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Hernández Fernández,
Ángel.
“El rapto de la luna: cuentos, leyendas y
mitos sobre el origen de las manchas lunares”. Culturas Populares.
Revista Electrónica 2
(mayo-agosto 2006). http://www.culturaspopulares.org/textos2/articulos/hernandezf.htm ISSN: 1886-5623 |
Ángel
Hernández Fernández
A Luciano
con
un niño de la mano.
(F. G. Lorca)
A partir de un relato que explica el origen de
las manchas lunares y que fue recogido en Mula (Murcia-España), se estudia en este
artículo la aparición recurrente de tal motivo y sus variantes en el folklore
oral y la literatura.
Hombre de la luna. Manchas lunares. Cuento
popular. Leyenda. Mito.
From the analysis of a story
collected in Mule (Murcia-Spain), this paper develops a complete study of the
variants of the explanations for the origin of the lunar stains as a recurrent
motif both in oral folklore and literature.
Man of the moon. Lunar stains.
Folktale. Legend. Myth.
UN
VIEJO CUENTO SOBRE LA MUERTE
En
Mula (Murcia) tuve la suerte de recoger en el año 2000 el siguiente relato tradicional:
Eran los tiempos de
María Sarmiento cuando ocurrió este cuento; fue ayer, pero también podía ser
hoy.
En una noche de invierno
fría, muy fría, volvía el leñador Juan Alpargata con su carga de leña a las
espaldas. Era Juan Alpargata un hombre ya anciano y más pobre que su propio
nombre.
Agotado por el largo día
de trabajo y vencido por el frío, se sentó a descansar, reposando su haz de
leña en una tapia. En el cielo brillaba la luna llena iluminando los caminos,
campos y cabezos de su tierra.
El cansado y viejo
leñador se quedó mirando fijamente a la luna y en voz alta expresó un deseo:
—¡Luna, baja y
trágame!
La luna observó con
detenimiento a Juan Alpargata y apiadándose de él, bajó y se lo llevó con ella.
Y desde entonces,
siempre que luce la luna llena se ve en ella unas manchas oscuras que no son
otra cosa sino que la leña esturreada que portaba el tío Juan Alpargata.
Y colorín colorado, este
cuento se ha acabado.
Narrador: José Tudela López (Mula)
Cuando leemos esta
narración pensamos inmediatamente en la conocidísima fábula del viejo y la
muerte, famosa ya desde la época clásica según muestra la alusión que de ella
se hace en el Alcestis de
Eurípides, 669-672:
Con palabras vanas los ancianos desean morir y
se quejan de la vejez y de la larga duración de su vida, pero, cuando la muerte
se acerca, nadie quiere morir y la vejez ya no es una carga para ellos[1].
El cuento fue
documentado por Francisco Rodríguez Adrados en su Historia de la fábula
greco-latina[2]: la versión de Esopo es la manifestación más notoria de este
relato en la antigüedad:
El viejo y la muerte
En una ocasión un viejo, que venía de cortar
leña, la llevaba encima y recorría un largo camino. Al descargar el peso,
fatigado, llamó a la Muerte. La Muerte se apareció y le preguntó por qué motivo
la llamaba, el viejo dijo: «Para que me lleves la carga.»
La fábula demuestra que todos los hombres
quieren a la vida, aunque tengan una existencia miserable.[3]
Se trata de una
fábula de origen literario catalogada en el índice internacional de cuentos
folclóricos A. Aarne, S. Thompson y Hans-Jörg Uther como tipo 845[4].
Su propósito moralizante es obvio: el hombre se aferra irracionalmente a la
vida, por muy adversa y miserable que ésta pueda resultarle, pues la muerte
siempre aparece como algo temible e incierto. El tema de la fábula está
presente en el célebre monólogo del desesperado Hamlet, quien, vacilante ante
la tentación del suicidio, se afirma en una vida sin ilusiones pero que en todo
caso resulta preferible al terror por la muerte:
¿Quién querría llevar tan duras cargas, gemir
y sudar bajo el peso de una vida afanosa, si no fuera por el temor de un algo
después de la muerte —esa ignorada región cuyos confines no vuelve a
traspasar viajero alguno—, temor que confunde nuestra voluntad y nos
impulsa a soportar aquellos males que nos afligen, antes que lanzarnos a otros
que desconocemos?[5]
El cuento ha
experimentado una difusión literaria bastante amplia. Concretamente en la
literatura española del Siglo de Oro, como ha demostrado Maxime Chevalier, se
repite en la comedia de Lope de Vega Quien
más no puede..., en la Miscelánea
de Luis Zapata y
en el Fabulario de
Sebastián Mey (3)[6].
También trató la fábula, en el siglo XVIII, Samaniego (IV, 4).
En la
literatura francesa, La Fontaine recrea el tema dos veces en sus Fábulas: I-15 y I-16. La segunda versión es similar a
las que estamos tratando. En la primera, un hombre sin fortuna llama a la
muerte pero cuando ésta aparece la despide con horror. Termina la fábula con
estas palabras atribuidas a Mecenas: «¡Antes impotente, sin piernas, manco o gotoso,
pero que al cabo viva y me baste, y estoy más que contento!»[7].
Por otro lado, Charles Perrault la recordó al comienzo de su cuento Los
deseos ridículos: un pobre
leñador, harto de su vida miserable, se lamenta y pide la muerte pero, cuando
se le aparece Júpiter, le dice que no quiere nada. Léamoslo en el propio autor:
Era una vez un pobre Leñador,
tan harto de la vida que llevaba
de miseria y dolor,
que —decía— tan sólo deseaba
perder de vista el monte
e irse a reposar al Aqueronte:
porque veía, en su dolor profundo,
que desde que se hallaba en este mundo
nunca jamás el Cielo empedernido
ni un deseo le había concedido.
Un día que en el Bosque se quejaba,
mientras se lamentaba,
Júpiter, rayo en mano, apareció.
Mal podría pintar todo el canguelo
que al buen hombre le entró.
«¡No quiero nada! —el pobre hombre
exclamó
arrojándose al suelo—.
Ni deseos ni Truenos, no haya tal:
vamos a hablar, Señor, de igual a igual».[8]
Que estamos
ante una fábula de difusión sobre todo literaria lo demuestra el hecho de que
en todas las versiones el argumento se presenta de forma similar, sin apenas
variantes ni modificaciones de importancia. Con respecto a las versiones
tradicionales, el catálogo de cuentos folclóricos hispánicos de Julio Camarena
y Maxime Chevalier sólo recoge tres[9].
Sin embargo, el cuento ha seguido circulando por vía tradicional fuera de
España, como podemos comprobar por el siguiente texto gitano recogido en
Checoslovaquia en el siglo XX, que sólo ofrece con respecto a la versión
esópica la ligerísima variante de que la protagonista es mujer y no hombre:
La muerte y la anciana gitana
Érase una vez una anciana gitana que se fue al
bosque a buscar leña. Recogió muchas ramas pequeñas, hizo con ellas un haz y lo
metió en una bolsa. Llevaba recorrido ya un buen trecho cuando se sentó en la
cuneta y se dijo: «¡Hay que ver lo que pesa esta bolsa! Se acerca el final de
mi vida y ya va siendo hora de que la Muerte me lleve. Son muchos años en este
mundo y he disfrutado muy poco de él. ¿Dónde estás, Muerte? ¿Por qué no vienes
por mí?».
La Muerte escuchó sus palabras y acudió en
seguida.
—¿Qué es lo que quieres, pobre gitana?
¿Qué puedo hacer por ti?
—Oh, señora —dijo ella—,
sujeta esta bolsa para que me la cargue a la espalda. Ayúdame.
—De acuerdo.
—No quiero morir, y ojalá pueda cargar
con este pesado fardo por mucho tiempo. Sólo pensamos en la muerte cuando no la
tenemos cerca.[10]
EL CUENTO DEL
HOMBRE DE LA LUNA
Pero volviendo
a nuestra versión tradicional recogida en Mula, observamos que si bien se inicia
del mismo modo que la fábula del viejo y la muerte, difiere sin embargo de ella
en varios aspectos fundamentales: la imprecación del personaje va dirigida a la
luna y no a la muerte, como en la fábula clásica; la luna se apiada del hombre
y se lo lleva sin que éste, aparentemente, ofrezca resistencia; el relato sirve
para explicar que las manchas del astro son la leña esturreada que portaba el
protagonista, llamado aquí Juan Alpargata; no hay moraleja ni propósito
didáctico de ningún tipo.
Estamos, por
tanto, ante una leyenda etiológica que reviste de ropaje poético la explicación
de un fenómeno natural, como es habitual en todas las cosmogonías y mitologías
antiguas. Y además, según ley folclórica conocida, esta leyenda, que a simple
vista podría parecer narración local o costumbrista, se repite en muchos
lugares con las variantes que intentaré resumir a continuación.
Cerca de la
comarca de origen de la leyenda, concretamente en el campo de Cartagena, José
Ortega nos ofrece ocho relatos que cuentan el rapto de un ser humano (leñador,
hombre o chiquillo) por la luna. En la mayoría de ellos, un leñador (que a
veces va con su burro) se dirige a la luna para que se lo lleve[11].
En sólo tres casos (números 2-4), la luna rapta al mortal sin una petición
expresa de éste. Ofrezco algunos ejemplos:
1. Estaba un leñador en el monte con un haz de
leña, y como no podía con ella, dijo:
—Luna, baja y trágame.
Y la Luna bajó y se lo tragó.
2. Un chiquillo se quedó mirando a la Luna, y la
Luna se lo tragó a él y al niño [sic] cargado de leña que iba con él.
3. Un hombre iba con su burro y se lo tragó la
Luna.
4. Un hombre estaba en el monte y se lo llevó
la Luna, y las estrellas son un camino que dejó el carro triunfante.[12]
La leyenda está también documentada en Caprés, pedanía de Fortuna, aunque en este caso no aparece el motivo del rapto de la luna ni tampoco el de castigo a un mortal. Lo leemos en el siguiente texto:
Los habitantes de Caprés narran una leyendita
muy extendida por todo el Sureste: S. José recoge y porta continuamente haces
de sarmientos. Esos haces y el ajetreo de S. José configuran las “manchas” de la luna. La intención de S. José es
llevar el mayor número de sarmientos a la cueva del Niño Jesús para calentarlo.[13]
Otra versión registrada por mí, en diciembre de 2005, en Murcia capital a José Bermejo Dólera, de 78 años y natural de Las Torres de Cotillas, ofrece una variante poco conocida de la leyenda:
EL ORIGEN DE LOS CRÁTERES DE LA LUNA
Una vez la luna estaba llena de árboles tantos
que en vez de llamarse luna se llamaba verde, por tantos árboles que tenía. El
hombre que vivía en la luna, un día, un día de invierno necesitó madera para
calentar a su familia. Con su hacha afilada empezó a cortar árboles.
Cuando terminó el invierno se dio cuenta de
que no quedaban árboles y, al no haber fruta, su familia se murió de hambre.
Hasta hoy sigue llorando su pérdida, y por eso
hay cráteres en la luna.
Si ampliamos un
poco más el área geográfica, llegamos a Fuente Álamo (provincia de Albacete)
donde encontramos otra versión cuyo protagonista se llama Tomasico, quien, tras
protestar por su afanosa vida,
invoca a la luna y el astro se lo traga, y de ahí que las manchas
lunares no sean otra cosa que el hombre con su haz de leña cargado a las
espaldas[14]. Los
ejemplos mencionados hasta ahora ofrecen dos posibilidades argumentales del
relato: que el rapto de la luna no esté motivado o, por el contrario, que tal
acción se explique como un castigo contra el ser humano por infringir un tabú o
robar. En cualquier caso, estamos considerando un motivo folclórico extendido
por todo el mundo del que la leyenda muleña constituiría solamente un ejemplo
más, como intentaré demostrar a continuación.
Aurelio de
Llano Roza de Ampudia, el gran folclorista asturiano, la recogió, ya en el
siglo XX, en una versión donde
tampoco aparece la idea de castigo:
Dicen en varios concejos de Oriente, entre los
cuales figura el de Caravia, que el borrón que se ve en la luna es la figura de
Llonxinos. Este iba por el monte con una carga de rozu [aulaga] al hombro, al mismo tiempo pasó la luna y lo
llevó consigo.[15]
Del mismo modo, José Manuel Pedrosa da fe de la siguiente versión tradicional, recogida en Casar de Escalona (Toledo) en 1997:
Yo me acuerdo que éramos pequeños y estábamos
jugando; y ya aparecía la luna y decíamos:
—Vámonos a casa, porque, si no, nos
puede tragar, como tragó al leñador, que está allí metido y no puede salir.[16]
Otra variante de
la historia explica la intervención de la luna como castigo contra el mortal
por infringir un tabú o por impiedad contra la diosa. Si consultamos ahora el
mencionado índice de tipos folclóricos de A. Aarne y S. Thompson, observamos
que no se encuentra una descripción de este argumento, salvo la ya comentada
del tipo 845, El viejo y la muerte, con el que presenta unas coincidencias sólo parciales. Sin embargo,
el relato sí ha encontrado acogida en el monumental Catálogo Tipológico del
Cuento Folklórico Español de
Julio Camarena y Maxime Chevalier, donde sus autores crean un nuevo tipo para
albergar el relato que nos ocupa, concretamente el catalogado como [760F], [El
hombre de la luna llena], que
describen así:
Un hombre (a) roba leña, (b) trabaja en domingo, (c) blasfema, (d) comete una traición, o/y (e) hace una imprecación temeraria dirigida a la
luna. Ésta se lo lleva[17].
Enumeran a
continuación un puñado de versiones iberoamericanas que demuestran la también
amplia difusión de este cuento en castellano, portugués y euskera. Entre ellas,
Sánchez Pérez ofrece una versión confusa, sin duda por contaminación con otros
cuentos populares: un viejo que recoge leña se encuentra con una señora que le
da dinero pero le conmina a que no lo malgaste porque en ese caso la luna se lo
tragaría. La esposa dilapida el dinero en menos de tres días (cf. el cuento de La
ambición castigada: tipo
555). Al tercer día se presenta la luna, que va subiendo la escalera hasta el
cuarto del matrimonio mientras amenaza terroríficamente al hombre (como en el
cuento de La asadura del muerto: tipo 366). Lo engulle y por eso en la luna se ve al viejo con el fajo
de leña a la espalda[18].
La misma idea
de castigo, aunque contra un niño desobediente, se encuentra en la siguiente
versión portorriqueña:
Había una vez un matrimonio que tenía un hijo
muy vago. Un día la madre lo mandó a buscar leña; el niño se demoró tanto que
la madre empezó a echarle maldiciones, hasta que dijo:
—¡Permita Dios que te lleven las nubes!
Una nube vino y lo cogió y se lo vendió a la
luna; y por eso es que en la luna se ve un hombre sentado.[19]
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