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Pedrosa, JosŽ Manuel. ÒLa chanson
de geste de Beuve de
Hantone, el romance de Celinos y los cuentos de La hermana traidora (ATU 315) y de La madre traidora (ATU 590)Ó. Culturas Populares.
Revista Electr—nica 1
(enero-abril 2006). http://www.culturaspopulares.org/textos%20I-1/articulos/Pedrosa.htm ISSN: 1886-5623 |
La chanson
de geste de Beuve
de Hantone, el
romance de Celinos
y los
cuentos de La hermana traidora (ATU 315) y de La madre traidora (ATU 590)
JosŽ Manuel Pedrosa
Universidad de
Alcal‡
A
Samuel G. Armistead
Un art’culo ya cl‡sico de Samuel G. Armistead y Joseph
H. Silverman[1] y un estudio
m‡s reciente de Diego Catal‡n[2]
han desvelado las coincidencias argumentales, poŽticas e ideol—gicas que
delataban el parentesco entre —por un
lado— el
viejo ciclo de poemas Žpicos y bal‡dicos europeos que parece tener como nœcleo
la chanson de geste francesa de Beuve de Hantone y —por otro lado— el romance
hisp‡nico de Celinos y la adœltera. De la amplia difusi—n,
esencialmente medieval, del ciclo heroico que parece cimentarse sobre el Beuve
de Hantone da idea el hecho de que, como ha se–alado Diego
Catal‡n, se conozcan Çredacciones varias, anglo-normanda (del s. XII),
francesas (dos del s. XIII) e italiana (en prosa y en verso, tard’as)È, adem‡s
de derivados en Çversiones holandesa, inglesa, irlandesa, galesa, n—rdica,
servia, rusa, yidish y rumanaÈ. La gesta anglonormanda de Boeve de Haumtone, la
provenzal de Daurel et Beton y la italiana de Bovo d'Antona ser’an
las primeras y principales ramas nacidas del tronco hundido, segœn algunos
indicios —tan
relativos y ambiguos como casi todo lo que ata–e a los or’genes y balbuceos de
la tradici—n literaria oral— sobre
el solar francŽs. Ep’gono m‡s marginal, y posiblemente m‡s tard’o, ser’a el
romance panhisp‡nico de Celinos y la adœltera, del que se conoce
un testimonio fragmentario del siglo XVI —que no excluye que existieran versiones peninsulares
anteriores— y
unos pocos registros orales documentados, ya en el siglo XX, en unos cuantos
pueblos del norte de Espa–a y de Portugal, en la isla de Ibiza y en algunas
comunidades sefard’es del Mediterr‡neo oriental.
El
argumento t’pico del romance hisp‡nico (hoy pr‡cticamente extinguido en la
tradici—n oral) fue resumido de este modo por los propios Armistead y
Silverman:
El romance de Celinos y la adœltera
nos evoca un fatal tri‡ngulo amoroso. Desarrolla un relato b‡rbaro y violento
de adulterio, traici—n y venganza sanguinaria: la mujer del conde viejo, poco
satisfecha con su matrimonio, se enamora del joven Celinos. ƒste le aconseja
que finja estar embarazada, diciendo que perder‡ el ni–o a menos que pueda
comer la carne de un ciervo (puerco o carnero, segœn los textos sefard’es) que
anda en un monte cercano. El conde viejo vuelve de o’r misa y su mujer le
repite esta falaz historia, inst‡ndole a que se dirija al monte a cazar el
ciervo y sugiriŽndole que para el caso no necesita ir fuertemente armado. El
viejo se arma bien, sin embargo, y se encamina al monte, donde Celinos le
espera en emboscada, segœn ya hab’a concertado con la condesa. Al ser atacado,
el buen conde no s—lo se defiende, sino que vence y mata al amante y vuelve a
su casa para presentar a la mujer infiel la cabeza ensangrentada de Celinos.
Acto seguido, la degŸella y coloca juntas las dos cabezas, para que se cumpla
en la muerte lo que los amantes hab’an querido realizar en vida.
No
merece la pena, tras los profundos estudios que a la cuesti—n han dedicado
Armistead, Silverman y Catal‡n, hacer un seguimiento pormenorizado de las
impresionantes coincidencias, argumentales y poŽticas, que vinculan el romance
hisp‡nico de Celinos y la adœltera con el complejo de
viejas narraciones heroicas europeas —cuyo nœcleo girar’a alrededor del Beuve de Hantone— a cuya familia
parece pertenecer. Pero s’ puede ser interesante conocer, para poder establecer
una adecuada base de comparaci—n, una versi—n del romance de Celinos que
fue recogida en el a–o 1979 en el pueblo de Sorbeda, en la provincia de Le—n:
Cuando el conde vien de misa, la condesa mala est‡.
—ÀQuŽ
has tenido, condesina, de
dos horas para ac‡?
—Que
me hallo en cinta de dos
horas para ac‡.
—Si
te hallas en cinta, algo se
te antojar‡.
—En
ese monte 'e Celinos suena
un ciervo bramar,
si
no como de ese ciervo,
pienso de arreventar.
—No
arrevientes, la condesa, que
yo te lo irŽ a buscar.
—Si
vas a buscarlo, las armas
dejas quedar.
Fue
a la ferreter’a y unas
nuevas fue a comprar;
peque–as
eran, peque–as, pero finas
n'el cortar.
Siete
vueltas dio al monte, y no
lo pudo encontrar;
pa entrar pa las ocho, con Celinos fue a encontrar.
—ÀQuŽ
haces ah’, mal conde, a mis
montes a cazar?
—ÀPor
quŽ vas tœ, Celinos, a mi
casa a rondar?
—Tu
mujer, mal conde, hombre me
ha de llamar.
—Lo
que Dios quiera, Celinos, lo
que Dios quiera ser‡.
—Los
tus hijos, mal conde, padre
me han de llamar.
—Lo
que Dios quiera, Celinos, lo
que Dios quiera ser‡.
Pus—n la espada en el suelo,
empezaron a pelear:
a
la primera vuelta, Celinos
debajo cae.
Le
cort— la cabeza, y pa su casa la trae.
—Toma,
toma, la condesa, el ciervo
que fue a buscar.
—ÀPa que lo mataste, conde,
si a ti no te hac’a mal?
—Ahora
te la corto a ti, os la
pongo par a par,
pa que os abraceides y beseides, que vos doy tiempo y lugar[3].
El
escaso desarrollo, hasta hoy, en el ‡mbito de la literatura hisp‡nica e
internacional —en
particular en lo relativo a la oral— de un
mŽtodo comparatista que atienda y coteje gŽneros diversos, hab’a mantenido como
asignatura todav’a pendiente la puesta en relaci—n de este complejo de viejos e
impresionantes poemas Žpico-bal‡dicos documentados en Europa central y
occidental con otro complejo de narraciones pertenecientes a otro gŽnero —el del cuento oral
en prosa— cuyo
contraste sistem‡tico con el romancero y con la Žpica est‡ sin duda destinado —cuando se haga— a arrojar
inesperada luz y a ofrecer resultados que a buen seguro se revelar‡n muy
importantes. El ejercicio de comparatismo que propondremos a continuaci—n no
pretende ser m‡s que una simple promesa, un modesto adelanto, de los renovados
perfiles y de los ins—litos parentescos que se podr‡n vislumbrar y definir
cuando nuestro horizonte cr’tico admita y enfrente tradiciones y repertorios
literarios que hasta ahora han sido mantenidos pr‡cticamente —e
inconvenientemente—
aislados en sus respectivos encasillamientos de gŽnero.
La
tŽtrica historia de la mujer que, en connivencia con algœn perverso amante, se
finge enferma y env’a a su marido desarmado a realizar alguna empresa tras la
que acecha algœn mortal peligro —amenaza
que el marido sabr‡ vencer, tras lo cual matar‡ a la pareja de traidores— cuenta, en efecto,
con interesant’simos y hasta ahora inadvertidos paralelos en el ‡mbito del
cuento tradicional, tan cercano en tantos aspectos —muchos m‡s de los
que han sido percibidos hasta el momento— al de la Žpica y el romancero. De hecho, varios de los
tipos cuent’sticos definidos en el gran cat‡logo de cuentos universales que
comenz— a construir Antti Aarne, que desarroll— Stith Thompson y que
œltimamente (en 2004) ha perfeccionado Hans-Jšrg Uther, desarrollan argumentos
similares, coincidentes en lo esencial y divergentes en lo accesorio, como es
propio de toda literatura de transmisi—n b‡sicamente oral, y como, sin ir m‡s
lejos, se puede apreciar tambiŽn si se cotejan y cruzan los mundos, a un tiempo
singulares y paralelos, diversos y emparentados entre s’, del romance de Celinos y de
las ramas plurales de la constelaci—n del Beuve de Hantone.
Entre
los cuentos tradicionales que despliegan historias parecidas a las que nos
est‡n ocupando se cuentan los que est‡n protagonizados no ya por una esposa
adœltera, sino a veces tambiŽn por una madre o por una hermana que mantienen
amores culpables con algœn amante perverso, y que organizan una bater’a de
enga–os mortales, cortados todos por un patr—n similar al que ya conocemos —se fingen enfermas,
env’an al var—n a enfrentarse contra algœn animal del bosque, pretenden desarmarle— contra el marido,
contra el hijo o contra el hermano. El final es, en todos los casos,
infaliblemente similar: el hŽroe logra salir sano y salvo de las emboscadas que
se le tienden y condena a morir juntos —casi siempre por descuartizamiento— a la pareja de
conspiradores.
Atendamos
en primer lugar al cuento-tipo 315 (The Faithless Sister: La
hermana traidora) del cat‡logo de Aarne-Thompson-Uther, de gran parecido
aunque de difusi—n mucho m‡s amplia que la del complejo Žpico-bal‡dico de Beuve-Celinos que —recordemos— se ha documentado
s—lo en Europa. El cat‡logo referido advierte, en efecto, que se han recogido
variantes del cuento-tipo 315 en un sinnœmero de tradiciones orales, entre las
que se cuentan —y no
reproducimos todo el ampl’simo elenco— las de Finlandia, los Pa’ses B‡lticos, Escandinavia,
Irlanda, Francia, Espa–a, HispanoamŽrica, Portugal, Alemania, Hungr’a, Chequia,
los Balcanes, Polonia, Rusia, Ucrania, Mongolia, Osetia, Georgia, Argelia,
Sud‡n, Namibia, Palestina, Jordania, Irak, Ir‡n, Arabia Saud’, Om‡n, Kuwait,
Qatar, Yemen, India, China o Corea. Antes de ofrecer la s’ntesis argumental del
cuento tal como fue formulada por Uther, conviene advertir que la hermana no es
la protagonista exclusiva de todas las versiones de este cuento-tipo —pese al etiquetado
genŽrico de La hermana traidora—, y que, en ocasiones, toda su turbia trama gira en
torno —igual
que en los poemas narrativos del ciclo de Beuve-Celinos— de la esposa
adœltera. Alguna de las versiones que reproduciremos m‡s adelante nos permitir‡n
comprobarlo:
Tipo 315. La hermana traidora.
Un hermano y una hermana dejan su hogar (o son expulsados de Žl). El hermano
mata a un cierto nœmero de seres malignos (demonios, gigantes, dragones), pero
no advierte que el œltimo de ellos se ha quedado s—lo herido. La hermana
contribuye a la recuperaci—n del herido, del que se convierte en amante. Para
librarse del hermano, ella simula que est‡ enferma, y pide al hermano que vaya
en busca de la leche (o del h’gado) de algœn animal peligroso. El hermano se
al’a con ciertos animales y ellos le siguen (o le entregan un silbato).
Tras
el primer intento fallido, la hermana ata al hermano con hilo de seda, o le
env’a un molino m‡gico en el que est‡n encerrados los animales.
Cuando
la pareja de amantes est‡ ya a punto de matar al hermano, Žl silba a los
animales. ƒstos se escapan del molino y descuartizan al amante malvado. La
hermana traidora queda en prisi—n (o ha de arrepentirse y llenar un barril con
sus l‡grimas).
En
ocasiones, segœn apunta Uther, al cuento-tipo 315 se le adhiere un desenlace
postizo, por contaminaci—n con el cuento-tipo 300 (The Dragon-Slayer: El
matador del drag—n):
El hŽroe se marcha por un camino, rescata a una princesa de las garras
de un drag—n y se casa con ella.
La
hermana es conducida a la corte. Intenta vengarse del hermano poniendo un hueso
(envenenado) en su cama. El hermano muere. Los animales sacan el hueso de su
cuerpo y Žl resucita. Ella es condenada a muerte[4].
TambiŽn
el cuento-tipo 590 del cat‡logo de Aarne-Thompson-Uther (The Faithless
Mother: La madre traidora) muestra
coincidencias muy sugerentes —sobre
todo en sus episodios centrales— con
el complejo Žpico-bal‡dico de Beuve-Celinos.
Antes de conocer el resumen que de Žl hizo Uther, hay que se–alar que se han
recogido versiones en —entre
otras tradiciones, las de—
Finlandia, Escandinavia, los Pa’ses B‡lticos, Irlanda, Francia, Espa–a,
HispanoamŽrica, Portugal, Flandes, Alemania, Austria, Italia, Malta, Hungr’a,
los Balcanes, Polonia, Rusia, Ucrania, Armenia, Yakutia, Argelia, Egipto,
Sud‡n, Siria, Palestina, Jordania, Irak, Yemen o Ir‡n:
Tipo 315. La madre traidora.
Un muchacho sale de viaje con su madre. En el camino encuentra un objeto
(brazalete, cintur—n, espada, falda, etc.) que le confiere fuerzas
sobrehumanas. En una casa de ladrones (o de gigantes u otros seres
sobrenaturales) el hijo los mata a todos, excepto a uno con el que su madre
entabla secretas relaciones (a veces se casa con Žl).
Para
librarse del hijo (puesto que el amante teme su poder), la madre finge una
enfermedad y env’a al joven a una bœsqueda peligrosa, en la que habr‡ de
arriesgar su vida para obtener algœn remedio (una manzana o alguna otra fruta
del jard’n de ciertos seres m‡gicos, el agua de la vida, la leche de algœn
animal). Pero el hijo regresa sano, salvo y victorioso, acompa–ado por ciertos
animales salvajes que se han convertido en sus protectores.
En
numerosas variantes el joven rescata a una joven (princesa) en el curso de sus
aventuras y la devuelve a su padre, o encuentra ayudantes femeninos (una vieja,
una maga, su novia).
La
madre pregunta al joven por el secreto de su fuerza y se la roba (le ata, le da
un bebedizo narc—tico, le convence de que se tome un ba–o). Entonces, ella (y
el amante) dejan ciego o matan al joven. Cuando Žl queda ciego, es encontrado
por la princesa, que le cuida y le devuelve la vista observando de quŽ modo es
curado un animal ciego. En las variantes en que Žl ha sido asesinado, es
resucitado por alguno de los auxiliares femeninos (usando los remedios que Žl
busc—).
El
joven recupera el objeto que le da la fortaleza y se venga de su madre y del
amante (los mata). Se casa con la princesa (o con la ayudante femenina, o con
la hija del ayudante)[5].
Los
forzosamente escuetos resœmenes de los cuentos-tipos 315 (La hermana
traidora) y 590 (La madre traidora) no
hacen seguramente justicia a la deslumbradora belleza ni al impresionante
dramatismo que suelen revestir estos relatos, ni a las asombrosas coincidencias
que pueden advertirse entre —sobre
todo los episodios centrales de— sus
argumentos y la constelaci—n de relatos heroicos de la familia de Beuve y de Celinos.
Conviene, pues, que conozcamos alguna versi—n, original e ’ntegra, de los
relatos cuent’sticos, con el fin de apreciar mejor ambos extremos.
En
busca de la leche de las fieras (que corresponder’a al cuento-tipo
315), uno de los relatos publicados por el folclorista ruso Alexandr
Nikol‡ievich Afan‡siev dentro de su magna colecci—n de Cuentos populares
rusos (1855-1863) ofrece una base de comparaci—n —ptima,
entre otras razones porque se halla protagonizado no por una hermana traidora —que es la
protagonista habitual de la mayor’a de las versiones del cuento-tipo 315— sino por una
esposa traidora, lo que estrecha de modo muy llamativo las coincidencias entre
el cuento tradicional (en prosa) y los poemas heroicos (en verso) con los que —si nuestra
hip—tesis resulta cierta— est‡
presumiblemente emparentado. He aqu’ el cuento ruso de la colecci—n de
Afan‡siev:
A lo mejor habŽis o’do hablar del drag—n Zmei Zmei—vich. Si sabŽis algo
sobre Žl, ya conocŽis cu‡l es su aspecto y a quŽ se dedica. Y, si no, os
contarŽ un cuento sobre Žl. Sobre c—mo, al convertirse en un joven muy apuesto,
valiente entre valientes, iba a visitar a una hermosa princesa que,
ciertamente, era bella, con aladas cejas negras, pero tambiŽn muy altanera: a
las gentes honestas no las dirig’a la palabra, y las gentes humildes ni siquiera
a ella pod’an acercarse: Ás—lo se juntaba con Zmei Zmei—vich! Y ambos, bla,
bla, bla. Pero, Àsobre quŽ? ÀQuiŽn sabe?
Su
marido, pr’ncipe de pr’ncipes, el pr’ncipe Iv‡n, como era costumbre entre reyes
y nobles, se dedicaba a la caza. Hay que decir que la caza no se parec’a en
nada a la de ahora. No s—lo perros, sino azores y halcones le serv’an en cuerpo
y alma. Incluso los zorros y las liebres, y toda clase de fieras y de aves, le
rend’an pleites’a; cada cual le serv’a con lo que mejor sab’a hacer: el zorro
con su astucia, la liebre con su agilidad, el ‡guila con sus alas, el cuervo
con sus picotazos.
En
una palabra, el pr’ncipe de pr’ncipes, el pr’ncipe Iv‡n con su jaur’a, era
insuperable, y hasta el mism’simo Zmei Zmei—vich le tem’a y con Iv‡n no pod’a,
aunque hacer cualquier cosa consegu’a.
Con
cuanto ide—, con cuanto intent— para acabar con el pr’ncipe Iv‡n, fuera del
modo que fuera, Ánada logr—! As’ que la princesa se propuso ayudarle. Puso los
ojos en blanco, dej— caer sus hermosas manos, cay— enferma. Su esposo se
asust—. Se interrog— preocupado sobre c—mo curarla.
—Nada
puede aliviarme —dijo ella—, excepto la leche de una loba. He de
lavarme con ella y ech‡rmela por encima.
Fue
el marido a buscar la leche de loba, y se llev— a su jaur’a. Encontr— una loba
y, en cuanto Žsta vio al pr’ncipe de pr’ncipes, se ech— a sus pies y, con voz
lastimera, implor—:
—Pr’ncipe
de pr’ncipes, pr’ncipe Iv‡n, ten piedad, Ápide lo que quieras, y yo lo harŽ!
—ÁDame tu leche!
Ella le dio inmediatamente su leche y, adem‡s, en agradecimiento, le
regal— un lobezno. El pr’ncipe Iv‡n dej— al lobezno con su jaur’a, y llev— la
leche de la loba a su esposa, que se encontraba albergando la esperanza de que
acaso su marido hubiera muerto. Lleg— Žl, y a ella no le qued— otro remedio que
lavarse con la leche de la loba; se levant— del lecho, como si nunca hubiera
estado enferma, y su esposo se puso muy contento.
Pas—
un tiempo, puede que mucho o poco y, de nuevo, cay— enferma la princesa.
—Nada
—dice— puede ayudarme; tienes que ir a buscar leche de osa.
El
pr’ncipe Iv‡n cogi— su jaur’a y fue a buscar leche de osa. La osa presinti— una
desgracia, se ech— a sus pies, e implor— llorando:
—ÁTen
piedad! ÁPide lo que quieras, y yo lo harŽ!
—ÁBueno,
dame tu leche!
Inmediatamente,
ella se la dio y, en agradecimiento, le regal— un osezno. El pr’ncipe Iv‡n
regres— de nuevo sano y salvo con su esposa.
—Querido,
haz una cosa por m’ para demostrarme tu cari–o: tr‡eme leche de leona, y no
volverŽ a ponerme enferma, sino que cantarŽ y serŽ tu alegr’a.
El
pr’ncipe deseaba ver a su esposa sana y feliz. Fue a buscar una leona. No era
tarea f‡cil, ya que ese animal era de otras tierras. Cogi— su jaur’a: lobos y
osos se dispersaron por monta–as y valles; azores y halcones se elevaron por
los cielos y se desperdigaron volando sobre arbustos y bosques; y la leona,
como una humilde servidora, cay— a los pies del pr’ncipe Iv‡n.
El
pr’ncipe Iv‡n trajo la leche de leona. Su esposa se repuso, se anim— y, de
nuevo, le hizo un ruego:
—Querido,
amado m’o, ahora que ya estoy sana y soy feliz, podr’a ser aœn m‡s hermosa, si
quisieras traerme unos polvos m‡gicos: se hallan tras doce puertas, tras doce
candados en las doce esquinas del molino del Diablo.
El pr’ncipe fue, ya que tal parec’a se–alar su destino. Lleg— al molino. Los candados se abrieron solos, las puertas solas se abrieron, cogi— el pr’ncipe Iv‡n los polvos, retrocedi— y las puertas se cerraron, los candados se bloquearon. Sali—, pero toda su ja