdona, noble lector,
lo rœstico del estilo,
de Pedro Navarro, que es
el autor de estos corridos,
sac‡ndolos de una historia
que ha le’do en cierto libro,
que su t’tulo contiene
Victoria y triunfos de Cristo[10].
El oficio de coplero es ejercido, casi siempre, por hombres Òprivados de la vista corporalÓ, gente que los letrados rechazan y maltratan.
Sin embargo, sorprende que los autores cultos, despuŽs de haberse ejercitado en este gŽnero (tal es el caso de Quevedo que compone, una especie de romances vulgares conocidos como j‡caras) luego los anatematizan (as’ Lope en La Gatomaquia –Silva tercera–, o en el famoso Memorial de 1615 contra los copleros, desempolvado y estudiado por la profesora Mar’a Cruz Garc’a de Enterr’a)[11].
Pero reservada, finalmente, a los ciegos la composici—n y venta de romances, almanaques, calendarios, tablas de jubileos y otros papeles sueltos, hubo muchos que fingiendo ceguera se aprovecharon de este comercio. La Real Chanciller’a de Granada en provisi—n de 25 de agosto de 1789, reconoce la exclusividad a las personas privadas de la vista para ejercer estos menesteres[12].
Este tipo de romances, por esa raz—n, se llaman de ciego o, tambiŽn, de cordel, porque sus pliegos impresos se exponen a la venta colgados de cordeles en puestos y tenderetes.
La producci—n original de estos copleros que –trabajan a la parte para un impresor e incluso conviv’an, por temporadas, con ellos, como sirvientes–, a poco que tuviera visos de Žxito o prendiera el interŽs del vulgo, era copiada por impresores sin escrœpulos que hac’an ediciones fraudulentas, en tan gran nœmero, que invad’an los m‡s escondidos rincones de los dominios hisp‡nicos. En el siglo XVIII y en el XIX, igual que en la segunda mitad del XV, bien pudiera repetirse aquello del ropero Ant—n de Montoro que motejaba a Juan Poeta, recitador de obras ajenas, cuando escribe:
de arte de ciego juglar
que canta viejas haza–as,
que con un solo cantar
cala todas las Espa–as[13].
Porque, a decir verdad, los pliegos se difund’an como una autŽntica plaga. As’, por poner un ejemplo, la Historia de Carlomagno... en ocho partes, compuesta en el siglo XVIII por el coplero Juan JosŽ L—pez, se sigue imprimiendo por millones de ejemplares, hasta bien entrado el siglo XX y, no s—lo ha pasado a la tradici—n oral, sino que en Žl aprendieron a leer, a modo de cartilla, muchos hijos de vecino.
Algo parecido ha venido sucediendo con el romance del MarquŽs de Mantua que ya, en tiempos de Rodrigo Caro, sirvi— en las escuelas para ejercitar la lectura:
ÁOh noble marquŽs de M‡ntua!
quŽ de veces repetido
fue tu caso lastimero
que en la escuela deprendimos,
escribi— el utrerano[14].
Los pedagogos de finales del siglo XVIII consideraron cosa de gente baja y escandalosa el romancero. Antes, en una Real CŽdula de 21 de junio de 1767, para Òevitar las impresiones perjudiciales que resultan en el pœblico con la lectura de pron—sticos, romances de ciegos y coplas de ajusticiados, se proh’be por punto general el que se puedan imprimir tales papeles de ninguna utilidad a la pœblica instrucci—nÓ[15]. Y, aunque se aprecia una notable baja editorial, la orden no fue cumplida, lo que es evidente. Sin embargo, hay pliegos de estas fechas que carecen de toda indicaci—n de impresi—n y a–o.
En las escuelas y ÒamigasÓ se sigui— ense–ando a leer en los pliegos, a falta de otros textos m‡s baratos y asequibles. Esta situaci—n se prolonga hasta 1826, y aœn despuŽs, pese a que en aquella fecha fue impuesto como texto œnico y obligatorio el Arte de hablar de Hermosilla, quien, por cierto, considera a los romances como composiciones de metro Òbajo, familiar y tabernarioÓ[16].
Aunque los pliegos circularon en tan gran nœmero, hoy no se conserva m‡s que una m’nima parte. Se consideran, en su tiempo, tan comunes, que los que no tuvieron la suerte de ser coleccionados, o fueron tirados a la basura, o empapados en aceite, sirvieron para encender candela o, unidos entre s’, con engrudo, han sido hallados, como cart—n de relleno en algunas encuadernaciones.
Pero los que han llegado hasta hoy, presentan, muchas veces, un estado de conservaci—n lamentable. Sin guardas ni cubiertas protectoras, los pliegos pasaron de mano en mano, doblados, maltratados, manchados, rotos y con los bordes deformes.
-II-
Acaso sea ahora el momento de hablar sobre el aspecto externo de los pliegos de cordel. Rodr’guez Mo–ino tiene por pliego suelto, Òen general, un cuaderno de pocas hojas... su extensi—n var’a segœn la obra que contienen y as’, aunque al principio sirvi— como norma atenerse a lo que era en verdad un pliego, es decir una hoja de papel en su tama–o normal, doblada dos veces para obtener ocho p‡ginas, poco a poco se ha ido ensanchando el concepto y se considera como pliego suelto el cuaderno de hasta treinta y dos planas y aœn m‡sÓ[17].
Mar’a Cruz Garc’a de Enterr’a se decanta por considerar autŽnticos pliegos sueltos œnicamente Òlos cuadernillos de 2 a 16 hojas, y tambiŽn las hojas volantes impresas por un solo lado o por los dosÓ[18].
Los profesores Norton y Wilson consideran como tope hasta doce hojas[19].
Creo no equivocarme, en cuesti—n tan espinosa, si acepto como v‡lida y ÒverdaderaÓ la tesis de la profesora Garc’a de Enterr’a, pues de 2 a 16 p‡ginas, exceptuando las hojas volanderas, tiene por l’mites el plegado, en cuatro, de dos hojas de papel de tama–o ÒnaturalÓ, para conseguir ocho hojas en cuarto, o sea las diecisŽis p‡ginas. Esto como m‡ximo, porque, m‡s, como admite Rodr’guez Mo–ino, excede, con mucho, de lo que tradicionalmente es un pliego de cordel, aunque lo impreso proceda de prensas populares.
En la obra de Aguilar Pi–al tan s—lo alguno de los catalogados tiene seis hojas, y excepcionalmente doce hojas. Los dem‡s pliegos son de dos o de cuatro hojas[20]. En realidad, esto œltimo es lo comœn.
El papel empleado para su impresi—n, en nada difiere del que se utiliza para imprimir un libro cualquiera. Es cierto que, en algunos casos, los fabricantes de papel y los impresores dan el de baja calidad a los ciegos. As’, en un curioso pleito que, aunque anterior a la Žpoca que estamos estudiando llega casi hasta ella, ÒJuli‡n Paredes –se lee en una declaraci—n– vende pliegos Žl, en buen papel y da el malo a los ciegos[21]Ó. Pero estas anomal’as son comunes en el negocio de venta de literatura popular, dominada por impresores, a veces carentes de escrœpulos y, sobre todo, por el car‡cter casi mendicante de los vendedores callejeros.
En el aspecto art’stico de los pliegos, no debe ocultarse que muchos impresores populares han sido, a veces, aprendices y aun oficiales de los grandes propietarios de imprentas. El utillaje y las prensas de que disponen son Òde segunda manoÓ, material viejo, casi inservible del que se van deshaciendo los talleres. Por ello, el impresor popular carece de casi todo, menos de imaginaci—n. Con un material xilogr‡fico no muy abundante, debe componer los encabezamientos y los colofones de sus pliegos. Los grabados en madera, tacos en piezas sueltas, se combinaban, para adecuarlos, dentro de lo posible, al asunto del pliego. As’ figuras humanas, animales reales o fant‡sticos, con algœn castillo, casa, ‡rbol o palmera, van emple‡ndose tan ingeniosamente, que constituyen todo un avance o puesta en escena esquem‡tica, pero elocuente, del tema que, a seguida, va a tratar.
A continuaci—n, el impresor compone el t’tulo que, en ocasiones, es largo e intemporal. As’, en m‡s de un pliego aparece aquello de Òsucedido en el presente a–oÓ, cuando es la verdad que el mismo romance lleva reiterada e idŽnticamente impreso desde hace m‡s de medio siglo; o, como en el caso de una Canci—n Nueva de Gerineldo. Curiosa y ver’dica historia de la fuga del desarrollo del Gran Se–or de Constantinopla de la bella Enildas, Sultana favorita, con un oficial ruso, caso sucedido en el presente a–o (sigue una l’nea de puntos y sobre ella est‡ escrito a mano, con tinta) de 1830, se actualiza la fecha, cada temporada[22].
En el t’tulo, tambiŽn influyen la capacidad art’stica del impresor y sus posibilidades tipogr‡ficas. Sin embargo, en una ciudad con varios talleres, era normal el uso y prŽstamo rec’proco de tipos y xilograf’as, como patrimonio comœn de todos los impresores locales.
El cuerpo del pliego, dispuesto, generalmente, en dos columnas por plana, contiene el romance, el pasillo o las coplas.
Por œltimo, a veces, como colof—n, se colocaba una vi–eta, si hab’a sitio y, abajo y no siempre, el pie de imprenta.
Esta menci—n del impresor, el lugar, la calle donde tiene abierto el taller, y el a–o, falta en muchos pliegos antiguos que carecen de licencia o, a partir de 1767 en que se intenta transgredir la Real CŽdula de Carlos III, de 21 de julio, ya citada.
El decreto de libertad de imprenta de 10 de noviembre de 1810 y las normas, que por los avatares de la pol’tica, la restringen, terminan en 1835, fecha que interesa para nuestro prop—sito, por abolir la censura previa y establecer la obligaci—n, a todos los impresores, de poner su Ònombre, apellidos, lugar y a–o de impresi—n en todo impreso cualquiera que fuera su volumenÓ (se est‡ se–alando claramente a los pliegos de cordel). La falsedad de alguno de estos requisitos se sancionaba como la omisi—n absoluta de todos.
La organizaci—n de las imprentas estaba rigurosamente regulada por la ley. Se exig’a, en primer lugar, que el taller no estuviera establecido en s—tanos, ni subterr‡neos, sino en planta baja, abierto al pœblico y con la indicaci—n, bien visible, en la fachada, de quiŽn era su propietario. Con ello se quer’an evitar las imprentas clandestinas que pudieran producir libelos y otros impresos sediciosos. La œnica excepci—n, en la provincia de C‡diz, fue la imprenta del Hospital de la Misericordia, en la capital, que estuvo establecida en piezas interiores del edificio. Esta excepci—n fue permitida por los jueces de imprenta por ser su titular una entidad con fines benŽficos. Pero, que se sepa, ninguna otra goz— de esta prerrogativa.
En segundo lugar, toda imprenta deb’a de estar Òa cargo deÓ un responsable de los impresos, cuya relaci—n, anualmente, hab’a de facilitarse. Generalmente se trataba del propietario, pero a veces al frente de una imprenta figuraba otra persona distinta de su titular[23].
En los talleres hab’a, adem‡s, aprendices y otras personas, m‡s o menos pintorescas, que figuran como sirvientes de las que m‡s adelante hablaremos. As’, sucintamente, era el ambiente, el mundo y el aspecto exterior de los pliegos de cordel. Tal era la concepci—n de la empresa y la organizaci—n de las imprentas populares que los produjeron.
-III-
Hasta tiempos recientes, los pliegos de cordel no han sido objeto de estudio. Aunque, desde muy distintos aspectos, han ido apareciendo, desde 1966, obras dedicadas a esta parcela de la literatura popular. Julio Caro Baroja, Francisco Aguilar Pi–al, Mar’a Cruz Garc’a de Enterr’a, Joaqu’n Marco y Manuel Alvar[24], son quienes han abordado este tema desde una muy diversa orientaci—n, sin olvidar el lugar que don Agust’n Dur‡n dedica a los romances vulgares[25], y las p‡ginas magistrales de don Ram—n MenŽndez Pidal, o de don Antonio Rodr’guez-Mo–ino[26].
Es cierto que algœn autor ha venido notando una progresiva Òmeridionalizaci—nÓ del romancero[27] y que las iniciativas romanc’sticas andaluzas han tenido un extraordinario poder difusivo en otras regiones[28]. En la literatura de cordel, se apreciaron las excelentes producciones andaluzas salidas de las prensas cordobesas de un Rafael Garc’a Rodr’guez o un Fausto Garc’a Tena; de las malague–as de un FŽlix de Casas Mart’nez; de la carmonense de JosŽ Mar’a Moreno (que ten’a sucursal en ƒcija); de la de òbeda de D. C. Mart’nez...[29].
Sin embargo, El Puerto de Santa Mar’a, tan presente en el romancero (no s—lo porque aqu’ se conserva y desde aqu’ irradia, entre los gitanos, un buen nœmero de raras versiones Žpicas e hist—ricas conservadas por tradici—n oral, sino por ser nuestra ciudad top—nimo obligado y atractivo santo lugar comœn del romancero vulgar castizo, del de cautivos, e incluso del de negros) no era conocido como centro impresor de pliegos de cordel. Tan s—lo se citaban tres pliegos de cordel: dos de Roque G—mez y uno de Francisco Vicente Mu–oz, no propiamente populares, ni por los temas, ni por las imprentas en que se produjeron[30].
Sin embargo, y a modo de ejemplo, podr’an citarse otros, en que El Puerto se hace presente. As’, en los pliegos barrocos, como el que relata las rogativas que Carlos II hace a la Virgen de Atocha para que en 1681 cese la peste de M‡laga, en Sanlœcar y en El Puerto[31]; o aquel que cuenta las peripecias y victorias frente al ataque inglŽs a Rota y a El Puerto[32].
A caballo entre el siglo XVIII y el XIX han de recordarse los de la famosa Boda de negros... impresa infinidad de veces[33]; o la relaci—n del cautivo en Argel, Francisco Hern‡ndez, natural de El Puerto de Santa Mar’a[34] que tuvo un notable Žxito editorial para los impresores populares de toda Espa–a. M‡s tard’o es el Di‡logo ocurrido entre Espartero y Zurbano en El Puerto de Santa Mar’a el d’a 30 de julio del presente a–o de 1843, antes de embarcarse para Lisboa, que recrea una burlesca e imaginaria conversaci—n entre el ayacucho Zurbano y Espartero, de donde se deducen los motivos de la ca’da de Žste.
El robo de la pupila en la feria del Puerto y La feria del Puerto, entremeses de don Juan Ignacio Gonz‡lez del Castillo se imprimieron, sin su nombre, y circularon en pliegos de cordel, los a–os 1812 y 1813 y aœn despuŽs[35].
Cap’tulo aparte merecer’a el tema de los toros: La tr‡gica cogida y muerte de JosŽ C‡ndido, en la plaza de toros del Puerto de Santa Mar’a, el 24 de junio de 1771, circula en papeles taurinos y se canta, todav’a, por tradici—n oral[36].
De las prensas populares andaluzas (en los a–os 1844 y 1845), sale con un enorme Žxito el pliego titulado Entierro y boda de la Colasa y Los toros del Puerto que reœne dos composiciones muy dispares. Esta œltima, obra de Don Luis Gonz‡lez Bravo, con mœsica del se–or Salas, se cant— el 24 de diciembre de 1841, en el estreno de La zarzuela interrumpida o lo que fuere sonar‡ y desde entonces no hubo canci—n m‡s popular en todo el siglo[37]. De este gŽnero es tambiŽn la popularizada de La venta del Puerto, o Juanillo el Contrabandista, compuesta en 1847 por Mariano Fern‡ndez y puesta en mœsica por Crist—bal Oudrid, que corri— an—nima, impresa en pliegos[38].
A pesar de este representativo muestrario, f‡cilmente ampliable, El Puerto carec’a de tradici—n impresora de pliegos. Y se desconoc’a en Žl, la existencia de prensas populares.
La imprenta, en nuestra ciudad, durante el siglo XVIII, alcanz— una pujanza inusitada. Los grandes impresores portuenses: Los G—mez, Rioja y Gamboa, Francisco Vicente Mu–oz y Luis de Luque y Leyva, conocieron la Žpoca dorada de El Puerto de Santa Mar’a y aqu’ se imprimieron, no s—lo libros portuenses, sino sevillanos, gaditanos y jerezanos[39].
Durante la primera mitad del XIX, m‡s modestas, nuestras imprentas locales se reduc’an a la de R’o, la de Costas, la de Fernando Luque Leyva (que se titulaba Òla de la CiudadÓ), la de la Casa de las Cadenas, y ninguna m‡s era citada[40].
Sin embargo, hubo en nuestra ciudad por espacio de m‡s de once a–os de la primera mitad del pasado siglo, un singular impresor, Bernardo Nœ–ez, ignorado por todos, a quien descubr’ en el escueto pie de imprenta de un pliego de cordel: ÒPuerto de Santa Mar’a: Imprenta de B. Nu–ez, calle de Palacios, nœm. 43Ó, rezaba. La existencia de este pliego, constatada por m’ en una fotocopia que hay en el Archivo MenŽndez Pidal[41], me hizo pensar en la posibilidad de otros del mismo impresor. As’ fue.
En la Biblioteca Nacional se conservan coleccionados y encuadernados, con otros muchos, varios pliegos –los œnicos que, por ahora, he hallado– de nuestro Bernardo Nœ–ez[42].
Pero el nombre de su providencial coleccionista no debe pasar por alto. Se trata de don Luis Usoz y R’o, uno de nuestros m‡s preclaros heterodoxos y bibli—filos del ochocientos. Amigo de Borrow, con quien comparti— sus tareas de divulgaci—n de la Biblia; amigo de EstŽbanez Calder—n, de Pascual de Gayangos, de BartolomŽ JosŽ Gallardo, de Agust’n Dur‡n..., reuni— una inmensa y escogida biblioteca que, a su muerte, en 1865, leg— a la Nacional de Madrid. Entre esos valios’simos volœmenes se hallaba el que conten’a los humildes y recientes pliegos del impresor popular de El Puerto[43]. Gracias, por tanto, al celo de Usoz, se conservaron. Ello ha permitido, no s—lo inquietarme por curiosear la vida y milagros de B. Nœ–ez –un gran desconocido–, sino estudiar sus pliegos y, sobre todo y en particular, su Jerineldos, singular’sima obra de la literatura de cordel.
-IV-
No ha sido f‡cil arrancar en la tarea de reconstruir la biograf’a de Bernardo Nœ–ez. En primer lugar porque el punto de partida era una inicial: B (ÀBartolomŽ, BernabŽ, Buenaventura, Bernardo...?); y en segundo lugar, porque, dilucidado el enigma, y contando con los datos de Nœ–ez –impresor-Puerto Santa Mar’a-Palacios 43–, afloraban, al menos, dos personas –y, a veces, hasta cuatro– libreros de ese nombre. Tama–a confusi—n la originaba el uso como segundo apellido el de G—mez o el de ViruŽs, indiscriminadamente, por uno de ellos, y la omnipresencia del mismo en Larga 10, Larga 26, Larga 41 y, muy al final, en Palacios 43. El que fueran coet‡neos agravaba el problema, pero, al fin, luego de haber buceado en la documentaci—n de que, en principio, se dispon’a y, sobre todo, dando tiempo al tiempo, pude sospechar, que eran padre e hijo, ambos libreros y este œltimo, adem‡s, encuadernador e impresor.
Bernardo Lorenzo Nœ–ez G—mez (o ViruŽs, que tambiŽn us— este segundo apellido de su madre), naci— en C‡diz el 2 de marzo de 1789 y se bautiz— el mismo d’a, signo inequ’voco de que su vida peligr— en los primeros momentos[44].
Sus padres, don Bernardo JosŽ Nœ–ez Rosa (Ònatural de la Corte de Lisboa, del Reyno de PortugalÓ) y do–a Isabel G—mez ViruŽs (de Las Cabezas de San Juan) se hab’an casado en C‡diz el 7 de agosto de 1787[45].
Bernardo JosŽ, reciŽn llegado de Lisboa, se instal— en la capital gaditana como librero. Su establecimiento de la calle de la Pelota debi— de estar acreditado y muy bien surtido, porque nos consta que export— libros a ultramar. A don Juan Bautista Vilaseca, Òresidente en el puerto de la Habana, Capital de la Isla de BarloventoÓ; a don JosŽ Humanes, residente en Lima y a don Manuel Arizpe, hab’a mandado varios cajones de libros que, en 1800, el 24 de agosto, aœn no ha cobrado, segœn declara en su testamento. Por cierto que, al otorgarlo, consigna que se halla Ògravemente enfermoÓ, es de suponer que de fiebre amarilla, epidemia que en el mes de agosto de ese a–o alcanz— especial virulencia[46]. Sospecho, sin que lo haya podido confirmar, que su esposa, Isabel G—mez, falleci— como consecuencia de esta enfermedad, pues a partir de 1800, est‡ viudo.
En 1816, Bernardo JosŽ, con su œnico hijo, Bernardo Lorenzo –aunque tuvo otros Òque murieron en la menor edadÓ– se traslada a El Puerto. Aqu’, ese propio a–o, el 15 de julio, contrae segundas nupcias con Josefa Bela, natural de esta ciudad. Su nueva esposa debi— ser sobrina de su primera suegra –hija de un hermano de Žsta– pues por breve de S. S. Ha de dispensarle el impedimento de parentesco Òen 2¼ con tercer grado por una parte, y de 3¼ con cuarto por otra de afinidadÓ[47]. De este matrimonio tiene dos hijos: JosŽ Mar’a y Manuel.
En esta etapa portuense, establece su librer’a en la calle Larga, 18[48], aunque mantiene la de C‡diz, asoci‡ndose con un tal Picardo[49]. En nuestra ciudad tan solo halla competencia en otra librer’a instalada en el nœmero 45 de la misma calle, la de Palau y C’a., titularidad que perdura hasta 1846, en que se traspasa a D. Rafael Bermœdez de Castro[50].
Bernardo Lorenzo debi— llevar una convivencia dif’cil con su madrastra y sus medio hermanos. Mucho mayor que ellos, y desde muy joven, su padre lo puso a trabajar como Òjornalero de libreroÓ[51], situaci—n que perdura hasta 1828 en que se independiza y abre librer’a propia en la calle Larga 26, en el Puerto[52].
En C‡diz, Bernardo Lorenzo se hab’a casado, el 7 de junio de 1817, con Ana AvilŽs Beltr‡n[53]. Y, en el Puerto, donde viven, en 1822, el 13 de mayo, nace su œnica hija, Concepci—n Nœ–ez AvilŽs[54].
Padre e hijo tienen librer’as separadas. La actividad del padre va decreciendo e incluso tiene algœn problema con el fisco[55]. Con cierta estrechez, aunque manteniendo la librer’a, sigui— viviendo con las rentas de dos casas procedentes de la familia Bela: una en la Ribera del R’o, 19 y otra en Larga, 10[56].
En cambio, para Bernardo Lorenzo, los a–os de 1828 a 1845 son los m‡s interesantes en su trabajo. Tiene a dos personas empleadas: un oficial de librero, llamado Ricardo Garto, y un encuadernador, JosŽ Mart’nez[57]. A partir de 1833, como se ver‡, se convierte en impresor y, tanto sus encuadernaciones[58] como sus impresos denotan una especial sensibilidad art’stica.
Muerto Bernardo padre el 12 de septiembre de 1834 (el mismo d’a muere su hijo JosŽ Mar’a, con 16 a–os, y se entierran ambos en una propia ceremonia)[59], se liquida su testamentar’a.
Aunque perdido el protocolo correspondiente al a–o 1829 en que, el 25 de enero, otorga testamento, en El Puerto, ante D. JosŽ Mart’nez de Azpillaga, puede deducirse de otros documentos que el testador mejor— a sus hijos JosŽ Mar’a y Manuel –y, aunque el primero muri— el mismo d’a que su padre, su parte acreci— la de su otro hermano de doble v’nculo. A Bernardo Lorenzo lo instituye heredero, pero s—lo en la leg’tima estricta, adem‡s de los bienes correspondientes a la reserva del b’nubo, y el albacea, D. Francisco Bela, cu–ado del testador, le paga su haber en libros por valor de 12.670 reales de vell—n. La relaci—n de estos libros, que hubiera sido interesante conocer, se dice en la escritura de carta de pago que Òpor menor constan en nota firmada por m’ que obra en poder de Don Francisco BelaÓ[60].
Bernardo Lorenzo hab’a atravesado, en 1833, algœn revŽs econ—mico. La sociedad formada para la Redacci—n del Diccionario Universal, de Barcelona, embarg— su librer’a en un procedimiento judicial que se le sigui—. Se le trabaron sus bienes Òque consist’an en el armaz—n, mostrador, librer’a y dos pilastras todo de pino, una escalera de mano, cinco estantes peque–os y mobiliario de casa Òtodo lo cual qued— a depositado en D. Vicente Alcayde. Tras la liquidaci—n de la deuda que las partes aceptan, se llega a una transacci—n, recogida en escritura de 20 de junio de 1834, en la que Bernardo Lorenzo se compromete a pagar veintid—s mil setecientos y ocho reales de vell—n en dos a–os[61]. Esta pesada carga que contrae lo convierte en impresor, aunque mantiene su librer’a y su taller de encuadernaci—n. Se desconoce con quŽ medios monta su imprenta en una accesoria de la calle Palacios nœmero 43, propiedad de D. JosŽ Mar’a Lagier, en la que permanece hasta 1845[62]. El cobro de la leg’tima paterna y la realizaci—n de los libros con que se le pag—, posiblemente le dieran algœn respiro econ—mico. Pero lo cierto es que con la impresi—n de pliegos de cordel, actividad que comienza en 1834 y termina en 1845, pretende levantar cabeza. TambiŽn imprimi— algunos edictos oficiales –no municipales, que corresponder’an a la Imprenta de la Ciudad– tal como uno del Ayudante de Marina de El Puerto, fechado el 24 de mayo de 1837, a–o en que se observa su actividad impresora m‡s fecunda[63].
En C‡diz, desde por lo menos 1842, Bernardo Lorenzo estableci— un taller de imprenta en la plazuela del Ca–—n, 33, y all’ tambiŽn un taller de encuadernaci—n y otra librer’a[64]. Todav’a no ha abandonado El Puerto, donde hasta 1845 permanece[65].
Mientras tanto la librer’a portuense la ha trasladado a la finca calle Larga, 41[66] y, definitivamente, concentra sus actividades –imprenta, librer’a y taller de encuadernaci—n– en Palacios, 43, desde 1840 a 1845[67].
En 1847, sin que se sepa por quŽ raz—n, vive en C‡diz –y no est‡ viudo– como pupilo en casa de do–a Dolores Delgado Buz—n. Esta se–ora, natural de Osuna, que hab’a residido en El Puerto algunos a–os, march— a C‡diz en 1842, donde estableci— una casa de pupilaje. En ella reside Bernardo Nœ–ez, con su sobrina, menor de edad, Cristina CortŽs AvilŽs[68]. Al cabo de cinco a–os, Bernardo adeuda a Dolores Delgado nueve mil reales de vell—n, lo que reconoce en escritura otorgada en C‡diz el 20 de octubre de 1853[69]. Dicha cantidad termina por satisfacerla el 2 de octubre de 1869, segœn nota marginal del escribano Vando.
Debi— existir una amistad m‡s que entra–able entre la due–a de la casa y su pupilo, al que nombra albacea en su testamento[70]. TambiŽn hubo una relaci—n cordial con Filomeno Fern‡ndez de Arjona, su otro albacea y oficial impresor del taller de Nœ–ez, que ahora est‡ en la gaditana calle San JosŽ, 46. Filomeno se convierte en yerno de su patr—n al casarse en C‡diz, el 29 de mayo, Bernardo Nœ–ez da a su hija en dote Òtodos los efectos y art’culos que comprendeÓ su imprenta. Y sobre Fern‡ndez de Arjona dice que se hallaban Òtrabajando en la imprenta que corresponde al compareciente en C‡diz, calle San JosŽ, 46, donde ha continuado hasta el d’a cumpliendo con exactitud e inteligencia los trabajos que se le han encargado y demostrado en todo ese periodo su aplicaci—n, inteligencia y honradezÓ[71]. A continuaci—n, inventar’a y valora todos los enseres y utillaje de la imprenta, relaci—n que tiene un excepcional valor ya que en los primeros impresos de Fern‡ndez Arjona pueden identificarse los tipos que recibir’a de su suegro[72] .
A partir de 1873 Bernardo Nœ–ez no figura como impresor, ni como librero[73]. Su actividad, despuŽs de unos a–os en que, con su yerno, llega a imprimir incluso novelas traducidas del francŽs, concluye[74]