Labrador Méndez, Germán. “Cuando ataca Ronaldo ataca una manada. El discurso del fútbol en los media actuales como discurso épico (estructuras, formas y funciones comparadas)”. Culturas Populares. Revista Electrónica 4 (enero-junio 2007).

http://www.culturaspopulares.org/textos4/articulos/labrador.htm

ISSN: 1886-5623

 

Cuando ataca Ronaldo ataca una manada.

El discurso del fútbol en los media actuales como discurso épico

(estructuras, formas y funciones comparadas)

 

Germán Labrador Méndez

Universidad de Salamanca

 

La littérature, qui n’est en soi qu’une exploration des ressources du langage, dépend des vicissitudes très diverses qu’un langage peut subir et des conditions de transmission que lui procurent les moyens matériels dont une époque dispose.

                                                                           -Paul Valery[1]

 

Para Antoni Rossell

 

Resumen

Este artículo pretende analizar comparativamente el discurso mediático sobre el fútbol en la España contemporánea, específicamente en su dimensión radiofónica, en relación con la épica románica medieval. Un estudio comparado de los rasgos retóricos, estilísticos y narrativos de ambos discursos revelará la presencia común de numerosos rasgos y la posibilidad de entender un discurso en términos del otro. Ante la hipótesis de hallarnos ante actualizaciones bien diferenciadas de un mismo tipo de narrativas, la parte final del trabajo tratará de plantear la cuestión de una posible comparación entre las funciones de ambos discursos en los entornos culturales en los que surgieron.

Palabras clave: fútbol, épica, discurso.

 

Abstract

This paper analyzes the discourse of football in media (specifically in radio-channels), in contemporary Spain, in comparison with Medieval Romanic epic. A comparative study of rhetorics, stylistic and narrative marks of both discourses reveals the presence of several common characteristics and the possibility of understanding one discourse in terms of the other. The final part of this paper discusses the hypothesis of having two well-differenced actualizations of the same type of narratives, both with discursive functions generated by their cultural environment.

Keywords: Football, Epic, Discourse.


 

0. El bien contra el mal

M

e gustaría empezar con un anuncio. Nos encontramos en un anfiteatro en ruinas transportados al tiempo mítico de la narración épica: «un día de las vísceras de la tierra emergieron para destruir el juego más bello del mundo» es la frase que se encarga de marcar el tránsito hacia un fluir de imágenes. Las gradas de tal lugar las encontramos repletas de seguidores fanáticos: llamas de antorchas y bengalas, banderas rojinegras, esvásticas y gritos. El terreno de juego está ardiendo. Allí se enfrentan dos equipos. El primero compuesto por una horda demoníaca, el segundo por todos los campeones del Bien, una selección mítica formada por los grandes héroes del fútbol mundial: Campos, Rui Costa, Figo, Kluivert, Davis, Brolin, Maldini, Cantona, Ronaldo y Wright.

            El lance es intenso. En un primer momento, las violentas mesnadas demoníacas amenazan con eliminar físicamente a todos los paladines del bien. Los jugadores van cayendo derribados por una sucesión de patadas, cabezazos y golpes variados. Pero, finalmente, una exitosa jugada viene a restablecer la situación. Eric Cantona fulmina al capitán de la horda diabólica con un balón de fuego acompañado de un “au revoir” que, por supuesto, acaba en gol y habría de procurarle fama e imitadores en todo el mundo.

            El título de esta campaña publicitaria de Nike (1995) no era muy ingenioso: Good us Evil. El imaginario del anuncio, entre lo apocalíptico y lo épico, tampoco. Las imágenes correspondientes al público era posible haberlas filmado en los fondos de cualquier estadio. Lo aparentemente novedoso, y sin duda efectista, era la utilización de lo futbolístico como alegoría explícita de una lucha cósmica. En el juego del fútbol, el anuncio actualizaba la decisiva batalla entre las fuerzas del bien y del mal. El partido representa el restablecimiento del orden amenazado, el triunfo de una idea de civilización, de un mundo, identificados en una escuadra de jugadores míticos. El encuentro utiliza la icónica de la guerra, del combate. La combinación de ambas ideas hace que estemos en una dimensión significativa de lo épico. La siempre atenta publicidad propone un sistema interpretativo de lo que puede ser el fútbol.

 


1. Fútbol es fútbol

La segunda escena que quiero disponer en este inicio es un pequeño capítulo de las Mitologías de Barthes: «El tour de Francia como epopeya»[2]. En ese trabajo, bajo el punto de partida teórico según el cual es posible leer objetos culturales a través de los discursos del pasado, es decir, entender la mitología del presente desde los mitos anteriores, le sirve a Barthes para interpretar la vuelta ciclista gala como un acontecimiento de orden heroico, inscrito en el imaginario colectivo bajo la cifra de lo épico. Para Barthes, todo encaja en esa transferencia de léxicos (la lucha del hombre contra su destino, la ritualidad de la epopeya, la relación entre la historia del héroe y la historia colectiva, el lenguaje de la gesta y el del ciclismo...), de tal manera que, al trasponer el léxico de la epopeya al deporte, accedemos a la verdad del Tour de Francia, somos capaces de leerlo correctamente, sólo así lo entendemos. Eso es lo que también estaba haciendo la publicidad para nosotros, intentando explicar un hecho desde un imaginario anterior, mítico, marcado. De ese imaginario, que será el de la épica, con todos sus problemas de deslinde, desconocemos si será capaz de ofrecer ninguna verdad oculta o desvelar alguna naturaleza cierta, pero desde luego pensamos que esa proyección no es inocente, y que contiene elementos suficientes en cuyo análisis dispondremos de otra mirada sobre el fenómeno.                 

            Afirmar a estas alturas que el fútbol es épica no supone una gran novedad. Del sentido en que queramos emplear esta aseveración ya tópica dependerá el alcance de sus consecuencias. Existe una fructífera tradición de exégesis épica de lo futbolístico, que, desde luego, arrancaría del texto fundacional de Barthes y que, en nuestro ámbito cultural, tendría el libro de Vicente Verdú de 1980 como hito de referencia[3].

            La tendencia general, reproducida luego en multitudes de ensayos, columnas y artículos, es la de emplear esquemas arquetípicos, conectados de una u otra manera con la lucha, con la guerra o con lo legendario, y aplicarlos a los diferentes elementos de este deporte, para formar así una nueva mirada sobre ellos que los conecta en un sistema interpretativo coherente. En ocasiones, dependiendo de la mayor o menor habilidad del exegeta, las interpretaciones se desvirtúan y ganan en complejidad lo que pierden en interés. Los campos deportivos se llenan de símbolos fálicos, objetos libidinales y transferencias de lo masculino. No obstante, en otros muchos casos, las miradas aciertan y poco a poco vamos cobrando una nueva conciencia de este fenómeno cultural. De esta forma, nos dice Verdú, que «los sociólogos, los psicólogos, los antropólogos han explicado la interacción entre la tribu y su equipo, la importancia de la metáfora belicista del juego y la manera como las naciones, las pedanías o las ciudades se sienten representadas por la bandera de la selección o el club» [4].

            Y los filólogos, ¿qué han hecho? El problema de partida, parece, reside en la afirmación  de que “el fútbol es épico”, pues es un hecho evidente que el fútbol en sí mismo no lo es. Nada épico hay en “veintidós tipos corriendo en pantalón corto detrás de un balón” por utilizar el popular sintagma con el que se desacraliza este deporte. En sí mismo el juego no remite a nada, salvo a sí mismo. Como mucho es posible interpretar sus reglas, ver qué clase de ritos se activan con ellas, qué elementos simbólicos se ponen en juego. Pero, desde este punto de vista, el fútbol es difícil de equiparar a la epopeya.

            Lo épico, de estar en algún lugar, no lo está en el fútbol en sí mismo sino en su discurso. La épica no se concentra en una realidad técnica (la manera en la que un delantero es bloqueado por la defensa del equipo contrario) sino en la acuñación lingüística con que la recubrimos (la carga de Ronaldo se estrella contra las líneas defensivas de los de Pucela). Lo épico es una forma, es un lenguaje. Bajo esta obviedad, que la interpretación metafórica debe realizarse sobre la representación de una cosa no sobre la cosa en sí, sin embargo nos trasladamos a un terreno más seguro, más firme, más fácil de medir.

            Investigaremos así el lenguaje que tenemos para hablar del fútbol, que no es otro que el que los medios de comunicación, en especial la radio, nos han proporcionado. A lo largo de este trabajo, sirviéndonos de un corpus de material periodístico, radiofónico, y, en menor medida, publicitario, rastrearemos las organización de ese discurso desde lo épico.

            Pero adoptar esta óptica teórica tampoco supone ningún hallazgo. Es necesario mencionar aquí las aproximaciones de lingüistas como Grijelmo o Carreter, quienes comprenden ante todo que lo épico futbolístico es, ante todo, un lenguaje, y cómo tal lo leen:

 

Es ya tópico postular que las pugnas deportivas y sus relatos, constituyen la manifestación actual de la épica. La cual, al par que los otros géneros literarios, respondería a necesidades naturales de los hombres, manifiestas hoy de modos bien peculiares. (..) El género heroico implica la necesidad de ver en acción a los guerreros. (...) La literatura acudió a satisfacer la demanda de lo heroico, y los rapsodas y aedos antiguos, así como los juglares medievales, tradujeron en palabras las contiendas de los paladines reales o legendarios.(...) [tras citar unos versos del Cid] Dígase si momentos tan vibrantes podía declamarlos el juglar sin aguzar la voz, sin alzarla al modo como los radiofonistas la encrespan y engallan hoy (...) Los juegos deportivos modernos han venido a satisfacer el ansia de presenciar hazañas[5].

 

            A pesar de lo que esta afirmación pudiera hacernos esperar, después de introducirnos en la naturaleza épica del fútbol, Carreter por repasa toda una serie de ejemplos tomados de locutores radiofónicos y periodistas deportivos, que estarían destrozando la unidad y la pureza de la lengua castellana[6]. Presenta así un muestrario interesante de metáforas deportivas relacionadas con el campo semántico de la batalla, del combate. Sin embargo, el único valor que les otorga es el ornamental o el publicitario y su única repercusión es la de ser caballos troyanos del fantasma de la disolución lingüística. Es decir, que para Carreter, esta manera épica de narrar el fútbol sólo serviría al aumento de las audiencias a cambio de prestar un flaco favor a la armonía del idioma español.

            Lo que en Carreter se verificaba de una manera irónica se convierte en ideología en el caso de Grijelmo quien en su análisis insiste sobre las mismas ideas, en especial, en el carácter excéntrico del estilo, que considera gratuito. Para él, la utilización de una lengua codificada en el discurso mediático del fútbol responde a una patológica necesidad de su ámbito por autolegitimarse frente a una mala consideración social[7]. Su idea es que este lenguaje, a pesar de la común opinión, no es en realidad innovador u original, frente al castizo léxico de la tauromaquia, modelo de contención y de hermosura. En todo caso, Grijelmo hace hincapié en su carácter de lengua violenta, de jerga bélica que se correspondería perfectamente con la naturaleza de este deporte. Su teoría es que estamos “ante una ficción bélica de terribles consecuencias”: que de la violencia épica y guerrera del discurso del fútbol pasamos con gran facilidad a una violencia física y real.

            Sin embargo, estos y otros teóricos del lenguaje épico-militar del balompié, no suelen conceder a la metáfora guerrera mucho valor más allá de la inmanencia lingüística[8]. Piensan que es una manera de hablar, afortunada o no, interesante o monótona, pero que es ante todo revestimiento ornamental. Frente a estas ópticas, me gustaría apostar por el valor cognitivo de lo metafórico, que, con Lakoff y Johnson[9], trasciende desde luego lo lingüístico y pasa a instalarse en el orden simbólico y del imaginario. Comprender el fútbol en clave épica es un proceso con necesarias consecuencias de tipo social y cultural. Que éstas no sean de orden reactivo y que, frente a los temores de Grijelmo, no nos lleven a una guerra mundial, no quiere decir que concebir el fútbol como épica sea una operación inocente. Volveremos sobre esto.

            En todo caso, mi propósito en este trabajo será el de rastrear y documentar el lenguaje del fútbol desde una perspectiva de lo épico, y específicamente desde un concepto de épica románica medieval, comparando en la forma y en la función ambos discursos, viendo en qué sentido uno pueda ser comprendido desde el otro, con el objeto de responder a dos preguntas:

 

a) ¿Podemos hablar formalmente de una épica mediática (y más estrictamente radiofónica) futbolística? Analizaremos cuáles son las coincidencias entre el discurso de la épica medieval y el actual discurso mediático del fútbol, a nivel de la forma y a nivel de la estructura.

 

b)¿Podemos hablar de las retrasmisiones deportivas como un discurso épico en su función social? Trataremos de averiguar si, salvando la distancia, de algún modo la función (o más bien, alguna de las funciones) que la épica medieval cumplía en el mundo antiguo puede asumirla el fútbol en la actualidad..

 

            Una última consideración previa será necesaria. El grado de lo igual es en sí mismo un problema que afecta al conjunto de este trabajo, con lo que no haré si no reflexionar de una forma demasiado práctica tal vez sobre problemas que la literatura comparada ha afrontado y resuelto. ¿De cuánta igualdad estamos hablando? ¿cuánto de iguales tienen que ser dos cosas para que podamos decir que son la misma? Es decir, que existirán posturas posibles para posicionarse ante las semejanzas que creemos existentes entre ambos discursos. Una primera postura, que será donde me inscribiré, potenciará la búsqueda de la semejanza, la que se preocupe por señalar los parecidos entre textos de mundos diferentes, aunque nunca obviará el hecho de estar ante hechos textuales bien distintos. El hecho de mostrar una semejanza entre una canción de gesta francesa del siglo XII y una retrasmisión deportiva de 2002 no implica negarle a la primera toda su historicidad, su peculiaridad, su particular manera de situarse en su tiempo, no pretende reducirla a una mera recurrencia formal, pero sí que puede abstraer esos factores, y señalar entre todas las condiciones singulares e individuales, una manera de semejanza, un rasgo de parentela; para, a continuación, poder reescribir la historicidad desde un nuevo sitio.

            La otra posición es la que niega la posibilidad de realizar tales mediaciones. A una postura fuertemente historicista le bastará con señalar una diferencia de ochocientos años entre las distintas manifestaciones que presentaremos para negar la sola posibilidad de considerar posible la comparación. Siempre será sencillo señalar matices para diferenciar la manera en la que, por ejemplo, se presenta el sacrificio en la Chanson de Roldan y en el discurso actual del fútbol. Cuánto espacio esta postura permita a la mediación, cuánto terreno deje al contraste, es lo que permitirá (o impedirá) algún diálogo entre ambas ópticas teóricas. Una discusión sobre el contenido de este trabajo deberá venir precedida de una posibilidad de dicho diálogo. Pienso, en todo caso, que estudiar comparativamente el discurso épico-mediático del fútbol y el de la épica medieval es una opción teórica de la misma naturaleza que la de buscar estructuras míticas de origen indoeuropeo en la épica medieval y, por tanto, igual de (i)legítima[10].

             

 

2. La posibilidad de una épica futbolística

Una de las imágenes más sorprendentes que rodean al fútbol tiene lugar en el propio interior del estadio. Allí, mientras el partido ocurre, cientos de seguidores lo observan con los transistores al oído, escuchando la retrasmisión de aquello que están viendo. ¿Qué les ocurre a esas gentes para llevarse la radio al mismo campo de fútbol? ¿Por qué la escuchan al mismo tiempo? La respuesta, mi respuesta al menos, es que, más allá de que quieran conocer el resultado de otros partidos, quieren también oír lo que ocurre en el terreno de juego, porque, en realidad, no entienden lo que está pasando allí. Allí, lo que hay, en efecto, son “veintidós tipos corriendo detrás de un balón”, pero el espectador necesita de una narración, de discurso que le cuente lo que ve pero no entiende. Ese discurso es el discurso épico. Lo épico no acontece, se narra. No es un hecho, es una interpretación de ese hecho.

            «Pero el fútbol exige palabras, no sólo las de los profesionales, sino las de cualquier aficionado provisto del atributo suficiente y dramático de tener boca. ¿Por qué no nos callamos de una vez? Porque el fútbol está lleno de cosas que no se entienden. La atracción del fútbol depende de su renovada capacidad de hacerse incomprensible»[11]. El partido ocurre en la manera en que es verbalizado. Y esta manera es absolutamente épica: dos fuerzas enfrentadas en una pugna deportiva comprendida con y desde el léxico de la guerra, cuyo enfrentamiento al tiempo remite a un orden cósmico (con la intervención de lo divino), social (cada una de las fuerzas actúa como signo de una comunidad a la que representa y de la cual adquiere sus atributos) e individual (la lucha del héroe épico, jugador, contra su destino y contra sus propias características). Estos podrían ser los trazos básicos del discurso mediático del fútbol, que describiré en el apartado siguiente, teorizados ya por Verdú[12] y que, no casualmente desde luego, coincidirían en su verbalización con la definición que Jean Marcel Paquette acuñó de la epopeya antigua:

 

L’épopée est le récit d’une action héroïco-guerrière se déroulant sur le double plan de l’histoire et de la fiction ; elle est composée d’un tryptique où chacun des trois niveaux oppose des forces, le premier, de nature globale, le second, de nature sociale, le troisième, de nature existentielle; ce dernier niveau fait apparaître la figure du couple épique duquel émerge en fin de compte l’individualité singulière du héros titulaire.[13]

 

            Si admitimos lo expuesto estaríamos ante una narración-tipo muy similar. El segundo aspecto que se menciona como rasgo característico de la épica medieval es su carácter oral, performativo e improvisado y la figura del juglar como mediador necesario con el acontecimiento y encargado de representar el cantar de gesta en cada caso. Ese carácter y esa figura también los reconocemos en el fútbol (y también los han reconocido numerosos estudiosos), bajo el disfraz del locutor.

 

En los partidos de mi infancia, el hecho fundamental fue que los narró Ángel Fernández, capaz de transformar un juego sin gloria en una trifulca legendaria. Las crónicas de fut comprometen tanto a la imaginación que algunos de los grandes rapsodas han contado partidos que no vieron; casi ciego, Cristino Lorenzo fabulaba desde el Café Tupinamba; el Mago Septién y otros pocos lograron inventar gestas de fútbol, a partir de los escuetos datos que llegaban por radio a la estación de radio[14].

 

            Este tipo de relatos, donde los locutores aparecen como verdaderos artífices del partido, que lo inventan, lo imaginan o lo sueñan, son muy abundantes en la bibliografía del fútbol. El juglar del fútbol moderno[15], por falta de información primero y por una cuestión estética o retórica después, propone una nueva realidad más allá de los acontecimientos. Su narración se superpone al partido: tanto por que propone una dimensión trascendente donde los sucesos se organizan según una lógica del destino-la culpa-el esfuerzo, como porque, en ocasiones, la realidad pasa a ser completamente ignorada, y la acción narrada no se reconoce en ella. La realidad propuesta por el discurso épico futbolístico obtiene una extraña inserción “sur le double plan de l’histoire et de la fiction”.

            Pero en efecto, dos simples objeciones interrelacionadas distanciarían enormemente nuestra épica radiofónica de aquellas formas épicas medievales. Desde luego, ahora el partido está sucediendo simultáneamente a su narración. El discurso puede mantener una relación con él, semejante, parecida o vagamente similar a la que la canción de gesta tenía con las gestas históricas concretas, pero, ahora, al tiempo que ocurre el hecho, es verbalizado. De esto se deriva que cada composición de la épica radiofónica es radicalmente diferente de las otras. Son narraciones únicas para ocasiones distintas. No existe un concepto de «obra» asimilable al de la época antigua. No podríamos llegar a decir, adaptando a Zumthor, que la retrasmisión del partido del Real Madrid-FC Barcelona fuese la suma de sus distintas retrasmisiones[16].

            Es decir, que el texto de la épica futbolística no es tal, sino una realización única, irrepetible, firmemente ligada a una circunstancia concreta, y desprovista de toda voluntad de fijación, conservación o permanencia. Sin embargo, creo, esto no nos impide intentar una comparación. La diferencia que aquí se nos muestra, se vuelve semejanza cuando nos interrogamos por las marcas formales y estructurales de ambos discursos.

             Se podría buscar una coherencia entre las diversas retrasmisiones, objetando la existencia de estructuras más o menos cíclicas que organizarían estas formas épicas, es decir, que las diferentes retrasmisiones se agruparían en una suerte de grupos: ciclo de la Liga, ciclo de la Liga de Campeones, ciclo de la copa del Rey, ciclo de la Eurocopa o del Mundial... Aún admitiendo esta serialización, es evidente la inexistencia de fuertes trazos de unión entre sus manifestaciones.

            Si al margen de analizar lo épico como una forma dada, lo concebimos también como un tipo de discurso con una función concreta en lo social (unificación de la comunidad en un discurso colectivo mítico-simbólico portador de una serie de valores sobre la identidad, la legitimidad y la historia de dicha comunidad), que en cada época y en cada sociedad adoptase una forma narrativa concreta, no encontraríamos ninguna dificultad en englobar al fútbol en esa concepción. No dejaría de ser un tópico afirmar que la sociedad occidental hubiera articulado en un determinado tipo de películas y en las retrasmisiones deportivas una modalidad de lo épico. En ese sentido, quiero mencionar las aportaciones de Pedrosa, quien en el seno de una mucho más amplia «lógica de lo heroico» integra el fenómeno futbolístico en el seno de dispositivos épicos generales, afirmando que en la actualidad el deporte ha asumido una narratividad de tipo heroico, en la cual una comunidad de héroes a través de su dominio de los espacios estrechos (introducir un balón en una portería custodiada) reparte bienes de tipo simbólico en el interior de la comunidad[17]. La coincidencia de la forma narrativa del rito del fútbol en el interior de esquemas narratológicos asociados a lo heroico de tipo universal es un punto de comienzo interesante para poder afirmar que, a partir de ahí, en el discurso que narra ese rito (y que en gran medida lo suplanta) en su forma, estilo y funciones posee características comunes a aquellas con las que definimos la épica románica medieval.

            Las semejanzas formales y estructurales a las que me he referido ya, y que desarrollaré en el epígrafe siguiente, harían viable una comparación entre esta segunda forma contemporánea de lo épico y la forma correspondiente medieval, no para proponer, insisto nuevamente, solapar sus diferencias, sino con la convicción de que, a través de dicho cotejo, podamos entender el discurso mediático del fútbol desde una perspectiva distinta y más profunda, cobrando una mayor conciencia de su naturaleza, revalorizándolo en tanto que discurso e interrogándonos por su papel en nuestra sociedad.

            Pienso que este tipo de discurso interpretativo, es, en realidad, una manera no sólo legítima sino necesaria de revisitar la literatura medieval; utilizar los discursos del pasado para entender aquellos de nuestro presente es una opción teórica que abre también nuevas vías de entender la tradición. Es decir, sabemos que la épica románica medieval nos sirve para comprender el discurso mediático del fútbol, pero quizá este último (o a través de esta operación interpretativa) nos pueda llegar a decir algo de la primera.

            Otra salvedad es necesario marcar aquí. Una cosa es que sea posible comprender, organizar, construir el fútbol alrededor de la idea de «discurso épico», pero ello no permite que todo pueda reducirse a eso. En todos sus niveles, el fútbol presenta una complejidad que esta concepción no sería capaz de asimilar completamente. Por ejemplo, junto con el léxico bélico, encontramos otros campos metafóricos distintos en este discurso mediático (el de la sexualidad, el de la economía, el de la aeronáutica...), o encontramos digresiones técnicas por parte de sus comentaristas, cuñas publicitarias y otro tipo de estructuras temáticas que no serían posibles de comprender desde lo épico. Será necesario, pues, abstraer aquellos fragmentos estrictamente épicos en lo sucesivo para organizar coherentemente este trabajo, siendo, sin embargo conscientes de la existencia de otros cotextos.

            No obstante, alrededor del fútbol se organizan diversos grados de narraciones, formas muy distintas de discurso, que van desde la retrasmisión deportiva, a la crónica periodística y que, en última instancia, se introducen en las formas altas de lo literario. En todos sus estadios es posible reconocer la importancia de lo épico, como el eje conductor unificador de este discurso.

            En su primer grado, el del juglar-locutor, es donde centraremos sobre todo nuestro análisis, por considerar que esta forma será la más cercana a la de la épica medieval, por sus propias características performativas. Se trata de comentaristas deportivos que narran el partido desde unos códigos fijados. Su manera de hablar está igualmente codificada, a caballo entre la recitación y la salmodia (con registro vocal que alterna sobre algunas primitivas estructuras tímbricas cuyo empleo, al igual que en la épica medieval, remite a situaciones concretas de la narración[18]). Muchos son los teóricos del fútbol que en un sentido large han relacionado al locutor moderno con el recitador medieval:

 

Esa sostenida elevación del tono elocutivo, mucho más agudo que el empleado en las demás funciones orales del lenguaje, revela la naturaleza de registro especial que posee el idioma empleado para comentar los espectáculos deportivos. Por sí solo, es signo del carácter a-normal que lo caracteriza. Da cuenta de sucesos y de fenómenos no prácticos, ajenos a la experiencia del común de las gentes, para las que aquello es una afición improductiva. (...) También cambian de voz los recitadores de versos.[19]

 

            Esa extrañeza necesaria del lenguaje de la oralidad, que debe marcar claramente la utilización de un uso “a-normal” del lenguaje, como una forma de ritualización del discurso y que, al tiempo, sirve para captar la atención del oyente, se convierte, en “profusión de figuras retóricas” en el segundo grado de las narraciones mediáticas del fútbol, es decir, en las crónicas deportivas. “Es lógico: el redactor, tiene también la necesidad de extrañar, para lo cual, fuerza y violenta la prosa ordinaria de la noticia. No disponiendo de los recursos vocales del locutor, ha de compensarlos con un despliegue ostentoso de ornamentos”[20].

            De este segundo estadio, utilizaremos mayoritariamente los titulares, lugares donde se condensan las pretensiones épicas y la necesidad de impactar al lector. Por su claridad, servirán de ejemplos ocasionales en el siguiente epígrafe. El lenguaje de las crónicas se aleja ciertamente del estilo formular de la retrasmisión radiofónica, y, según en qué casos, de la propia épica deportiva. Habría que distinguir, con Verdú, diferentes tipos de crónicas[21], de las cuales solamente algunos (aunque los más frecuentes) encajarían en lo que podríamos llamar un discurso épico. En algunas ocasiones, ciertamente escasas, encontramos crónicas que por su estilo y procedimientos, parecen funcionar como verdaderas prosificaciones de retrasmisiones preexistentes, que no he dudado en emplear en el siguiente epígrafe.

            Por último, el fútbol entra también en la literatura culta. Los casos de escritores fascinados por este deporte son muy numerosos y se pueden documentar al menos en los últimos ochenta años. Sus composiciones van desde la novela futbolística, al cuento breve y de la oda al haiku. En algunos casos, que son los que aquí desde luego más nos interesarían, la escritura culta de lo futbolístico se sigue procesando en clave épica. Un texto como “Oda a Platko” de Rafael Alberti, “Gol y triunfo” de Rogelio Buendía o la nacional-socialista “Oda a Ricardo Zamora” de Pedro Mo