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Hernández Fernández, Ángel. “Tópicos literarios y motivos folclóricos en el cuento popular”. Culturas Populares. Revista Electrónica 1 (enero-abril 2006). http://www.culturaspopulares.org/textos%20I-1/articulos/Hernandez.htm ISSN: 1886-5623 |
Ángel Hernández Fernández
Existe la creencia, más o menos generalizada,
de que el cuento popular nace gracias al proceso de folclorización que
experimentan ciertos cuentos literarios al hacerse tradicionales y empezar a
circular oralmente entre los grupos sociales analfabetos. Esta opinión sobre la
dependencia del cuento popular con respecto a la literatura se sustenta, sin
embargo, en un prejuicio intelectualista: el de la superioridad de la cultura
letrada frente la oral y ágrafa.
En esta línea se encuentran las opiniones de la
eminente investigadora M.ª Rosa Lida de Malkiel, quien, aunque admite que algunos cuentos
populares recibieron redacción artística y luego vivieron independientemente en
la tradición oral, sostiene sin embargo que «hay un contacto mucho más amplio
entre el cuento de formulación literaria remota y el cuento popular de hoy» (Lida, 1976: 63). Así, el cuento pasaría
de las versiones literarias al pueblo gracias a los ejemplos transmitidos
mediante la predicación religiosa, práctica que fue habitual durante la Edad
Media y que prueba la abundancia de antologías y compilaciones que para tal fin
se compusieron (en España, el Libro de los Gatos o la Suma de ejemplos por A, B, C de Sánchez de Vercial, por citar dos casos
notorios).
Efectivamente, esta costumbre de ilustrar con
historietas la prédica religiosa tiene antiquísimos antecedentes orientales
(los monjes budistas ejemplificaban con las narraciones llamadas jatakas las doctrinas del Buda), y los curas la
emplearon también como una forma de enseñar deleitando. El uso de cuentos para
la predicación fue prohibido en 1624, fecha del concilio de Burdeos, cuando ya
estas historias se habrían tradicionalizado entre el pueblo (Ibídem: 64). También aduce M.ª R. Lida, como prueba de su
hipótesis, la actividad de los goliardos (clérigos apicarados de cuyas
composiciones nos ofrece algunas muestras el Libro de Buen Amor), que como recitadores ambulantes
transmitirían al pueblo relatos aprendidos en las escuelas, generalmente
tomados de autores clásicos greco-latinos (sin embargo, sólo ofrece el ejemplo
de un fabliau
medieval). En conclusión, la hipótesis de esta investigadora se resume en que
se produce una influencia directa de la tradición clásica antigua y oriental al
folclore moderno a través de la novelística medieval, lo que explicaría la
continuidad y pervivencia de tópicos literarios antiguos en el folclore moderno
(Ibíd.: 65).
En este sentido y a propósito del origen de los
cuentos folclóricos de animales, dice Aurelio Espinosa que en su mayor parte son de origen clásico y
provienen directamente de fuentes esópicas, difundidas en la Edad Media por
clérigos y maestros que sabían latín. Estos cuentos sirven para satirizar los
defectos y vicios de la sociedad humana, por lo que pueden ser válidos en todas
las épocas. Se difundieron bajo forma de fábulas a través de colecciones
latinas medievales conocidas con los nombres de Aviano, Rómulo y Fedro, al lado
de Esopo, y todas ellas llegaron a popularizarse de una manera extraordinaria.
Sin embargo, todas estas versiones de origen latino medieval tendrían su origen
en fuentes orientales mucho más antiguas, cuentos de animales venidos de India
y Persia por intermedio de versiones griegas, judías y árabes que llegaron a
Europa durante la Edad media por Bizancio, Italia y Grecia, y más tarde por
España, con los árabes (Espinosa, 1946:
III, 242).
El que las fábulas
grecolatinas eran muy conocidas en la literatura medieval lo demuestran El
Conde Lucanor y, sobre
todo, El Libro de buen amor. Según M. J. Lacarra, «la difusión de la materia esópica venía
favorecida en todo el Occidente europeo por la utilización de las fábulas para
la enseñanza del latín y eso explica en muchos casos la proliferación de
testimonios. Esopo pertenecía al grado inferior de los ‘auctores minores’,
utilizado para los ejercicios gramaticales y retóricos» (Lacarra, 1999: 361). Ahora bien, en la
Edad Media no se conoció directamente a Esopo y Fedro sino a través de
adaptaciones en verso y prosa, como el Romulus por ejemplo (Martín,
1996: 19). De ahí derivarán colecciones de fábulas tan conocidas como la
de María de Francia o la del monje inglés Odón de Cheritón (luego traducida al
castellano con el nombre de Libro de los gatos). Pero no será hasta 1482, con la aparición
del Ysopete ystoriado,
basado en el texto elaborado en Alemania por el médico Heinrich Steinhöwel y
publicado en Zaragoza por Pablo Hurus, cuando la imprenta difunda ampliamente
el caudal fabulístico clásico greco-latino.
Aparte de las fábulas
clásicas, tomadas principalmente de Fedro, Aviano o Babrio, otra vía de
penetración de cuentos de animales procede de oriente, sobre todo de la India,
a través de Bizancio y por supuesto de los árabes. Gracias precisamente a
éstos, la península Ibérica fue un lugar privilegiado para la recepción de la
riquísima cuentística oriental. Y así, ya en el siglo XII aparece una colección
de cuentos orientales traducidos al latín por el judío converso Pedro Alfonso
con el título de Disciplina clericalis, esto es, enseñanza de clérigos, porque eran
utilizados en la predicación para ilustrar con ejemplos prácticos los sermones
religiosos. Esta práctica pedagógica era habitual en la época, como lo
demuestra el hecho de que se confeccionaran antologías para tal fin, como la
famosa Libro de los exemplos por a.b.c. de Clemente Sánchez de Vercial, donde los relatos
van ordenados alfabéticamente por su tema para facilitar su manejo y
localización en un momento preciso.
Un siglo más tarde fue
traducido del árabe el Libro de Calila e Dimna, que viene a su vez de la versión árabe
realizada en el siglo VIII por Abdalá Benalmocafa, hecha de fuentes orientales
sacadas del Panchatantra, colección india de cuentos muy anterior. Y en el mismo siglo se
traduce el Sendebar
o Libro de los engaños de las mujeres, que incluye junto a diversos relatos sobre los
engaños y maldades de las mujeres algunos cuentos de animales.
Ahora bien, a la teoría del origen literario del
cuento popular se le puede objetar principalmente lo siguiente: ¿cómo podríamos
explicar entonces la abundancia de ciertos relatos en el folclore, como por
ejemplo los maravillosos, formulísticos o de tema escatológico y sexual, que
sin embargo apenas hallan acogida en los textos literarios? Parece claro, a la
vista de las investigaciones folclóricas modernas, que ciertos cuentos
populares tienen origen literario (en especial, los morales y didácticos),
mientras que otros muchos han vivido de forma tradicional e independientemente
de la tradición literaria, aunque ésta haya podido recurrir, por diversos
motivos, al folclore como fuente de inspiración constante (el caso de los
siglos de oro en España es elocuente). Las manifestaciones artísticas orales
son anteriores a las escritas, y en muchos casos éstas se inspiran en aquéllas
(recuérdese, por ejemplo, el caso notable del Romancero Viejo medieval y cómo
los poetas áureos crearon otro Romancero Nuevo o artístico a imitación del
primero; o la recreación de la lírica medieval popular que realizaron poetas
como Lope de vega o Góngora).
En el caso del cuento, la influencia de lo escrito
sobre lo oral no es nula, pero sí bastante escasa. Se ha planteado el problema
de la influencia que las antologías famosas de cuentos (Perrault y Grimm, sobre
todo) han podido ejercer sobre la tradición oral. Sin embargo, Roger Pinon
minimiza esta influencia al observar que los cuentos extraños a una tradición
nacional, introducidos por la imprenta, arraigan poco o nada en la tradición
oral y además el cuento escrito debe adaptarse a las convenciones del género
oral si se quiere que capte a un público de tradición oral. En conclusión, la
tradición escrita de los cuentos circula paralelamente a la corriente de la
tradición oral, aunque en ocasiones se produzcan interferencias entre
ambas (Pinon, 1965: 60-62 passim).
Quisiera presentar ahora una breve selección de cuentos populares procedentes de la comarca del río Mula, en la Región de Murcia, que forman parte de una colección muy abundante en número de versiones que durante varios años he ido recogiendo en la zona con ayuda de mis alumnos. El estudio comparativo que realizo entre estos cuentos y la literatura escrita puede servirnos para precisar lo dicho anteriormente y mostrar cómo muchos relatos populares permanecen ajenos a la tradición literaria, mientras que otros (en menor cantidad) nacen como consecuencia de la folclorización de ciertos temas literarios.
Veamos los textos:
Un
lobo y una zorra tenían hambre. A lo lejos vieron un ganado. El lobo le dice a
la zorra:
—Tú
distraes al pastor y yo me llevo una oveja y nos la comemos.
Así lo
hacen.
Después
de comerse la oveja, se van a dar un paseo y les da sed. Y ven un pozo con
agua. El lobo le dijo a la zorra:
—Yo
te cojo los pies, te bajo, tú bebes agua y cuando acabes, dices «¡jaspa!» y yo
te subo.
La
zorra, que no se fiaba mucho, aceptó. Primero bebió la zorra, desconfiada.
Cuando la zorra bajó al lobo, éste terminó de beber agua y dijo:
—¡Jaspa!
La
zorra le contestó:
—¡Jaspa!
¡La cola se me escapa!
El
lobo cayó y murió ahogado.
Pos
había una vez un cuervo y una zorra y estaban... Invitó la zorra al cuervo a
comer pero le puso un lebrillo muy grande, muy ancho y echó la comida allí; y,
claro, el cuervo picaba y no se podía comer ná porque tropezaba el pico. Y la
zorra, con lengüetazo, lengüetazo, pos dejó al cuervo enmayao perdío, sin comer
ná.
Decía
el cuervo:
«¡Me
cago en diez con la zorra esta, qué bien me la ha metío! Ésta la engaño yo un
día...».
Y un
día dice:
—Zorra
—dice—, tengo una boda en el cielo. —Dice— ¡Va, y nos
vamos a hinchar de comer de tó, de tó, de tó, nos vamos a dar una panzá a
comer!
Dice:
—Sí,
pero yo no puedo ir. ¡Dónde vas!
—Bueno,
tal, tú por eso no te preocupes: tú te montas encima de mí y yo te llevo. Pues
bueno, pos mañana te vienes y nos vamos.
Coge
la zorra y se va allí. Se sube la
zorra encima dél y salen parriba. Y le decía el cuervo a la zorra:
—¿Ves
la tierra?
Dice:
—No
—dice—, toavía lo veo.
Pos
¡hala!, parriba más.
—Zorra,
¿ves toavía el suelo?
Dice:
—Sí,
toavía o veo un poquico.
Pos
más parriba.
Hasta
que ya arriba, la zorra dice:
—¿Ves
el suelo?
Dice:
—No,
ya no lo veo.
—Bueno,
hale —dice—. Pos mira, mantente un poquico. Es que voy muy cansao;
voy a sagudirme un poco las alas.
Claro, al sagudirse las alas, la zorra, ¡buh!,
pabajo a toa pastilla, pabajo. Dice la zorra:
—¡Mae,
mae mía, qué batacazo!
Y
empezó a decir:
—¡Piedras,
quitaos del suelo que os rajo;
tumillos
y bojas, poneros debajo!
Y así
bajaba tó el camino pabajo.
Había
una vez una cabra con siete cabritos y la mamá cabra tenía que irse a trael
comida; y les dijo a los cabritos:
—¡No
abrirle la puerta a nadie, que me voy! Dentro de un rato vengo.
Y
luego llegó el lobo y...
—¡Tras,
tras, tras!
—¿Quién
es? —dijeron los cabritos.
—¡Abre,
que soy vuestra mamá!
Y los
cabritos dijeron:
—¡No,
que mi mamá tiene la voz muy fina y tú la tienes muy bronca!
Y fue
el lobo a una casa que había en el campo y le dice a la campesina: