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Vega Rodr’guez, Pilar. ÒArt’culos de etnograf’a y costumbres en la prensa leonesa: canciones y cantares (1922-1928)Ó. Culturas Populares. Revista Electr—nica 2 (mayo-agosto 2006). http://www.culturaspopulares.org/textos2/articulos/vega.htm ISSN: 1886-5623 |
Art’culos de
etnograf’a y costumbres en la prensa leonesa:
canciones y
cantares (1922-1928)
Pilar Vega
Rodr’guez
Universidad
Complutense (Madrid)
En este art’culo se analizan otros factores, adem‡s de la moda popularista que ti–e de un matiz especial la vanguardia poŽtica del 27 y del influjo de los estudios de Ram—n MenŽndez Pidal, para el auge de las recopilaciones de canciones tradicionales y la moda de la armonizaci—n culta de canciones fokl—ricas. Concretamente, el peligro del centralismo impuesto por el rŽgimen del general Primo de Rivera en su propuesta de demarcaci—n territorial influye en la reacci—n de la prensa pol’tica y cultural leonesa haciendo proliferar la publicaci—n de canciones populares.
Canci—n popular. Cancioneros. Regionalismo. Mariano
Dom’nguez Berrueta. Le—n.
This paper studies the publication of popular
songs in LeonÕs press between 1922 and 1928, as well as the motifs that
enhanced this particular trend. It also includes the studied songs at the end
of the article.
Popular songs. Cancioneros. Regionalism. Mariano
Dom’nguez Berrueta. Le—n.
La hora
regionalista en la prensa leonesa. Canciones y cantares (1922-1928)
ÒEl campo se est‡ quedando sin cancionesÓ se lamentaba Publio Su‡rez Uriarte en un art’culo publicado en Vida Leonesa en 1924. Se est‡ quedando sin canciones como se queda sin ‡rboles y sin p‡jaros.[1] Pero desterrar de la propia cultura la mœsica tradicional es algo tan grave como asaltar el campo con las nuevas construcciones urbanas hasta no dejar en Žl resquicio de lo natural. ÒSegœn canta un pueblo as’ es su esp’rituÓ, aseguraba el escritor, Òporque la musa es hija leg’tima de su vida, de sus costumbres... en una palabra de su modo de serÓ[2] , o dicho de otro modo, el pueblo que abandona el canto comœn muestra que ha dejado de vivir en acuerdo o en desavenencia, en resumidas cuentas, deja de formar pueblo.
En las palabras de este periodista leonŽs hay el mismo anhelo de ruralismo que con tanto ardor defendieron a comienzos del siglo XX los utopistas ingleses del guild socialism. La industrializaci—n creciente agiganta las ciudades y vac’a los campos haciendo perder las diferencias que daban su identidad al pa’s natal. La cultura urbana es homogeneizadora por no decir uniformadora, a-hist—rica, y altamente inestable. El ciudadano desea regresar al campo donde era m‡s consciente de su individualidad y de la permanencia de los valores que hoy borra y camufla la sociedad urbana. Por esto, en el impuso a la recuperaci—n folkl—rica subyace tambiŽn el ansia de contener la sociedad tecnol—gica en unos l’mites razonables para que no acabe destruyendo toda marca de humanidad.
Las canciones tradicionales son el œltimo baluarte de una cultura que vincul— las experiencias vitales de la comunidad social. De ah’ el lamento que Su‡rez y otros escritores leoneses entonan ante el poco cuidado con que estaban trat‡ndose expresiones culturales que dif’cilmente hubieran podido representar un riesgo para el desarrollo urbano. Otro periodista leonŽs, Jacinto Rojo, se quejaba de lo escasamente que sus paisanos valoraban el patrimonio folkl—rico apoy‡ndose en el testimonio de un escritor amigo:
muy recientemente se lamentaba un compa–ero con un estimado colega del poco cuidado y de la escasa afici—n que los leoneses mostramos en recoger y propagar tanto aqu’ como fuera las sentidas canciones populares leonesas, que donde quiera que son o’das, segœn aconteci— en un reciente festival aristocr‡tico madrile–o, cautivan a las gentes por su dulzura, su sentimiento, la pureza de su ritmo ingenuo y aldeano, trasunto de aquella vida patriarcal y buena de los antepasados que giraba. en torno de la virtud y el trabajo sin buscar otros horizontes.[3]
En el terreno de la creaci—n musical, el regionalismo se plasm— en la proliferaci—n de cancioneros populares -armonizados desde un prisma culto- especialmente, en torno a los a–os 1922 y 1928, por las razones que podremos aducir.[4] Con anterioridad, a esta fecha hab’an publicado armonizaciones de canciones populares Rufino G. Nuevo y Miranda (Capricho pot-pourristico, 1885 y Todo por Asturias, 1887), Victor S‡enz Canel (3 pot-pourris) JosŽ Hurtado (100 cantos populares asturianos) y Anselmo Gonz‡lez del Valle, (Veinte melod’as asturianas para piano, 1910). El çlbum Alma Asturiana de Diego Maya y Francisco R. Lavandera con 90 canciones populares asturianas, de 1911, fue continuado por una recopilaci—n de 30 cantos m‡s por Lavandera. En forma de lied Nemesio Ota–o public— en 1918 las Canciones monta–esas: melod’as populares recogidas y comentadas en forma de lied por la Uni—n Musical Espa–ola. El 13 y 14 de junio de 1922 Falla y Lorca organizaron un festival de Cante Jondo, con el prop—sito de revitalizar y recuperar el primitivo cante andaluz, el 17 de septiembre de ese mismo a–o Eduardo Mart’nez Torner y Baldomero Fern‡ndez Casielles convocaban en Oviedo un Festival del Folklore Asturiano y en el nœm. 6 de la revista leonesa Renacimiento (1922)se hac’a eco a la convocatoria de la Secci—n de Aproximaci—n Musical Hispanoamericana del Liceo de AmŽrica de un concurso para armonizar en estilo culto una canci—n popular de cualquiera de las regiones espa–ola o hispano-portuguesa y americana. En el jurado de este premio figuraban Turina, Mauricio L—pez Roberts, Emilio Serrano, el maestro Luna y el maestro Conrado del Campo. TambiŽn en 1922 Jesœs Ar‡mbarri public— las Ocho Canciones populares vascas para soprano. Joseph Barber‡ armonizaba en 1928 para canto y piano las Seis canciones populares burgalesas (1928-1929). çngel Mart’n Pompey hizo lo mismo con aires castellanos en 1928 (Mart’n Pompey, çngel, Schola cantorum: poes’as populares, Cuadernos 1-IV) Jesœs Guridi y Rafael Benedito publicaron en 1928 el cuaderno de canciones titulado Pueblo: canciones populares (Bilbao, la Uni—n Musical Espa–ola). Y entre otros de los muchos autores que practican la armonizaci—n de la canci—n culta vale la pena citar a Manuel del Fresno y R. PŽrez del Villar (Colecci—n de cantos asturianos armonizados para canto y piano, 1935).
Por fin, en 1931 Lorca grabar’a con la Argentinita las Canciones populares antiguas, varios temas populares que Žl mismo ha recogido y armonizado (a excepci—n de la titulada Sones de Asturias) Son: ÔZorongo gitanoÕ; ÔAnda jaleoÕ; ÔSevillanas del siglo XVIIIÕ; ÔLos cuatro mulerosÕ; ÔNana de SevillaÕ; ÔRomance pascual de los pelegrinitosÕ; ÔEn el CafŽ de ChinitasÕ; ÔLas morillas de JaŽnÕ; ÔRomance de los mozos de Monle—nÕ; ÔLas tres hojasÕ; ÔSones de AsturiasÕ; ÔAires de CastillaÕ. Pero hay que decir que casi desde 1916 en cada una de las veladas l’ricas a las que asiste interpreta su particular versi—n de canciones populares.
El regionalismo, sin embargo, y como previno Adolfo Salazar en su libro La Mœsica Contempor‡nea en Espa–a, (Madrid: La Nave, 1930) no siempre obr— como est’mulo positivo en la creaci—n art’stica. En ocasiones, por un malentendido patriotismo, esta tendencia contribuy— m‡s bien a apartar a los artistas espa–oles de la urgente y necesaria vocaci—n europea que hubiera dado otras dimensiones y profundidad a la mœsica espa–ola. En cualquier caso, es cierto que el regionalismo fue pieza insustituible para la perfilar una m‡s exacta definici—n de las peculiaridades de cada provincia espa–ola.
Coinciden las fechas de estos ejemplos de armonizaci—n sustancialmente con los a–os en que se desarrollaron los hitos principales del gobierno de Miguel Primo de Rivera. Es curioso notar que, ya el 7 de julio de 1923, Miguel Pe–aflor en el Diario de Le—n, en un art’culo titulado ÒLa dictadura y el dictadorÓ se dec’a algo como lo siguiente, ÒEs evidente (É) que a una parte considerable y bien calificada, la mayor y mejor calificada de Espa–a, siente pœblica o secretamente simpat’a por la dictaduraÓ (p.1). Pe–aflor justificaba tal aprensi—n alegando que la sociedad estaba harta del caciquismo, de que el parlamentarismo hubiese servido tan solo a la defensa de los intereses particulares. Ante esta situaci—n, la figura de un l’der sin ambiciones personales, libre de ataduras partidistas como parec’a ser el general Francisco Aguilera se dibujaba como una opci—n posible. Francisco Aguilera, (Alia Miranda: 2004) Aguilera mantuvo despuŽs un autŽntico duelo de sables con el general Primo de Rivera en el curso de la dictadura. Pero lo cierto es que el art’culo de Pe–aflor ten’a que ver con el incidente ocurrido en las Cortes el 3 de julio, la famosa bofetada que JosŽ S‡nchez Guerra le propin— a Aguilera y que ech— por tierra su prestigio como l’der.
Unas semanas despuŽs, el 13 de septiembre, ten’a lugar el pronunciamiento de Miguel Primo de Rivera, y poco despuŽs de su llegada al poder se abord— nuevamente el espinoso asunto de la divisi—n territorial con el objeto de situar las Cajas del Fondo Nacional de Previsi—n. Para ello se dise–— un proyecto de reorganizaci—n del territorio nacional en 49 provincias con 12 o 14 regiones, definidas en funci—n de par‡metros de importancia hist—rica, econ—mica, administrativa o de servicios[5]. Este pron—stico llen— de inquietud y enorme preocupaci—n a las poblaciones m‡s peque–as o a aquellas otras que entendieron el regionalismo como el primer paso hacia el separatismo y la disgregaci—n de la patria. Cinco a–os antes, 1918, y ante el ascenso del federalismo, las Bases de Segovia (convocadas por las diputaciones castellanas) hab’an acordado combatir el separatismo disfrazado de Catalu–a y negarse a la prioridad o superior autonom’a de cualquier regi—n si ello repercut’a en la unidad del pa’s. Al mismo tiempo solicitaban la descentralizaci—n econ—mica y administrativa y un margen m‡s flexible de desarrollo a los municipios y provincias. El texto del ÒMensaje de CastillaÓ era elocuente: ÒViene Castilla, desde hace muchos a–os, sufriendo en silencio toda suerte de vej‡menes, ultrajes y menosprecios de elementos importantes de Catalu–a, donde pol’ticos sectarios, literatos, colectividades y peri—dicos que representan a aquellos, parecen haberse conjurado para hacer odioso el nombre castellano, comprendiendo en este calificativo todo lo que es espa–olÓ.[6]
El asunto de la demarcaci—n territorial espa–ola hab’a sido desde antiguo un proyecto frustrado una vez y otra y fuente de tremendos conflictos entre comunidades. En 1849, y a propuesta de Bravo Murillo, se fund— en Madrid la Comisi—n encargada de formar el mapa geol—gico provincial de Madrid y del Reino. S—lo un a–o m‡s tarde dicha comisi—n era transformada en el proyecto m‡s general del dise–o del Mapa geol—gico de Espa–a que fue encomendado al Inspector General de Minas D. Joaqu’n Ezquerra Bayo. El que ser’a uno de los m‡s famosos regeneracionistas, Lucas Mallada, fue destinado en 1870 a este servicio que por entonces dirig’a C. Fern‡ndez de Castro y se aplic— a los trabajos de elaboraci—n del Mapa geol—gico tomando como primer referente la provincia de Huesca, de la que Žl era oriundo. Mallada no lleg— a sobrepasar los l’mites de esta provincia pero su estudio le convirti— en uno de los m‡s prestigiosos ge—grafos del pa’s. En 1881 present— ante la Sociedad Geogr‡fica Nacional una propuesta de divisi—n territorial de Espa–a, en la cual ped’a que se tuviesen en cuenta, a la hora de la distribuci—n administrativa de las provincias espa–olas, principalmente las variables de la superficie y poblaci—n y no tanto las nociones hist—ricas, que s’ hab’a respetado la divisi—n provincial de Javier de Burgos en 1833[7]. Tras la ley de Javier de Burgos, el primer proyecto de divisi—n territorial hab’a sido el de Patricio de la Escosura -de 28 de IX de 1847- el cual propuso una configuraci—n nacional en once gobiernos generales, proyecto que apenas s’ tuvo existencia unas semanas y al que sigui— el Proyecto de Ley provincial, presentado a las Cortes en enero de 1884 por Segismundo Moret[8]. La ley Moret, que tampoco lleg— a ponerse en marcha, ordenaba en quince regiones el territorio espa–ol, y fue reemplaza por la m‡s descentralizadora iniciativa del ministerio Romero-Robledo, en diciembre de 1884, nuevamente mero desideratum. La divisi—n de Silvela y S‡nchez de Toca, de 1891, inspirada en la de Moret, distribu’a el territorio en trece demarcaciones regionales, entendiŽndose la regi—n como un elemento clave para delimitar diferencias entre comunidades, puesto que, en la opini—n de S‡nchez de Toca (1891) y como repetir’a en su libro de 1907 Regionalismo, Municipalismo y Centralizaci—n, la regi—n aœn conservaba Òpatentes realidades hist—ricas y naturalesÓ. TambiŽn en 1907 el gobierno de Maura previ— la organizaci—n del territorio en estas mismas trece regiones. Apoy‡ndose en los estudios previos de los ge—grafos Macpherson, Ballesteros y Huguet del Villar, Juan Dant’n Cereceda, en los art’culos publicados enÓEl SolÓ durante los a–os 1918 y 1919, dio a luz la propuesta de divisi—n territorial que tres a–os m‡s tarde, 1922, ser’a editada en forma de libro con el t’tulo Ensayo acerca de las regiones naturales de Espa–a [9]. La obra de Dant’n pretend’a constituirse en el contrapunto de Mallada pero aœn sustentaba los mismos criterios de divisi—n territorial. Por lo que se refiere al tema que aqu’ nos ocupa el problema de la divisi—n de Dant’n es que continuaba adscribiendo a la regi—n castellana (regi—n ‡rida espa–ola) comarcas de la Ribera, P‡ramo, tierra de Campos, vegas de los r’os îrbigo, Luna y Esla y Toral, vinculadas a la provincia de Le—n, as’ como otras zonas que hab’an pertenecido hist—ricamente a su reino. Lo mismo ocurr’a con su memoria al describir la regi—n astur-leonesa, en su mayor parte leonesa: Babia, Gord—n, Maragater’a, Luna, Bierzo, Oma–as, Alto Cares, La Ceana, Las Cabreras, etc.
Cuando las previsiones del gobierno del General Primo de Rivera comenzaron a tener en cuenta un nuevo proyecto de demarcaci—n territorial varios de los eruditos e intelectuales locales de Le—n dieron inicio en la prensa a una campa–a de sensibilizaci—n de los ciudadanos ante el riesgo que corr’a la provincia vistas las posibilidades de la divisi—n territorial espa–ola que se barajaban en el momento. Por un lado la formaci—n de una Regi—n Noroeste, que comprendiese Galicia, Asturias y Reino de Le—n, con capitalidad en Le—n. Otra posible distribuci—n geopol’tica era el reconocimiento de una regi—n adscrita al antiguo Reino de Le—n integrada por cinco provincias, pero gobernada desde Valladolid. Otro de los proyectos atend’a a la posible adscripci—n de Le—n a Asturias o a Palencia y, finalmente, se planteaba incluso la autodeterminaci—n de Le—n como regi—n independiente. La prensa de aquellas fechas sol’a detenerse a resumir y analizar las propuestas territoriales promovidas en el pasado, proyectos que, como se ha dicho, no hab’an llegado a aplicarse por falta de viabilidad pero que ahora se ve’an incluso m‡s adecuados a los concebidos por el gobierno presente, porque en aquellas remodelaciones, de una manera u otra, se hab’a respetado la personalidad de Le—n Òcuando menos uniŽndose con quien siempre estuvo unido, con las ciudades que formaban su antiguo ReinoÓ (Diario de Le—n, 10-11-23, p.1). En cambio, el peligro era ahora la asimilaci—n err—nea de la tierra leonesa a otras comarcas vecinas. Ante esta perspectiva varios de los intelectuales y pol’ticos de la ciudad de Le—n reaccionaron activamente, primero en la prensa, consignando su preocupaci—n en diversos sueltos, llamando a la ciudadan’a a la movilizaci—n y pidiendo a los pol’ticos que olvidasen sus diferencias ante un problema mayor como era la posible adscripci—n err—nea de la provincia a otra regi—n. Pero lo peor de todo era la pasividad y la indiferencia con que los leoneses contemplaban toda la actividad pol’tica, alertaba el periodista Fabio Ci—n en el art’culo titulado ÒDe la capitalidad LeonesaÓ publicado en el Diario de Le—n el 13-12-1923:
Nos absorben, nos anulan, por deshacer al tirar de nosotros en dos
direcciones opuestas, Asturias y Castilla, si aqu’ no surge un potente defensa,
instinto de conservaci—n, incluso de enŽrgica protesta contra todo lo que puede
empeque–ecer, retrasar, eclipsar la floreciente prosperidad de esta capital y
de esta regi—n leonesa [10].
Los leoneses no acababan de hacerse conscientes del peligro que les acechaba. En una conferencia pronunciada en el Casino de Le—n, (27-6-1923) Domingo Rex censuraba a la ciudad por su aton’a espiritual, su escasa cultura patri—tica, la profunda indiferencia con que acog’a cualquier manifestaci—n de cultura. Le—n, dec’a el orador, Òno existe como pueblo m‡s que en el mapaÓ. Le—n es un pueblo que duerme y que por su pereza se corrompe. Un pueblo que se siente ufano de poder decir que su ciudad es la œnica de Espa–a donde no hay plaza de toros, como si eso quisiera decir que hay, en cambio, juegos florales o exposiciones art’sticas. Es una ciudad suicida, apostrofa incluso Roa de la Vega en la revista Vida Leonesa. Ante una transformaci—n tan radical como hab’a sido el golpe de estado -se escandalizaba el cronista del Diario de Le—n (DL) Lamparilla (Carmelo Hern‡ndez)- el pueblo leonŽs sigui— Òsu camino como si nada hubiese pasadoÓ. No pudo o’rse en la ciudad, Òni un viva, ni un grito, ni un aplauso, ni nada turb— la calma de la proclamaci—n de la ley marcial. (DL, 4-10-1923) Le—n no reaccionaba mientras Asturias consegu’a alegar en las alturas la agregaci—n administrativa de Le—n y Valladolid iba convirtiŽndose en gu’a y norte del movimiento regionalista castellano ÒÀNo ser‡ hora de que el pueblo, los hombres de buena voluntad que haya se lancen a constituir una agrupaci—n c’vica leonesa, (...) (DL 5-12-1923) se preguntaba Lamparilla. Parece que todos los entusiasmos regionales de que hacen gala tantos, poco pueden impulsar a la defensa porque no son m‡s que eso, entusiasmo sin compromiso.
Y no vale decir como dice
el semanario La Cr—nica de Le—n que est‡n probados los entusiasmos por la regi—n, que se tiene esp’ritu
leonŽs, si despuŽs, a vuelta de hoja, aparece la cuquer’a perenganista, el quedarse entre dos aguas, el
particularismo, la poltroner’a de no molestarse o en sacrificar por el bien
comœn un peque–o ‡tomo de amor propio, una minœscula incomodidadÓ (DL, 23-10- 1923).
A lo largo de tres o cuatro meses despuŽs del pronunciamiento militar Lamparilla hizo cuanto estuvo en su mano para promover desde el Diario de Le—n una campa–a de sensibilizaci—n. Logr— agregar en el mismo proyecto a las autoridades y los hombres de prestigio de la ciudad, entre ellos, el director del Instituto, Mariano Dom’nguez Berrueta. Se trataba de defender una divisi—n inspirada en la geograf’a y en la historia, lo œnico que verdaderamente pod’a beneficiar a la provincia y rescatar el sentido originario del tŽrmino regi—n[11]. A Mariano Dom’nguez Berrueta le fue encargada por la Diputaci—n Provincial de Le—n [12] una memoria resumen de la situaci—n de la provincia Òdesde punto de vista cultural, pol’tico, socialÓ la cual fue publicada por el Diario de Le—n el 5 de noviembre de 1923. Pocos d’as despuŽs era contestaba por Carmelo Hern‡ndez se–alando varias imprecisiones, entre otras, la de emplear la gu’a tur’stica presentada a un concurso del ayuntamiento por Raimundo Fern‡ndez a lo cual sali— al paso el concejal del Ayuntamiento, Arturo Fraile, asegurando que la de Fern‡ndez[13] hab’a sido la œnica que concurs— a la redacci—n de una gu’a tur’stica para la ciudad. Quiz‡ la redacci—n de esta memoria fue confiada a Mariano Dom’nguez Berrueta por su profundo conocimiento de la provincia y posiblemente de este documento se tom— lo esencial para la Memoria que finalmente se envi— al Directorio, con mucho retraso respecto de otras regiones, sobre la situaci—n cultural, econ—mica, industrial de la provincia. En ella se trataba de hacer ver que Le—n era una provincia de primer orden que no pod’a ser agregada a ninguna otra.
En suma, uno de los principales logros de los escritores leoneses en la prensa fue el de conducir una reflexi—n m‡s profunda acerca del concepto de regi—n y consecuentemente del regionalismo, como nuevo modo de sentir la patria. El leonesismo es Òes algo espiritual- dec’a Diario de Le—n, es una idea, no una n—mina, es querer sentir, amar lo que se ama, siente y quiere ese conjunto de cosas que llamamos Le—nÓ (DL, 7-3-1924). Por eso es necesario alimentar esa pasi—n buscando Ò las ra’ces del leonesismo en los estratos de la historia, en las capas hondas tomadas por la tradici—n, lengua, costumbres, arte, y en los veneros ricos de que corren olvidados, pero limpios, en los romances, cantos populares, en arqueolog’a, en liturgia, que todo es fuente y cantera para tallar y bru–ir los bloques del Leonesismo Ò (ibid) La moda podr‡ llamarlo regionalismo pero lo que en verdad quiere decir esta palabra es amor a la tierra, que Òno se engendra por las cualidades de la tierra, sino porque es su tierra, su pa’s, su puebloÓ, un amor que llega hasta Òel sacrificioÓ (DL, 7-3-1924). Esta es la raz—n por la que los intelectuales pusieron en marcha una serie de iniciativas para la recuperaci—n y reevaluaci—n del patrimonio art’stico y popular de la provincia. Entre ellas vale la pena nombrar la formaci—n de una Comisi—n de Monumentos (DL, 27-10-23) para promover la restauraci—n y protecci—n de los edificios emblem‡ticos de la ciudad[14]. TambiŽn se fund—, en enero de 1924, a imitaci—n de lo que se hab’a hecho en otras provincias, la Uni—n Patri—tica Leonesa, sociedad c’vico regionalista a la que se hab’a se–alado el objetivo de mantener la personalidad hist—rica, geogr‡fica, tŽcnica pol’tica, el afianzamiento y defensa de los valores e intereses regionales de Le—n, Òen todos sus aspectosÓ, desde Òla restauraci—n de nuestras gloriosas tradiciones, la conservaci—n de nuestra instituciones, el acrecentamiento y progreso de la riqueza comercial, industrial, agr’cola, pecuaria y forestal, la difusi—n de la cultura, y creaci—n de centros docentes en los m‡s apartados lugares, la sindicaci—n agraria obrera, la apertura de nuevas v’as de comunicaci—n y, en suma, cuanto tienda a hacer pr—spera y grande nuestra querida regi—nÓ (DL, 15-1-1924). Esta sociedad se vio completada con la fundaci—n de otra Uni—n Patri—tica en Astorga el 27-10-1924. Expresado lo mismo en lenguaje m‡s claro y menos capcioso, el partido œnico del General Primo de Rivera se ocup— de absorber para la intenci—n centralista los brotes regionalistas, integrando en el patriotismo nacional la irritada sensibilidad de los que defend’an las singularidades de la cultura natal.
En marzo de 1925, La Cr—nica de Le—n (LC, 21-3-1925) daba noticia del nacimiento de la Sociedad de Estudios Leoneses cuyo prop—sito hab’a de ser la divulgaci—n de las obras de autores leoneses (que habr‡n de formar Biblioteca de Estudios Leoneses) y de toda informaci—n vinculada con hallazgos o actividades en el marco de las tradiciones leonesas de la pudiese hacerse eco la prensa, local, nacional y extranjera. Dos meses despuŽs de su fundaci—n, el 16 de mayo, su director, Juli‡n Sanz Mart’nez ped’a en un manifiesto la adhesi—n de las principales personalidades de la ciudad[15] y publicaba el borrador de sus estatutos (LC, 23 de mayo de 1925) Entre las obligaciones de la Sociedad se contaba la organizaci—n de conferencias, exposiciones y excursiones dirigidas al fomento del estudio de temas leoneses, la formaci—n de un archivo fotogr‡fico de todas estas actividades, y la confecci—n de un ’ndice bibliogr‡fico de todo lo publicado referente a la regi—n, cuya œltima finalidad ser’a la formaci—n de un museo etnogr‡fico. Un mes m‡s tarde, el 20 de junio de 1925, LC daba la noticia de la constituci—n de un Centro Regional de Le—n en Madrid. La Sociedad de Estudios Leoneses comenz— sus actividades con la convocatoria de un concurso para artistas de la regi—n (que no tuvo gran Žxito puesto que hubo de ampliar su plazo para recibir m‡s obras, LC, 10-12-1925), promovi— adem‡s la convocatoria de un concurso de recopilaci—n de canciones populares, una exposici—n de trajes regionales, y la instituci—n del ÒD’a regional de Le—nÓ, etc.[16] De todas forma no debi— ser muy operativa. S—lo un a–o despuŽs, en un art’culo de La Cr—nica (16 de octubre de 1926) que comentaba el estudio le’do en 1919 por Miguel Bravo en el C’rculo Mercantil Astorgano, Daniel Reyero apoyaba la propuesta del erudito de promover un cuestionario para implicar a los maestros y p‡rrocos en la recopilaci—n folkl—rica de materiales [17] y aseguraba que para esta tarea no hac’a falta ir a llamar a las puertas de la Academia de la Historia. La provincia contaba con estudiosos como –y Reyero hac’a la n—mina de eruditos locales- Miguel Bravo, Julio Gonz‡lez, JosŽ Mar’a Luengo, R. Rodr’guez, Antol’n GutiŽrrez Cu–ado (alcalde de Le—n), T. Gala, JosŽ Mar’a Vicente, Mariano Dom’nguez Berrueta,, F. del R’o, Medina Bravo, y Publio Su‡rez. Pero la conclusi—n era mordaz, Òy alguno m‡s; pero no muchos, no sea que ocurra igual que con la Sociedad de las Naciones, digo con la Sociedad de Estudios Leoneses, que al parecer, no da se–ales de vidaÓ.
Como se ha dicho, en estas iniciativas no hab’a ningœn prop—sito separatista. Al contrario. Como se advierte en la obra literaria de afamados escritores del regionalismo, singularmente Pereda, no parec’a verse contradicci—n alguna entre la exaltaci—n de la patria chica y la consolidaci—n del pa’s, pues como argumenta un an—nimo corresponsal del DL:
Las regiones lo son por eso, por su naturaleza especial, por su
historia, sus dialectos, sus costumbres, sus usos, derecho consuetudinario,
trajes, ajuares de casa, aperos de trabajo, folklore, etc. No suelen coincidir
los l’mites de las regiones hist—ricas y geogr‡ficas o naturales. Todo lo que
Žstas tienen de permanentes e inalterables como hechas por la naturaleza lo
tienen de artificiales y transitorias las divisiones hechas por los hombres[18].
Y porque, como explicar‡ un folklorista un poco posterior, Manuel Fern‡ndez Nœ–ez (Folklore leonŽs, 1931) hacer regi—n es formar patria. El cultivo de las tradiciones populares har‡ patente de por s’ las divergencias entre regiones y, consecuentemente, la necesidad de utilizar un criterio hist—rico en el problema de las demarcaciones territoriales.
(... )las canciones populares, las leyendas, la tradici—n, la mœsica,
el traje, las modalidades peculiares, el dialecto, cuanto tiende a expresar
manifestaciones propias, espont‡neas, de la regi—n, sin mixtificaciones
sospechosas, har‡n historia, y como elemento inexcusable la historia ha de
unirse. Hacer regi—n, es formar patria. Al fin de toda esa multiplicidad de
factores, brota un comœn anhelo, una afinidad, un sentimiento inconfundible,
una analog’a y una comunidad de aspiraciones que tiene su œltima manifestaci—n
en la patria. (Folklore, pr—logo).
Sin embargo, opinaba el periodista Jacinto Rojo, pese a que no pueden resultar incompatibles patria y regi—n, s’ se observa en la provincia leonesa una apat’a, un conformismo, hasta un desdŽn -no menos da–ino por su relativa inconsciencia- que no puede traer sino consecuencias nocivas para la regi—n y para el conjunto del pa’s, precisamente en un momento en Òque el esp’ritu de las regiones va cobrando br’os portentosos –vŽase quŽ hacen los vascos, los salmantinos, los valencianos, los gallegos-Ò. Esta actitud se revelar‡ perjudicial porque no ya la mœsica leonesa sino tambiŽn Òsu literatura, su arte, su industria Ò es desconocida fuera de la regi—n Òapenas cruzamos los l’mites de la provincia, barrera artificial con la que jam‡s pudimos estar conformesÓ[19]. Lo mismo reitera el DL [20]cuando tacha a la regi—n de ÒindiferenteÓ porque ha consentido que se lleguen a adjudicar los valores netamente leoneses, Òa ciertas provincias castellanasÓ y porque intencionadamente deja dormir en el olvido Òacontecimientos en los que Le—n lleva la primac’aÓ. M‡s en concreto y refiriŽndose a la mœsica tradicional se lamentaba Jacinto Rojo en LC de que el desdŽn por lo t’pico y lo viejo, y el ansia de renovaci—n estuviese forzando la sustituci—n de todo lo que hab’a caracterizado al pueblo por otras manifestaciones sin calidad suficiente para perdurar, ni autŽnticamente representativas.[21]
En verdad, el interŽs de los peri—dicos leoneses por el estudio de tradiciones y motivos t’picos de la cultura popular fue obvio tal como se desprende de las numerosas entradas al tema.
De larga fecha son protestas nuestras tambiŽn en la prensa para que por todos los medios tratemos de conservar el folklore regional y la mœsica genuinamente de la tierra ya premiando a los pocos compositores que como Villar, Blanco, etc. han mostrado interŽs decidido en recoger y coleccionar lo que han hallado de este orden, ya estimulando m‡s esta afici—n, como asimismo dando a conocer en sus audiciones cultas y populares lo que aœn resta, que no es poco, de aquel hermoso caudal de armon’as (Su‡rez Uriarte: 1924)
Los personajes a los que alude Publio Su‡rez son Venancio Blanco, que en 1909 inici— la publicaci—n de Las mil y una canciones populares de la regi—n leonesas[22] y Rogelio Villar con su obra ÒCanciones leonesasÓ rese–ada en abril de 1905 en El Mensajero de Le—n, donde un an—nimo autor, posiblemente su director M. Bravo Medina, dec’a:
Las canciones leonesas son verdaderos poemitas musicales, en el estilo de Grieg y de los compositores de la moderna escuela rusa que con sus hermosas obras van conquistando la admiraci—n del mundo. El tema de estas composiciones aparece siempre en su integridad; tal como le canta el pueblo leonŽs, pero el maestro, como si quisiera analizarlo y exponerlo en varios matices, lo desarrolla y parafrasea en medida tan justa y original, que produce singular encanto al realzar su propia inimitable belleza. Para conseguirlo emplea varios giros r’tmicos y muy discretos comentarios arm—nicos y contrapunt’sticos, relacionados con el car‡cter de la pieza, y aœn con lo que pudiera llamarse sus condiciones Žtnicas, pues el Sr. Villar, como leonŽs, conoce a maravilla, los antecedentes hist—ricos y literarios de estas manifestaciones del arte popular de su tierra. El Mensajero de Le—n, (18 de abril de 1905)
Inclu’a la colecci—n de Villar las siguientes canciones
- Berceuse. ÒNo me mires que me matas / con esos tus ojos tristesÓ
- Danza monta–esa. ÒOrilla, orilla, / que esta noche no duerme, sola la ni–aÓ
- Endecha.Ó La vi llorando y dije / Àpor quiŽn suspiras?Ó
- Danza ribere–a. ÒSoy del hoyÓ
-
Ijujœ
- Ronda. ÒLev‡ntate morenita / lev‡ntate resaladaÓ
- Tonada. ÒCampo verde, campo verde / el campo y sus olivaresÓ
- Campesina. ÒÀC—mo quieres que vaya / de noche a verte?Ó
- Remembranzas. ÒCalle arriba, calle abajo /anda un gavil‡n heridoÓ
- Scherzo. ÒTres hijuelos hab’a el reyÓ
- Danza Leonesa, Ó El d’a que tu naciste / nacieron todas las floresÓ
- Meditaci—n. ÒCuando vayas a la fuente / no vuelvas anochecido, resaladaÓ
- Scherzo. ÒSi de Le—n me ausento / lloro de penaÓ
- Ecos. ÒTengo para quererte / prudencia y modoÓ
- Berciana. ÒArriba el lim—n, abajo la olivaÓ
- Lamento. ÒAunque mi madre no quiera / contigo me he de casarÓ
- Danza leonesa. ÒAy, ay, ay, ay, como retumba el pandero / Ay, ay, ay, ay, como le tocarŽ yoÓ.
- Nocturno: ÒMe dijiste que era fea / y al espejo me mirŽÓ
- Alborada. ÒQu’tate de esa esquina / majo que llueveÓ
- Melancol’a. ÒPor el puente de Bembibre/ pasaba un arrieroÓ