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Su‡rez çvila, Luis. ÒPoŽtica y tradici—n de los
romances de los gitanos andaluces: ÒEl LebrijanoÓ, un caso de fragmentismo y
contaminaci—n romanc’sticaÓ. Culturas Populares. Revista
Electr—nica 2 (mayo-agosto 2006). http://www.culturaspopulares.org/textos2/articulos/suarezavila.htm ISSN: 1886-5623 |
PoŽtica y tradici—n de los
romances de los gitanos bajoandaluces:
ÒEl
LebrijanoÓ, un caso de fragmentismo y contaminaci—n romanc’stica
Luis Su‡rez çvila
C‡tedra de Flamencolog’a y Estudios
Folkl—ricos Andaluces (Universidad de C‡diz)
A
Diego Catal‡n MenŽndez-.Pidal, maestro y amigo, a quien este art’culo debe la
identificaci—n del raro "Moro alcaide" y muchas cosas m‡s.
Este
art’culo presenta y analiza el excepcional repertorio de romances de diversas
familias gitanas andaluzas de C‡diz y de Sevilla. Presta atenci—n especial a
los que canta el cŽlebre Juan Pe–a Fern‡ndez, "El Lebrijano".
Profundiza en cuestiones esenciales de poŽtica, de transmisi—n y de difusi—n de
los romances gitanos, entre los que hay t’tulos y temas extinguidos del resto
de la tradici—n panhisp‡nica.
Romance. Gitanos. C‡diz. Sevilla.
Romances moriscos. Juan Pe–a Òel LebrijanoÓ.
This paper presents the
extremely original ballad repertoire of some Andalousian gipsy families from
Cadiz and Seville. The paper pays special attention to those sung by the famous
Juan Pe–a Fern‡ndez, ÒEl LebrijanoÓ. Analyses important questions of poetics,
transmission and diffusion of the gypsy ballads. Some of its titles are
extinguished in the other Pan-Hispanic traditions.
Ballad. Gypsies. Cadiz. Seville. Morisco Ballads. Juan
Pe–a Òel LebrijanoÓ.
INTRODUCCIîN
Desde que
los estudiosos nos hemos ocupado del Romancero de tradici—n oral de los gitanos
bajoandaluces –bien es verdad que unos, escasos, con acierto y, otros,
los m‡s, sin las ideas muy claras y faltos de la formaci—n m‡s elemental–
los corridos, corridas o carrerillas han venido a llamarse, incluso por los cantaores,
romances. Y es cierto que son romances, muchos con largu’sima y provecta vida
tradicional.
Cuando
yo comencŽ, en el ya lejano a–o 1958, por julio, a recogerlos, ninguno de mis
informantes sab’a quŽ eran los romances. Tan s—lo preguntar por los corridos equival’a a ser comprendido por
el presunto romancista. Y es que el tŽrmino tiene una venerable trayectoria:
Cervantes, en "La gitanilla", pinta a Preciosa cantando romances
"en tono corrent’o y loquesco" y reincide en "Pedro de Urdemalas"; Fray
Gabriel Baca, en 1766, escribe que, a los Ni–os Toribios, instituci—n de
acogida de j—venes marginados y delincuentes en Sevilla, "en los recreos
no se les permit’a cantar en tono de lo que llaman corridos o romances..."; EstŽbanez
Calder—n, en su "Baile en Triana", publicado por primera vez en 1842,
sorprende a "El Planeta", gitano de C‡diz, mientras "principiaba
un romance o corrida"; el
viajero francŽs Charles Davillier, en 1862, escribe que "el canto de estos
romances... se llama corrida, probablemente porque las estrofas forman una historia completa..."; Don Agust’n
Dur‡n, en su Romancero (1849-1851) llama a los cuatro
romances andaluces que le comunica EstŽbanez "Corr’o, Corrido o
Carrerilla"[1].
Ciertamente,
el "rehallazgo" por m’ de un interesante y raro corpus de romances
entre los gitanos bajoandaluces, que pude conectar con los cuatro recogidos por
EstŽbanez, en 1838, con los muchos encontrados por don Manuel Manrique de Lara,
en 1916, entre los gitanos de C‡diz y de Triana, y con los dos recolectados, en
1922, en C‡diz, por Don çlvaro Picardo, provoc— alguna convulsi—n y expectativa
en el mundo flamenco[2].
Sorprendido yo mismo, lo divulguŽ en charlas y conferencias, ilustradas por mis
informantes. Eso, al cabo, permiti— a cualquier chiquilicuatre, de los que hay
muchos, por desgracia, en esto del flamenco, verse legitimado, para escribir y
opinar sobre los romances de los gitanos con una impropiedad manifiesta. Y es
que es dif’cil comprender los entresijos del Romancero de tradici—n oral
moderna, incluso por personas letradas y universitarias que no han sido
espec’ficamente formadas para entender estos mecanismos. Cu‡nto m‡s los que
tienen por œnicas miras el urdir una teor’a "personal" sobre el flamenco
sin las molestias de hacer trabajo de campo, sin consultar bibliograf’a
solvente, ni dotarse de un mŽtodo cient’fico de investigaci—n, procurarse una
formaci—n pluridisciplinar, saber
paleograf’a o llenarse de polvo en los archivos[3].
Sin
duda, se sintieron atra’dos por la novedad que supuso, sobre todo, a partir de
1971, con la I Fiesta del Cante de los Puertos que organicŽ y en la que
intervinieron algunos de mis informantes[4].
Aœn
antes, comenz— un desmedido af‡n por conocer esta parcela casi soterrada del
cante, reservada a unos pocos sujetos de estirpe gitana que conservaban, como
un menester cuasisacerdotal, una serie de romances de tipo Žpico e hist—rico y
otros, aunque m‡s librescos, que denotaban una antigua procedencia. Ello
propici— la aparici—n de infinidad de discos con el inevitable romance, desde
aquel Bernardo del Carpio que recog’ a "El
Bengala" y a Pepe "Torre" y transmit’ a Antonio Mairena
(Columbia E.C.G.E. 70892. cara B-4), hasta el Lanzarote y el ciervo del pie blanco, inexistente en la tradici—n oral gitana y grabado
por JosŽ MercŽ (Philips, 824663-4), o los rehechos, o los de producci—n
"art’stica" para tal o cual cantaor, o las adaptaciones de textos
tradicionales de otras ‡reas, para aflamencarlos, como hace, anualmente, Manolo
Parrilla, en sus discos As’ canta nuestra tierra la
Navidad, por poner
unos ejemplos. Con ello se ha creado toda una corriente peligrosamente activa
que llamar’amos at’pica, en unos casos, y espuria, en otros. La primera procede
de la tradici—n "mediata" y, la segunda, es pura farsa. Las dos
corrientes suponen una traici—n a la tradici—n oral, sin embargo la primera
tiene tintes de transgresi—n venial por proceder, aunque mediatizada, de los
veneros de la propia tradici—n[5].
Deben,
por tanto, separarse esas producciones, at’picas y artificiosas, de la
autŽntica tradici—n oral gitana bajoandaluza, que discurre por cauces bien
distintos y se conserva en el seno de muy contadas familias y en muy contados
lugares de las provincias de C‡diz y Sevilla: El Puerto de Santa Mar’a, de
donde irradia para Sanlœcar, Puerto Real, C‡diz, Triana y, en menor medida,
para Jerez, Lebrija, Utrera y Alcal‡ de los Panaderos.
El
Romancero de los gitanos, presenta singulares problemas, tanto en su
recolecci—n, como en su tratamiento. De un lado, porque el repertorio es
riqu’simo, raro e inusitado y, en algunos casos, cr’ptico, lo que me
dificultaba, hasta extremos insospechados, su recolecci—n; de otro, porque, a
veces, junto a las versiones "completas", es preciso conocer a fondo
el romancero oral, para sorprender, en medio de una serie de buler’as por
sole‡, o en medio de unas letras de ton‡s, fragmentos, que, trasegados en la
tradici—n, se han convertido en otra cosa.
El
fragmentismo, por una parte, y la contaminaci—n, por otra, son indudablemente
generadores de un fen—meno que va forj‡ndose, poco a poco, residualmente, y que
desemboca en lo que se ha llamado, terminalmente, cante flamenco, y que ha
llegado a tener un nuevo cauce expresivo[6].
Este
fragmentismo se manifiesta frecuentemente en versiones de cuatro hemistiquios
que pertenecen a los exordios, a los postscripta o a f—rmulas de las llamadas
"compartidas" del romancero oral. Encastradas en un recital de seis o
siete letras de buler’as por sole‡, de tangos o de ton‡s, pasan desapercibidas
y, sin embargo, constituyen el nœcleo primero generado por el olvido, potente
agente creador, y la heterodoxia inconscientemente alumbradora, unida a la
venerabilidad y respeto de que disfruta tal o cual sujeto que, en el ‡rea de su
influencia, ha dejado fijada su versi—n y as’ ha venido conserv‡ndose en la
memoria y en la tradici—n.
Juan
Rufo, en 1596, en uno de sus Apotegmas (el n¼ 94), llama copla a cada
cuatro versos de un romance y Luis Alfonso de Carvallo, en su Cisne de Apolo... (Medina del Campo, 1602, folio 78 v.) sugiere que
"la principal gracia del Romance est‡ en la tonada. Y esta se comprehende
y acaba cada cuatro versos, y ansi perficionandose la tonada no es conveniente
que quede el sentido pendiente, porque ora en repetir el postrero verso, ora en
tocar el instrumento, o en descansar el que lo canta, se divierte el sentido, y
se pierde el hilo de lo que se va diciendo".
De
ah’ la tendencia al fragmentismo romanc’stico, sugerido en cuatro hemistiquios,
con cierto sentido propio, extranarrativos o paranarrativos, que, en algunos casos, forman una nueva
secuencia.
As’,
el gitano Juan Valencia Pe–a, en las excavaciones del poblado fenicio de Do–a
Blanca (El Puerto de Santa Mar’a) el a–o 1985, me cant— y recog’ un fragmento
de Gerineldo + albore‡, que constituyen un di‡logo entre la
infanta seductora y la respuesta-albore‡ del seducido. Juan Valencia me dec’a
que eran moralejas y sacaba en conclusi—n que confirmaban lo que no deb’a
hacerse. Pero, en realidad, el fragmento forma con la albore‡ una verdadera
secuencia novedosa, distinta del propio romance:
–Gerinerdo,
Gerinerdo,
Gerinerdito
pul’o,
quiŽn
te tuviera una noche
tres
horitas a mi servicio.
–Guarda
lo que es bueno
te
acompa–ar‡;
que
si no lo guardas,
sola
te ver‡s.
En
otros casos, el fragmentismo es de un solo verso introductorio, que sirve para
templarse el cantaor. As’, con el primer hemistiquio de un romance de Bernal FrancŽs, se hace la "sal’a":
T’n, t’n, que a la puerta yaman...
y sigue el
cante de una ton‡.
Armistead
y Silverman encontraron, en himnarios sacros sefard’es, primeros versos de
romances para indicar que el himno deb’a entonarse de acuerdo con la mœsica de
ese romance conocido que daba la pauta para el canto sagrado, lo que supone, en
cierto modo, una situaci—n parecida al caso que acabo de comentar, aunque sin
relaci—n alguna con Žl[7].
Otro
supuesto de fragmentismo romanc’stico es el de tres versos estramb—ticos de
ciertas versiones orales del romance de Tamar:
Arr’mate
a mi pa–uelo,
que
mi pa–uelo se llama
quitapena
y daconsuelo.
que todos
hemos o’do por buler’as y que, en ese tono, lo cantaron Gabriel D’az
"MacandŽ", JosŽ de los Reyes "El Negro", Juan JosŽ Vargas
"El Chozas" y otros muchos.
En
otras ocasiones, el fragmento es una f—rmula "compartida", como en el
caso de la que est‡ presente en el romance de Vergilios, en una
versi—n de El prisionero, o en el de Bernardo del Carpio, Ba–ando est‡n las prisiones:
Yo
entrŽ en este castillito
que
joven y sin pelo de barba
y
ahora salgo de Žl, triste de m’,
que
no hay quiŽn me mire a la cara.
Este trozo
de cuatro hemistiquios se halla, en medio de una larga serie de buler’as,
cantado por Antonio Mairena (Disco Pasarela PRD 92 Ec, cara B-2). Al parecer lo
aprendi— de "La Roezna", gitana de Alcal‡, madre de su amigo Juan
"Barcelona", segœn me manifest— Antonio. Pero es muy significativo
que Pastora Pav—n "La Ni–a de los Peines", grabara en una placa de
gram—fono, este fragmento, en medio de unas buler’as, en 1910, acompa–ada por
la guitarra de Ram—n Montoya, y repitiera, con alguna variante, por buler’as,
en 1930, con la guitarra de Luis Molina[8].
Juan de los
Reyes Pastor, me cant—, como ton‡ y en medio de varias, esta:
Siete a–os llevo andaos
por
esos montes y valles,
comiendo
la carne fresca
y,
por agua, bebiendo sangre.
Y se trata
de una f—rmula romanc’stica compartida por varios romances: Gaiferos, Julianesa..., por ejemplo.
Un
nuevo caso podr’a ponerse: y es otra f—rmula que se halla en romances como Bernardo del Carpio (Con cartas y mensajeros), El cautivo liberado por la esposa, Garcilaso y el Ave Mar’a, Belardo y Valdovinos... que
canta, como ton‡ tambiŽn, Juan de los Reyes Pastor:
Por las calles que no hay gente,
iba
entre pasito y paso;
por
las calles que hab’a gente,
las
pieras iba desesperando.
Pero es que,
adem‡s, Juan de los Reyes Pastor, al cantar el romance de Bernardo del Carpio,
la intercala, como parte del romance. Esas dos facetas unas mismas palabras, la
f—rmula como tropo, en el romance, y la f—rmula, convertida en copla aut—noma,
como ton‡, carecen de relevancia para el sujeto cantor. A cada una, en su
contexto, le da una dimensi—n distinta. Sencillamente la que tienen.
Connotaciones
eminentementes carcelarias y sugeridoras de injusticias pasadas debe tener,
para los gitanos, un fragmento del Conde preso, el Conde Grifos Lombardo,
que como ton‡ canta el mismo Juan de los Reyes, aprendida de un viejo gitano
portuense llamado "Perico La Tat‡":
Preso, lo llevaban preso,
preso
y mu bien arroj‡o;