|
|
Valvassori, Mita. “Ensalmos y ritos contra las lombrices en Italia: del Decamerón (VII, 3) de Boccaccio a la tradición folclórica contemporánea”. Culturas Populares. Revista Electrónica 2 (mayo-agosto 2006). http://www.culturaspopulares.org/textos2/articulos/valvassori.htm ISSN: 1886-5623 |
Ensalmos y
ritos contra las lombrices en
Italia:
del Decamerón (VII, 3) de
Boccaccio a la tradición folclórica contemporánea
Mita Valvassori[1]
Universidad
de Alcalá
Los rituales y ensalmos
contra las lombrices presentan elementos comunes que funcionan como constantes a lo largo del
tiempo, como pretende demostrar este trabajo en el que he recogido una serie de
testimonios que van desde la Edad Media, documentados en el Decameron de Boccaccio, hasta la actualidad.
Me he centrado en los ritos italianos, aunque a lo ancho de un muy dilatado
espacio, pues he analizado versiones tanto del norte como del centro y del sur
de Italia. También he aludido a otras tradiciones como la española y no he
dejado de encontrar analogías y paralelismos muy significativos.
Lombrices. Ensalmos. Rito. Folklore. Cultura
popular.
Key words: worms, mutter incantation,
rite, folklore, popular culture.
En
términos médicos, las lombrices que son capaces de alojarse en el cuerpo de los
seres humanos son unos gusanos de forma redonda que pueden medir desde unos
pocos milímetros hasta un metro de longitud. Los hay de varios tipos, pero los
más habituales son los oxiuros (enterobius vermicularis), unos
gusanos de color blanco de hasta un centímetro de longitud. Pueden infectar a
cualquier persona, aunque afectan principalmente a los niños. Viven en la parte
baja del intestino grueso y los gusanos hembras, que parecen hilos blancos,
salen por la noche a depositar sus huevos microscópicos alrededor del ano,
causando así picor e irritación. Las causas fundamentales que producen la
infección son la ingestión de agua o de alimentos contaminados, y el contacto
con las larvas, que pueden penetrar a través de la piel.
El
modo en que afectaban a la población, especialmente en los tiempos pasados,
creó un problema importante en la vida diaria de las personas, y la carencia de
conocimientos y de medios para combatir la enfermedad de manera científica,
como se hace habitualmente hoy en día, generó una inquietud del pueblo que se
fue satisfaciendo con elementos de lo que se podría llamar religiosidad
popular. Es decir, frente a una necesidad concreta que afecta la vida cotidiana
de muchas personas, se acude a unos recursos mágicos que se apoyan en ensalmos
y ritos nacidos de la creencia popular, y que, consagrados y legitimados por la
misma, son utilizados como arma eficaz para superar las dificultades de la
vida.
Estos
ritos merecen ser registrados y analizados, pues encierran un interesante
bagaje cultural, reflejo de la sociedad que los crea, los hereda y los
transmite a lo largo de los siglos.
La enfermedad de las lombrices está documentada en
Italia como vermi (del
latín vermem) desde la
Edad Media, cuando se consolidó la costumbre de curar muchas enfermedades con
ritos y ensalmos estrechamente ligados a la creencia mágica y a la religiosidad
popular. En efecto, el Medioevo europeo vivió una doble actitud con respecto a
la magia y a todo lo que estaba relacionado con ella: por un lado arraigaron un
gran número de conceptos, creencias y ritos mágicos. tanto heredados de la
antigüedad como surgidos en la misma época; por otro lado, se emprendió una
encarnizada lucha para extirpar lo que se consideraba como brujería o
hechicería. Esta compleja relación de la sociedad medieval con la magia es
evidente que está directamente relacionada con la Iglesia, que se afirma como
autoridad religiosa, moral, pero también social y política. Es inevitable citar
al respecto el tratado Peri enhupnion ("Sobre los
sueños") del arzobispo Synesius de Cyrene (ca.
370-413), formulador de teorías sobre los espíritus y fantasmas que estuvieron
muy en boga durante toda la Edad Media, y que llamaron poderosamente la
atención de Marsilio Ficino, el gran teórico renacentista de la magia, que
tradujo el tratado en 1489. Igualmente relevantes son las numerosas y célebres
traducciones de tratados de magia del árabe y del hebreo que se realizaron en
la Edad Media y que constituyeron un referente fundamental en la cultura de la
época.
Uno de los textos medievales
que documenta la amplia difusión de la creencia popular que nos ocupa, es
decir, la curación de las lombrices a través de ritos y ensalmos, es la obra
maestra de Giovanni Boccaccio, el Decamerón, concretamente la novella 3 de la jornada VII. La novella pertenece al grupo de las que tratan de
las burlas y engaños que hacen las mujeres a sus maridos, como se ve en el
título que encabeza la misma: “Fray Rinaldo se acuesta con su comadre; el
marido le encuentra con ella en la alcoba, y le hacen creer que les estaban
conjurando las lombrices a su ahijado[2]”.
Doña Agnesa mantiene una relación ilícita con fray Rinaldo y, al ser
sorprendida por el marido con el amante en casa, encuentra con una rápida decisión
la manera de justificar a los ojos del marido la presencia del fraile:
Marido mío, tengo que decirte que
ha venido aquí fray Rinaldo,
nuestro compadre, y Dios nos lo ha mandado; pues por cierto, si no
hubiese venido, hoy habríamos perdido a nuestro niño. (G. Boccaccio, Decamerón, VII, 3) [3]
A las insistentes exigencias
de explicaciones del marido, doña Agnese responde:
-¡Oh, marido mío!- dijo la señora
-. Antes le vino de repente un desmayo que creí que estaba muerto y no sabía qué
hacerme ni qué decirme, hasta que fray Rinaldo, nuestro compadre, llegó en ésas
y cogiéndolo en brazos dijo: “Comadre, lo que tiene son lombrices en el cuerpo,
que se le acercan al corazón y le matarían sin duda; pero no tengáis miedo,
porque yo las conjuraré y las haré morir a todas, y antes de que me vaya de
aquí veréis al niño más sano que nunca lo visteis.” Pero como hacía falta que
tú dijeses algunas oraciones, y la sirvienta no te pudo encontrar, por eso se
las hizo decir a su compañero en el lugar más alto de nuestra casa, y él y yo
nos metimos aquí dentro. Y como nadie más que la madre del niño puede estar en
este menester, para que no se nos molestase nos encerramos aquí; y aún le tiene
en brazos, y creo que no espera más que su compañero acabe de decir las
oraciones, y estará hecho, ya que el niño ha vuelto completamente en sí. (G.
Boccaccio, Decamerón, VII, 3) [4]
La práctica del ensalmo de las
lombrices no constituye la parte esencial de la novella, cuyo interés y finalidad es el de
burlarse de los maridos crédulos e ingenuos, complacerse de la prontitud y del
ingenio de quien sale de situaciones difíciles, y mostrar la hipocresía y la
inmoralidad de la vida de la gente de la iglesia. Pero lo que aquí nos interesa
es que el pretexto al que recurre la mujer y la inmediata confianza y
credulidad del marido, demuestran cuán común y difundida era la costumbre de
conjurar las lombrices.
Con respecto a esta alusión a
la práctica de encantar las lombrices, Giardini hizo una observación muy
acertada:
È naturale che nella novella si accenni sommariamente
a tutta l’operazione, senza ripetere particolarmente né la preghiera né lo
scongiuro, né il rituale che di solito soleva accompagnare l’una e l’altro; è
naturale, dico, perché nel racconto, l’operazione magico-religiosa non si
compie per niente dato che il bambino è sano e “l’incantagione dei vermi” non è
che un’invenzione della donna per salvarsi dal grave imbarazzo del momento. Il
rito dunque non ha luogo, ma si finge che abbia avuto luogo. Il Boccaccio
tuttavia ne parla dimostrando di essere al corrente di una credenza assai
comune che del resto è giunta fino ai nostri giorni[5].
[Es natural que en la novella
sólo se mencione sumariamente toda la operación, sin repetir específicamente ni
la oración ni el conjuro, ni el ritual que habitualmente solía acompañar uno y
otro; es natural, digo, porque en el cuento, la operación mágico-religiosa no
se realiza en absoluto ya que el niño está sano y el encantamiento de las
lombrices no es más que una invención de la mujer para salvarse de la grave
incomodidad del momento. El rito entonces no tiene lugar, sino que se finge que
haya tenido lugar. En cualquier caso Boccaccio habla del mismo demostrando
estar enterado de una creencia muy común que al fin y al cabo ha llegado hasta
nuestros días[6].]
Por razones estrictamente
narrativas, Boccaccio no nos proporciona ningún dato relativo al ensalmo en sí,
exceptuando la posible necesidad de dos personas para realizarlo, pero tampoco
sabemos hasta qué punto se puede considerar éste un elemento meramente
narrativo o un testimonio fiable de la práctica en cuestión. No obstante, me
interesa destacar la amplia difusión del rito de “encantar” las lombrices en la
Italia medieval, puesto que se presenta aquí con tal naturalidad que hace
deducir el papel absolutamente cotidiano que asumía en la vida de la personas.
Las
confluencias y equivalencias entre lo mágico y lo religioso, y entre lo
simbólico y lo social han sido objeto de muchos estudios antropológicos; por
citar uno de ellos, podemos recordar aquí al padre de la antropología
estructuralista, Claude Lévi-Strauss, defensor de la teoría de que la religión
es la humanización de las leyes naturales, y de que la magia es la
naturalización de ciertas acciones humanas: ambas se constituirían, en
consecuencia, en dos sistemas, estrechamente relacionados entre sí y muchas
veces superpuestos, de explicación y organización significativa de la
experiencia del mundo.
Dentro
de las prácticas verbales y rituales que acoge el ámbito mágico-religioso, hay
que distinguir tres conceptos fundamentales: el ensalmo, la oración y el
conjuro. José Manuel Pedrosa los define así:
Se puede afirmar que el ensalmo se caracteriza básicamente por su
funcionalidad curativa o sanadora de alguna enfermedad, por la fuerte presencia
de elementos o motivos mágicos, y por el hecho de que el ensalmador se sitúe
como intermediario entre la divinidad y la persona que precisa la curación. La
oración suele pedir simple protección divina, y reflejar un tipo de pensamiento
religioso más ortodoxo, por lo que, al contrario que el ensalmo, suele ser
aceptada y fomentada por las instituciones religiosas. El conjuro no funciona
como una petición a un personaje sagrado, sino como un mandato imperativo a un
personaje no necesariamente sagrado (a veces incluso diabólico) para intentar
obtener algún tipo de favor moralmente negativo o perjudicial para otras
personas. En cualquier caso, muchas veces se producen confusiones y
confluencias entre estos repertorios[7].
En el caso de la
creencia que nos ocupa, hablamos entonces en castellano de ensalmos, puesto que
su finalidad es la de curar al niño de la enfermedad de las lombrices.
Apreciamos una constante en todos estos ritos, que es la presencia de un
ensalmador que actúa de intermediario entre el enfermo y Dios, la Virgen o el
santo, y que habitualmente es una mujer que tiene fama de curadora y a la cual
se atribuye un poder mágico que requiere una iniciación especial o una natural
tendencia, fundamentalmente un don que tienen sólo pocos privilegiados.
Las personas que, en el seno de una sociedad, se consideran investidas
de capacidad para practicar ensalmos y obtener curaciones, no suelen ser, salvo
casos excepcionales, auténticos profesionales. Hermanos gemelos, neonatos
sietemesinos, personas que hayan nacido "con una cruz en el velo del
paladar", se consideran como especial y naturalmente dotadas para esta
prácticas. También adquieren esta capacidad quienes reciben el conocimiento de
los ensalmos y técnicas curativas correspondientes de otro ensalmador. Las
transmisión de estos conocimientos suele realizarse de modo secreto y siguiendo
normas y rituales de transmisión muy estrictos, ya que se considera que si el
ensalmo se ve privado de su carácter secreto y se hace de dominio público,
pierde su "gracia" para curar[8].
Con
respecto al ensalmo para combatir las lombrices hay que destacar que suele
componerse de varios elementos: objetos, ritos y palabras. Los objetos suelen
ser objetos cotidianos que se consideran mágicos o especiales por sus
connotaciones simbólicas y por su función de amuleto o talismán repelente de
males. El rito está constituido por gestos repetidos automáticamente y que
también conllevan un bagaje cultural y simbólico importante. Finalmente, las
palabras que se repiten para hacer eficaz la curación, el ensalmo en sí, tienen
unas características específicas frente a otros tipos de discursos mágicos:
Al contrario de lo que sucede con las oraciones, que tienen
modalidades cultas y artificiosas y modalidades puramente tradicionales, el
ensalmo vive por lo general en el seno de las clases menos letradas del pueblo,
se transmite fundamentalmente por vía oral, y tiene una forma poética, en
consecuencia, caracterizada por los rasgos del estilo oral y folclórico. La
poética de los ensalmos se caracteriza por su tradicionalidad y por su
variabilidad, que en algunas ocasiones arranca de tiempos muy antiguos[9].
Con respecto
a las connotaciones simbólicas de las lombrices, éstas se identifican
evidentemente con el gusano, que conlleva una simbología interesante recogida
así por Cirlot:
Jung lo
define como figura libidinal que mata en lugar de vivificar. Débese a su frecuente
carácter subterráneo, a su inferioridad, a su relación con la muerte y con los
estadios de disolución o primariedad biológica. Así es muerte relativa (para lo
superior, organizado) lo que simboliza, pues, en el fondo –como la
serpiente- es un exponente de la energía reptante y anudada[10].
El
gusano, como la serpiente que es principio del mal, está relacionado con las
fuerzas negativas, inferiores, con la disolución, con la muerte, que entran en
el cuerpo humano y lo corrompen poco a poco hasta arrastrarlo en el mundo
subterráneo, hasta el mal, hasta la muerte.
Por otra
parte debemos pensar en el cuerpo humano de forma un poco distinta de la
habitual y reflexionar de una manera que atienda más a su dimensión
antropológica. En este sentido, José Manuel Pedrosa observa que:
Tener
agujeros abiertos en el cuerpo ha sido siempre considerado como una
eventualidad peligrosa, como un accidente temible que pone en cuestión la
integridad y el equilibrio de la persona, y al que se debe poner remedio
material (médico) y simbólico (mágico-ritual) cuanto antes[11].
En este
sentido entendemos cómo el bostezo o el estornudo son verdaderas invitaciones a
que entren en el cuerpo fuerzas negativas, enfermedades o incluso el demonio
(de ahí la fórmula castellana ‘Jesús’ para combatir estos peligros). Del mismo
modo cualquier agujero del cuerpo es un punto neurálgico de la persona y por
ahí (supuestamente por la boca) pueden entrar las lombrices, el mal. Hemos
visto la especial inclinación de los niños a padecer estas enfermedades, y eso
se explica por la mayor vulnerabilidad de los pequeños frente a las amenazas
externas. Además, la infancia es la edad en la que se cambian los dientes de
leche, y, con respecto a este tema Pedrosa destaca la ulterior fragilidad de
los niños que, al perder los primeros dientes, se quedan con un hueco en la
boca hasta que crezcan los dientes definitivos. Llevan entonces en su cuerpo
una herida simbólica hasta que no aparezca el diente nuevo y esto es fuente de
problemas y desequilibrios que les exponen aún más a la posible irrupción del
mal. Las lombrices representan, en este marco simbólico, el mal que entra en el
cuerpo por los agujeros con el fin de hacer enfermar y de corromper al
individuo. En efecto, la creencia popular es que los niños padecen las
lombrices por haber comido demasiado azúcar y demasiados dulces; es decir, que
han entrado por la boca. Pedrosa comenta la relación de esta creencia con las
caries dentales:
La
advertencia que todavía hoy se suele hacer a los niños españoles –a mí
mismo se me hizo muchas veces- de que comer mucho azúcar o muchos dulces puede
hacer que salgan lombrices en el estómago está íntimamente ligada a las
anteriores, aunque desplace de los dientes al estómago, de arriba a abajo, la
acción indeseable del mismo agente de las caries que inquietaba a los niños
babilonios de hace tres mil quinientos años[12].
En
muchos de los ritos contra las lombrices se emplea el hilo, normalmente cortado
en trozos con tijeras o con las manos, y se echa en un vaso de agua para comprobar
la efectiva presencia de las lombrices, pues en ese caso los trozos de hilo se
mueven en el agua.
La
simbología del hilo es muy amplia, y la encontramos como elemento fundamental
en creencias y tradiciones tanto populares como cultas desde la antigüedad.
Cirlot recoge el significado del hilo así:
Según el Zohar, es
uno de los símbolos más antiguos, como el cabello. El hilo simboliza la
conexión esencial, en cualquiera de los planos, espiritual, biológico, social,
etc.[13].
Y
habla también del significado de la acción de ‘hilar’:
Hilar, como también cantar, resulta una acción equivalente a crear y
mantener la vida. Por ello señala Schneider que desgraciada la hilandera que se
deja robar sus madejas (es decir, sus hijos) bañadas y tendidas a la orilla del
río para secarlas al sol. Las parcas y las hadas son hilanderas. Innumerables
figuras legendarias y folklóricas también[14].
Del
significado del hilo habla también con mucho tino el psicoanalista húngaro Géza
Rohéim:
En la antigüedad, se creía que el destino del hombre estaba
determinado desde el nacimiento por una o por varias diosas. Estas diosas, las
Parcas de los romanos, las Moiras de los griegos, las Atroz de los egipcios,
estaban siempre haciendo algo así como hilar o tejer un hilo […] Diversos
pueblos han tenido la creencia de que la vida humana está determinada (a veces
desde el nacimiento) por diosas maternales o por seres sobrenaturales, y que la
vida termina cuando ellas cortan una cuerda o un hilo[15].
Rohéim
recuerda al respecto a Ishtar, la diosa madre de los asirios, que teje el hilo
de la vida y lo corta. Tanto en la Ilíada como en la Odisea se hace
alusión a las Moiras que han tejido los hilos de la vida de cada persona en el
momento de su nacimiento. En la mitología clásica, las Moiras están
estrechamente relacionadas con las Erinias (Furias); su altar en Sykion estaba
en un bosque dedicado al culto de estas representantes vengadoras de la imagen
de la madre. Cloto hilaba el lino alrededor de la rueca, dejándolo listo para
su hermana Laquesis, que hilaba el hilo de la vida antes de que Atropos lo
cortase con sus tijeras. Todavía en la tradición griega moderna está presente
la figura de las Moiras, ahora convertidas en ancianas que aparecen tres días
después del nacimiento del niño para hilar su hilo. Llama la atención el gran
número de culturas y de panteones que poseen una o varias divinidades,
femeninas o masculinas, relacionadas con el tema de tejer el hilo de la vida de
los hombres, como podemos deducir del amplio abanico de ejemplos ofrecido por
Rohéim. Podemos decir que, en línea general, en la cultura occidental
encontramos tres divinidades femeninas hilanderas (las Moiras en la tradición
grecolatina, Santa Lucía y otras divinidades con hijas hilanderas que curan
varias enfermedades de los hombres en la tradición española, etc.) mientras que
en la cultura medio-oriental quien controla los hilos del destino es una única
divinidad, y suele ser masculina.
Se
ha explicado que:
En la simbología general, el acto de hilar o de tejer se considera,
por lo general, que representa procesos de creación y de crecimiento. Símbolos
relacionados con éste, como el de la red, la tela, la cuerda y el tejido, así
como otros parecidos, se utilizan frecuentemente para sugerir el desarrollo de
las vidas humanas individuales y del universo en su conjunto. Estos símbolos
tienen también connotaciones negativas como instrumentos de sujeción o como
herramientas de prisión[16].
Por
otra parte, no hay que olvidar la cuestión del dios “que ata” y el simbolismo
de los nudos, sobre el cual ha arrojado luz especialmente Mircea Eliade, quien
ha explicado cómo la atadura representa la enfermedad y la muerte[17].
Este tipo de simbolismo puede aclarar muchos aspectos de la estrecha relación
entre el hilo y los ritos de curación de enfermedades desde la más antigua
tradición. Finalmente, el mismo Rohéim identifica el hilo con el cordón
umbilical y lo relaciona con un importante y variado panorama de ritos de
distintas épocas y culturas.
Teniendo
en cuenta todo esto, podemos entender mejor la fuerte carga simbólica del gesto
de la mujer ensalmadora que corta el hilo para curar al niño que tiene
lombrices. Éste, evidentemente es, como señala Ferraro, un gesto de “magia imitativa: il filo avvolto in più
giri è il gomitolo dei vermi che sono nello stomaco del bambino”[18]
[magia
imitativa: el hilo enrollado en más vueltas es el ovillo de lombrices que están
en el estomago del niño][19].
En este
sentido, la ensalmadora corta y mata a las lombrices representadas por el hilo,
librando al enfermo definitivamente de su enfermedad. Además, quiero destacar
que, en varias ocasiones, encontramos un elemento muy interesante en el rito
del encantamiento de las lombrices: la ensalmadora mide con el hilo la altura
del niño y corta el trozo que le corresponde aproximadamente. Es decir, el hilo
mide como el niño, el hilo es el niño, el hilo es la vida del niño y sus
enfermedades, y sus lombrices: el hilo representa todas las lombrices que caben
en el cuerpo de ese niño. Por otra parte, este gesto es propio de lo que se ha
llamado la “magia homeopática o por analogía”. Con dicho nombre identificamos
un tipo de magia que permite que una cualidad de un objeto se transmita a otro
objeto con el que guarda una relación de analogía o semejanza. Por ejemplo,
clavar una aguja en una figura hecha a semejanza de determinada persona se
supone que transmitirá dolores y enfermedades a la víctima de esa acción
mágica. Del mismo modo, coger un hilo de la misma longitud que el enfermo y
luego cortarlo, por su semejanza y analogía representa las lombrices que son
cortadas y matadas por la ensalmadora. También por analogía, los trozos de hilo
son puestos en un vaso de agua, que representa en este contexto el cuerpo del
enfermo, o más exactamente sus entrañas, su tripa. De ahí se pasa entonces a un
análisis y observación que llega a la conclusión de la presencia, o no, de las
lombrices según el movimiento de los hilos en el agua. Si se mueven los hilos,
hay lombrices, y, dependiendo de su velocidad, aumenta el número de los mismos,
es decir, la gravedad de la enfermedad.
Otro
elemento frecuente en los ritos contra las lombrices es la cruz. La cruz es un
elemento fuertemente simbólico, y nos puede aportar datos interesantes para
entender mejor el significado de los gestos que nos ocupan. Es sabida la
función de la cruz como repelente contra las fuerzas malignas: la cruz bendice
y protege y, al mismo tiempo, expulsa el mal de la persona santiguada. El gesto
de trazar una cruz, de varias maneras, sobre cierta parte del cuerpo del
enfermo, implica la bendición de ese órgano y su curación; en este sentido las
cruces trazadas en la tripa del niño son un evidente recurso contra las
lombrices, es decir, contra el mal que está dentro de la misma. Todo esto está relacionado con el papel de la cruz como amuleto, concepto
fundamental que a menudo se confunde con el concepto de talismán que trataré de
distinguir. Frente al talismán, que es un objeto cuya carga de poderes mágicos
procede del interior de la persona, que es un catalizador de las propias
capacidades mágicas de la persona, el amuleto es un objeto mágico en sí mismo;
el amuleto tiene poderes mágicos de tipo general, sirve para repeler los males
o atraer la suerte de modo estable y constante, mientras que el talismán suele
tener funciones más específicas, dinámicas y activas, y operar en momentos o
condiciones determinadas (cuando se manipula de determinada manera, cuando se
pronuncian determinadas palabras mágicas, etc.). El uso de amuletos se
relaciona con uno de los principios del pensamiento mágico: el de la
‘simpatía’, que contagia las cualidades de un objeto en contacto con otro. De
este modo, las propiedades benéficas del amuleto mágico pasarían a la persona,
objeto o propiedad que lo usan o con los que está en contacto. En general,
podemos distinguir entre amuletos y talismanes de tipo natural y otros
elaborados por el hombre. Entre los de tipo natural podrían incluirse
determinadas flores, raíces y plantas (el ajo, el cardo que en muchos lugares de
Europa se ponía en las puertas de casas y cuadras para repeler a las brujas, o
el romero que se ponía en los carros o en las casas para espantar al demonio),
partes del cuerpo animal (patas de conejo, colas de zorro), conchas,
determinadas piedras, etc. Entre los amuletos elaborados por el hombre están
por ejemplo los cuchillos, las herraduras, los dibujos, pictogramas,
estatuillas, reliquias, etc.
El
amuleto más importante dentro del mundo cristiano es la propia representación
de la cruz. Ya en la antigüedad, las cruces griegas, formadas por cuatro líneas
iguales han sido documentadas como símbolos que conferían protección a personas
y propiedades en lugares de toda Europa. Curiosamente, cuando Colón advirtió
que también los indígenas americanos la usaban como amuleto, atribuyó el
fenómeno a la legendaria evangelización en las Indias a cargo de Santo Tomás.
También la "tau" (la cruz sin la línea vertical superior), la
esvástica (la cruz radiada), la cruz de San Andrés (la cruz aspada), y sobre todo
la cruz "immissa" "capitata" o "latina" (con la
línea vertical superior más corta que la inferior) asociada específicamente a
Jesucristo, han sido amuletos de gran tradición en muchos lugares. Durante
muchos siglos, y hasta hoy, los ritos de bendición, de purificación y de
expulsión de espíritus malignos realizados en el mundo cristiano han sido
inseparables del trazo o de la exposición de la cruz.
Pero
no quiero dejar de mencionar el interesante simbolismo que recoge Cirlot con
respecto a la cruz como inversión del árbol de la vida paradisíaco, siguiendo
esa lógica de lo inverso que tanto caracteriza los ritos del folklore y de la
creencia popular.
Cual acontece con el Árbol de la Vida, la cruz es un “eje del mundo”.
Situada en el centro místico del cósmos, es el puente o la escalera por los que
las almas suben hacia Dios. […] Consecuentemente, la cruz establece la relación
primaria entre los dos mundos (terrestre y celeste), pero también, a causa del
neto travesaño que corta la línea vertical que corresponde a los citados
significados (eje del mundo, símbolo del nivel), es una conjunción de
contrarios, en la que casan el principio espiritual y vertical con el orden de
la manifestación y de la tierra[20].
Y
más adelante:
La determinación más general de la cruz, en resumen, es la de
conjunción de contrarios: lo positivo (vertical) y lo negativo (horizontal); lo
superior y lo inferior, la vida y la muerte. En sentido ideal y simbólico,
estar crucificado es vivir la esencia del antagonismo base que constituye la
existencia, su dolor agónico, su cruce de posibilidades y de imposibilidades,
de construcción y de destrucción. Según Evola, la cruz simboliza la integración
de la septuplicidad del espacio y del tiempo, como forma que retiene y que a la
vez destruye el libre movimiento; por esto, la cruz es la antítesis de la
serpiente o dragón Ouroboros, que expresa el dinamismo primordial anárquico
anterior al cosmos (orden)[21].
Cirlot
destaca una interesante interpretación de la cruz como sincretismo de la
bipolaridad y dualidad del cosmos y de la vida, que nos ayuda a entender mejor
su enorme importancia y su fuerte presencia en los ritos de todos los tiempos y
de todas las culturas. Por otra parte, su oposición intrínseca a la figura
simbólica de la serpiente, que, como he comentado, está directamente
relacionada con los gusanos, es decir, con las lombrices que aquí nos ocupan,
explica su difundido empleo en los ritos contra esta enfermedad.
Finalmente
quiero destacar también que se puede interpretar el gesto de la cruz como el acto
de cerrar los agujeros del cuerpo, esos puntos de apertura que hacen el cuerpo
vulnerable, como he comentado anteriormente. De este modo, la cruz trazada
sobre la boca o sobre el ombligo cierra las puertas por las que entró el mal y
por las que puede volver a entrar en un momento posterior.
Por
lo que concierne los textos pronunciados por las ensalmadoras durante estos
ritos, los ensalmos, hay que tener en cuenta que en numerosos lugares se ha
documentado la función repelente de los espíritus malignos asociada no a
determinados objetos físicos, sino a determinados nombres o palabras. Esto se
explica porque en el pensamiento primitivo el nombre o la voz son considerados
como partes esenciales del ser, y simplemente pronunciar en voz alta, dibujar
en el aire o en la arena, o inscribir sobre cualquier material, el nombre de un
demonio o de un dios, o una fórmula especial, puede tener efectos mágicos
extraordinarios. De aquí la explicación de las variadas fórmulas, más o menos
cultas, declamadas por las ensalmadoras para combatir las lombrices, y también
la importancia de recitar ciertas oraciones durante el ritual de curación.
Tanto
en los textos como en los gestos es muy frecuente encontrar como constante el
número tres: hay que repetir el rito tres veces, cada tres días, hay que
repetir tres oraciones, o llevar a cabo algún gesto durante tres días, etc.
Creo que es entonces interesante hacer una breve mención al significado del
número tres y a sus connotaciones simbólicas principales. El número tres ha sido
considerado desde siempre, y en casi todas las culturas, como una cifra con
valor y funciones mágicas. En todo texto literario, desde la Divina Comedia dantesca
hasta las composiciones tradicionales y populares, la importancia de la
estructura ternaria está bien comprobada, pero quizás sea más evidente en los
textos y ritos religiosos y mágico-curativos. Una vez más cito a Cirlot por su
interesante resumen de la simbología de este número:
Es indudable que en la idea humana, viva, del tres y del ternario, entra
la experiencia multisecular de lo biológico. A la existencia de los dos (padre
y madre), sigue casi inevitablemente la del tres (hijo). Por ello dice Lao-tsé:
“El uno engendra el dos; el dos engendra el tres; el tres engendra todas las
cosas”. Por ello el tres tiene poder resolutivo del conflicto expresado por el
dualismo; y es también la resultante armónica de la acción de la unidad sobre
el dos. Simboliza la influencia del espíritu sobre la materia, de lo activo
sobre lo pasivo[22].
Y
además de armonía, el tres representa el orden, el hombre y la vida:
El tres parece el número del orden interior o vertical. Determinado en
el simbolismo del nivel por los puntos esenciales: alto, centro, bajo,
concierne al significado de los tres mundos, celeste terrestre e infernal, que
se relacionan íntimamente con la división ternaria del hombre, en espíritu
(irreales, pensamientos), alma (sentimientos), y cuerpo (instintos) y con las
posibilidades morales del bien, lo neutro y el mal[23].
Con este breve panorama del simbolismo
del número tres, al que hay que añadir el importante peso de la cosmovisión
cristiana, basada también en un sistema ternario, podemos fácilmente entender
la especial relevancia que adquiere esta cifra en los ensalmos que nos ocupan.
En su ensayo, Giardini se
refiere en términos muy generales a la tradición de los ensalmos contra las
lombrices de varias zonas de Italia y de varias épocas. Se pueden destacar
varios elementos comunes: el empleo de fórmulas constituidas por un núcleo
narrativo y una parte más propiamente mágica y misteriosa; la invocación a
Jesús o a la Virgen; la realización de gestos rituales que acompañan la
fórmula, que habitualmente consisten en trazar cruces en el cuerpo del enfermo,
masajearle la tripa, el pecho o la garganta y a veces cortar un hilo largo
cuanto el cuerpo del niño.
Ferraro habla brevemente de la costumbre de la zona de Ferrara (región Emilia Romagna) de la costumbre de marcar una cruz sobre el cuerpo de los niños, empezando por la boca y siguiendo hasta el ombligo; la operación puede ser realizada por la madre, puesto que es muy sencilla