Ballester, Xaverio. ÒCaricatura lingŸ’stica: la motivaci—n al poderÓ. Culturas Populares. Revista Electr—nica 3 (septiembre-diciembre 2006).

http://www.culturaspopulares.org/textos3/articulos/ballester.htm

ISSN: 1886-5623

 

Caricatura LingŸ’stica: la Motivaci—n al Poder[1]

 

Xaverio Ballester

Universidad de Valencia

 

Resumen

La caricatura lingŸ’stica puede ser definida como una desviaci—n formal en la esperable evoluci—n de una palabra siempre y cuando con dicha desviaci—n la palabra quede etimol—gicamente [re]motivada. El hecho de que la nueva motivaci—n responda tanto a causas l—gicas cuanto a causas totalmente disparatadas, supone un contundente argumento contra la premisa estructuralista de la arbitrariedad del signo. Por il—gica que sea, la motivaci—n resulta siempre m‡s econ—mica para el hablante que la opacidad etimol—gica. Por obvias razones los nombres propios y especialmente los top—nimos constituyen un ‡mbito lŽxico donde la caricatura lingŸ’stica resulta especialmente frecuente.

Palabras clave: caricatura lingŸ’stica, motivaci—n, toponimia.

 

Abstract

Linguistic caricature can be defined as a formal deviation of the expected evolution of a word when, as a result of said deviation, the word in question is etymologically [re]motivated. The fact that the new motivation is a result of both logical and completely inexplicable causes constitutes a resounding counterargument to the structuralist premise of the arbitrary nature of the sign. However illogical it may be, motivation is always more economic for the speaker than etymological opacity. For obvious reasons, proper names and especially place-names form a lexical field in which linguistic caricature is highly frequent.

Key words: linguistic caricature, motivation, toponymy

 

 

Del imeil copiado al caricaturizado emilio

Y

a en otros lugares hemos defendido la relevancia de los tres procesos de copia, calco y caricatura en las evoluciones lingŸ’sticas. B‡sicamente, pues, las lenguas en sus contactos alogl—ticos —es decir, con otras lenguas— o diagl—ticos —es decir, con otros dialectos de su propio continuo lingŸ’sticos o con otros estadios de su propio continuo— copian (imeil), calcan (correo e[lectr—nico]) o caricaturizan (emilio), y las tres operaciones tienen su componente econ—mico y su componente dispendioso.

            El calco, caracterizado por ser un fen—meno esencialmente sem‡ntico, qued—, nos parece, ya suficientemente bien descrito y definido en la tradici—n lingŸ’stica occidental, pero nos hemos apartado de esta en la denominaci—n de copia, para incidir en la importancia, naturalidad y frecuencia de este fen—meno, frente al tradicional tŽrmino de prŽstamo o, en una traducci—n aœn m‡s certera del equivalente empleado en otras lenguas —como alem‡n Lehnwort e inglŽs loanword, ambos significativamente Ôpalabra emprestadaÕ, es decir, actividad, pues, como restringida al lŽxico, francŽs emprunt, italiano prestito...— emprŽstamo, tŽrminos estos que definen muy mal lo que es el proceder de las lenguas cuando simplemente toman algo de otras lenguas. Como bien sabr‡n aquellos que se hayan visto en la necesidad de solicitar un crŽdito a una entidad bancaria, un [em]prŽstamo significa para el donante la pŽrdida previsiblemente temporal de una parte de su patrimonio, operaci—n que comporta la l—gica restituci—n, en un plazo determinado y a menudo con intereses, de lo prestado por parte del receptor. Nada de todo esto tiene que ver con la actividad que desarrollan las lenguas al tomar elementos de otras, una vez que, para empezar, no siguen ningœn protocolo ni precisan autorizaci—n alguna de la lengua donante y adem‡s no privan a esta de ningœn bien ni, lo que es mejor, est‡n obligadas a devolverle nada ÁOjal‡ fueran as’ los prŽstamos bancarios!

            Nos parece, por tanto, que el tŽrmino prŽstamo enmascara en realidad una actividad elemental’sima, libre, facil’sima, siempre accesible y disponible. No podemos imaginarnos una verdadera situaci—n de prŽstamo en la que, por ejemplo, como voraces termitas las lenguas actuales estuvieran despojando al inglŽs de todo su tesoro lŽxico a base de pedirle y sacarle palabras prestadas. La actividad real de las lenguas se aproxima, pues, en este sentido mucho m‡s a lo que ser’a una copia que a un emprŽstito y por ello mismo se trata de una actividad lingŸ’stica much’simo m‡s importante, primaria y substancial para la lengua que lo que deja[r’a] entender la tradicional met‡fora del prŽstamo, con lo que, l—gicamente, pretend’ase acaso justificar con mayor fuerza la injusta marginaci—n de las comun’simas copias en el an‡lisis y ponderaci—n de las relaciones entre las lenguas. Adem‡s, a diferencia del prŽstamo concebido como Lehnwort o Ôpalabra prestadaÕ la copia de ninguna manera se limita s—lo a lo lŽxico, sino que incluye tambiŽn todas las otras esferas de la lengua: lo fonol—gico, lo morfol—gico, lo sint‡ctico o lo sem‡ntico.

 


Que en lo lingŸ’stico es hiperpleon‡stico lo de popular

Mientras que, por fortuna, la met‡fora copia y sus correspondientes tŽrminos est‡[n] ya haciŽndose usual[es] en algunas otras filolog’as —as’, por ejemplo, tal met‡fora es ya usual en el valioso colectivo sobre las lenguas tœrcicas editado por Johanson y Csat— (1998: 118, 120, 200, 279, 280...)— el tŽrmino caricatura es una propuesta nuestra y destinada, suponemos, como casi todas nuestras propuestas a caer en el arc—n del olvido. El concepto recubre al tiempo lo que ha sido a veces llamado etimolog’a popular, tŽrmino y definici—n que nos parece insuficiente al no dejar definida ’ntegramente —como copia o calco— una forma sino s—lo un aspecto —el etimol—gico— de esta y adem‡s al no ponerla al mismo nivel que la copia y el calco como otro de los procedimientos para formular correspondencias entre dos estadios o estamentos lingŸ’sticos, sean alogl—ticos —lo que es imprescindible en el caso de la copia y el calco— o sean diagl—ticos, lo que sucede a menudo y como rasgo singular en la caricatura, todo ello, por supuesto, teniendo siempre en cuenta que el hablante usualmente no sabr‡ distinguir en muchos casos lo que procede de una lengua ajena de lo que no, por no hablar ya de los poros’simos l’mites entre los dialectos, ‡mbito este tambiŽn frecuente de emergencia de caricaturas (cf. ejemplificativamente m‡s abajo las variantes ante, en, guantes, juan o un para ÔfuenteÕ). En fin, una vez m‡s, los dialectos suelen ser las versiones diat—picas de cambios diacr—nicos. O viceversa.

La caricatura vendr’a a ser, en todo caso, m‡s bien una subclase de lo tradicionalmente denominado etimolog’a popular, al menos en el sentido de que, en los casos que puedan verificarse, comporta la distorsi—n, el apartamiento significativo —id est: motivado— de la forma heredada, es decir, de su verdadera etimolog’a. Un gran motivador como San Isidoro propone en sus Origines un enorme nœmero de etimolog’as para voces latinas, pero en la mayor’a de los casos las formas corresponden cabalmente a las documentadas en lat’n cl‡sico; se trata, pues, de meras etimolog’as pero no precisamente populares sino m‡s bien cultas. S—lo en menos casos las formas isidorianas se presentan respecto a las formas documentadas en lat’n cl‡sico bajo unas variantes que son las que precisamente propician la novedosa propuesta de tal o cual etimolog’a. Propiamente son este tipo de formas distorsionadas —sea como consecuencia de un previo etimologizar culto o popular, sea propiciando una nueva causa para etimologizar— a las que cumple denominar caricaturas. Ya adem‡s para GalmŽs (1996: 12) la locuci—n de etimolog’a popular no era acertada por cuanto ÇNo es normalmente el pueblo quien m‡s interviene en estas reinterpretaciones asociativas; con frecuencia son las personas cultas, y aun los mismos especialistas del lenguaje, a quienes corresponde mayor participaci—n en ellosÈ. Pero sobre todo nos resistimos a utilizar en LingŸ’stica adjetivos como popular y como si enfatizando aspectos marginales de la lengua. Se empieza por ah’ y se acaba distinguiendo entre langue o parole, creando academias y, en la opci—n peor, fomentando lingŸicidios. Si la lengua no es de los hablantes, si la lengua no es del pueblo Àentonces de quiŽn es? ÀDe Don Fernando L‡zaro Carreter?

La caricatura es, pues, a veces simplemente como una copia inexacta, defectuosa, imprevista o premeditada pero a menudo tronchante o chocarrera y sobre todo m‡s econ—mica porque motivada. Y como hablantes preferiremos siempre las voces motivadas, por absurda que resulte esa su motivaci—n, ya que las voces motivadas son voces transparentes y las voces transparentes son voces m‡s econ—micas, son voces m‡s baratas, baratas. No pueda, pues, sorprender que el cruce entre copia y caricatura sea muy comœn. De hecho, la caricatura puede haber consistido en la forma b‡sica de copiar para muchas culturas y en muchos per’odos de la humanidad, ya Alinei (1996: 267): Çes totalmente probable que en la antigŸedad, cuando no exist’a la lengua escrita, la etimolog’a popular fuera la norma para los prŽstamos y no la excepci—nÈ. Hay que insistir, con todo, en que una diferencia esencial entre copia y caricatura est‡ en la actitud del hablante respecto a la forma por integrar y en ese sentido lo caracter’stico de la caricatura es la adici—n de una motivaci—n, real, relativa o irreal, al elemento que se quiere patrimonializar. As’, la forma contredanse o absurdo ÔcontradanzaÕ, con la que en la lengua francesa defectuosamente se copi— el inglŽs countrydance o banal Ôbaile regionalÕ (Bonfante 1986: 179), resulta empero m‡s f‡cilmente memorizable ergo m‡s econ—mica que una forma donde su primer componente del todo resultara irrelacionable lŽxicamente. Detalle marginal pero significativo en este tipo de procesos de contaminaci—n lingŸ’stica lo constituye adem‡s la circunstancia de que mientras el calco es t’pico proceder de la lengua absorbida, la caricatura es m‡s t’pica de la lengua absorbente.

            En suma, junto al tradicional calco, creemos ser’a de mayor utilidad integrar los respectivos tŽrminos y conceptos de copia y caricatura no s—lo por metaf—ricamente reflejar mejor, nos parece, los fen—menos en cuesti—n, sino tambiŽn por resultar m‡s sencillo, pr‡ctico y did‡ctico incluir estas tan b‡sicas tres operaciones de renovaci—n lingŸ’stica en una misma met‡fora —y met‡fora bien gr‡fica, por cierto— que en tres distintas.

 

Cuando la motivaci—n es raz—n

Valga desde ahora el alineiano (2003: 109) Çtoda palabra est‡ genŽticamente motivadaÈ como nuestro lema y motto. Pero motivaci—n no es s—lo raz—n sino tambiŽn fantas’a, creatividad e ilusi—n, de modo que las motivaciones incluyen causas l—gicas y otras il—gicas pero, como anticip‡bamos, estas siempre m‡s econ—micas si translœcidas y transparentes que las totalmente opacas o las desvelables s—lo para etim—logos, dialect—logos e historiadores de las lenguas.

            Naturalmente, cuando la motivaci—n tiene alguna l—gica, tiene tambiŽn menos posibilidades de ser detectada. Razonable parece el que en Venta del Moro (Valencia) las sandalias, que ciertamente sirven para andar, pasaran, probablemente gracias a la ayuda de un elemental falso corte ([las s]andalias), a llamarse andalias (Yeves 1978: 302). El tŽrmino italiano ciocolatte ÔchocolateÕ, copia indirecta de una voz azteca, puede deber su segmento –latte ÔlecheÕ a la real asociaci—n con los l‡cteos (Alinei 1996: 267). Para igual sabroso producto la motivaci—n vino, en cambio, por el primer segmento en el chicolate del chistavino oscense (Mott 1989: 205) y seguramente por alguna asociaci—n con chico. En el hablar fronterizo de Cheste (Valencia) para esparatrapo (S‡nchez 1998: 67) podemos conjeturar esta explicaci—n: la forma castellana aqu’ esperable esparadrapo debi—, sin embargo, de ser analizada como una copia del valenciano esparadrap y este a su vez como un compuesto sobre drap ÔtrapoÕ, por lo que experiment— un motivaci—n bastante l—gica. TambiŽn asaz l—gico es que en Cheste un levantal ÔdelantalÕ (S‡nchez 1998: 89) se relacione con levantar y no con delante. Asimismo como l—gico puede presentarse el empleo en lat’n de lingula ÔcucharaÕ, como si en relaci—n con lingua ÔlenguaÕ, en vez de la etimol—gica ligula (Ernout & Meillet 1979: 360 s. lingō); a su vez la propia voz latina lingua substituy— a otra m‡s antigua dingua (Mario Victorino 6,26 Keil) muy probablemente bajo la influencia de la ra’z para lingō ÔlamoÕ (Ernout & Meillet 1979: 360 s. lingua). El tŽrmino bot‡nico helŽnico μεzουράνα se convirti— en lat’n en maiorana por influencia de maior ÔmayorÕ (Ernout & Meillet 1979: 402 s. mezurana) y aœn acabar’a convirtiŽndose en nuestro mejorana por influencia de mejor. El habla de Jalance remotiv— el nombre de la sanguijuela restituyŽndole su anta–ona transparente relaci—n con sangre (lat’n sanguis) con sangrisuela (Poveda & Piera 1997: 214). El porrat valenciano, plato b‡sicamente consistente en una asadura de garbanzos, paso en el chestano a torrat (S‡nchez 1998: 146) seguramente por asociaci—n con torrar. Buena l—gica tiene tambiŽn el chestano trenv’a (S‡nchez 1989: 148) al suponer que en el fondo el tranv’a es una especie de tren.

            M‡s complicado aœn puede ser detectar el o los elementos caricaturescos cuando la motivaci—n l—gica es plural, es decir, cuando se trata de formas analizables por el hablante como compuestos y de modo que todos ellos son susceptibles de recibir una motivaci—n. En efecto, una forma como Gallocanta (Zaragoza), por ejemplo, es susceptible de recibir una etimolog’a bien l—gica, ya que el gallo es un ave y adem‡s regularmente canta y canta y canta —circunstancia que de hecho ha permitido que en la lengua xhosa de los zulœes uno se refiera a las dos/ tres/ cuatro de la madrugada diciendo literal y respectivamente Ôel primer/ segundo/ tercer quiquiriqu’ del galloÕ (Kirsch & Skorge & Magona 2003: 42)— es algo dif’cil en principio recurrir aqu’ al criterio de la inverosimilitud sem‡ntica —pues no es rara la referencia animal, directa o indirecta, en toponimia (Trapero 1997: 219; Trapero 1999a: 79), recordemos s—lo en Extremadura los arroyos del Ganso, de la Hurona, del Sapo y del Puerco, que es ahora de la Luz, o mismamente Riolobos— para detectar aqu’ una caricatura, como tambiŽn lo es, en raz—n precisamente de su b‡sica coherencia sem‡ntica, esperar significativas derivaciones o afinidades ya inmotivadas para todo el sintagma, pues motivados siguen siendo los Cantalgallo o Canto del Gallo, si bien puedan se–alarse dichas inmotivaciones individualmente para cada uno de los miembros del sintagma, pues si Cantera, Canter’a, Cantero o Canto podr’an aœn referirse a ÔcantarÕ, ya no lo har’an Acantilado, Cantadal o Cantil, ni har’alo Callao con la cacareante ave, ra’z probablemente cŽltica esta œltima y que, como la presumiblemente tambiŽn ra’z cŽltica *canta–, refiriŽndose a cualidades o caracter’sticas pŽtreas de un terreno (cf. Ôguijarro – chinaÕ francŽs caillou, portuguŽs calhau) debe de estar asimismo en la base de las, por tanto, caricaturas topon’micas tinerfe–as Las Galletas y Los Gallitos.

 

Cuando la motivaci—n es imaginaci—n

La caricatura m‡s pura, nos atrever’amos a decir, es, sin embargo, aquella deformaci—n, aquel apartamiento de la evoluci—n fonol—gica esperable que supone una referencia sem‡nticamente clara y rotunda pero il—gica; un tipo de caricatura, pues, que sacrifica [m‡s] crudamente a los beneficios de la econom’a mnemotŽcnica la raz—n de la sem‡ntica. Veamos.

            Aunque su compuesta etimolog’a prelatina nada tenga que ver con ninguna musulmana cantarina, si en clave de etimolog’a latina un top—nimo como el toledano Cantamora puede, con todo, presentar una explicaci—n razonable para el hablante —y dando origen inevitablemente a las correspondientes leyendas— ya, en cambio, una forma como Cantamuda, donde habr’a sido esperable, segœn GalmŽs (1996: 14), una *Cantamuga con segundo elemento muga Ôl’mite – moj—nÕ, supone un apartamiento de la evoluci—n esperada y en principio s—lo o b‡sicamente justificable por la necesidad de dar una motivaci—n al tŽrmino, como tambiŽn probablemente en Cabeza de la Muda (Asturias) en vez del La Muga que encontramos en varias provincias, y ello por mucho que resulte totalmente contranatural, contradictorio e il—gico que una muda cante. Las mudas, dir’ase, cantan s—lo en los sue–os, s—lo en las lenguas. TambiŽn el croissant o ÔcrecienteÕ francŽs acab— pronto entendido como un curas‡n —en probable pero parcial evocaci—n de aquel nuestro proverbial cura sana, cura sana— y aœn, m‡s tarde pasar’a en algunos registros a convertirse en un puras‡n —en probable pero parcial evocaci—n de algœn pura sangre— sin que evidentemente este sabroso producto de tantas de nuestras merendolas ni tenga especiales propiedades curativas ni nada que ver con actividades h’picas o hematocr’ticas. êtem en Rodellar (Huesca) las nutrias han acabado convertidas en unas bastante inexplicables neutras (Justes & V‡zquez 1985: 613), ahora bien, la suplantaci—n de la esperada /l/ (cf. lat’n lutra) por una /n/ en la general forma hisp‡nica nutria, de no deberse a un tabœ —inusual en el caso de este mam’fero— podr’a tratarse de una caricatura, apenas m‡s l—gica, a partir de nutrir.

            As’ pues, la caricatura por definici—n est‡ siempre motivada sea de manera l—gica (ciocolatte) o il—gica (curas‡n), presentando en ambos casos la ventaja de ser mucho m‡s f‡cil de recordar, en raz—n de su fundamental transparencia, por el hablante. En el caso de la caricatura, llamŽmosla, razonable, el hablante obtiene la ventaja de una mejor memorizaci—n gracias a la l—gica relaci—n que establece entre forma y significado. Ahora bien, tambiŽn en el caso de la caricatura irrazonable y hasta grotesca y absurda el hablante sale ganando, pues lo irracional es mentalmente impactante, y lo mentalmente impactante resulta m‡s f‡cil de memorizar.

 

Que la arbitrariedad es eso de la arbitrariedad del signo lingŸ’stico

Nuestro interŽs por la caricatura —ya no se ocultar‡ m‡s— viene tambiŽn de nuestra tirria contraestructuralista al constituir aquella, nos parece, un contundente argumento contra la arbitraria teor’a de la arbitrariedad del signo, como evidencia sin m‡s la necesidad que experimentan tantos hablantes de motivar el dicho signo a toda costa, a coste todo. Un proceso este que podr’a definirse como isidorismo en honor del santo hisp‡nico. Se notar‡ adem‡s que la necesidad de dar raz—n y etimolog’a de toda palabra parece fen—meno especialmente frecuente, como en el caso de San Isidoro, en los per’odos de grandes mutaciones, de revoluciones lingŸ’sticas. El asunto de la caricatura nos parece tambiŽn lingŸ’sticamente trascendente por su situar en primer plano el capital’simo papel desempe–ado por la memoria —y, por tanto, por la econom’a— en el hablar, ya que la caricatura parece propender, como venimos repitiendo, fundamentalmente a facilitar la memorizaci—n, ya sea relacionando un tŽrmino ins—lito o menos comœn con tŽrminos o ra’ces m‡s banales, ya sea creando una imagen que, aunque pueda resultar absurda, es m‡s f‡cil de recordar, lo que m‡ximamente sucede cuando provoca una imagen sorprendente en la mente del hablante (cf. los citados Cantamuda, Las Galletas, Gallocanta...).

            La idea de estas operaciones, as’ pues, parece siempre la de establecer una relaci—n lŽxicamente m‡s cercana e ’ntima y donde lo menos conocido sea substituido por lo conocido m‡s. La voluntad de favorecer una relaci—n lŽxica con una forma m‡s comœn es, pues, una caracter’stica de la mayor’a de las caricaturas, voluntad que en Venta del Moro, como en muchos otros lugares, propici—, por ejemplo, un cambio de inyecci—n, con un segmento –yecci—n opaco para el comœn hablante, por indici—n (Yeves 1978: 306), permitiendo as’ al hablante una m‡s accesible relaci—n con decir o dicci—n. En esencia, pues, la caricatura lingŸ’stica responde aqu’ a las misma razones que el fen—meno de aggiornamento o actualizaci—n sem‡ntica, suerte de recurrencia hist—rica por la que cuando una forma deviene opaca en su motivaci—n, pasa como a traducirse a la lengua actual. Este proceso puede en principio repetirse cuantas veces sea necesario; como bien ejemplifica GalmŽs (1996: 23) Çcuando decimos, por ejemplo, Òr’o GuadalupeÓ, estamos nombrando tres veces la palabra r’o, en lengua romance, en ‡rabe (guad), y en preindoeuropeo (lupe.

            Es aqu’ donde, otra vez, emerge el importante concepto de la motivaci—n del signo lingŸ’stico, por el que incluso puede producirse el fen—meno de reincidencia, de suerte que la antigua motivaci—n opaca es substituida —actualizada— por otra transparente pero que resulta ser la misma o aproximadamente la misma que la antigua, As’, por ejemplo, la antigua islita balear de Colubraria, esto, es ÔculebreraÕ porque llena de bichas segœn San Isidoro (or. 14,16,43: qu¾ feta est anguibus) se convertir’a con el tiempo en la actual[izada] Dragonera. As’ tambiŽn, por ejemplo, la mantis religiosa se convirti— en la rezaera en el habla de Jalance (Poveda & Piera 1997: 205) o la santateresa de otras hablas.

 

La tentaci—n vive al lado

Parece obvio que en las caricaturas la mayor’a de las motivaciones viene propiciada por una mera afinidad acœstica entre dos formas. Ahora bien, no menos cierto es que la tan decisoria fonolog’a puede comportar implicaciones morfol—gicas, lŽxicas o sem‡nticas. La forma valenciana escorrim Ôreguero – chorritoÕ, que no contiene ningœn diminutivo, fue copiada en el habla de Cheste como escorr’n (S‡nchez 1998: 66), donde junto a la esperable adaptaci—n fonol—gica sin duda debi— de influir una percepci—n sem‡ntica (Ôchorr–itoÕ) de diminutivo para que el tŽrmino fuera copiado y caricaturizado como tal. Este tipo de efecto es lo que Trapero (1999a: 354) llama Çatracci—n sem‡nticaÈ y que ilustra con el probable paso de roza al canario roso (as’ en El Rosillo o El Roso) por influencia de raso. Se dir’a, con todo, que la caricatura m‡s pura se da, como ve’amos, con la motivaci—n [m‡s] absurda, esto es, cuando la atracci—n, cuando la tentaci—n viene s—lo de la forma, de la pura fonolog’a, de modo que se pasa de un tŽrmino a otro tŽrmino por mera similitud f—nica no habiendo nada de comœn ni en la morfolog’a ni en la sem‡ntica entre ambas formas. Ahora bien, no cabe olvidar que es la voluntad por parte de los hablantes de hacer transparente una forma la responsable de los caricaturas y no ningœn proceso fonol—gico por m‡s que la parafon’a de una forma propicie, como los juegos de palabras en los chistes, una o varias asociaciones. 

            Naturalmente, cuando la homofon’a —y homomorf’a— es absoluta (vŽase mora y moro m‡s abajo), no hay lugar para la desviaci—n fonol—gica, de modo que la caricatura es perceptible s—lo en eventuales derivaciones o formas afines y las etiolog’as o consecuente folclore y leyendas (ya GalmŽs 1990: 12) derivantes de la nueva etimolog’a que le proporcionan los hablantes. As’, la caricatura latente de morro Ôcara – labiosÕ en el actual espa–ol coloquial y ya no ÔmonteÕ o Ôpe–asco escarpadoÕ es m‡s perceptible en otras formas de la misma ra’z cuales los top—nimos Morrena o Morra. Metodol—gicamente, pues, junto a la inverosimilitud referencial, la existencia de un suficiente nœmero de variadas formas afines pero estas ya inmotivadas (cf. tambiŽn un El Barco m‡s abajo) pueden ayudar a la detecci—n de caricaturas.

            En cambio, el car‡cter caricaturesco de las formas prelatinas mora y moro es perceptible casi œnicamente en raz—n de las numerosas etimolog’as a que ha dado lugar, ya que no hay casos claros de derivados desviados. Con mora y moro se indica[ba] en espa–ol un tipo, mayor y mejor o menor y peor, de prominencia monta–osa, pero, dada su homofon’a, el tŽrmino es primariamente entendido como una referencia al correspondiente etn—nimo latino para los antiguos Mauri. El top—nimo, por tanto, de Venta del Moro, por absurdo que resulte, puede ser entendido en primera instancia por el hablante actual como lugar donde Ô[se] vende un musulm‡nÕ. Cierta tradici—n explica los top—nimos turolenses de Mora de Rubielos y Rubielos de Mora como ecoico relicto para la posteridad del amor imposible entre el caballero cristiano Rubielos y una mora. Naturalmente, nunca han existido en el patrio solar caballeros cristianos ni de ninguna otra fe llamados Rubielos, y, pardiez, que la tradici—n ha de ser poco antigua, pues œnicamente con la œltima repartici—n provincial se sinti— la necesidad de recurrir a un especificativo de una localidad cercana para distinguir entre los numeros’simos top—nimos homof—nicos que se dan en nuestra patria, de modo que s—lo en una Žpoca muy posterior a nuestro longevo conflicto bŽlico con la morer’a a los simples Mora y Rubielos les adjudic— el administrador los rec’procos correspondientes especificativos. Ahora bien, es muy probable que algunos de los Moriscos que aparecen en la toponimia nacional sean derivados ya fonŽticamente caricaturizados de aquellos Moros (Trapero 1999a: 295). El opaco nombre de Teruel con su gentilicio turolense se ha relacionado tradicional y popularmente con toro, animal que aparece en el escudo de la ciudad y con las aficiones taurinas y festivas de los turolenses, sin embargo, el nombre es muy probable y simplemente un hidr—nimo prerromano (Jord‡n 1996/7).

 

C‡ricatœra... n—mbres dŽ... pŽrsonas

Como era de esperar, en la caricatura, como en todo fen—meno lingŸ’stico, muy comœn resulta el empleo de los elementos lŽxicos m‡s cercanos al hombre, empezando por el mismo hombre y todo lo humano, para motivar aquellos referentes con denominaci—n etimol—gicamente opaca. He aqu’ unos ejemplos.

            Para ÔciprŽsÕ en la comarca de Villena (Alicante) adem‡s de aciprŽs (cf. tambiŽn alciprŽs, alsiprŽs) encontramos un arciprŽs, casi, pues, un arcipreste (Torreblanca 1976: 227). En el habla de Gist‡in (Huesca) o chistavino la esteva del arado pas— a ser el estevan (Mott 1989: 146) cual un Esteban cualquiera, la embarazada a embraz‡ (Mott 1989: 195) como si hubiese sido abrazada en manera especial, y las segundas nupcias pasaron a segundas nuncias (Mott 1989: 194) como si por segunda vez anunciadas. El grecorromano cultismo tr’pode, del lat’n tripode– y remontando en œltima instancia al helŽnico τρί¹ους compuesto sobre τρι– ÔtresÕ y ¹ούς ÔpieÕ, tiene en espa–ol, como ser‡ sabido, una variante en la forma trŽbedes y otras afines, donde ya nada reconocible queda de aquel ÔpieÕ helŽnico. En el Pirineo aragonŽs, a su vez, encontraremos para el mismo concepto y desde aquel mismo Žtimo formas como estrŽbedes, estreuades y estreuadas; ahora bien, la forma propia de Bisaurri y otras localidades estrespeus (Haensch 1985: 329), casi, pues, Ôlos tres piesÕ supone no una motivaci—n sino una remotivaci—n al resultar desde el punto de vista etimol—gico Ábingo! totalmente correcta. La cl‡sica mandr‡gora acab— en un mandrake o Ôdrag—n [de] hombreÕ en inglŽs (Bonfante 1986: 179). Los italianos tomates o pomi dei Mori o Ômanzanas de morosÕ pasaron al francŽs como pommes dÕamour y de aqu’ al alem‡n Liebesapfel e inglŽs loveapples (Bonfante 1986: 179). El habitual tŽrmino en lat’n cl‡sico para el cantar’n ruise–or, luscinia, era quiz‡ demasiado opaco para soportar su indemne conservaci—n en las lenguas rom‡nicas, en muchas de las cuales sus hablantes optaron por partir de una forma diminutiva y, por razones aœn por inquirir, masculina *lusciniolu–. Ahora bien, el cambio de /l–/ a /r–/ que encontramos en la forma —probablemente la b‡sica— francesa rossignol (cf. catal‡n rossinyol) se debe a una caricatura a partir seguramente de la crom‡tica motivaci—n de ÔrojizoÕ. Claro que el espa–ol, donde la tal motivaci—n quedaba opaca, ha ido en cierto modo mucho m‡s lejos generando un componente Ôse–orÕ en ruise–or. Pero si el rossignol del francŽs devino casi un caballerete en el ruise–or espa–ol, el jalancino lo degrad—, sin embargo, a un ruinse–or (Poveda & Piera 1997: 209) o le devolvi—, a la francesa, la motivaci—n crom‡tica inspir‡ndose en el valenciano para un roji–—n (Poveda & Piera 1997: 208). Los tŽrminos chestanos de ovispa y ovisp—n para la avispa y otro insecto algo mayor (S‡nchez 1998: 105) deben de responder a alguna relaci—n, en principio puramente f—nica, con obispo.

 

C‡ricatœra... n—mbres dŽ... ‡nim‡les

Junto a lo humano, el mundo referencial m‡s pr—ximo para el hablante ha estado pro[to]hist—ricamente constituido por la circunstante naturaleza con la que m‡s interactuaba, fundamentalmente fauna y flora, de modo que no es de extra–ar que tambiŽn animales, ‡rboles, plantas u otros elementos de la natura hayan sido no s—lo objeto de caricaturizaci—n sino tambiŽn, como ya ha habido ocasi—n de ver (cf. los citados Gallocanta, Los Gallitos, mandrake), un componente de la caricaturizaci—n para otros muchos referentes, la mayor’a de las veces incluso cuando estos no pertenecen a la fauna y flora. Aqu’ unos ejemplos.

            Una met‡tesis en aguinaldo propici— un aguilando en los hablares de Jarafuel (Mart’nez 2004: 10) o de Venta del Moro (Yeves 1978: 301) y, por tanto, una m‡s memorizable aunque absurda relaci—n con el comœn tŽrmino ‡guila. En el habla de Cheste Ôazuzar al perroÕ se dice achuchar (S‡nchez 1998: 18) como si por tratarse de cosa de chuchos. En el habla de Jalance la camomila se transform— en una camamirla (Poveda & Piera 1997: 62), como si compuesto de cama y de la hembra del mirlo. La variante inglesa gooseberry o fruto del ÔgansoÕ en vez de groze–berry resulta para el hablante, aunque zool—gica o bot‡nicamente absurda, m‡s memorizable que la variante con un opaco groze procedente de un tŽrmino francŽs af’n a groseille ÔgrosellaÕ (Bonfante 1986: 179). En Jalance, tras la forma hongonaza para ÔholgazanaÕ (Poveda & Piera 1997: 140) debe de hallarse esta œltima forma y alguna relaci—n con hongo, y similarmente tras la metatŽtica humadera para ÔhumaredaÕ (Poveda & Piera 1997: 141) alguna espec’fica relaci—n con el humo de la madera. Monflorita se usa para designar un hombre afeminado en la comarca de Villena (Torreblanca 1976: 281) o en Cheste (S‡nchez 1998: 99). Manflorita apl’case en la tambiŽn valenciana zona de Jalance al cabrito hermafrodita o al hombre florip—n (Poveda & Piera 1997: 157). Encontramos iguales o afines designaciones en otros lugares, as’, por ejemplo, manflorita y manfrodita