García Jurado, Francisco. “Los cuentos de fantasmas: entre la literatura antigua y el relato gótico”. Culturas Populares. Revista Electrónica 2 (mayo-agosto 2006).

http://www.culturaspopulares.org/textos2/articulos/garciajurado.htm

ISSN: 1886-5623

 

 

 

Los cuentos de fantasmas:

entre la literatura antigua y el relato gótico[1]

 

Francisco García Jurado

Universidad Complutense, Madrid

 

"¿Qué es un fantasma?, preguntó Stephen. Un hombre que se ha

desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia,  por

cambio de costumbres." (James Joyce, Ulyses) (apud Antología de

la literatura fantástica, de Borges, Bioy Casares y Ocampo)

 

Resumen

Este trabajo trata de la fortuna excepcional que la carta de Plinio el Joven sobre los fantasmas (Plin. 7, 27, 5-11) ha tenido en el posterior relato gótico moderno y cómo, además, el texto latino ha pasado a formar parte de las antologías de cuentos fantásticos.

Palabras Clave

Plinio el Joven, Relato Gótico, Fantasmas

 

Abstract

This article examines the exceptional fortune that the letter of Pliny the Younger concerning ghosts (Plin. 7, 27, 5-11) has had in modern gothic tales. The article also shows how this Latin text has become a significant piece in modern anthologies of fantastic stories.

Key Words

Pliny the Younger. Gothic Tales. Ghosts.

 

 

1.     INTRODUCCIÓN. LITERATURA LATINA Y LITERATURA FANTÁSTICA MODERNA.

           

Las literaturas se relacionan de maneras a veces insospechadas. Acostumbrados como estamos al estudio casi exclusivo de la tradición clásica entendida como un devenir del pasado en el presente, y centrado el estudio casi siempre en los autores considerados canónicos, dejamos de lado otras relaciones alternativas, vivas y posibles que convenientemente estudiadas contribuirían de una manera decisiva a cambiar algunos de nuestros presupuestos más asentados acerca de la relación entre el pasado y el presente. Entendemos, por defecto, que la relación entre la literatura clásica grecolatina y las modernas no tiene más que un sentido lineal. Sin embargo, es sorprendente observar cómo los autores y los lectores del presente son capaces de alterar con sus nuevas lecturas la literatura del pasado, convirtiendo en geniales “precursores” de la modernidad a muchos autores y textos antiguos[2]. Este es el caso de una carta de Plinio el Joven que el relato gótico ha releído en clave moderna, haciendo posible que Plinio el Joven sea probablemente el autor antiguo más significativo que inspira los modernos relatos sobre apariciones fantasmales y que éstos, a su vez, relean y actualicen el relato latino. El hecho no es ni mucho menos puntual o aislado, sino que se inscribe dentro del rico diálogo que la literatura clásica mantiene con la literatura fantástica moderna, hasta el punto de que sería posible elaborar una rica y articulada antología de textos griegos y latinos extraída de las citas encontradas en estos relatos (García Jurado 2000). Uno de los mayores cultivadores y teóricos del relato fantástico, H. P. Lovecraft, es perfectamente consciente de la existencia de esta antología de textos clásicos precursores de la moderna literatura fantástica cuando observa que la mayor parte de los relatos sobrenaturales de la Antigüedad no aparecieron en la poesía, sino en la prosa[3]:

 

                                    Del mismo modo que la literatura encuentra su primera materialización en la poesía, así también es en la poesía en donde encontramos por primera vez acceso permanente de lo preternatural en la literatura clásica. Sin embargo, la mayor parte de los casos antiguos se encuentran en prosa, como el incidente del hombre lobo en Petronio, los pasajes horribles en Apuleyo, la breve pero célebre carta de Plinio el Joven a Sura, y la extraña compilación titulada Sobre los hechos maravillosos, de Flegón, liberto del emperador Adriano. Es en Flegón en donde encontramos por vez primera la historia horrenda de la desposada cadáver, Filinnion y Machates, contada posteriormente por Proclo, y que en período moderno sirve a Goethe de inspiración para su Novia de Corinto y al Washington Irving para El estudiante alemán (Lovecraft 1998, 16).

 

            Dado, pues, este planteamiento, primero vamos a estudiar los rasgos que definen el relato de Plinio sobre los fantasmas en relación con otros dos textos antiguos, uno de Plauto y otro de Luciano. Después veremos cómo la carta de Plinio se incorpora en unos casos de una manera implícita y en otros explícita a los principales relatos góticos de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Asimismo, la singular aparición del relato completo en una de las obras fundacionales del relato fantástico moderno, El manuscrito encontrado en Zaragoza, de Potocki, nos va a permitir observar cómo se va configurando una antología de relatos fantásticos antiguos y modernos que convierten al texto de Plinio en una de las piezas clave de esta antología. Todo ello constituye una inexplorada forma de pervivencia que lleva a releer el texto antiguo en clave de relato gótico.

 

 

2.     LA CARTA DE PLINIO SOBRE LOS FANTASMAS Y LOS OTROS TESTIMONIOS DE LA ANTIGÜEDAD.

 

            Plinio el Joven (Gayo Plinio Cecilio Segundo, 61-hacia 113), amigo de Tácito y sobrino de Plinio el Viejo, ha pasado a la historia de la literatura latina por los diez libros de sus cartas, donde trata acerca de los temas más diversos, y el Panegírico a Trajano. El género epistolar, su estilo, así como la variedad de temas que se encuentran en sus cartas, ha dado lugar a una variopinta y desigual fortuna de su obra en las literaturas modernas  (Arens 1917, Bernthsen 1902, Schuster 1951, García Jurado –en preparación-). El relato de Plinio el Joven sobre la casa tomada por un fantasma, que algunos consideran como el primer relato de espectros donde aparece el componente sobrenatural (González 1999, 44), está en la carta vigésimo séptima del libro VII, destinada a Licinio Sura, que trata, precisamente, sobre la cuestión de la naturaleza de las apariciones fantasmales, como vemos al comienzo[4]:

 

                                    Et mihi discendi et tibi docendi facultatem otium praebet. igitur perquam velim scire, esse phantasmata et habere propriam figuram numenque aliquod putes an inania et vana ex metu nostro imaginem accipere (...) (Plin. Ep. 7, 27, 1)

 

                        La falta de ocupaciones a mí me brinda la oportunidad de aprender y a ti la de enseñarme. De esta forma, me gustaría muchísimo saber si crees que los fantasmas existen y tienen forma propia, así como algún tipo de voluntad, o, al contrario, son sombras vacías e irreales que toman imagen por efecto de nuestro propio miedo (...)

 

            Tras contar el suceso extraordinario que le ocurrió a Curcio Rufo (2-3) entramos en la parte de la carta relativa a la casa encantada, que podría dividirse, a la manera de una obra dramática, en planteamiento (5-6), nudo (7-10) y desenlace (11):

 

                                    erat Athenis spatiosa et capax domus, sed infamis et pestilens[5]. per silentium noctis sonus ferri et, si attenderes acrius, strepitus vinculorum longius primo, deinde e proximo reddebatur: mox apparebat idolon, senex macie et squalore confectus, promissa barba, horrenti capillo; cruribus compedes, manibus catenas gerebat quatiebatque. inde inhabitantibus tristes diraeque noctes per metum vigilabantur; vigiliam morbus et crescente formidine mors sequebatur. nam interdiu quoque, quamquam abscesserat imago, memoria imaginis oculis inerrabat, longiorque causis timoris timor erat. deserta inde et damnata solitudine domus totaque illi monstro relicta; proscribebatur tamen, seu quis emere, seu quis conducere ignarus tanti mali vellet (Plin. Ep. 7, 27, 5-6)

           

                        “Había en Atenas una casa espaciosa y grande, pero tristemente célebre e insalubre. En el silencio de la noche se oía un ruido y, si prestabas atención, primero se escuchaba el estrépito de unas cadenas a lo lejos, y luego ya muy cerca: a continuación aparecía una imagen, un anciano consumido por la flacura y la podredumbre, de larga barba y cabello erizado; grilletes en los pies y cadenas en las manos que agitaba y sacudía. A consecuencia de esto, los que habitaban la casa pasaban en vela tristes y terribles noches a causa del temor; la enfermedad sobrevenía al insomnio y, al aumentar el miedo, la muerte, pues, aun en el espacio que separaba una noche de otra, si bien la imagen desaparecía, quedaba su memoria impresa en los ojos, de manera que el temor se prolongaba aún mas allá de aquello que lo causaba. Así pues, la casa quedó desierta y condenada a la soledad, dejada completamente a merced de aquel monstruo; no obstante se había puesto en venta, por si alguien, no enterado de tamaña calamidad, quisiera comprarla o tomarla en alquiler.”

 

            No será, sin embargo, la ignorancia, sino el preciso conocimiento de las razones por las que la casa está vacía lo que anime al filósofo Atenodoro a vivir en ella:

 

                        Venit Athenas philosophus Athenodorus, legit titulum auditoque pretio, quia suspecta vilitas, percunctatus omnia docetur ac nihilo minus, immo tanto magis conducit. ubi coepit advesperascere, iubet sterni sibi in prima domus parte, poscit pugillares, stilum, lumen; suos omnes in interiora dimittit, ipse ad scribendum animum, oculos, manum intendit, ne vacua mens auditaque simulacra et inanes sibi metus fingeret. initio, quale ubique, silentium noctis, dein concuti ferrum, vincula moveri: ille non tollere oculos, non remittere stilum, sed offirmare animum auribusque praetendere. tum crebrescere fragor, adventare et iam ut in limine, iam ut intra limen audiri. respicit, videt agnoscitque narratam sibi effigiem. stabat innuebatque digito similis vocanti; hic contra, ut paulum exspectaret, manu significat rursusque ceris et stilo incumbit. illa scribentis capiti catenis insonabat; respicit rursus idem quod prius innuentem nec moratus tollit lumen et sequitur. ibat illa lento gradu, quasi gravis vinculis; postquam deflexit in aream domus, repente dilapsa deserit comitem. desertus herbas et folia concerpta signum loco ponit  (...) (Plin. Ep. 7, 27, 7-10)

 

                        “Llega a Atenas el filósofo Atenodoro, lee el cartel y una vez enterado del precio, como su baratura era sospechosa, le dan razón de todo lo que pregunta, y esto, lejos de disuadirle, le anima aún más a alquilar la casa. Una vez comienza a anochecer, ordena que se le extienda el lecho en la parte delantera, pide tablillas para escribir, un estilo, y una luz; a todos los suyos les aleja enviándoles a la parte interior, y él mismo dispone su ánimo, ojos y mano al ejercicio de la escritura, para que no estuviera su mente desocupada y el miedo diera lugar a ruidos aparentes e irreales. Al principio, como en cualquier parte, tan sólo se percibe el silencio de la noche, pero después la sacudida de un hierro y el movimiento de unas cadenas: el filósofo no levanta los ojos, ni tampoco deja su estilo, sino que pone resueltamente su voluntad por delante de sus oídos. Después se incrementa el ruido, se va aproximando y ya se percibe en la puerta, ya dentro de la habitación. Vuelve la vista y reconoce al espectro que le habían descrito. Éste estaba allí de pie y hacía con el dedo una señal como llamándole. El filósofo, por su parte, le indica con su mano que espere un poco, y de nuevo se pone a trabajar con sus tablillas y estilo, pero el espectro hacía sonar sus cadenas para atraer su atención. Éste vuelve de nuevo la cabeza y ve que hace la misma seña, así que ya sin hacerle esperar coge el candil y le sigue. Iba el espectro con paso lento, como si le pesaran mucho las cadenas; después bajó al patio de la casa, y de repente, desvaneciéndose, abandona a su acompañante. El filósofo recoge hojas y hierbas y las coloca en el lugar donde ha sido abandonado a manera de señal.”

 

            El filósofo, comprendiendo las razones por las que el fantasma vagaba por la casa, solicita el enterramiento adecuado de sus huesos, lo que deja al fin la casa liberada:

 

                                    postero die adit magistratus, monet, ut illum locum effodi iubeant. inveniuntur ossa inserta catenis et implicita, quae corpus aevo terraque putrefactum nuda et exesa relinquerat vinculis; collecta publice sepeliuntur. domus postea rite conditis manibus caruit (Plin. Ep. 7, 27, 11)

 

                        “Al día siguiente acude a los magistrados y les aconseja que ordenen cavar en aquel sitio. Se encuentran huesos insertos en cadenas y enredados, que el cuerpo, putrefacto por efecto del tiempo y de la tierra, había dejado desnudos y descarnados junto a sus grilletes.  Reunidos los huesos se entierran a costa del erario público. Después de esto la casa quedó al fin liberada del fantasma, una vez fueron enterrados sus restos convenientemente.”

 

            Vamos a señalar las que a nuestro juicio son las dos características más definitorias del relato, a saber, a) la narración de la aparición del fantasma y b) el motivo de la casa encantada, o el espacio literario en el que se desarrolla el suceso:

 

a)     En la narración intervienen dos personajes: el fantasma y el filósofo. La aparición del fantasma viene precedida de ruidos, pero su manifestación más importante es la visual (apparebat idolon), como podemos observar en la descripción terrorífica del espectro[6]. Es fundamental la actitud tranquila y hasta un poco cómica del filósofo, que domina la situación en todo momento, una vez que ha reconocido al fantasma por la descripción que ya se le ha  hecho de él. El filósofo no es presa del miedo, lo que le permitirá conocer cuáles son las razones por las que el fantasma aparece, como es la necesidad de ser enterrado según las leyes. Algunos estudiosos de la lengua latina (Rosén 1980, 44 y Calboli 1983) han destacado la singular distribución de tiempos verbales que encontramos en el relato: imperfectos, tanto para presentar la situación (erat Athenis spatiosa et capax domus)[7] como para referirse a los movimientos del fantasma (mox apparebat idolon), presentes históricos, para hablar de lo que hace el filósofo (venit Athenas philosophus Athenodorus), una serie de infinitivos históricos y formas nominales en el momento en que se encuentran el fantasma y el filósofo (initio, quale ubique, silentium noctis, dein concuti ferrum, vincula moveri), así como un perfecto que cierra el relato (domus postea rite conditis manibus caruit)[8].

 

b)    El espacio literario. El relato es inconcebible sin la presencia de una casa, calificada de espaciosa[9]. Algunos críticos, como Schwartz (1969, 675), consideran que puede tratarse de un lugar concreto, la Academia[10]. No obstante, como luego observaremos, hay variaciones de ciudad en la localización del episodio, pues no parece tan importante la situación puntual de la casa como sus características, si bien el punto de partida podía haber sido perfectamente la ciudad de Atenas. Conviene observar, a este respecto, que la casa se divide en una parte delantera y otra trasera donde hay, además, una puerta que divide ambos lados[11]. La casa ha de ser espaciosa para conferir más fácilmente la sensación de misterio, como en la época moderna veremos que ocurre con los castillos y los monasterios de la novela gótica. Finalmente, el espacio temporal de la noche (tristes diraeque noctes) resulta, asimismo, un elemento fundamental y, como veremos en los demás relatos, invariable tanto en la literatura antigua como en la moderna.

 

            Con el fin de obtener una visión más rica del relato, conviene que analicemos otros dos textos de la Antigüedad relativos a una casa tomada por fantasmas: uno de Plauto y otro de Luciano. Si bien desde la comicidad y la farsa, el motivo de la casa encantada puede verse ya antes de Plinio dentro la literatura latina en la comedia Mostellaria, del comediógrafo latino Plauto (III-II a.C.), que parte, a su vez, de modelos griegos[12]:

 

TH. Apscedite. TR. Aedis ne attigatis. tangite

Vos quoque terram. TH. Opsecro hercle, quin eloquere <rem>.

TR. Quia septem menses sunt quom in hasce aedis pedem

Nemo intro tetulit, semel ut emigravimus.

TH. Eloquere, quid ita? (...)

TR. Capitale scelu’ factumst. TH. Quid est? non intellego.

TR. Scelus, inquam, factum est iam diu, antiquom et vetus.

TH. Antiquom? TR. Id adeo nos nunc factum invenimus (...)

Hospes necavit hospitem captum manu;

Iste, ut ego opinor, qui has tibi aedis vendidit.

TH. Necavit? TR. Aurumque ei ademit hospiti

Eumque hic defodit hospitem ibidem in aedibus.

TH. Quapropter id vos factum suspicamini?

TR. Ego dicam, ausculta. Vt foris cenaverat

Tuo’ gnatus, postquam rediit a cena domum,

Abimus omnes cubitum; condormivimus:

Lucernam forte oblitus fueram exstinguere;

Atque ille exclamat de repente maxumum.

TH. Quis homo? An gnatus meus? TR. St! Tace, ausculta modo.

Ait illum hoc pacto sibi dixisse mortuom-

TH. In somnis? TR. Mirum quin vigilanti diceret.

Qui abhinc sexaginta annis occisus foret (…)

“ego transmarinus hospes sum Diapontius.

Hic habito, haec mihi dedita est habitatio.

Nam me Accheruntem repicere Orcus noluit,

Quia praemature vita careo. Per fidem

Deceptus sum: hospes me hic necavit isque me

Defodit insepultum clam [ibidem] in hisce aedibus.

Scelestus, auri caussa. Nunc tu hinc emigra.

+scelestae hae+ sunt aedes, inpia est habitatio.”

Quae hic monstra fiunt anno vix possum eloqui. (Pl. Most. 468-505)[13]

 

            “TEOPRÓPIDES. Apartad. TRANIÓN. No toquéis la casa.

            Tocad también vosotros la tierra. TEOPRÓPIDES. Te pido que me des una explicación.

            TRANIÓN. Porque hace siete meses que nadie ha puesto el pie en esta casa

            Después de que nos mudamos.

TEOPRÓPIDES. Cuéntame por qué razón (...)

TRANIÓN. Porque se cometió un crimen. TEOPRÓPIDES. ¿Cómo? No me entero.

TRANIÓN. Me refi