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Agúndez García, José Luis. “Cuentecillos españoles (I). El Averiguador Universal”. Culturas Populares. Revista Electrónica 2 (mayo-agosto 2006). http://www.culturaspopulares.org/textos2/articulos/agundez.htm ISSN: 1886-5623 |
Cuentecillos
españoles (I). El Averiguador Universal
José Luis Agúndez García
Fundación
Machado (Sevilla)
El Averiguador Universal (1879-1882) fue una revista quincenal que continuó la labor del Averiguador (1861-1876) buscando el éxito de otras
publicaciones europeas, como la londinense de Notes and Queries, que pretendían mantener una correspondencia
literaria con y entre sus lectores sobre toda cuestión que despertase la
curiosidad en el público. En 1882 se constituía en portavoz de la Academia
Nacional de Letras Populares, creada a semejanza de la asociación denominada
Folklore en Inglaterra. Como
tal, entre producciones literarias por entregas (Pachecos y Palomeques [1623] de Céspedes y Meneses, la edición
primera de Las Quinientas apotegmas de Luis Rufo, etc.), ofrecía al público un sinfín de
materiales aportados popularmente entre producciones de los grandes escritores
pioneros del folklore implicados con las tradiciones, como el propio
responsable de la Revista, José María Sbarbi o Ricardo Palma, Fernán Caballero,
Romualdo Nogués, Sarmiento, etc.
Palabras clave
Literatura siglo XIX. Literatura oral y escrita. Folklore. Tradiciones
populares y literarias. Paremiología. Cuento tradicional. Leyenda. Revistas
siglo XIX.
El Averiguador Universal (The universal inquirer)
(1879-1882) was a biweekly magazine that continued with the tradition of the Averiguador (Inquirer)
(1861-1876) and that pursued the same success of other European publications
such as the English Notes and Queries, that had a literary correspondence with and
between their public about any topic that called the reader’s attention. In
1882 it was the voice of the Academia Nacional de Letras Populares, that was created in resemblance of the Folklore in England association.
This magazine offered, among literary serials (Pachecos y Palomeques (1623)
by Céspedes and Meneses, or the first edition of Quinientas apotegmas by
Luis Rufo), many other kinds of material written by the pioneer authors of
folklore and tradition such as José María Sbarbi (in charge of the magazine),
Fernán Caballero, Romualdo Nogués or Sarmiento.
XIX century literature. Written and oral literature. Folklore. Literary
and popular tradition. Legends. XIX century magazines.
Uno de los recursos que mayor sazón proporciona al discurso es el cuentecillo, tanto en la forma oral como en la escrita. El cuentecillo, la anécdota, la gracia prendidos como destellos en una exposición elevan la predisposición del auditorio hacia el orador. El individuo capaz de desplegar con gracia un rosario de cuentecillos apropiados en su conversación suele resultar favorecido en las relaciones en sociedad.
Es una realidad tan evidente que no pocos grupos sociales los han incluido en sus menesteres. Los usaron los clérigos en sus sermones tanto para mantener la atención de los feligreses como fábula o parábola moralizante, lo usaron los docentes con idénticos fines, los abogados…. Es muy conocida una anécdota clásica de Demóstenes, que nos recuerda Bernardino de Velasco en su Deleite[1]. También resuena en Boira[2]:
Defendiendo
Demóstenes, padre de la elocuencia, á un hombre que iba á ser condenado á la
pena capital, algunos de los jueces se divertían entre sí en conversaciones que
alarmaron al elocuente orador.
Conociendo
entonces que la oratoria sería inútil en un país de sordos, trató de llamar la
atencion de los jueces, y lo consiguió refiriendo un cuento que enlazó con su
asunto, y es el siguiente.
Seguidamente cuenta el cuentecillo del que alquila un asno. En medio del desierto, al mediodía, decide ponerse bajo su sombra, pero el alquilador, que lo ve, le dice que la sombra no se la ha alquilado, que se aparte; el otro alega que lo había alquilado con la sombra, y deciden ir al tribunal. En este punto, la atención vuelve de nuevo a la actitud de los jueces:
Entre
tanto, los que esto escuchaban, habian dejado de hablar, y atentos y
silenciosos, no podian ocultar el interés que tomaban en el pleito del jumento,
ni la estraordinaria curiosidad que tenian por saber la resolucion que en él
recayó; pero el diestro orador, cambiando de repente de entonación y de asunto,
esclamó enardecido:
-¡Oh,
senado supremo! el despreciable litigio de un asno llama vuestra atencion, ¿y
no os la llama la importancia de la vida de un hombre?
Esta
reconvencion produjo tal efecto, que no se distrajeron más; escucharon al
irresistible orador, y el reo fue absuelto.
Si a nuestra sociedad puede resultar irreverente la actitud de los jueces griegos ante asunto que hoy nos parece grave (una pena de muerte), no vamos a culparles por el interés mostrado ante un cuentecillo, pues a nosotros mismos infundió curiosidad, y pesarosos estamos de que el juicio del asno no se celebrase para saber el veredicto del jurado con respecto a la propiedad de la sombra.
Para el cortesano renacentista era una preocupación o un arte que debía aprender; entre sus materias de estudio era imprescindible una buena colección de cuentos para exponer en los momentos más adecuados. La gracia en la conversación fue muy valorada desde siempre, no sólo en el despliegue de anécdotas, sino en la prontitud, agilidad verbal y ocurrencia: le era imprescindible al cortesano improvisar respuestas ingeniosas, ser capaz de cumplimentar consonantes, buscar versos apropiados, ingeniar motes, comprender cientos de refranes tras los que se condensaban miles de historias, si no quería pasar por rústico ignorante. Y ¡cuántos rústicos dominaban estas “artes”!
Eran necesarios en los largos viajes, como los de las romerías y peregrinaciones, en las sobremesas, en las largas noches de invierno, en determinados trabajos…
Imposible resulta recuperar todos los transmitidos por la voz, perdidos en el viento y el tiempo, salvo los que aún puedan perdurar brotando desde lo más hondo del recuerdo colectivo; a los que se dedican los investigadores del folklore. Pero es posible disfrutar de toda una innumerable colección de chistes, cuentecillos y anécdotas que se encuentran dispersos en nuestra literatura, bien adornando buena porción de obras de la literatura escrita, bien formando colecciones completas de ellos, pues fueron creadas, en ocasiones, como “manuales” o acopios para uso del orador o contertuliano. Algunas de estas colecciones fueron meros manuscritos preparados para uso personal o restringido, tal vez inéditos aún. Otras fueron publicadas en ediciones raras y de escasa difusión.
La revista que nos ocupa en esta ocasión, El Averiguador Universal, disfrutó de una tirada de unos cuatrocientos ejemplares en su día, pero hoy no es una obra a la que se pueda acceder fácilmente, por lo que nos parece útil poner ante el folklorista parte de los materiales que en él se vertieron: los cuentecillos, anécdotas, relatos breves… tradicionales, orales o escritos. La idea del creador, Sbarbi (Cádiz, 1834 – Madrid, 1910), era dedicarse a curiosidades de todos los campos, y para todos los públicos, de ahí lo de universal. El propósito era que los subscriptores (o no) expusiesen preguntas o curiosidades que quisiesen saber; en publicaciones sucesivas se contestaría a esas preguntas, bien por la editorial o por otros subscriptores (o no). Es claro que gran parte quedaba sin contestación. Interesa comentar que la mayoría de las preguntas iban dirigidas a curiosidades lingüísticas, especialmente al esclarecimiento y origen de dichos, refranes o frases célebres. Quizás la devoción del director hacia este tema dirigiese las preguntas hacia él… Evidentemente, muchas anécdotas, cuentecillos, sucesos históricos, fábulas, y otras formas narrativas son unos de los elementos que suelen estar en el origen (real o supuesto) de tantas y tantas expresiones. Naturalmente, como obra miscelánea, la Revista fue abriendo un amplio campo donde cobijar gran variedad de materiales, entre ellos los cuentos en sí. En el cuadernillo del 31 de agosto del primer año, el propio Sbarbi escribía un cuento moralizante, que no reproducimos por el escaso interés folklórico. Lo anunciaba como Cuento primero, y llevaba el título de La sortija encantada. Visitar a los enfermos. Cuenta que la aristócrata doña Isabel hace ver a su hija que mejor que una joya material había otra: visitar a una pobre anciana desahuciada y consolarla: las lágrimas de agradecimiento serían mejor que la joya. Con esta idea, visitan a la anciana que, conmovida, le dice a la niña que la bendice y que lo mismo pedirá que haga su propio hijo. Yendo de paseo, la mamá, en una tormenta, es arrastrada por el río. El hijo de la anciana se lanza por ella y la rescata. En gratitud pide únicamente besar las manos de la niña por la que habían corrido las lágrimas de su madre, y por las que él vertería su sangre (nº 22 [1879], pp. 350a-351b)
Manifestaba Sbarbi en el primer cuadernillo (15 de enero de 1879) sus propósitos:
“1.º y principal arraigar en España una especie de
comercio, trato ó correspondencia literaria, que ha alcanzado gran prosperidad
en casi toda Europa y áun en el suelo Norte-americano, como lo acreditan, entre
otras publicaciones, las Notes and Queries, de Lóndres; L´Intermédiaire des chercheurs et
curieux, de París; el Historical
magazine, de Amsterdam, y el
antiguo malogrado Averiguador,
de Madrid, de quien comenzó á aclimatar en nuestro suelo este linaje de
literatura, como queda indicado.
2.º Publicar en sus columnas cuantos documentos, noticias, descubrimientos y novedades se relacionen con todo aquello que entrañe verdadero espíritu de curiosidad (…) parece no excluir de su jurisdiccion materia alguna, con todo, se propone firmísimamente eludir de su competencia toda cuestion que trate de dogma religioso ó de política vigente, por razones que no pueden ocultarse á la penetracion del más sencillo lector. (nº 1 [1879], pp. 2-3)
Parece ser que algunos suscriptores se quejaron de que se tratasen temas vulgares, por lo que advierte en el nº 3:
…créese
la misma en el caso ineludible de proclamar, y de proclamar muy alto, que el
espíritu de la presente publicación es universal, como lo previene el título; y que por lo tanto,
contando en el número de suscriptores y favorecedores con personas de todos los
estados, clases y profesiones sociales, con tódos habla, y á todos tiene
forzosamente que dar gusto en cuanto le sea posible. (nº 3
[1879], p. 25a; 15- feb.)
Se observará que es deseo de Sbarbi emular la labor de otros eruditos e instituciones de las culturas más avanzadas del mundo circundante, y de continuar con la tarea del precedente Averiguador. Él mismo había dado cuenta de la vida de la revista en los periodos precedentes: había salido por primera vez en 1868, una segunda en 1871 y una tercera en 1876 (el último número vio la luz el 11 de noviembre). Cabe señalar que coincide con una época muy volcada en la exhumación de tradiciones literarias espigadas en autores clásicos españoles.
Salía a manos de los subscriptores quincenalmente (cada día 15 o último de mes), cada número tenía 16 páginas, para formar un volumen anual de unas 400 numeradas de forma continua.
Por las advertencias repetidas regular e invariablemente durante todo el primer año, parece que se topaba constantemente con la morosidad de los lectores, advirtiendo, en alguna ocasión, de que con esa actitud llegaría la defunción de la Revista. Quizás Sbarbi pecó de ingenuo enviándola a personas que la solicitaban sin aportar nada de antemano, pero ya sabemos que eran otros tiempos, en que la palabra y el honor gozaban de más alta estima ¿o no?
Lo cierto es que, al medio año de existencia, el 31 de julio, por esta causa, se le ocurre insertar unas estrambóticas anécdotas de un tal Camilo de Lellis (imaginamos que totalmente ajeno al santo italiano, así llamado, que sobresalió en su dedicación hacia los enfermos, hasta ser nombrado patrono de los trabajadores sanitarios, bien conocido como S. Juan de Dios [1550-1614]). No quiere que a sus subscriptores les ocurra como a él. E inserta la siguiente historia:
Morir por falta de memoria
Es la triste de D. Camilo de Lélis, aquel
célebre solteron, que al preparar para su cena un huevo pasado por agua, puso
en el puchero su reloj de plata, y se colocó lindamente el huevo en el bolsillo
del chaleco.
Este
desgraciado no se acordaba, por lo regular, ni de su nombre ni de las señas de
su casa, y llevaba siempre úno y ótro apuntado en la cartera. Pero las carteras
se suelen perder, y el infeliz perdió un dia la suya, echándola en el buzon del
correo en vez de una carta.
Al
día siguiente se leía en el Diario este anuncio:
“En
la fonda de… se encuentra un caballero, pues tal parece en su traje y en sus
maneras, que fue conducido anoche por el sereno del barrio, y que no sabe adónde
dirigirse, porque se le han olvidado completamente su nombre y las señas de su
casa. La persona que, por éstas, venga en conocimiento de quién es, podrá
llegarse á recogerlo y pagar un huevo pasado por agua, que fue su cena.”
Cuando
leí este anuncio, grité al momento: “¡Él es!” En efecto, era él.
Este
buen hombre vivía solo, y como estaba fuera de casa la mayor parte del dia, le
habían roto muchas veces el cordon de la campanilla los areneros y los
repartidores de prospectos. Para economizar este gasto, puso en la puerta un
letrero que decía: Cuando no se abra al segundo campanillazo, es señal de
que nadie hay en casa. Llega
él á pocos dias, se olvida de que es su habitacion, llama una vez, dos, tres,
se exaspera, levanta la vista, y vuelve piés atrás exclamando: — ¡Qué
diablo! ¿Cómo he de abrir si no estoy en casa?
¡Ah!
la muerte de este infeliz ha sido original.
Acostumbraba
todas las noches fumarse un puro, y su última operación, que era doble,
consistía en echarse en la cama, y tirar despues por la ventana, que estaba
allí cerca, la punta del cigarro.
Parece
imposible equivocarse en una operación tan sencilla; pero, ¡oh suerte de las
criaturas! andamos siempre al borde de un abismo expuestos á que se nos vayan
los piés.
Hace
cuatro ó cinco noches que, despues de reflexionar un rato sobre lo que estaba
haciendo, por miedo de equivocarse, tanto se quiso asegurar, que se equivocó, y
trocando los frenos, echó el cigarro en la cama, y su cuerpo en las losas de la
calle. ¡Vaya una equivocacion!
La
memoria le faltó hasta en los últimos momentos. —Grande golpe ha sido,
señor sereno; —dijo él mismo con voz desfallecida al primero que se
acercó. Y continuó diciendo:
—
¿Sabe usted quién es ese desgraciado? No le arríendo la ganancia.
Ni siquiera se acordaba de que era él.
Ahora
bien, para el suscriptor que, por falta de memoria, seguramente, no abone
luégo á esta ADMINISTRACION
el importe de su
suscripcion, á pesar de las moniciones que anteriormente le han sido dirigidas,
morirá irremisiblemente esta REVISTA.
Con
que, ¡ojo al cristo!
LA
REDACCION
(nº 14, pp. 201b-202a)
¡Triste historia de los que se dedicaban a las letras! Bien lo sabía Rafael Boira (aunque le fue mejor finalmente), que, menos de dos décadas antes se había imaginado lo que le iba a suceder con su Biblioteca de la Risa (1862), y por eso, tras el prólogo de su El libro de los cuentos[3], en el que prometía hacer reír a carcajadas, insertaba la primera historia y el subsiguiente recordatorio:
Morir por falta de memoria
Algunos,
no muchos, de nuestros suscriptores, se han olvidado al suscribirse de remitir
el importe del tomo corriente, y como es tanto el cariño que les tenemos,
vamos, en su obsequio, á principiar traspasando los límites del plan de la
obra, refiriéndoles, en vez de un cuento, una historia verdadera.
Es
la triste de D. Camilo de Lélis, aquel célebre solteron, que al preparar para
su cena un huevo pasado por agua, puso en el puchero su reloj de plata, y se
colocó lindamente el huevo en el bolsillo del chaleco (…)
La historia “verdadera”, como puede observarse, coincide plenamente. Es decir, que Sbarbi, como era tan corriente entonces, toma la idea, la exposición, hasta las palabras exactas de otro autor precedente. El añadido final al suscriptor con los negros presagios, sí es propio de Sbarbi.
Como decimos, la mayor abundancia de narraciones breves suelen traerse a propósito de la explicación de algún dicho.
Beber
los kyries
(…) Ótros dicen, que cierto sacristan había
dado en jugar, en cuyo ejercicio gastaba lo más del tiempo, de donde perdió
mucha reputacion en compañía del dinero. Dícese de él que, por más abreviar,
ordinariamente encargaba al organista, que tañese los Kyries. Enfadado el tañedor de que se lo hubiese
dicho tantas veces, le respondió: No puedo creer, hermano, sino que ha
jugado los kyries, pues así
rehusa cantarlos.
Respondió el sacristan: Y áun plega á Dios no pierda tras ellos la Gloria, según me trae la perdicion del juego.” (nº 3 [1879], pp. 36b-37a; 15-feb.)
Tomar
las de Villadiego
(…)
¡A que no sabes (me preguntó un dia el agustiniano Fr. José Marquez, que es el
respetable varon á quien aludo) á que no sabes quién fue Villadiego!
—Nó, señor (…)
—Pues
voy á decírtelo.
Villadiego era un soldado
Que, á San Pedro, en ocasión
De estar en dura prision,
Nunca le faltó del lado.
Vino el espíritu alado,
Y, lleno de vivo fuego,
Le dice á Pedro: “Sal luégo,
Toma las calzas, no arguyas;”
Y, por ponerse las suyas,
Tomó las de Villadiego.
Donoso juego de palabras, y lindo alarde de imaginacion por parte de quienquiera que era el autor de esta décima, que, como harto jóven yo á la sazon, no se me ocurrió preguntar quién era (…) (nº 14 [1879], pp. 211b-214b; 31-jul.)
Por
un solo punto Martin perdió su asno.
Cierto eclesiástico llamado Martin, que poseía
la abadía de Asello, en Italia, mandó poner en la puerta esta inscripcion
latina:
Porta patens esto.
Nulli claudaris honesto.
(Puerta,
permanece abierta; no te cierres á ninguna persona honrada.)
Sucedía
esto en época en que abandonada de tiempos atrás la puntuacion, acababa de
volver á ponerse en práctica. Nada fuerte Martin en achaque de ortografía, tuvo
la desgracia de topar con un copista tan iletrado como él, por lo que, en vez
de colocar el punto despues de la palabra esto, lo puso después de nulli, dando tal transposicion el siguiente sentido:
Porta patens esto nulli.
Claudaris honesto.
(Puerta,
no te abras á nadie. Estáte cerrada para toda persona honrada.)
Noticioso
el Papa de tan inconveniente inscripcion, despojó en seguida de su abadía a
Martin para dársela á otro, el cual reparó inmediatamente el desacierto de su
antecesor, añadiendo por bajo este otro verso:
Un pro puncto caruit
Martinus Asello.
(Por un solo punto perdió Martin su Asello.) (nº 16 [1879], pp. 244a-245b; 31-ago.)
Estar
como el Gobernador de Cartagena.
Si mal no recuerdo, en todas las series de
publicacion que cuenta en España El Averiguador se ha hecho esta pregunta, sin obtener contestacion; y
á falta de otra, alla vá la que hace muchos años oí en América á una persona
anciana que decía haber presenciado el suceso.
Existía
en Cartagena de Indias la antigua costumbre de atar á las rejas de las casas
los caballos que por el momento no se utilizaban, con la cual, dicho se está,
que se obligaba á los transeuntes á caminar por el arroyo, no muy limpio en la
estacion de las aguas, que dura lo más del año. Un gobernador, cuyo nombre no
recuerdo, pero que no será difícil averiguar, censuró la tolerancia de sus
antecesores, y, queriendo iniciar las reglas de policía urbana, prohibió el
amarre de los caballos, bajo pena de multa que había de distribuirse entre el
denunciador, el juez, etc. Pasaron dias sin que los jueces tuvieran que
entender en el asunto, porque no había denuncias, continuando los caballos
tomando fresco en las más de las rejas, y el tal Gobernador acostumbrado á la
disciplina militar y poco sufrido, por tanto, con la inobediencia de sus
órdenes, mandó publicar un segundo bando, de cuya ejecucion hizo responsable al
jefe de su guardia, ordenando que fueran desjarretados los caballos que se
hallaran en contravencion de las nuevas disposiciones. —El dia que
empezaron á regir, se presentó el Capitan á dar cuenta de que habían sido desjarretados
cuatro caballos, parte que oyó el Gobernador frotándose las manos y diciendo
repetidas veces: “me alegro, me alegro:” el Capitan, sin embargo, no mostraba
participar de la satisfaccion de su jefe, ántes parecía compungido su semblante
de tal modo, que el Gobernador hubo de interrogarle por la causa. —Es, señor, dijo,
que averiguados los nombres de los propietarios de los caballos, resulta que V.
E. lo es de dos de los muertos. —Quedóse un momento perplejo el
Gobernador, y no ocurriéndole que objetar, repitió ¡¡ME ALEGRO!! pero con un tono tan discorde de la frase, que desde entónces empezaron
á decir los que sufrían contrariedades, Me alegro… como el Gobernador de
Cartagena. (nº 21 [1879], pp.
325b-326a; 31-agosto)
Picio.
A
principios del siglo actual existía en Granada un zapatero de este nombre,
natural de Alhendin (provincia de Granada, distante legua y media de su
capital), el cual por no sé qué delito, había sido sentenciado á la última
pena. Hallándose en capilla, recibió la consoladora noticia del indulto; y fue
tal y tanta la sorpresa que le causó tan inesperada nueva, que cayéndosele á
poco el cabello, las cejas y las pestañas, y llenándosele de tumores la cara,
quedó tan monstruoso y deforme, que en breve pasó á ser citado como tipo de la
fealdad más horrorosa. Retiróse despues á Lanxaron (villa á siete leguas de
Granada), donde, por no querer quitarse de la cabeza el pañuelo que
constantemente la tapaba, á fin de no descubrir la calva, jamás entraba en la
iglesia; lo cual, observado un dia y ótro por los habitantes, fue causa de que
le hicieran salir más que de prisa de aquella poblacion. Entónces se refugió en
Granada, donde murió no há muchos años, según declaracion de personas
fidedignas, que me aseguran haberlo conocido.
JOSÉ MARÍA SBARBI. (nº 21 [1879], p. 326b; 31-agosto)
El
conejo de las ánimas.
Es antiguo el cuento de un cazador muy devoto
de las ánimas del purgatorio, pero de muy desgraciada puntería, el cual yendo
de caza acertó á encontrar á tiro dos conejos juntos parados. A tan agradable
vista, dijo echándose á la cara la escopeta: “Ánimas benditas, si mato á los
dos, úno será para vosotras.” Esto dicho, disparó; mató úno, y viendo al ótro
escapar incólume, exclamó: “¡Vaya un paso que lleva el conejo de las ánimas”!
Este
cuento también suele contarse algunas veces sustituyendo perdices á los
conejos.
UN
CAZADOR (EN EL PLATO.)
(…)
¡Extraña pregunta en un cazador! ¡Hombre, si son los Crístus, si está en la cartilla del oficio! —Esto exclamó un viejo
veredero al leer la pregunta á que contesto, y me contó la historia siguiente.
Va de cuento.
En
una nacion que está en el mapa, y en un pueblo de la tierra, había un cazador
como múchos, que, saliendo de la oficina el sábado, cargaba con el zurron y los
avíos, y estrujando hormigas se llevaba andando, andando, hasta el domingo por
la noche. Muchas veces se volvía á casa sin haber visto; ótras veía y disparaba, pero no cobraba, y
la verdad es que volvía siempre de bolo.
Oyó
decir en una ocasión que las ánimas benditas del Purgatorio son grandes
protectoras de los cazadores y favorecen los buenos tiros; y propuso en su
interior utilizar en tiempo el patronazgo. La ocasión no tardó en presentarse.
Yendo por una laderita muy despacio y cuidadoso, vió con indecible alegría que
por un repecho frontero subían dos conejos pareaditos, y proponiéndose matar á
ambos, exclamó: -¡Ánimas benditas, úno para sufragios por vosotras, y el ótro
para mí! —Hizo fuego en el instante, y al disiparse el humo viendo correr
un conejo, y muerto el ótro, rompió á reir muy satisfecho, diciendo: — ¡Cómo
huye el conejo de las ánimas!
A. (nº 25 [1880], 5; 15-en.) E incluye otra versión más en el nº 27 ([1880], pp. 38-39; 15-feb.)
De agua y lana.
(…) Es respuesta del sombrerero que, preguntado de qué se hacía el sombrero, que parece cosa maravillosa no llevar costura ni ser tejido, responde: que de harto fácil materia, que es agua y lana.” (nº 26 [1880], p. 18b; 31-en.)
A perdiz por barba, y caiga el que caiga.
[En una sierra paradisíaca había un monasterio donde los monjes disfrutaban de bellas vistas y de los manjares del campo: las truchas del arroyo, y las perdices cuando la regla lo permitía. Pero fallecieron tres frailes, y el médico dijo que la causa eran las perdices, que había que reducir su ración a media perdiz. El abad “convocó á capítulo” e informó del hecho, “cuando un hermano rechoncho, de gran cerviguillo y de mofletes relucientes, pidió la palabra, y reclamando atención” expuso una serie de razonamientos y laudes a favor de la perdiz]
Despues
de todo, seguía el orador, la debilidad de estómago de los difuntos no era
razon suficiente para angustiar á los que lo tenían dispuesto para digerir las
plumas del ave, si preciso fuera; y observando de reojo el efecto de sus
argumentos, acentuó el final de la peroracion, pidiendo que se conservasen las
tradiciones del Convento sin peligrosas novedades, y declamando en el colmo de
la elocuencia: —Sí, señores, Á perdiz por barba, y caiga el que caiga. —Una salva de aplausos compensó su
facundia; y cuéntase que, al levantarse la sesion, cada uno de los asistentes
recordaba que tambien canta el vulgo:
“Cuando se muere un fraile
Dicen los demás:
Un enemigo ménos,
Y una racion más.”
C.
F. D. (nº 27 [1880], 39a-41a; 31-en.)
Eso
nó, Miguel de Vergas.
El
Dr. D. Francisco del Rosal explica así el orígen de este proverbio. “Tuvo
principio en Salamanca, donde fuera de la Puente está la ermita de la Trinidad,
donde al pié de una imagen de Dios Padre hizo pintar un devoto ciudadano,
llamado Miguel de Vergas,
con una copla que decía así:
Querría honra y provecho
y que nada me faltase,
y, cuando Dios me llevase,
irme á la gloria derecho.
Al
pié de la cual copla escribió un estudiante: Eso nó, Miguel de Vergas.” (nº 28 [1880], 56b; 29-feb.)
Pocos meses después alguien explicaba:
Aún
existe en la parroquia de la Trinidad extra pontem de Salamanca la figura del Padre Eterno ante quien
está arrodillado el buen caballero Miguel de Vergas, que tiene una larga túnica
sobre la cual ciñe el cinturon de que cuelga la espada; mas la inscripcion no
se conserva, ni áun señales de ella.
E. O. A. de C. (nº 36 [1880], 182b; 30-jun.)
Pese a que nos hemos propuesto agilizar la lectura del contenido de la Revista, nos parece conveniente aclarar este punto. La tradición es antigua, y sin duda, la versión primera del Averiguador Universal originó el comentario del subscriptor E. O. A de C. La anécdota que ya había contado quien había residido y estudiado en Salamanca (Correas) no habla de ninguna inscripción, sino de un supuesto pensamiento del devoto Miguel y de las habladurías del pueblo. Véase la versión de Correas[4]:
Eso
no, Miguel de Vergas; que tenéis muchos pecados.
Este refrán nació de Salamanca, adonde hubo un
ciudadano rico y que casó dos hijas con dos doctores y hizo racionero un hijo
que después fué canónigo, y tuvo otras dignidades; y en la torre de la
Trinidad, parroquia del arrabal, están dos pinturas de bulto relevadas en la
pared por la parte de afuera: la una de Dios Padre, y la otra de un hombre
arrodillado delante, y por los efectos ya vistos y por la postura de las
figuras, fingió el vulgo que Miguel de Vergas hace esta oración: “Señor, case
yo mis hijas con dotores y a mi hijo véale canónigo en la Iglesia mayor, y
después de mis días lévame con vos a la gloria.” A esto dicen: “Eso no, Miguel
de Vergas”; y parece que lo dice el ademán de la pintura, dando a entender que
no puede haber dos glorias, acá y allá. Fué Miguel de Vergas virtuoso y pío, y
hizo la dicha torre, y reparó la iglesia, y fundó en ella una capilla para su
entierro, y lucióse su virtud en su descendencia.
Lo mismo viene a decir Nogales[5]:
Eso
nó, Miguel de Vergas.
Dicho
muy popular en Salamanca, referente á un vecino llamado así, tan favorecido por
la fortuna, que gozó de general estimación, grandes riquezas, constante salud y
no interrumpida paz, logrando casar á sus hijas ventajosamente, ver á sus hijos
en altos puestos y prolongar muchos años su vida. Reedificó la iglesia de la
Trinidad, extra-muros, construyendo en ella, para su enterramiento, una
capilla, donde hizo esculpir en alto relieve la figura del padre Eterno y la
suya propia, arrodillada en actitud de orar. El vulgo conocedor de su historia,
inventó, no sin gracia, que estaba diciendo:
“Vivo, tengo honra y provecho;
y pues nada me ha faltado,
quiero cuando haya finado
irme á la gloria derecho.”
y que Dios le contestaba: “Eso nó, Miguel de
Vergas, que ya es mucha gollería.”
Se aplica á los pedigüeños insaciables que lo quieren todo y no se contentan
con menos.
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