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Mart’nez Mor‡n, Francisco JosŽ. ÒSantos y dioses del rock: sistemas de creencias del siglo XXIÓ. Culturas Populares. Revista Electr—nica 1 (enero-abril 2006). http://www.culturaspopulares.org/textos%20I-1/articulos/Mart’nez.htm ISSN: 1886-5623 |
Santos y dioses del rock:
sistemas de creencias del
siglo XXI
Francisco JosŽ Mart’nez Mor‡n
El presente estudio pretende rese–ar los diferentes procesos de divinizaci—n y santificaci—n de las figuras del mundo del rock y el pop en la sociedad actual, tanto en sus vertientes m‡s organizadas y multitudinarias, como en el ‡mbito privado y de culto personal.
Puede resultar sorprendente el hecho de que, hoy en d’a, muchas personas se declaren fieles a una creencia que tiene con m‡xima divinidad a una estrella de la mœsica. Pero si indagamos con esp’ritu abierto en estos fen—menos, y ponemos en orden su abigarrada apariencia exterior, de una forma sistem‡tica y cient’fica, nos daremos cuenta de que el fen—meno es tan antiguo y extenso como el propio hombre. El ser humano idealiza, casi por naturaleza, aquello que sobrepasa la normalidad, aquello que, por sus cualidades extraordinarias, no es capaz de comprender. Y as’, frente al brillo extraordinario de un cantante que vende millones de copias de sus discos en todo el globo, una reacci—n muy normal puede ser, como iremos comprobando a lo largo de estas l’neas, la sacralizaci—n de su vida, de su obra y, en la mayor’a de las ocasiones, de su muerte. Para ello se toman referencias conocidas y evidentes, como el cristianismo, pero tambiŽn se accionan mecanismos culturales m‡s sutiles, pero igual de potentes, como el sebastianismo y la creencia en la resurrecci—n y en la vida m‡s all‡ de la muerte.
Los griegos se contaban (y cantaban) entre s’ las haza–as de HŽctor y Aquiles, zarandeados constantemente por las volubles decisiones de los dioses, y alguien narr—, hace siglos, en antiguo castellano, el destierro del Cid. Ahora, en el tiempo de la estŽtica pop, y unido por el simple golpecito de una tecla, el mundo moldea la figura de sus hŽroes y divinidades sobre el vers‡til barro de las m‡s antiguas creencias.
1.1 Presentaci—n de materiales
A lo largo de este estudio hemos tratado de ce–irnos, en la medida de lo posible a la recolecci—n de im‡genes, logotipos, producciones art’sticas y creencias actuales que conforman parte de la cultura pop del mundo occidental. En este sentido, y a pesar de lo cercanas en el tiempo que son estas manifestaciones, no hemos renunciado a inscribirlas en un marco te—rico m‡s estricto y escolar.
No obstante, debemos advertir de que los datos y materiales que conforman el presente art’culo no se adscriben siempre a un ‡mbito acadŽmico convencional, con lo que la bibliograf’a se refiere, en m‡s de una ocasi—n, a art’culos aparecidos en la prensa escrita y en revistas musicales especializadas. A su vez, con frecuencia remitimos al lector a p‡ginas de Internet en las que se expresa sin cortapisas el poliŽdrico sincretismo cultural que pretendemos mostrar con estas l’neas. Y no podr’a ser de otra manera: hoy en d’a, la cultura popular se mueve, a un ritmo vertiginoso, de un ordenador a otro, en la fugaz intersecci—n de dos ideas aparentemente contradictorias pero ligadas, para los m‡s diversos fines, por un acervo ideol—gico compartido.
As’, tal vez desde el mismo inicio, podemos formular una conclusi—n obvia pero necesaria: los tiempos de la sociedad siempre avanzan mucho m‡s deprisa que los estudios que tratan de explicarlos.
Si hay un ejemplo verdaderamente claro de mitificaci—n y divinizaci—n de las estrellas del rock del siglo XX, ese es el del cantante norteamericano Elvis Presley, cuya figura es venerada e imitada a lo largo de todo el globo, y cuya estela de leyenda lleva a muchos de sus admiradores a considerarlo un autŽntico Mes’as.
2.1.
Biograf’a sucinta
Antes de entrar en el an‡lisis de los fen—menos que muestran la mitificaci—n de Elvis, ser‡ conveniente dejar trazados unos peque–os datos reales de su biograf’a, de manera que puedan servir de comparaci—n con la desmesura de su leyenda posterior.
Elvis Aaron Presley naci— en el seno de una pobre familia de granjeros en la peque–a localidad de Tupelo (Misisip’) en 1935. Dieciocho a–os m‡s tarde grab—, en Memphis, un disco aficionado para regal‡rselo a su madre, y un cazatalentos local descubri— en Žl la f—rmula del que habr’a de ser su Žxito fulgurante: una extra–a capacidad para encandilar al pœblico con su voz y el movimiento de sus caderas.
No sin despertar encendidas polŽmicas entre el pacato pœblico norteamericano de la Žpoca (que ve’a en Žl una especie de encarnaci—n diab—lica y pervertidora de la juventud), alcanz— una fama planetaria con temas como ÒThatÕs all rightÓ, ÒJailhouse rockÓ, ÒHeartbreak HotelÓ, ÒLove me tenderÓ, etc.
En el a–o 1958 inici— una carrera militar de dos a–os que habr’a de suponer un duro golpe a su carrera musical: al volver a los estudios de grabaci—n, ÒEl ReyÓ vio con desesperaci—n c—mo los artistas a los que Žl hab’a abierto el camino de la mœsica m‡s comercial del mundo lo hab’an desplazado de su trono.
Desde entonces, su declive personal fue lento pero constante, y Elvis acab— muriendo en 1977 v’ctima de abuso, continuado e insostenible, de drogas, medicinas y alcohol.
Hay que se–alar, a su vez, que aunque, en un principio, Elvis fue visto en su patria natal como un terrible y sat‡nico agitador de masas juveniles, Žl mismo se encarg— de ir lavando esa imagen con el paso de los a–os, hasta convertirse en el prototipo de perfecto artista norteamericano: hoy sabemos que era muy religioso (y encendido admirador del ÒgospelÓ)[1], y que no dud— nunca en colaborar con las agencias secretas de su pa’s para vigilar la conducta de otros cantantes contempor‡neos (como John Lennon) sospechosos de ser comunistas[2].
2.2. Divinizaci—n, negocio,
sebastianismo
Desde su muerte en 1977, el recuerdo la figura de Elvis ha provocado, b‡sicamente, tres fen—menos de religiosidad popular entre sus m‡s incondicionales seguidores[3]:
a) supuestos avistamientos f’sicos,
b) supuestas presencias espirituales, y
c) nacimiento de varias iglesias.
Por otro lado, estas tres manifestaciones, como iremos viendo, se suelen producir de manera combinada, es decir: quien ve a Elvis (ya en esp’ritu, ya en carne y hueso), suele profesar su religi—n, y viceversa. Por otro lado, atendiendo al tercer factor rese–ado, hemos de remarcar la gran cantidad de matices que se dan entre un culto y otro, pues no se trata de una Iglesia con un centro religioso definido, sino, m‡s bien, de una variedad de formas diferentes de entender a Elvis y su legado, en la que encuentran acomodo los m‡s variados fans de la estrella.
Los avistamientos de Elvis comenzaron desde el momento de su deceso, y han jalonado la actividad de muchos de sus seguidores a lo largo de todos estos a–os. Es un hecho, que las sociedades se niegan con frecuencia a aceptar la muerte de los ’dolos que han conocido en vida, y transmiten, generaci—n tras generaci—n, la idea de que no est‡n muertos en realidad y de que volver‡n, algœn d’a se–alado, como redentores de una patria, una comunidad, o de la humanidad entera. Este fen—meno recibe el nombre de ÒsebastianismoÓ, en honor al rey portuguŽs Sebasti‡n desaparecido en la batalla de Alcazarquivir.[4] Adem‡s del rey Sebasti‡n, tambiŽn son esperados en otras partes del globo el rey Arturo (que, segœn la leyenda, duerme en la isla de Avalon, y volver‡ como œltimo rey de los ingleses), Boabdil, o el propio Cristo, que en algœn momento deber‡ regresar al mundo para librar el Combate Escatol—gico que prevŽ el Apocalipsis de San Juan. Anotemos un detalle: Elvis, Jesœs (el Rey de Reyes), Arturo, Sebasti‡n y Boabdil eran monarcas que deber‡n reivindicar los reinos que les fueron arrebatados con la muerte o el destierro. No en vano, el apelativo m‡s corriente con el que sus fieles se refieren a Elvis es ÒEl ReyÓ.
De esta forma, los seguidores de la fe en el rockero de Tupelo aseguran que se aparece ya hoy, tanto en persona, como en alma, y que llegar‡ el d’a en que volver‡ de su lugar de retiro para imponer de nuevo su mœsica y estilo de vida. No obstante, a diferencia de lo que sucede con otros reyes Òno muertosÓ, y tal vez por la diversidad de las iglesias que, como veremos a continuaci—n, lo adoran como a un dios, la profec’a de su retorno no est‡, en absoluto, claramente definida.
Por otro lado, en cuanto a los cultos concretos, Nigel Patterson cataloga cinco de las varias iglesias presleyterianas que existen en el mundo[5]. Por un lado, encontramos la The First Presleyterian Church of Elvis the Divine, que se extiende por AmŽrica de Norte y Australia, principalmente[6]. En su logotipo, reformulaci—n rockera de la simbolog’a cristiana, Elvis aparece crucificado en una ÒguitarraÓ tan peculiar como esta:

Otra iglesia dedicada a Elvis es la llamada Elvis Gospel Ministries [7], as’ como la Christ the King, Graceland Independent Anglican Church of Canada, cuyos reverendos visten como pastores anglicanos, salvo por el detalle del tupŽ y las patillas.
Peculiar es, al menos, la cuarta iglesia catalogada por Patterson: la 24 Hour Church of Elvis ofrece altares personales para el culto privado y, por ello, tiene el placer de jactarse de ser la œnica que tiene un contacto permanente con el ’dolo[8], en lo que denomina ÒIglesia permanente y personal de ElvisÓ.
Por su lado, la quinta de las iglesias rese–adas es, no obstante, absolutamente par—dica: se trata de la The First Church of Jesus Christ, Elvis, que idolatra al cantante, pero que tambiŽn se muestra irreverente (a sabiendas) con el cristianismo Òcan—nicoÓ y con las iglesias que s’ se toman en serio la relevancia divina de Presley, como muestra, entre otras, una peculiar’sima imagen en la que el ’dolo se abre la tœnica para mostrar en su pecho un autŽntico Sagrado Coraz—n [9]. Imag’nenselo.
Una vez m‡s segœn Patterson, hay ciertas caracter’sticas fundamentales y constantes en todos estos cultos (exceptuando, como dec’amos antes, los meramente par—dicos, como este œltimo): Dios se identifica con Elvis (y Žste, a su vez, por no estar nunca de verdad muerto, con una especie de supremo sacerdote); se muestra un gusto extremo por el disfrazarse, a la m‡s m’nima oportunidad, de Elvis, siempre a modo de h‡bito religioso; los fieles coleccionan compulsivamente objetos, de toda ’ndole, relacionados con Elvis, y llevan a cabo peregrinaciones anuales (sobre todo, como veremos en el apartado 2.3., a Graceland); etc. La First Presleyterian Church of Elvis the Divine va m‡s lejos y, tras cinco a–os de ÒconcilioÓ, determin— con precisi—n que sus adeptos deb’an mirar a Las Vegas en actitud orante una vez al d’a, ir a Graceland en romer’a al menos una vez en la vida, hacer que sus hijos loaran a Elvis diariamente, y comer s—lo los Ò31 alimentos sagradosÓ que la estrella ten’a siempre en su despensa particular.
Por supuesto, del sebastianismo y de la consecuente afloraci—n de religiones relacionadas con Elvis ha surgido tambiŽn el negocio. As’, podemos ÒadornarÓ nuestra boda (aunque se celebre por un rito m‡s tradicional) con un Presley inmortal que cante uno de sus Žxitos tras el ÒS’ quieroÓ y sea testigo en la firma del registro[10]. La idea no tiene desperdicio.
E incluso series de animaci—n de alcance mundial, como Elvis-Christ, emitida –con gran Žxito- en los œltimos a–os por la cadena musical MTV, han encontrado en estos sincretismos un inagotable fil—n humor’stico e irreverente. Sus creadores no dudan en fundir las figuras de Cristo y Elvis en una œnica figura, barbuda, gorda e indisciplinada.
2.2.1.
Endogamia: mœsicos que adoran a otros mœsicos
En m‡s de una ocasi—n, son los propios mœsicos los que continœan, por su lado, el ritual de admiraci—n ante las estrellas que los precedieron. Esa actitud se filtra, a su vez, a los j—venes oyentes de mœsica, que acaban por incorporarse a la cadena de idolatr’as a travŽs de la moda del momento. De esta forma, la mœsica comercial siempre ofrece de s’ misma una (enga–osa) imagen de originalidad reformuladora y de constante recuperaci—n de lo autŽntico.
Y, consecuentemente, los modelos buscados, las ra’ces que se persiguen sin descanso, son las de artistas ya fallecidos: Jimi Hendrix, John Lennon, Janis Joplin, Freddy Mercury, Jim Morrison, etc. As’, se completa una curiosa forma de sebastianismo musical: si bien se sabe que ciertos muertos no volver‡n de sus tumbas, s’ se da por hecho que su legado ha de volver, una y otra vez, como el ciclo de una marea infinita, a la actualidad del circuito discogr‡fico y sus modas.
En este sentido, cabe se–alar, que tambiŽn los mœsicos espa–oles idolatran a Elvis Presley en el sentido m‡s estrictamente religioso del tŽrmino, y fomentan, por ende, su culto entre los espectadores. Sirvan como ejemplo Enrique Bunbury y Alaska. As’ lo expresa el primero, que siempre lleva al cuello un ostentoso medall—n de su santo:
ÒNunca rezo a las v’rgenes, prefiero a Elvis. Muchas veces, se me aparece en sue–os. [Me dice] que en este pa’s hay mucho artista medi‡tico que no hace mœsica con el coraz—n[11]Ó.
Por su parte, la cantante Alaska confiesa (o, m‡s bien alardea de) haberse casado en 1999, y en Las Vegas, por el rito presleyteriano, declarando, a su vez, que ese siempre hab’a sido uno de los sue–os de su vida[12].
2.3. Los santuarios
Cuando un santo (o dios) del rock abandona su envoltorio mortal, sus fieles necesitan recuperar el norte de sus creencias a travŽs de un santuario, a travŽs de un lugar sagrado al que peregrinar para rendir tributo a su ’dolo eterno.
En el caso de Elvis, el espacio m’tico por excelencia es Graceland, su mansi—n en la ciudad estadounidense de Memphis (Tennessee), de cuya fachada no adjuntamos fotograf’a porque es marca registrada[13]. En este caso el negocio supone un impulso decisivo para la creencia: los herederos de Elvis han registrado el nombre del palacio y organizan visitas a sus estancias, como si de un museo (o templo) cualquiera se tratase. As’, muchos de los turistas que viajan al pa’s piden a las agencias de viaje que les organicen un tour por la mansi—n y sus alrededores, as’ como que les faciliten la asistencia a los escenarios de Las Vegas donde triunf— el artista.
Curiosamente, los datos demuestran que el interŽs por estos lugares santos va creciendo a medida que pasan los a–os, como si la leyenda del cantante se agrandara a medida que la fecha de su muerte se aleja en el tiempo: cuanto m‡s nebulosa es la figura del artista idolatrado, mayor es su leyenda.
El caso del grupo brit‡nico The Beatles resulta, si cabe, m‡s abrumador en lo que a santuarios se refiere. En primer lugar, Liverpool, su ciudad natal, tiene como principal (y podr’a decirse que œnico) atractivo tur’stico la ruta de lugares relacionados con el grupo. Destaca The Cavern, angosto bar situado en Mathew Street, y convertido hoy en museo, donde empezaron a dar sus conciertos los componentes del conjunto.

A su vez, son visitad’simos dos enclaves de la ciudad que dan t’tulo a otras tantas canciones del grupo: la cŽntrica calle Penny Lane (protagonista del tema hom—nimo, firmado por Paul McCartney en el a–o 1967) y el modesto parque infantil de un orfanato llamado Strawberry Fields (que sirvi— de inspiraci—n a John Lennon para su ÒStrawberry Fields ForeverÓ, tambiŽn compuesto en 1967)[14].
Por otro lado, los Beatles dejaron su huella en Londres, ciudad en la que grabaron todos sus discos. Hoy en d’a, los estudios de la compa–’a discogr‡fica EMI son venerados por los beatlemanos (as’ se denominan a s’ mismos estos seguidores), que llenan de graffitis su fachada y se fotograf’an cruzando la calle, como ya hicieron los propios miembros del grupo para la portada del ‡lbum Abbey Road, de 1969.
Para terminar la enumeraci—n de los santuarios dedicados a los cuatro de Liverpool, hay que cruzar el Atl‡ntico y llegar hasta Nueva York. All’ fue asesinado John Lennon el 9 de diciembre de 1980, en el portal del Edificio Dakota, donde resid’a con su segunda mujer y su hijo menor. El lugar no deja nunca de recibir a multitud de admiradores y curiosos[15]. Frente al edificio, situado en la esquina de la Calle 72 con la 1» Oeste, se encuentra Central Park, que contiene tambiŽn un espacio dedicado al cantante brit‡nico (el Strawberry Fields Memorial) al que suelen acudir los seguidores de Lennon para dejar flores, velas o mensajes escritos[16]. En estos jardines tambiŽn es frecuente encontrar a mœsicos an—nimos interpretando canciones del beatle asesinado.
TambiŽn en Nueva York, cabe destacar la importancia del Hotel Chelsea, donde se alojaron alguna vez casi todas las grandes estrellas anglosajonas de mediados y finales de los sesenta, y de principios de los setenta como Leonard Cohen (que le dedic— en 1971 el tema ÒChelsea Hotel No. 2Ó) o Janis Joplin. Aœn hoy, aparte del lujo de sus habitaciones, el mayor reclamo del establecimiento es su glorioso pasado art’stico y musical[17].
Por œltimo, en Par’s, en el cŽntrico cementerio de Montparnasse, todav’a se veneran los restos del vocalista y poeta norteamericano Jim Morrison, l’der del grupo californiano The Doors. Sus fieles siguen decorando la tumba (que es peri—dicamente limpiada de pintadas) con velas, flores y recordatorios.
Curiosamente, los fan‡ticos de algunas estrellas del rock echan de menos un santuario donde recordar a su artista. El caso m‡s paradigm‡tico lo ponen los seguidores del grupo inglŽs Queen, que inventan mil y una hip—tesis distintas sobre el lugar final de reposo de las cenizas del fallecido cantante de la banda, Freddy Mercury (llamado en realidad, Farroh Bulsara, nacido en 1946, y muerto de SIDA el 23 de noviembre 1991): algunos afirman que descansa bajo un almendro de su mansi—n Kensington (Londres), porque aseguran que ese siempre fue su ‡rbol predilecto, pero tambiŽn los hay que afirman que sus restos incinerados se esparcieron por el mar[18].
2.4. Otras santificaciones
populares: Bob Marley y el surf, Maradona y los ÒCaballeros JediÓ.
El cantante jamaicano Bob Marley (St. Ann, Jamaica, 1945-Miami, Estados Unidos, 1981) abander— durante toda su vida la protesta de las clases m‡s pobres de su pa’s, y pronto se erigi— en un mito para millones de personas humildes en todo el mundo (y, sobre todo, en las viejas colonias brit‡nicas de la actual Common Wealth). Ese era un terreno en el que el artista se sent’a c—modo, y Žl mismo fomentaba un halo de misticismo profŽtico en sus composiciones y puestas en escena. Seguramente, desde la perspectiva de agitador de masas Žl ha sido el m‡s grande de los mœsicos del siglo XX.
De hecho, Marley es reconocido hoy en d’a por otros artistas, como Wyclef Jean y Chris Martin como un inmenso e inigualable comunicador:
ÒÀPor quŽ Marley es tan distinto a otros grandes compositores? Porque ellos no saben c—mo se vive cuando la lluvia se te cuela en casa. Porque no sabr’an encender un fuego y cocinar pescado a la orilla del mar. Marley sali— de la pobreza y la injusticia de Jamaica, y eso se manifest— en la rebeld’a de su sonido. La gente era su fuente directa de inspiraci—n. [...] Pero es dif’cil compararlo con otros compositores, porque la mœsica no era m‡s que una parte de Žl. TambiŽn era un revolucionario. Su impacto en la pol’tica fue enorme: incluso intentaron asesinarle. Marley era como MoisŽs. Cuando Žl hablaba, la gente se mov’a.Ó[19]
Ò-ÀEso refuerza la teor’a de que la de los Beatles no es la mœsica global, sino la de Bob Marley?
-S’, nadie ha hablado al mundo como Žl. Es el mœsico m‡s importante de la historia. Da lo mismo que estŽs en Islandia o en Sud‡frica: cantas ÒGet up, stand upÓ y la gente responde.Ó[20]
En efecto, la popularidad de Marley se cimienta en sus composiciones, pero tambiŽn en un h‡bil manejo de los tiempos que se deben utilizar para hacerse con la confianza del pœblico.
Adem‡s, por si esto fuera poco, la religi—n rastafari, de la que Žl fue m‡ximo representante pœblico durante su vida, predica un mensaje de cierto atractivo para los aficionados a la mœsica alternativa y a un estilo de vida contestatario pero pacifista[21]. De esta manera, la ense–a tricolor (verde, amarilla y roja) que representa Òel color del coraz—n africanoÓ se ha adoptado mundialmente como icono de los valores promovidos por Marley a lo largo de su carrera, si bien es cierto que la mayor’a de los seguidores no llegan nunca a autŽnticos rastafaris, y se limitan a copiar la estŽtica de su ’dolo: el pelo trenzado con rastas, la indumentaria deportiva y el gusto por la marihuana suelen ser sus se–as de identidad en la mayor’a de los casos. S—lo en ocasiones muy escasas, (y descontando a los habitantes de Jamaica, que en absoluto se toman a Marley como una pose, y que han llegado a postular el cambio de nombre de la capital, Kingston, por ÒMarleytownÓ) se dan casos de verdaderos ÒconversosÓ que se entregan por completo a la religi—n rastafari y emigran a Etiop’a para cambiar sus vidas.
Pero, como ya observamos en el caso de Elvis Presley, nunca deja de haber un poso de aprovechamiento econ—mico en la gesti—n postmortem de la popularidad de los ’dolos. De esta forma, sus discos siguen vendiŽndose a millones, y su imagen se multiplica eternamente en camisetas y accesorios.
òltimamente, sus herederos han llegado a vender la imagen de Marley para promocionar una conocida marca de productos deportivos para surfistas. En esa representaci—n Marley (enmarcado por la bandera tricolor rastafari) es pintado como un ser divino: camina sobre las aguas, iluminado por un potente rayo de luz celestial; sus manos parecen bendecir a quienes lo observan; tiene alas ser‡ficas y un halo de santidad le envuelve el cuerpo.
Lo m‡s peculiar de este caso es que a Marley se le perdonan (o incluso se le alaban), aunque sea como mal menor, estas veleidades comerciales. Volvamos al art’culo de Wyclef Jean sobre el ’dolo jamaicano:
ÒHoy, la gente se esfuerza por encontrar algo autŽntico. Todo es tan artificial que nos aferramos a cualquier cosa que nos dŽ esperanza. Por eso se siguen vendiendo camisetas de Bob Marley, porque su mœsica es una de las pocas cosas autŽnticas a las que aœn podemos aferrarnosÓ[22]
Una vez m‡s, topamos con el adjetivo ÒautŽnticoÓ para explicar el empuje masivo de ciertas figuras divinizadas de la mœsica moderna. En esta bœsqueda de lo œnico, de lo asombroso, de lo peculiar, reside buena parte de su fuerza.
Por otro lado, la relaci—n entre mœsica y deporte es muy estrecha y permeable, y de la misma manera que el surf ha adoptado a Marley como uno de sus iconos, deportes como el fœtbol han generado sus propios dioses carnales. As’, hace pocos a–os (a finales de los a–os noventa) surgi— en Argentina (y abierta a todo el planeta) la religi—n que toma al futbolista Diego Armando Maradona como Dios œnico: la Iglesia Maradoniana[23]. Tiene su santoral, sus fechas se–aladas y su calendario (segœn el cual, por ejemplo, 2005 corresponde al a–o 43 despuŽs de Diego), adem‡s de diez mandamientos fundamentales, al estilo cristiano (algunos de ellos, y sobre todo el dŽcimo, ininteligibles para un lego):
1-
La pelota no se mancha, como dijo Dios en su despedida.
2-
Amar al fœtbol por sobre todas las cosas.
3-
Declarar tu amor incondicional por Diego y el buen fœtbol.
4-
Defender la camiseta argentina, respetando a la gente.
5-
Difundir los milagros del Diego en todo el universo.
6-
Honrar los templos donde predic— y sus mantos sagrados.
7-
No proclamar a Diego en nombre de un œnico club.
8-
Predicar siempre los principios de la Iglesia Maradoniana.
9-
Llevar Diego como segundo nombre y ponŽrselo a tu hijo.
10-No
ser cabeza de termo y que no se te escape la tortuga
Recientemente, el compositor argentino AndrŽs Calamaro le dedic— a su venerado ’dolo futbol’stico[24] estas palabras, llenas de fervor casi m’stico (y repletas tambiŽn, no cabe duda, de evidente sebastianismo):
Maradona
no es una persona cualquiera,
es
un hombre pegado a una pelota de cuero.
Tiene
el don celestial de tratar muy bien al bal—n.
Es
un guerrero.
Es
un ‡ngel y se le ven las alas heridas,
es
la Biblia junto al calef—n.
Tiene
un guante blanco calzado en el pie
(del
lado del coraz—n)
No
me importa en que l’o se meta Maradona,
es
mi amigo y es una gran persona el 10.
En
el alma guardo la camiseta de Boca
que
me regal— alguna vez.
Diego
Armando, estamos esperando que vuelvas;
siempre
te vamos a querer
por
las alegrias que le das al pueblo
y
por tu arte tambiŽn
Maradona
no es una persona cualquiera,
es
un hombre pegado a una pelota de cuero.
Tiene
el don celestial de tratar muy bien al bal—n.
Es
un guerrero.
2.4.1.
Una religi—n peculiar: los
ÒCaballeros JediÓ
Todo comenz— en 2001, con un correo electr—nico que propag— la leyenda urbana por todo el antiguo Imperio Brit‡nico. En su texto se aseguraba que con 10.000 adeptos, una religi—n ser’a reconocida como tal por las autoridades de la Common Wealth. R‡pidamente, los seguidores de la serie cinematogr‡fica Star Wars (en Espa–a, La Guerra de las Galaxias) rellenaron la casilla de creencias del censo con el sorprendente sintagma ÒCaballero JediÓ, como si, adem‡s de fans, profesaran de verdad la religi—n propuesta por la trama de las pel’culas.
La noticia no tard— en producirse: 300.000 brit‡nicos y 70.000 australianos se declaraban jedis y dejaban perplejos a los responsables del departamento encargado de realizar el censo. As’ lo reflejaba, en su edici—n digital, la BBC [25], primero para el caso inglŽs, y despuŽs para el australiano:
ÒTuesday,
9 October, 2001, 16:06 GMT 17:06 UK
Jedi
makes the census list