Arroyo Redondo, Susana. “Magia y superstición en la era de Internet”. Culturas Populares. Revista Electrónica 2 (mayo-agosto 2006).

http://www.culturaspopulares.org/textos2/articulos/arroyo.htm

ISSN: 1886-5623

 

 

 

 

 

 

Magia y superstición en la era de Internet

 

Susana Arroyo Redondo

Universidad de Alcalá

 

Resumen

El pensamiento mítico y mágico no pertenece sólo a las sociedades arcaicas sino que en Occidente aún convive con el pensamiento científico y el desarrollo tecnológico. Así lo demuestra el hecho de que la revolucionaria Internet se haya convertido en el medio ideal de difusión de mensajes supersticiosos y de leyendas urbanas así como en el cobijo de multitud de sectas y otros grupos paganos de religiosidad heterodoxa. Internet ha generado incluso nuevas corrientes de espiritualidad como el tecnopaganismo y el tecnochamanismo que, ahora mismo, andan a la búsqueda de una conexión mágica entre la Red y Dios.

Palabras clave

Religión. Magia. Superstición. Leyenda urbana. Hacker. Tecnopaganismo. Tecnochamanismo.

 

 

Abstract

The mythical and magic thought concerns both the archaic societies and the developed first world, where it still coexists with scientific thought and technological development. That is why the Internet has become a favorite way to spread superstitions and urban legends as well as a home for manifold sects and heterodox religious groups. Furthermore, the Internet has even generated new waves of unusual spirituality, such as technopaganism and technoshamanism, which are, nowadays, in search of some kind of magic connection between the Net and God. 

Key Words

Religion. Magic. Superstition. Urban Legend. Hacker. Technopaganism. Technoshamanism.

 

 

Introducción

La magia, la religión y la superstición son conceptos fronterizos tenuemente delimitados y que parecen formar parte de toda cultura humana. Así, aunque normalmente estas palabras aparecen relacionadas con sociedades primitivas y rurales, lo cierto es que el avance de la civilización, la cultura urbana y el progreso tecnológico no han desterrado la necesidad del ser humano de trascender lo visible gracias a todo tipo de creencias irracionales.

La ciencia ha combatido las creencias mágicas y supersticiones a lo largo de varios siglos. Básicamente, mientras que la ciencia trata de explicar el mundo a través de relaciones de causa y efecto provocadas por intervenciones humanas o naturales empíricamente demostrables, el pensamiento mágico concibe que en el mundo físico pueden darse relaciones de causa y efecto explicables a través de intervenciones sobrehumanas o sobrenaturales. En la época dorada del positivismo se creía que la cultura científica acabaría por desterrar la ignorancia, las supersticiones y la bruma que envuelve al pensamiento mágico-mítico, que se consideraba propio de  las sociedades arcaicas.

Pero he aquí que a la llegada del siglo XXI y de la “sociedad de la información”, donde el acceso al conocimiento está al alcance de la mayoría gracias a una red global de comunicación llamada Internet, las creencias mágicas, religiosas y supersticiosas no sólo no han desaparecido sino que están conociendo un nuevo auge. Las viejas leyendas, conjuros, diablos y dioses han evolucionado al mismo ritmo que las nuevas tecnologías y han encontrado una privilegiada plataforma de difusión en Internet.

Los habitantes del mundo antiguo necesitaron crear un amplio repertorio de personajes míticos, de razonamientos religiosos y de explicaciones supersticiosas para enfrentarse a un mundo que no alcanzaban a entender. De la misma manera, los hombres de la nueva era de la información parecen necesitar explicaciones simples para un mundo que se ha vuelto demasiado complejo; es decir, todo el mundo puede comprender el funcionamiento de la electricidad pero sólo los expertos podrían explicar cómo funciona exactamente un ordenador o Internet. A pesar de que ahora la sociedad sí puede obtener las respuestas científicas que necesitaba, éstas se han vuelto demasiado complicadas para ser comprendidas y, además, son actualizadas y superadas tan deprisa que es imposible fiarse de que sean las correctas.

En reacción a todo esto ha surgido una nueva cultura mística y espiritual relacionada con el auge de ciertas sectas, pero también se han mantenido ciertos comportamientos supersticiosos como la creencia en rumores o historias inventadas que se expanden velozmente por la red. Éste será precisamente el campo de estudio de esta monografía: la permanencia de creencias mágicas y supersticiosas en la sociedad de la información y su adaptación a las nuevas tecnologías. Para ello, se usarán fuentes directas de Internet como páginas web de sectas, movimientos neopaganos y tecnopaganos, correos electrónicos que invitan a repetir acciones supersticiosas o que cuentan historias conocidas como “leyendas urbanas” y también se analizarán declaraciones de la nueva estirpe de héroes o dioses que reinan en el mundo virtual, los hackers. De este modo, se podrá reflexionar, además, sobre el hecho de que la magia y la superstición no son procesos culturales asociados únicamente a sociedades primitivas incapaces de disociar la religión y la ciencia, sino que estos conceptos conviven necesariamente en toda cultura. Es decir, que los conceptos de magia, religión y ciencia-tecnología no suponen un proceso evolutivo sino que son dimensiones cooperativas en todo sistema cultural. Así lo demuestra el hecho de que en las modernas sociedades tecnológicas las creencias mágicas sigan perfectamente operativas.

 

 

Magia y supersticiones tradicionales

Antes de abordar el complejo desarrollo de los comportamientos mágicos y religiosos en Internet, se procederá a dar unas breves explicaciones generales sobre qué se entiende por tradicionalmente magia o superstición, pues son conceptos de amplio significado y que abarcan numerosos aspectos.

La magia suele definirse como el conjunto de creencias y de ritos basados en la convicción de que el hombre puede intervenir en el mundo a través de técnicas sobrehumanas o sobrenaturales[1]. Los procesos mágicos, que se llevan a cabo a través de palabras, objetos y ritos, están presentes en todas las civilizaciones y tienen una relación muy estrecha con la religión y con la adivinación, pues son formas que el ser humano tiene de afrontar la ansiedad que le produce el desconocimiento del mundo y del futuro. El pensamiento mágico desarrolla dos tipos de razonamientos: por un lado, la magia homeopática o por contacto se basa en la creencia de que las cualidades de un objeto pueden transmitirse a otro si ambos guardan una relación de semejanza (como el cuerpo de un hombre y una reproducción suya en un muñeco de trapo); por otro lado, la magia contagiosa, se funda en la idea de que las cualidades de un objeto pueden transmitirse a otro si ambos están en contacto real o simbólico (comer el cuerpo de un animal poderoso para obtener su poder).

Los parecidos de la magia y de la religión son fácilmente perceptibles a la hora de tratar de definir ambas realidades. Tradicionalmente se ha considerado que la magia agrupa una dispersa variedad de ritos secretos que tratan de coaccionar a la naturaleza y a los seres sobrenaturales para conseguir fines individuales. En cambio, la religión sería un fenómeno público, institucional y proselitista en el que hay fórmulas conocidas por todos para reverenciar a una divinidad a través ritos y comportamientos estables. La religión es también un fenómeno mundial y que suele rozar lo mágico en sus manifestaciones más populares, como por ejemplo cuando los fieles tratan de “sobornar” a su divinidad ofreciendo ciertos sacrificios a cambio de un milagro.

Así, mientras las religiones conformarían creencias oficiales, las sectas serían grupos minoritarios escindidos del credo mayoritario o que sostienen creencias distintas de las establecidas. Suelen ser grupos pequeños que tratan de devolver al individuo una actitud activa en lo concierne a su espiritualidad y en las que los miembros forman comunidades centradas en lo religioso. Otras, en cambio, pretenden alejarse de las religiones oficiales volviéndose hacia creencias insólitas, recuperando concepciones mágicas tradicionales basadas en la naturaleza o, incluso, idearios completamente antirreligiosos.

Por su parte, la superstición haría referencia a los razonamientos y comportamientos que van en contra de la religión oficial o de la razón pero que están fuertemente establecidos en la sociedad. La persona supersticiosa realiza ciertos ritos por miedo a que un acontecimiento tenga consecuencias catastróficas, rechazará relacionarse con otras personas que tengan características físicas que se consideran que traen mala suerte, utilizará amuletos, talismanes y fetiches, etcétera.

La magia, la religión y la superstición, como se ve, han estado presentes en toda la historia de las civilizaciones y hoy en día siguen activas. La ciencia y la tecnología no sólo no han desplazado estas creencias ilógicas sino que han dado ayudado a que nuevas ideologías mágicas y comportamientos supersticiosos se instalen en la cultura del siglo XXI.

 

 

Internet y el netlore

A la hora de estudiar cómo las viejas tradiciones mágicas y supersticiones se han implantado y evolucionado en Internet es importante saber que la red es mucho más que un conjunto de ordenadores conectados capaces de comunicarse con su propio lenguaje, Internet es un artefacto cultural.

Es decir, Internet no es un producto tecnológico habitual con límites materiales definidos, al contrario, es una abstracción que de alguna manera agrupa ordenadores, protocolos, programas de aplicación, contenidos, nombres de dominios, direcciones de correo electrónico, etc. Así, ¿qué es exactamente Internet? La imposibilidad de definir la red de forma precisa ha llevado a los usuarios a aprender a utilizar esta herramienta sin saber exactamente cómo lo hacen y también a crear metáforas como “red”, “autopista de la información”, “malla virtual”, “espacio”… para abarcar de algún modo este ente.

De este modo, las definiciones de Internet se han ido conformando en un intercambio social en el que técnicos y usuarios han aportado sus concepciones personales sobre qué es la red y sobre qué puede esperarse de ella. Así, el producto cultural que es Internet se ha ido gestando desde sus orígenes, pues si al principio era un instrumento de uso bélico y restringido, los usuarios enfatizaron una de sus características secundarias, la comunicación, y la convirtieron en el centro de la red. Es decir, que Internet no sólo ha evolucionado como un producto tecnológico, sino también como un constructo social y cultural:

Internet, por todo esto, puede ser vista como una construcción enteramente social, formada tanto en su historia como en su desarrollo, a través de su uso. Las perspectivas de comprensión de Internet y sus usos son resultado de un moldeado que es 1) histórico, por cuanto fue un desarrollo de ideas militares en torno a la Guerra Fría, o como triunfo de valores humanistas sobre tales ideas; 2) culturales, en tanto se diseminó a través de medios de comunicación social, en diferentes contextos nacionales; 3) situacional, pues se nutrió de entornos institucionales y domésticos dentro de los cuales la tecnología adquirió un significado simbólico; y 4) metafórico, a través de conceptos accesibles para concebir la tecnología. Es de este moldeado social que ha resultado el objeto que conocemos como Internet, aunque para cada quien pueda adquirir, según lugar y momento, formal sutil o radicalmente diferentes[2].

 

Puesto que Internet es mucho más que un artefacto tecnológico, es normal que en ella se hayan desarrollado manifestaciones culturales de todo tipo, entre ellas algunas de las tradiciones más arraigadas de toda cultura humana: la magia, la religión y la superstición.

Y no es sólo que Internet, gracias a lo barato y veloz de su capacidad de transmitir información, haya conseguido albergar una ingente cantidad de mensajes supersticiosos, leyendas urbanas, páginas de rituales mágicos y sectas, sino que han nacido nuevas adaptaciones del pensamiento mágico a la red. Así, también se han desarrollado supersticiones asociadas concretamente a los peligros que rondan al internauta, rituales neopaganos en los que tecnomagos y tecnochamanes crean ritos en los que los viejos elementos naturales como agua, aire, fuego y tierra son sustituidos por elementos informáticos como plástico, silicio, chips y cables, e incluso sectas que básicamente apuestan por que Internet es Dios. Todas estas leyendas y creencias forman lo que se ha convenido en llamar el netlore: “net-” de Internet y “-lore” de folclore. Ésta será la nueva mitología del siglo XXI, creada con sus propios héroes (los hackers), sus enemigos (los crackers), sus creencias (la ciberdelia o el neopaganismo) y sus magos (los tecnochamanes). La nueva ola de Internet fomenta una nebulosa mística en la que hay espacio para todo tipo de creencias pseudoreligiosas y supersticiosas: adivinación, civilizaciones perdidas, ufología, cábala, hermetismo, neochamanismo, neodruidismo, neotemplarismo, teosofía, rosacrucismo, espiritismo y todo tipo de brujería.

A continuación se ofrecerá una aproximación a todos estos fenómenos pero antes se debe tener en cuenta que, por la propia naturaleza de Internet, estas manifestaciones son velozmente mutables.

 

1.     Rumores y leyendas cibernéticas

Internet nació como un servicio militar con fines defensivos y sin embargo los usuarios la han convertido en el medio de comunicación y banco de acceso libre a información más grande del mundo. De hecho, en la red se guarda tanta información sobre el mundo que algunos internautas opinan que si algo no está en la red, es que no existe; e incluso muchos jóvenes prefieren informarse a través de Internet que a través de los periódicos, la televisión y otros canales de información tradicionales, pues consideran que esos medios son tendenciosos y poco fiables.

Sin embargo, se ha producido también la paradoja de que al mismo tiempo que la cantidad de información disponible aumenta imparablemente, su calidad se vuelve incierta. Pues si por una parte Internet permite que todos los puntos de vista de un conflicto se expresen libremente, por otra parte también da pie a que fuentes poco contrastadas, anónimas e irresponsables extiendan rumores y bulos. Los internautas parecen más preocupados por transmitir mucha información que por el hecho de que ésta sea veraz:

… la tecnología misma, la capacidad de almacenar y comunicar información, se ha convertido en el centro de atención, al tiempo que se presta una atención relativamente escasa al contenido real de la información. Esto pertenece a la naturaleza de la bestia: quienes se ocupan de la teoría de la información están preocupados primordialmente por el proceso de la comunicación al que se enfrenta, y por tanto, carecen de incentivo para reflexionar sobre la calidad de su contenido, la cual, en cualquier caso, es extraordinariamente difícil de medir, y sobre la que también es difícil construir teorías.[3]

 

En este contexto, los internautas sufren diariamente el envío masivo de “spam” o correo basura en el que abundan los mensajes supersticiosos y las leyendas urbanas que a través de historias poco creíbles y multitud de variantes superficiales previenen de los peligros de la vida moderna. El anonimato que concede la red ha hecho que el típico “esto le pasó al amigo de un amigo” haya sido sustituido por “un amigo me lo ha reenviado”, pero el mecanismo sigue funcionando porque garantiza cierta despersonalización. Además, Internet también favorece la reproducción de estos mensajes porque el estilo de los correos electrónicos tiende a ser un “escrito-oral” o un “escrito hablado” muy cercano a una conversación informal.

Entre los mensajes basura que llenan los correos se distinguen varios tipos. Primero están las cadenas de mensajes, conocidas también como cadenas de la suerte o mágicas, que son mensajes que solicitan que sean reenviados porque romper la cadena podría traer mala suerte o un perjuicio (véase anexo I). Antes, estos mensajes se transmitían por cartas fotocopiadas pero actualmente este sistema de mensajes supersticiosos ha encontrado su medio de difusión ideal en Internet gracias a lo rápido, anónimo y barato de sus servicios.

A veces estas cadenas dicen tener un fin solidario y promueven el espíritu comunitario de los internautas. En estos casos, el e-mail cuenta una breve historia sucedida a una persona que por algún motivo necesita urgentemente que ese correo se reenvíe al mayor número de personas posibles. El breve mensaje asegura su verosimilitud ofreciendo el nombre, los apellidos o incluso una foto (todo falso) de la víctima con la que hay solidarizarse, y hasta la dirección y teléfono (falsos) del hospital, embajada o asilo en el que nos podemos informar sobre  lo verídico del asunto (véase anexo I). Por ejemplo, es famoso el caso de un mensaje de solidaridad que circula por lo menos desde 1997 en el que un niño enfermo terminal recibiría un centavo de una gran compañía informática por cada e-mail que se reenviara con el título “Solidaridad con Brian”. La historia es falsa pero hay multitud de variantes que todavía circulan por Internet. También tuvo una repercusión excepcional la cadena sobre los “gatitos bonsái”. En ella se pedían firmas acabar con una práctica china milenaria que consistiría en encerrar a gatitos recién nacidos en botes de cristal para mantenerlos con ese tamaño diminuto. En el mensaje también se ofrecía el link a una página en la que se podían ver fotos de todo el proceso, así como comprar estos supuestos “gatitos bonsáis”.

Otras cadenas desarrollan miedos supersticiosos relacionados con Internet (véase anexo I), como los “hoaxes”, mensajes que advierten sobre falsos virus informáticos, por ejemplo el que casi predecía el fin de la tecnología por efecto del fallo informático que supondría la llegada del año 2000. También hay cadenas sobre los peligros de la red que rozan ya la leyenda urbana, como el mensaje en el que se advertía de ciertos asesino psicópata que escogía a sus víctimas a través de chats de Internet, u otro que asegura que hay gente que sufre llamadas de desconocidos durante las que se les pregunta por detalles personales, si las personas que contestan afirman que están solas en casa, luego sufrirán robos en su domicilio.

 

A diferencia de estas cadenas supersticiosas, las leyendas urbanas son historias elaboradas y extendidas por todo el mundo que cuentan hechos extravagantes o advierten en tono moralista de ciertos comportamientos que llevaron a un hombre o a una mujer (en este caso los protagonistas son arquetipos anónimos) a un fin violento o indeseable. Algunas son antiguas y explotan los mismos miedos que antaño, por ejemplo la leyenda sobre la existencia de animales misteriosos como el chupacabras o sobre fantasmas que se aparecen en espejos.

Otras en cambio reflejan los nuevos temores surgidos en la época actual reformando las viejas leyendas, así el hombre que repartía caramelos envenenados a la puerta de los colegios ahora reparte droga, y la persona que introducía venenos en las bebidas de las jóvenes para luego violarlas, ahora les roba sus órganos. De hecho, cada catástrofe de alcance nacional o mundial suele desarrollar sus propias leyendas urbanas como forma de exorcizar los miedos de la comunidad. Así, tras los atentados del 11 de septiembre, miles de internautas estadounidenses y de todo el mundo empezaron a recibir correos en los que se contaba la historia de un hombre árabe que olvidaba un maletín en una tienda y cuando volvía a buscarlo, los dueños del negocio se lo devolvían sin haberlo abierto; el hombre, agradecido, les daba el consejo de que a partir de cierta fecha no volvieran a beber una lata de Coca-Cola. Lo sorprendente es que, tras los atentados del 11 de marzo, la misma historia pero ambientada en Madrid empezó a difundirse en los correos electrónicos de los usuarios españoles; y también en las fechas cercanas a la Navidad se contó lo mismo pero acerca de un posible etarra que advertía sobre no acudir a los grandes centros comerciales.

También abundan las leyendas sobre la propia Internet, que vienen a transmitir un miedo aún no superado por la sociedad hacia las nuevas tecnologías, por ejemplo la leyenda que dice que la red es verdaderamente controlada por varias sectas satánicas o masónicas (véase anexo I). 

En todo caso, todos estos miedos parecen exorcizarse al ponerse en conocimiento de la comunidad, lo cual hace que la leyenda se extienda imparable. Y si el fenómeno de la leyenda urbana ha hecho que tradicionalmente hubiera múltiples versiones de una misma historia repartidas por todo el mundo, hoy en día, gracias a la rapidez de Internet, se podría predecir la creación de un imaginario de valores y temores que cada vez se parecerá más en todo el mundo[4].

Parece sorprendente que una persona bien formada y capaz de manejar un aparato tecnológico tan avanzado como un ordenador no sea capaz de advertir que se le está engañando con una información inverosímil y una foto malamente trucada (véase anexo I). El progreso científico no se ha realizado simultáneamente a un avance social que permita que los ciudadanos se sientan más seguros; los nuevos peligros de la vida moderna consiguen que la irracionalidad se imponga en las mentes de los civilizados habitantes de Occidente, y por todo esto, parece que el netlore tendrá todavía una larga vida.

La sobrecarga de información y la falta de contexto van íntimamente unidos, son dos aspectos del mismo tema. Este estado de inseguridad permanente, junto con otros factores como la rápida urbanización, la muerte de la familia nuclear, el declive de las autoridades tradicionales, crea un vacío de valor que es llenado inmediatamente por toda clase de expertos más o menos fiables y armados hasta los dientes de más información incluso.  […] La única cosa segura, la única cosa que tienen los expertos para apoyarse es la ciencia moderna, y ésta nos ha enseñado que todo conocimiento es provisional, que toda verdad sobre el mundo tiene que revisarse más pronto o más tarde. […] La ciencia tomó de la religión, no sólo para Karl Marx, la tarea de proporcionar un significado a la historia y a la existencia. […] Creemos en la ciencia ¿pero en qué creemos exactamente cuando sabemos que siempre está en camino algo nuevo?[5]

 

 

2.     Hackers: los dioses de la red

Puesto que Internet que es un producto cultural con un sistema de supersticiones y leyendas extendidos de forma global, es normal que el netlore también haya desarrollado un universo mítico con sus propios héroes y villanos, enfrentados en una lucha singular por el bien de la comunidad cibernauta.

Las figuras que se han erigido en héroes del folclore de Internet son los llamados hackers (también conocidos como “white hats”), que al revés de lo que comúnmente se piensa, no son piratas informáticos sino programadores expertos que, de modo altruista y ocultando su personalidad bajo un seudónimo, tratarían de mejorar la red y poner esos adelantos al servicio de todos los usuarios de forma gratuita. Sus enemigos principales son los llamados crackers (también conocidos como “black hats”), piratas que irrumpen en ordenadores ajenos; y también las grandes compañías como Microsoft, que se lucran al cobrar a los internautas por usar sus servicios.

Es decir, según la imagen tradicional que un usuario medio de Internet tiene de un hacker, éste sería un genio de los ordenadores que ha emprendido una lucha en solitario contra las grandes compañías informáticas; para ello trataría de violar en sus sistemas y rescatar información secreta que luego puede hacerse pública, robar ideas originales, saquear cuentas bancarias y, de paso, perjudicar la imagen de la compañía pirateada mostrando la debilidad de sus defensas informáticas. Pero este tipo de hacker, que correspondería con cierto personaje típico de los cuentos tradicionales que se ha convenido en llamar “trickster”[6] o “embaucador”, es en realidad más bien escaso. Los verdaderos hackers han formado en Internet una verdadera comunidad con sus propias normas de conducta y códigos éticos: cualquiera que actúe al margen de las leyes hackers, por ejemplo forzando el sistema de seguridad de una compañía, es rechazado y etiquetado como vándalo cracker.

Es decir, los hackers, muy conscientes de su potencial informático, se han construido una sociedad virtual con un sistema ético basado en el intercambio de dones de conocimiento[7]. En ese nuevo reino virtual, los hackers son sus propios dioses y héroes (véase anexo III) en un mundo paralelo al real que es una suma de la conciencia de todos los internautas y que es conocido como “noosfera”[8]. Esta condición pseudoheroica y pseudodivina del hacker es afirmada por el famoso pirata informático Eric Steven Raymond en su texto divulgativo Cómo convertirse en hacker:

Existe una comunidad, una cultura compartida, de programadores expertos y magos de las redes, cuya historia se remonta décadas  atrás a los tiempos de los primeros miniordenadores de tiempo compartido y los tempranos experimentos con ARPAnet. Los miembros de esta cultura crearon el término “hacker”. Los hackers construyeron Internet. Los hackers hicieron de Unix el sistema operativo que es hoy día. Los hackers hacen andar Usenet. Los hackers hacen funcionar la WWW[9].

 

Para ser un hacker primero hay que poseer una gran habilidad técnica para moverse por Internet y demostrarla públicamente ante los maestros. De hecho, entre las pruebas de iniciación por las que pasan los aprendices hackers destacan las de búsqueda de defectos o “puertas traseras” de los sistemas informáticos de grandes compañías. Esta “prueba de paso” a un lugar restringido es comparable a las de los héroes clásicos literarios, que también debían pasar por un “tubo” estrecho (ya fuese un pasadizo, un camino angosto, una selva, etc.) para demostrar su capacidad heroica. En todo caso, la capacidad de los hackers para violar las entradas de los sistemas de seguridad de las compañías es visto por muchos como pura delincuencia. Pero de nuevo se debe recordar que sólo los crackers aprovechan su poder “penetrador” para robar, estafar o introducir virus informáticos; los hackers sólo fuerzan las entradas de los sistemas con el fin de mejorar la seguridad del software.

Es decir, el propósito de todo hacker es ser el primero en resolver problemas y poner esas soluciones a disposición de otros internautas. Gracias a esa actitud de desprendimiento los aprendices de hackers se hacen un hueco en esta subcultura, pues de hecho, lo más importante para entrar a formar parte de esta casta es ser reconocido como tal por el resto de la comunidad hacker. Y para ello es necesario demostrar una determinada actitud de sacrificio por el bien de la comunidad internauta y rechazar el ánimo de lucro con el que las grandes compañías informáticas desarrollan sus productos y se enriquecen[10].

Así pues, para poder ser considerado como un hacker, lo fundamental es desarrollar aplicaciones informáticas que no sólo sean avanzadas sino que sobre todo puedan estar a disposición de toda la comunidad:

Los más reverenciados semidioses del hackerismo son las personas que han escrito programas de gran magnitud, con grandes capacidades que satisfacen necesidades de largo alcance, y los donan, de tal manera que cualquiera pueda utilizarlos[11].

 

Además de esto, pueden ayudar a probar y depurar software de fuente abierta, publicar información útil y ayudar a mantener en funcionamiento la infraestructura de Internet. Como se ve, toda la cultura hacker se ha construido muy visiblemente alrededor del concepto de “don”; así un héroe informático es un donador especializado en repartir entre toda la comunidad internauta todo tipo de bienes de carácter cultural. De hecho, el afán democratizador y donador de los hackers los ha llevado incluso a fundar una ideología explícitamente anticapitalista y más acorde con el sistema pseudocomunista que impera en Internet, donde los internautas ponen a disposición de todo el mundo bienes culturales de lo más variados. Según la ideología hacker, el trabajador sometido al sistema capitalista sólo consigue recompensas económicas y un estatus social comprado, por eso el hacker debería entender el trabajo como una elección personal motivada por la pasión que se siente por esa labor y como un esfuerzo desligado del dinero[12].

Así, a partir de un trabajo apasionado y desinteresado, un hacker puede construirse una reputación, que es precisamente lo único que estas personas pueden poseer en un entorno virtual. Por supuesto, tal y como corresponde a una comunidad en la que los conocimientos técnicos superiores no son demasiado comunes (una comunidad con un bien cultural limitado), los hackers no sólo deben trabajar por el bien de todos, sino que deben hacerlo silenciosamente. Así, no sólo no está bien visto que un hacker se enorgullezca de sus habilidades informáticas, sino que la mayoría de ellos esconden su verdadero nombre bajo un seudónimo.

Como si de superhéroes con una personalidad oculta se tratara, los hackers guardan en secreto su nombre verdadero no sólo porque sus actividades a veces rozan lo delictivo, sino como muestra de la nueva personalidad que se están construyendo en el mundo virtual. En este mundo paralelo el hacker puede crearse una identidad diferente a la que posee en el mundo físico, pero eso sí, deberá empezar por lo más bajo. Los hackers noveles, cuyos seudónimos no son todavía conocidos por el resto de piratas, deben buscarse maestros, pasar por procesos de aprendizaje, inventar programas y demostrar sus habilidades en pruebas de iniciación; con el tiempo podrán renunciar a sus nombres virtuales y ser conocidos por los auténticos. Solamente los más famosos hackers, aquellos que como Eric Steven Raymond o Pekka Himanen han escrito importantes textos sobre la ética hacker o que han creado programas fundamentales para la democratización de la red como Richard Stallman (creador del Movimiento del Software Libre), son conocidos públicamente por su verdadero nombre.

Esta cultura solidaria que los hackers han convertido en lema de su nueva cultura y en centro de la construcción de sus historias y mitos, ha sido bien estudiada por Pau Contreras, quien analizó durante varios meses algunos foros de hackers para extraer una reflexión antropológica sobre esta nueva cibercultura:

... los hackers, que son los productores de conocimiento relevante, representan una pequeña minoría dentro del grupo (de un 2 por ciento y un 5 por ciento en el caso de los foros analizados). En este escenario, el conocimiento generado es entregado a la comunidad, que a partir de aquí lo utiliza o lo reelabora con finalidades diversas. […] De manera que el estatus es de base tecnomeritocrática, pero con un fuerte componente de “cultura del don” (“gift culture”), en el que el bien fundamental que circula es el conocimiento. Los lazos sociales del grupo se establecen, por tanto, sobre la base de una circulación de favores. Los favores consisten en conocimiento que, al ser entregado, actúa como un regalo y crea fuertes vínculos basados en la reciprocidad y en el altruismo[13].

 

 

3.     Tecnopaganismo y tecnochamanismo

En el 2001 se calculaba que un 25% de la población internauta, unos 28 millones de personas, había usado alguna vez Internet con propósitos espirituales[14]. La red es una reserva espiritual sin jerarquía ni instituciones donde todos los misterios pueden ser descubiertos de forma subjetiva; de hecho la invisibilidad del ciberespacio y su ubicuidad aproxima este mundo a la misma idea de Dios.

Las webs de las iglesias oficiales como “catholic.net” advierten de que Internet es un escaparate ideal para las sectas peligrosas; por ejemplo, en 1997 treinta y nueve miembros de La Puerta del Cielo se suicidaron siguiendo las enseñanzas que esta secta publicaba en su página web. Otras muchas sectas cuelgan sus enseñanzas en línea y contactan así con nuevos miembros, algunas de las más activas virtualmente son la Hare Krishna, la Iglesia de la Cienciología, el Movimiento Raeliano y el movimiento chino Falung Gong. Internet también ha cobijado sectas antirreligiosas o directamente satánicas como La Primera Iglesia de Satán o La Iglesia Satánica del famoso Anton LaVey[15].

 

Y, sin embargo, Internet no es sólo un mero escaparate de viejas creencias, sino una fábrica de nuevas religiones populares. Así, hay varios movimientos espirituales que han empezado a considerar como su creencia principal que Dios está en la red. Primeramente, en los años 90, se configuraron movimientos que proponían una renovación de la psicodelia de los 60 pero en versión informática y digital en la que las viejas drogas tomadas en grandes conciertos eran sustituidas por experiencias místicas inducidas por la ingesta de drogas en raves multitudinarias: es la ciberdelia[16]. Los hackers Deadhead (seguidores de la banda The Greatful Dead), los ravers del desierto, los tecnopaganos (los más místicos, y de los que se hablará con detenimiento más adelante) y los tecnófilos, todos ellos confían en que las nuevas tecnologías informáticas sean una forma de ampliación de la conciencia y de unión con una nueva forma de misticismo más acorde con los tiempos[17].

La contracultura, el hedonismo, el misticismo, las teorías de la física cuántica y la informática, crearon una pseudoreligión en la que los “ciberhippies” de los Estados Unidos o los “zippies” (“Zen-inspired pagan professionals”, o profesionales paganos inspirados en el Zen) del Reino Unido ponían toda su confianza en computadoras, chips, ingeniería genética y nanotecnología. De hecho, pensad