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Hern‡ndez Fern‡ndez, çngel.
ŇLa huerta encantada: cuentos folcl—ricos en Memoria de una
Arcadia, de Francisco S‡nchez BautistaÓ. Culturas
Populares. Revista Electr—nica 4
(enero-junio 2007). http://www.culturaspopulares.org/textos4/articulos/hernandezf1.htm ISSN: 1886-5623 |
La huerta
encantada:
cuentos
folcl—ricos en Memoria de una Arcadia,
de
Francisco S‡nchez Bautista
çngel
Hern‡ndez Fern‡ndez
Resumen
En
este art’culo se reśnen, catalogan y estudian los cuentos folcl—ricos incluidos
en Memoria de una Arcadia (La Huerta de Murcia),
de Francisco S‡nchez Bautista, libro que hasta ahora no ha sido suficientemente
conocido y valorado por los investigadores de la literatura oral. Se ofrecen
tambiŽn algunas orientaciones para el aprovechamiento did‡ctico de los cuentos
en la Ense–anza Secundaria.
Palabras
clave: Francisco S‡nchez Bautista, Memoria de una
Arcadia, Huerta de Murcia, cuentos folcl—ricos, cuentos
de animales, cuentos maravillosos, cuentos religiosos, leyendas, did‡ctica del cuento, Ense–anza
Secundaria.
Abstract:
This paper locates, classifies and analyzes the folktales included
in Memoria de una Arcadia (La Huerta de Murcia)
by Francisco S‡nchez Bautista, a book which the oral literature scholars had
paid little atention to. This study also poses some ideas for the didactic use
of folktales in Secondary Education.
Keywords: Francisco S‡nchez
Bautista, Memoria de una Arcadia, Huerta de Murcia, Folktales, Tales of Animals, Religious
Tales, Legends, Teaching folktales, Secondary Education.
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M |
emoria de una Arcadia[1]
es una hermosa eleg’a a la huerta de Murcia, esa huerta ya hoy pr‡cticamente
desaparecida bajo la presi—n del desarrollo urban’stico incontrolado y el
abandono de la agricultura tradicional. Francisco S‡nchez Bautista traza en su
libro una l’rica evocaci—n de esa perdida Arcadia, de ese paradis’aco paisaje
en otro tiempo repleto de verdura y frutales regados con abundante y l’mpida
agua, que ahora, polvorientos y descuidados (los que han podido sobrevivir a la
imp’a exterminaci—n del hombre), agonizan agostados por la sed y la pronta
amenaza del ladrillo o el asfalto.
Memoria de una
Arcadia (La Huerta de Murcia) es un libro diferente
a los que tradicionalmente se han escrito en Murcia. Se aleja deliberadamente
del costumbrismo rampl—n que ha caracterizado buena parte de la literatura
regional, aplicada machaconamente a la recreaci—n de un tipo ideal (el
huertano), t—pico e intemporal, y de su habla (ese panocho
artificial e inexistente del que aśn hoy no hemos podido librarnos). S‡nchez
Bautista, en cambio, abandona en su obra la descripci—n de tipos humanos no
porque ignore los trabajos y estrecheces de la vida, ni la angustia del ser que
est‡ sujeto al devenir, sino porque su objetivo primordial consiste en recrear
una naturaleza perfecta que efectivamente existi— y que, ajena a las penas y
alegr’as humanas, se mantuvo perfecta e inalterable durante siglos hasta que la
mano devastadora del progreso la arranc— de su terru–o originario.
Con un lenguaje de
cl‡sicas resonancias virgilianas y en una prosa de ritmo y contenido l’ricos,
el autor ha sabido devolvernos literariamente su infancia y la del mundo; ha
recreado el mito paradis’aco impregnando las p‡ginas de su libro de una hermosa
melancol’a, de una serena tristeza por la pŽrdida irreparable de la belleza y
la juventud. Por eso Memoria de una Arcadia va
mucho m‡s all‡ de la mera recreaci—n costumbrista de un lugar o paisaje, y su
lectura ampl’a los l’mites de un interŽs exclusivamente local para convertirse
en obra interesante en cualquier momento y lugar.
Pero adem‡s de los
valores y mŽritos literarios que esta obra atesora, para los folcloristas
resulta especialmente importante porque incluye varios cuentos folcl—ricos que,
por lo visto, no han sido tenidos en cuenta por los estudiosos de este gŽnero. Ejemplo
m‡s notorio de este desconocimiento es la ausencia de referencias a Memoria
de una Arcadia en el cat‡logo tipol—gico de cuentos folcl—ricos
hisp‡nicos de Julio Camarena y Maxime Chevalier[2].
Si tenemos en cuenta que el primer volumen de este cat‡logo, que reśne los
cuentos maravillosos, se public— en 1995 y que el libro de S. Bautista apareci—
un a–o antes, parece claro que los dos m‡ximos investigadores del cuento
tradicional hispano no conoc’an el libro del autor murciano. Lo que pretendo,
por tanto, es, en la medida de mis posibilidades, dar a conocer esta obra a los
interesados y estudiosos del folclore y, en general, a cualquier persona, que sin
duda no quedar‡ decepcionada por su lectura.
S. Bautista recrea,
junto a las magn’ficas evocaciones del paisaje huertano, la cultura oral que de
forma tradicional se ha ido transmitiendo de generaci—n en generaci—n entre las
gentes de estos pagos. En especial se detiene en los cuentos y leyendas que Žl
escuch— por v’a oral y que ahora reelabora literariamente en su libro. Sin ser
una cantidad excepcional, no es ciertamente despreciable el caudal de cuentos
que incluye en sus p‡ginas, testimonio important’simo de la cultura tradicional
si tenemos en cuenta la escasez de tales documentos en las letras murcianas.
Los relatos que encontramos tratan temas variados y los irŽ exponiendo aqu’
siguiendo la clasificaci—n universal de tipos folcl—ricos de Aarne-Thompson,
recientemente revisada por Uther[3],
y no por el orden en que aparecen en el texto.
Empezaremos con los
cuentos de animales. Puede leerse en las p‡ginas 277-284 un largo relato que
narra las el infortunio de un lobo que sale a cazar:
LAS
DESVENTURAS DEL LOBO QUE
LE CRUJIî LA COLA[4]
(Casi
f‡bula, casi cuento)
Muy
de madrugada, todav’a llozco, cuando las sombras emborian el paisaje,
erraba por trochas y barrancos el se–or Lobo. Y es que, al mediar la
noche, tuvo un sue–o venturoso. Por eso, al levantarse para emprender sus
correr’as por ramblizos y descampados, les dijo a su se–ora Loba y a sus
hijitos, los lobeznos: ÇHoy me he levantado con buen pie, pues nada m‡s
echarlos en tierra me ha crujido la cola. Y esto, queridos, es se–al de buena
suerteČ.
Y, como vengo diciendo, sali— a los caminos y majadas en busca de
rabadanes descuidados, de aquellos que olvidan a sus ovejas y maltratan a sus
perros. Lo primero que encontr— fue a Blasa la madrugadora, una campesina que
guardaba en la puerta de su horno una hermosa tabla de oloroso pan reciŽn
cocido. Pero como le hab’a crujido la cola, augurio de buena suerte, levant— la
pata y, en vez de arrapar los panes, se limit— a mearles desde–osamente, pues
Žl, el Lobo feroz, no hab’a nacido para estos insignificantes hurtos. Lo suyo,
de siempre, hab’a sido m‡s sonado, much’simo m‡s sanguinario. Y prosigui—
alegre y confiadamente su peregrinaje.
A no mucho de all’, se tropez— con una cerda reciŽn parida, que mimaba
entre roncos gru–idos a doce tiernos marranitos, fruto entra–able de su
prol’fico parto. Al olor de aquellos jugosos lechones, se despert— en el Lobo
su carn’vora condici—n de salvaje sin piedad, de criminal alima–a. ÇAh, se–ora
Puerca, —dijo abriendo sus rojas fauces— quŽ rica ocasi—n me da
usted para satisfacer Žstas mis lobunas hambres que soliviantan mis escurridas
tripas. Llevo desde la media noche caminando y mi apetito es insaciable. Me comerŽ a sus gorrinitosČ.
ÇPiedad, se–or Lobo, —dijo do–a Cerda—. Perm’tame
siquiera, due–o y se–or de estos territorios, que los bautice, y as’ me sentirŽ
m‡s reconfortada despuŽs de que usted los devore. AcerquŽmonos hasta el r’o, y
all’, mientras usted los suspende del rabito, yo con mi hocico les irŽ echando
agua hasta que queden todos bautizadosČ.
ÇNo me parece mal, porque la idea es feliz y propia de una madre
piadosa y honestaČ, —arguy— el se–or bobo, arreciando la voz con recochineo.
Y uno tras otro fueron acercando a los ariscos cerditos hasta las
orillas del r’o. Pero no llevar’an m‡s de cuatro bautizados, cuando do–a Cerda,
en un descuido, empuj— bruscamente con su duro hocico al desprevenido
Lobo, envi‡ndolo en mitad del r’o. Mientras que los cerditos y su madre hu’an a
todo huir, el Lobo se esforzaba por ganar la orilla opuesta, esquivando la
corriente que lo arrastraba en espumoso remolino hacia un peligroso gorgo.
Tan pronto se repuso de aquel inesperado ataque, prosigui— su camino
cuando ya el d’a empezaba a mostrar sus primeros claros. Y, andando triste y
maldolido, al poco, se tropez— con una yegua que pastaba en un verde y
oloroso prado de tierna grama seguida de su peque–a potrilla que daba retozos y
repullos ajena a cualquier peligro. No as’ la yegua, que al ver al Lobo no
pudo ocultar su pavoroso miedo. Pero sacando astucia de necesidad, empez—
a cojear, arrastrando una de sus patas traseras, mientras dec’a: ÇFavor, se–or
Lobo. SŽ que nos ha de comer a m’ y a mi tierna hijita, pero antes, se lo ruego,
arr‡nqueme este agudo clavo que llevo hincado en la pezu–a y que me tiene
transida de dolorČ. El lobo mir— y remir— a la Yegua, y al fin, broncamente,
dijo: ÇTś, matalona apergaminada, tienes las carnes magras, duras y
zumosas, por lo que no me apetece comerte. No obstante, serŽ caritativo y te
sacarŽ el clavo para que puedas regresar a tu establo mientras yo me como a tu
apetitosa hijita. ÁAh, quŽ suculento almuerzo me espera, con las hambres que
tengo!Č.
La se–ora Yegua levant— su pata, que dec’a lisiada, en tanto que el
Lobo buscaba con sus afilados dientes el posible clavo. Cuando estaba en lo m‡s
afanoso de su faena, la se–ora Yegua le lanz— un par de coces desbarat‡ndole
sus mejores dientes mientras quedaba inconsciente tumbado en el suelo.
La se–ora Yegua y su potrilla tomaron un galope apresurado hasta
llegar a casa de su amo. Cuando el Lobo volvi— en s’, solo reconoci— el enga–o,
las quijadas magulladas y unos cuantos colmillos de menos. Pero no se arredr—.
Y continu— su camino, pues cre’a que su estrella no se hab’a eclipsado, que su
esperada ventura gratificar’a los m‡s duros reveses.
En estas meditaciones iba cuando a lo lejos divis— dos carneros
enzarzados en una pelea por la repartici—n de unas tierras. Ni corto ni
perezoso, poco a poco, como el que ventea un banquete enjundioso con el que
acallar las exigencias del bandullo, se fue acercando adonde los dos borregos
litigaban por la herencia que su buen padre, ya fallecido, les hab’a dejado sin
testar, causa de tantas y acaloradas disensiones.
Sorprendidos por la llegada del Lobo, los dos borregos se apresuraron
a suplicarle que les ayudase a deslindar tan engorroso asunto, sirviŽndoles de
‡rbitro, pues ten’an conocimiento de su prudencia y equidad. El Lobo accedi—
con la condici—n que se habr’a de
comer al que llegase el śltimo, pues, ladinamente, les hab’a puesto como
requisito que Žl se pondr’a en medio de la parcela a dividir. Y as’ lo hizo.
Esperaba el Lobo haciendo diente anguila a que uno de los dos corderos
llegase a Žl, que serv’a como hito, con el retraso suficiente para as’ poder
perpetrar sus sanguinarias intenciones. Pero como nadie est‡ en el pellejo de
nadie —es decir, en las ocultas intenciones de los dem‡s—, la
malicia de los dos carneros coincidi— en que topar’an al mismo tiempo,
cogiendo al Lobo en medio del encontronazo. Y as’ lo hicieron, despuŽs de tomar
una briosa carrera opuesta. Del tremendo y doble topetazo, el Lobo qued—
descoyuntado y maltrecho en el suelo; mientras, los carneros hu’an, dando
brincos de gozo, al cobijo de sus majadas.
Mientras que el Lobo se iba reponiendo de tan inesperado ataque,
(siempre consider— modorros a los borregos) a hurtadillas, derrengado y
arrastr‡ndose, busc— abrigo en un lugar apartado y umbroso donde pasar el d’a.
Y all’ esper— hasta que, una vez atardecido, emprendi— penosamente el
regreso a su guarida, desandando el camino que tan alegremente hab’a emprendido
en la madrugada de ese mismo d’a.
Esta vez volv’a lisiado y hambriento pensando en la se–ora Loba y sus
peque–os hijos, los lobeznos, y de quŽ manera m‡s triste, pues se sent’a un
derrotado, hab’a de presentarse ante su necesitada familia, a la que prometi—
un hermoso y abundante d’a, pues le hab’a crujido la cola.
HaciŽndose iba estas atribuladas meditaciones cuando record— a Blasa,
la campesina, a la que le hab’a meado el pan por parecerle poco digno de su
aventura. Y, sin pens‡rselo dos veces, all‡ que volvi— por si la encontraba
descuidada y pod’a robarle algo sustancioso que llevar a su familia que le
aguardaba m‡s arriba el collado, en el barranco donde ten’a su oscura guarida.
Al acercarse a la casa, lo primero que encontr— fue la puerta del
gallinero abierta. Con el sigilo y la astucia que da el hambre, penetr— en Žl.
Pero, ah, traici—n, el gallo amochuelado, de roja cresta y poderoso canto,
alert— del peligro juntamente con el alluecado cloqueo de algunas alborotadas
gallinas. Blasa la madrugadora, creyendo, como en otras ocasiones, que se
trataba algśn raposo bajado de las barranqueras, se provey— de un cortante
corvill—n y aguard— a que la espantada fierecilla saliese jopada, para cogerla
cautamente entre la puerta del gallinero, como as’ ocurri—. Cuando lo tuvo a
tajo, le asest— un enorme corte en los mism’simos huevos que se los saj—
inmisericordemente.
Dando lastimosos aullidos de dolor y desconsuelo, lleg— el se–or Lobo
a la oscura entrada de su cueva, donde la se–ora Loba y sus peque–os lobeznos
espera impacientes de hambre y preocupaciones. Tan pronto como lo divis—, la
se–ora Loba, en aullar clamoroso, exclam—: ÇDesde esta madrugada que saliste
tan airoso y confiado, ahora vienes, tranquil—n de esposo, cuando el sol
traspone, con todos tus huevosČ.
ÇÁOjajajalaa‡ que los trajera!Č —contest— el Lobo en un aullido
agudo y prolongado, hecho un mar de llanto y deshecho por el tremendo dolor que
lo atenazaba—. Y cay— desfallecido. Su mujer, la se–ora. Loba, y sus
hijos, los lobeznos acarrearon con sus finos hocicos una enorme piedra con la
que taparon la puerta de entrada a la cueva, dejando al se–or Lobo a la intemperie.
Este era el pago recibido por su fracaso. Y fue entonces cuando el Lobo,
arrastr‡ndose, se arrim— a un alto pino y empez— a clamar:
ÇReniego de m’ y de aquŽl que me dijo arteramente que cuando a uno le
cruje la cola le acompa–a toda clase venturas durante ese d’a.
ÇŔPor quŽ mi soberbia me llev— a mear desde–osamente el pan de
Blasa la madrugadora, creyendo que esos peque–os robos son m‡s propios de
perros rateros, hambrientos y sarnosos y de gatos encanijados que de lobos
feroces.
ÇŔQuiŽn me ha ordenado a m’ sacerdote, ni siquiera sacrist‡n ni
monaguillo, ni dispensado en cosas de iglesia, para poder bautizar cerditos
mugrientos y abubados de robineras y usagres?
ÇŔQuiŽn me ha hecho a m’ maestro albŽitar, veterinario de ro–as,
sacador de clavos, sajador de esparabanes y mullidor de brujones y lupias?
ÇŔPor quŽ me met’ a picapleitos, a medidor de tierra, a lobo
bueno entre borregos codiciosos y litigantes, ruines y arrapadores de
herencias paternas?Č
ÇY, por fin, ŔquŽ locura fue la m’a, la de meterme en un gallinero,
trabajo Žste que me humilla y me empeque–ece ante mis lobunos parientes,
pues que s—lo este menester est‡ reservado a los recelosos zorros, cacos de
menudencias y ladronzuelos de pusil‡nimes gallinas?Č
ÇŔA esto vino a parar el temido Lobo sanguinario, el Lobo feroz,
terror de las majadas, espanto de los caminantes perdidos en la nevasca,
sembrador de pavores en la noche oscura y protagonista śnico de temerosos
cuentos y leyendas?Č
Y arreciando en sus terribles aullidos, se maldijo diciendo: ÇÁMal
rayo caiga y me parta en dos, triste de m’, crŽdulo de m’, simple de m’, pues
torc’ mi camino y me dejŽ llevar como cualquier otro ignorante por la vana
superstici—n de que aquello de crujirme la cola era un augurio venturoso.
Cśmplase la voluntad del que est‡ en lo alto, pues, abandonado como estoy de
los m’os, me niego a vivir huyendo eternamente como un gardu–o de los ca–ares,
como un lisiado de los ramblizos, en este afrentoso y miserable estado adonde
mi candidez me ha tra’do!Č
... Y un cabrero que a toda prisa cortaba pi–as y ramujas en lo alto
del pino, al o’rlo aullar tantas y tan terribles imprecaciones, dej— caer el
hacha partiŽndole en dos la cabeza al infeliz Lobo, terminando all’ sus
tr‡gicas desventuras.
Se trata de un conocido cuento internacional que ha sido catalogado
como tipo 122A, El lobo (zorro) busca su desayuno, tipo que incluye diversos
episodios que, en ocasiones, pueden aparecer solos en la tradici—n oral. En la
versi—n que acabamos de transcribir se pueden aislar distintos elementos, todos
ellos perfectamente reconocibles en la tradici—n:
1) Al lobo, cuando sale a buscar comida, le cruje el rabo, lo que
interpreta como una se–al de buena caza. Eso le hace despreciar un oloroso pan
reciŽn horneado.
2) Una cerda ruega al depredador que le permita bautizar a sus lechones
antes de devorarlos, y entonces lo empuja al r’o (Thompson[5], K551.8).
3) Cuando el lobo va a comerse a una yegua y su potrillo, la madre le
pide que le arranque una espina clavada en su casco. Entonces lo cocea (tipo
47B en la revisi—n de Uther, El caballo cocea al lobo en la boca; tipo 122J en el
cat‡logo de A. Aarne y S. Thompson[6]).
4) Quiere el lobo despuŽs hacer de juez entre dos carneros que est‡n
litigando por unas lindes. Se coloca en mital del terreno y los carneros le
embisten (tipo 122K*, El lobo como juez).
5) Entra en un gallinero pero lo soprende la due–a, que lo castra.
6) Regresa a la guarida sin nada y su familia lo despide tras
recriminarle su desidia.
7) Por fin, un cabrero le arroja un hacha y termina con las atribuladas
lamentaciones del animal.
Este cuento es—pico
pertenece a la tradici—n literaria europea y la mayor’a de sus elementos se
encuentran en las antiguas colecciones de f‡bulas latinas[7]. Segśn Espinosa (III,
245-252)[8], el tipo fundamental
del cuento es europeo, pues se halla solamente en las versiones de los esopos del siglo XV en
adelante y en la tradici—n moderna. En Espa–a se conserva con gran fidelidad el
tipo es—pico de los siglos XVI y XVII, por lo que, para Espinosa, no cabe duda
del origen literario del cuento. Y adem‡s opina ewste eminente investigador que
debe de tratarse de un cuento hisp‡nico en su origen y formaci—n, creado a
partir de motivos es—picos.
La m‡s antigua versi—n castellana del relato del lobo buscando comida
est‡ en el Libro de Buen Amor, estrofas
766-779. En este caso el lobo interpreta un estornudo (en las versiones
tradicionales se trata de un pedo) como se–al de buen agźero, de que hallar‡
f‡cil y abundante comida, y desprecia un torrezno que encuentra (motivo *J344.3
del cat‡logo de Goldberg[9], presente tambiŽn en el
Esopete medieval); a continuaci—n el lobo es topado por dos carneros que lo han
hecho juez de la disputa entre ambos para saber a cu‡l corresponder‡ el prado
que heredar‡n de sus padres; y por śltimo es arrojado al rodezno de un molino
por una cerda, que finge estar bautizando a sus lechones. Falta por tanto el episodio de la
muerte del animal a manos del hombre.
Respecto del cuentecillo de la espina en el casco, Rodr’guez Adrados lo documenta en la f‡bula greco-latina: H198=M221 y H257, pues se lee en Esopo, 187, y Babrio, 122. TambiŽn en las estrofas 298-303 del Libro de Buen Amor encontramos este relato (vŽase Goldberg, motivo K1121.1). En una variante del cuento el resultado es el mismo, pero el enga–o del caballo consiste en hacer creer a sus enemigos que lleva una carta o credencial escrita en el casco (elemento B2 de Espinosa, cuentos 199, 200, 201 y 204). La versi—n completa del cuento relata c—mo el burro se ausenta del parlamento de los animales y entonces el le—n env’a al zorro y al lobo para que lo traigan. El burro alega que su t’tulo de exenci—n o partida de nacimiento va en el casco y a continuaci—n cocea a los emisarios reales. El cat‡logo de Camarena-Chevalier s—lo ofrece una versi—n tradicional, la catalana de Amades, Rondall’stica, 272. En cuanto a las versiones literarias, Rodr’guez Adrados enumera versiones medievales de la f‡bula, bajo las signaturas M56 y M273. Ya en la Disciplina clericalis, n.Ľ 4, leemos el cuento del mulo que interrogado por la zorra acerca de quiŽn es su padre, contesta que el caballo es su abuelo para as’ encubrir su verdadero linaje (vŽase Rodr’guez Adrados, M297 y cf. H285). No hay agresi—n contra la zorra. Esta versi—n del relato la sigui— tambiŽn S‡nchez de Vercial en su Libro de los ejemplos, n.Ľ 199 (12