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Ballester, Xaverio. ÒVendr‡ el Coco y Te
Comer‡Ó. Culturas Populares. Revista Electr—nica 5
(julio-diciembre 2007). http://www.culturaspopulares.org/textos5/articulos/ballester.htm ISSN: 1886-5623 Recibido: 01/11/07 Aceptado: 14/11/07 |
Vendr‡ el Coco y Te Comer‡
Xaverio Ballester
Universitat
de ValŽncia
Resumen
La ra’z de coco —el cŽlebre personaje asustani–os del folclore peninsular— podr’a relacionarse
con la ra’z cŽltica *kokk–
ÔrojoÕ. Tal significado explicar’ase por meton’mica asociaci—n —v’a el
color de la sangre y por razones tabu’sticas o culturales— con el dios de
la guerra Marte o su correspondiente variante cŽltica.
Palabras clave: folclore, etimolog’a, lenguas cŽlticas.
Abstract
The name of coco
—a
kind of ghost or monster which, according to Spanish folklore, is supposed to
eat the children who do not want to sleep— could be related to the old
Celtic root *kokk– meaning ÔredÕ. This meaning was applied in ancient
times to the god of war Mars or to his Celtic counterpart[s]. Of course, the colour
of blood was probably the main reason for this metonymic association.
Keywords: folklore, etymology, Celtic languages
ÒDuŽrmete, ni–o, duŽrmete
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Y |
a, / que vendra el coco / y te comer‡Ó, as’ una ―quiz‡ la m‡s― popular ―y amenazadora― de nuestras canciones de cuna. En otros lugares de Espa–a el mismo arrullo se canta letreando un viene en vez de v�ndra, seguramente para hacer coincidir el acento de palabra y el ictus o tiempo fuerte del comp‡s, que con vendr‡ queda en verdad distorsionado. Sin embargo, aqu’ un futuro cual vendr‡ es sint‡cticamente m‡s correcto y esperable (cf. el siguiente comer‡) y el desajuste entre acento de palabra e ictus r’tmico o musical es, por lo dem‡s, muy comœn en la poes’a y en la mœsica, m‡xime en la mœsica y poes’a populares; bastar‡ al respecto recordar canciones aquellas nuestras como la de Òquisiera ser tan alta/ como la lunˆ [...] parˆ ver los soldados de Catalu–ˆÓ o la de Òeres alta y delgada/ como tu madr�/ morenˆ saladˆÓ y tantas otras. En realidad la tal distorsi—n acentual se conforma como un recurso hist—ricamente considerado bien leg’timo en nuestra mediterr‡nea tradici—n al menos desde la Žpoca romana, pues dicho expediente fuera empleado regularmente en la poes’a latina cl‡sica. El œnico caueat para este tipo de disociaciones consiste en cuidarse de que la nueva acentuaci—n r’tmica no provoque confusiones con otros tŽrminos; confusi—n que ciertamente no acontece en los citados casos de lunˆ, Catalu–ˆ, morenˆ, saladˆ o nuestro v�ndra.
Como fuere, no ser‡ aquel v�ndra ―o vendr‡ o viene― el objeto aqu’ de nuestro examen, sino la amenazante figura del coco, personaje que tradicionalmente en Espa–a y en tantos pa’ses de hisp‡nico hablar ha tenido aterrorizados a millones de bebitos, bebŽs, infantes e infantones durante un nœmero de siglos aœn por determinar, un coco que nos ha tenido amenazados aœn desde otras canciones de cuna como en aquella con la estrofa ÒduŽrmete, ni–o m’o,/ que viene el coco/ y se lleva a los ni–os/ que duermen pocoÓ recogida por Calvo y PŽrez (2003: 17), estribillo que con las pertinentes variaciones encontramos en otros lugares, como en la cantinela asturiana Òdœrmete, miou neno,/ que vŽn el coco/ a llevar los nenos/ que durmen poucoÓ, ‡mbito donde el coco es descrito Çcomo un gigant—n de ojos como el fuego, boca de espuerta, est—mago descomunal, muy peludo y negro como el tiz—n, que actœa por las noches, llev‡ndose a los ni–os que no comen bienÈ (Fern‡ndez s.d.: 41). Pero ÀquiŽn es en realidad ese malvado secuestrador y pedof‡gico siue engullidor de bebitos coco que viene [por las noches] a comerse a los ni–os que no se quieren dormir? y sobre todo, si ha de venir Àde d—nde viene?
La primera acepci—n que con coco viene, sin embargo, a las mientes de la mayor’a de los actuales hispanohablantes, es con probabilidad una notoriamente bien distinta: la del refrescante fruto tropical de tan buen olor y mejor sabor, la del tan singular manjar de degustaci—n preferentemente estiva y festiva, pues el coco no es producto aut—ctono sino ex—tico y del tr—pico, un producto ultramarino y colonial. De hecho, parece bien seguro que la acepci—n del ÔcocoÕ que comen nuestros ni–os procede de la del ÔcocoÕ que a nuestros ni–os se come. La transferencia vendr’a v’a metaf—rica y motivada en y por la semblanza que se cre’a o quer’a ver entre el refrescante manjar y la supuesta cabeza del malvado coco tradicional, pues se recordar‡ que el coco tropical presenta regularmente junto a un tama–o asaz similar al de una cabeza humana unos pelachones ciertamente semejantosos a los de un individuo pel—n, todo lo cual, junto a alguna eventual protuberancia a modo de nariz o ment—n o bien alguna concavidad a modo de ojos o boca, puede en verdad propiciar la figurada analog’a visual con un tipo feo, obscuro y mal encarado, como, segœn la tradici—n, deb’a de ser nuestro vern‡culo e hipn—tico coco. As’ resumidamente y para decirlo en palabras de Juan Coromines (1996: II 111 s. coco I), el fruto del cocotero habr’a recibido el nombre del monstruo infantil Çpor comparaci—n de la c‡scara y sus tres agujeros, con una cabeza con ojos y boca, como la de un coco o fantasma infantil, y ya el ‡rabe Abenbatuta [...] insiste en el a–o 1330 en esta notable semejanzaÈ.
Estivo uso de festivo luso
Propiamente, sin embargo, la promoci—n de tal nomenclatura referida al radical fruto tropical no se deber’a a las lingŸ’sticas costumbres de hispanos, sino a usos de lusos, en concreto de los navegantes y comerciantes portugueses de finales del siglo XV. Siempre segœn Coromines (1996: II 110s s. coco I), en efecto, el cocotero procede Çde las tierras ribere–as del OcŽano êndico, aunque se extendi— por el Pac’fico [...] Bautizaron su fruto los compa–eros de Vasco de Gama en 1498 [...] el vocablo debi— ser inventado por los portugueses durante su primera visita a la India, en cuyos idiomas no se halla palabra alguna an‡loga a cocoÈ. Ciertamente estudios m‡s recientes han confirmado el origen del cocotero en el ‡rea sudasi‡tica y sudpac’fica occidental, demostrando que Çespecies estrechamente emparentadas existieron todo a lo largo de la costa meridional del mar de Tetis [...] y que la Cocos nucifera result— manifiestamente domesticada en el sudoeste de la Asia insular y en el Pac’fico surÈ (Mahdi 1998: 394).
Y en verdad estudios m‡s recientes han confirmado tambiŽn que en las lenguas habladas donde se origin— tal fruto, Çno se halla palabra alguna an‡loga a cocoÈ, de suerte que el origen ibŽrico del tŽrmino estar’a reconfirmado por la circunstancia de que el correspondiente vocablo para Ôcoco[tero]Õ en dichas lenguas presenta fisonom’a bien diferente. As’, parece claro que la mayor’a de las lenguas austronŽsicas heredaron una preforma comœn ―aproximadamente *niaur o algo similar― que explicar’a tŽrminos cuales, entre otras, neula en tavara, ni en pancumu y vogeo, nioy en ivatano, niu en agomes, arosio, bugotu, engela, havayano, motu, musau, paama, rotuma, saha, sesaque, sinaugoro, tongano, vaturanga, ulava y uvea, niuh en isinay, niuk en caiva, niukka en talaude, niul en numbamio, niula en molima, niura en are, niuy en mahanyano, niwe en savay y sobei, niwer en camariano, niwi en maquiano y mi–aifuine, niyog en tagalo, niy—g en aclan—n, niyok en chamorro, niyœg en hanunoo, nol en simalur, nu en cusaye y lifu, nuo en soboyo, nyu en antiguo javanŽs o –iu en savu (uide Mahdi 1998: 395). El conocimiento y cultivo del ‡rbol debi— de llegar a la India probablemente desde Ceil‡n (Mahdi 1998: 396); de hecho, en las lenguas drav’dicas el tŽrmino correspondiente consiste en un compuesto de las voces para ÔfrutoÕ y ÔsurÕ, as’ por ejemplo ―y omitiendo algœn signo diacr’tico en la transliteraci—n― ten kāy en cota, tengāy en cannada, tēnkāy en tamil, tenkāya en telugu o tennan–kāy en malayalame, voces que, como se ve, tampoco ofrecen similitud fonŽtica con nuestro coco.
Por
otra parte, de hecho, tambiŽn coco ―as’, por ejemplo, en la popular
locuci—n de comer el coco a alguien por Ôconvencer totalmente a alguien – anular la voluntad de
alguien – hacer cambiar la opini—n a alguienÕ― pasa en el coloquial
hablar por chocarrero sin—nimo para ÔcabezaÕ a partir, otra vez, de la
similitud con el producto del cocotero, de modo que, al menos en esta tr’ada de
acepciones para el monstruo, para el fruto y para la cabeza, la antigua y
b‡sica acepci—n sigue siendo la primera, como lo es tambiŽn ―y m‡s
translœcidamente― para una directa cuarta acepci—n que tiene el tŽrmino
de persona fea o mala y que inspira desprecio o pavor.
Todo
el asunto nos introduce de rond—n en un tema lingŸ’stico tan obvio como capital
cual es el de la sincr—nica sinonimia o variedad de significados para un mismo
tŽrmino en un momento dado, contingencia que, como en el caso de nuestro coco, se plasma diacr—nicamente muchas veces en
una tambiŽn banal’sima pero no menos ilustrativa metasemia o transferencia de
significados, un viajar ―como de costumbre, v’a la met‡fora de la
similitud o v’a la metonimia de la contigŸidad― de una acepci—n a otra,
de un significado a otro, porque los significados se desplazan, y despl‡zanse
mucho y de todas las formas posibles, y se desplazan tanto que a veces ya no se
reconoce o recuerda su punto de partida, de modo que, a falta de la oportuna
documentaci—n hist—rica, la originariedad de un significado no suele ser tan
f‡cil de detectar como en el caso de nuestro coco, por lo que se hace menester recurrir a
otros protocolos metodol—gicos. Voici un siniestro ejemplo.
Verdugo que da
la vida, verdugo que da la muerte
La mayor’a de los
contempor‡neos hablahisp‡nicos tampoco reconocer‡n para verdugo otra acepci—n que aquella popularizada por
la famosa pel’cula ÒEl VerdugoÓ (1963) de Luis Garc’a
Berlanga, a saber, la del
funcionario encargado de ejecutar, ay, la pena de muerte. Sin embargo, la voz verdugo posee ―como, por cierto y contra la
creencia popular, suele ser lo habitual en las lenguas― numerosas otras
acepciones, entre ellas, la probablemente b‡sica y pr’stina de Ôrenuevo –
tallo – broteÕ. Cuando la inexistencia de decisiva documentaci—n impide acceder
a determinar con relativa certidumbre el significado b‡sico de una palabra,
existen ciertos indicios o criterios que orientativamente pueden ayudarnos a
alcanzar tal prop—sito. Aqu’ estar’a en primer lugar el grado de naturalidad
con el que se manifiesta la motivaci—n de un tŽrmino, pues ―y lo
repetiremos una vez m‡s― las palabras no son ―digan lo que digan
los estructuralistas― producto de la arbitrariedad sino de la convenci—n,
y una convenci—n en lo posible econ—mica y, por tanto, motivada. As’ pues, la
referencia a su vistoso color verde parece una motivaci—n bien natural
―como toda la visual o visualizable― para un renuevo o brote de
‡rbol, mientras que no se atisba una relaci—n tan natural entre lo verde
―o el Žtimo correspondiente― y el ejecutor tipo berlanguiano.
En
segundo lugar, la acepci—n originaria suele ―pero simplemente
suele― presentar una mayor derivaci—n lŽxica, aunque a veces esta quede
reducida a un argot muy
espec’fico o se haya conservado s—lo en dialectos m‡s o menos perifŽricos, reservas lingŸ’sticas que habitualmente constituyen
los mejores museos arqueoglotol—gicos de un continuo lingŸ’stico. As’, por
ejemplo, aline‡ndose con la acepci—n arbor’cola para verdugo encontrar’amos al menos verdugal para un monte con tallos nuevos, verdug—n como pr‡ctico sin—nimo de verdugo ÔbroteÕ o verduguillo para un list—n de madera. B‡sicamente en
este atender tanto a la detecci—n de la motivaci—n de un tŽrmino en una lengua
cuanto simult‡neamente a la densidad morfol—gica y frecuentemente tambiŽn
lŽxica de una ra’z en esa misma lengua consiste el criterio elaborado por Alinei y denominado m‡s recientemente
(1996: 264) de densidad [morfo]sem‡ntica, criterio ciertamente œtil para la detecci—n
del origen local y temporal de aquellos tŽrminos que, como vimos, suelen
peregrinar de una lengua a otra.
En
tercer pero no postrer lugar, un buen indicio a la hora de determinar el valor
primario de una palabra constitœyelo tambiŽn el grado de concreci—n ―pero
de concreci—n f’sica y real― de su significado, pues resulta que de modo
general y muy regularmente lo concreto, como de motivaci—n m‡s natural por
visual, suele ser m‡s antiguo que lo abstracto. As’, por ejemplo, parece algo
m‡s f’sico o propio de la phýsis o ÔnaturalezaÕ una directamente tangible entidad arbor’cola antes que
una abstracta determinada ocupaci—n, profesi—n o funci—n social, aunque sea la
de una tambiŽn tangibil’sima entidad humana o persona.
Adem‡s
suele aœn existir otra serie de pistas o indicios para poder atisbar la
valencia primera de un tŽrmino. Obviamente la mayor antigŸedad de un referente,
en el caso de que esta se dŽ o pueda establecerse, sugiere invariablemente la
mayor antigŸedad de esa acepci—n. As’, por ejemplo, patente es en nuestro caso
que hist—ricamente los renuevos de ‡rboles han precedido en millones de a–os a
la aparici—n de la sufrida y sufriente profesi—n de punidor.
Igualmente,
no cabe olvidar el criterio, llamŽmosle, de irreciprocidad, en el sentido de
que habitualmente podremos explicar s—lo una acepci—n como derivada de otra y
no nos encontraremos en situaciones en las que dos significados puedan, al
tiempo, ser explicados como derivado el uno del otro y el otro del uno. As’,
por ejemplo, este œltimo criterio se manifestar’a, en concreto, en el poder
explicar el verdugo
ÔejecutorÕ ―seguramente v’a la intermediaria acepci—n para verdugo de Ôvara – mimbre – objeto
flexible y especialmente apto para el azoteÕ― a partir de verdugo ÔtalloÕ en la idea de que hist—ricamente el
encargado de ejecutar azotes sirviŽrase de un verdugo Ôtallo – varaÕ para cumplir su
cometido, mientras que no se ve tan claramente v’a cu‡l met‡fora o natural
metonimia pudo pasarse del valor de Ôejecutor [de azotes]Õ al de Ôvara –
talloÕ, salvo ciertamente por una menos frecuente metonimia desde el agente
humano al instrumento por Žste empleado.
TambiŽn,
en fin, aquel criterio de la densidad morfol—gica, lŽxica y sem‡ntica puede
ampliarse con el de la densidad y congruencia de la motivaci—n en el sentido de
comprobar el grado de alcance y adecuaci—n del Žtimo establecido para
referentes afines. As’, por ejemplo, adscribir el verdugo ÔtalloÕ al Žtimo de verde con su motivaci—n, en œltima instancia,
crom‡tica resulta mucho m‡s congruente que adscribir directamente al mismo
Žtimo el verdugo
ÔejecutorÕ y de hecho encontramos aquella motivaci—n para un buen nœmero de
referentes arbor’colas o afines en formas hisp‡nicas cuales verdal para una variedad de frutas, verdear y verdecer para cuando comienzan a brotar plantas o
sembrados, verd’n para
una tierra con plantas reciŽn brotadas, verdinal para humedales, verdor para la lozan’a de las plantas o verdura para muchos vegetales comestibles.
Todos
y cada uno de estos criterios en mayor o menor medida y con menor o mayor
nitidez convergen, pues, independientemente en la idea de que fue aquel verde verdugo o brote que daba la vida al ‡rbol, del que
se parti— para llegar a la hoy acepci—n m‡s usual del verdugo o ejecutor que, por social dictamen, da la
muerte a otro humano.
De cuescos, agallas y pepitas
Establecido por razones ya simplemente hist—ricas la prioridad del valor de monstruo infantil sobre el fruto, queda por determinar en coco, si ello es posible, su etimolog’a y consecuentemente su motivaci—n. Comenzando nuestro an‡lisis con la puritita formalidad, cabe ciertamente reconocer que en /koko/ salta a la vista ―o, m‡s exactamente, al o’do― la t’pica secuencia iterada de consonante – vocal que encontramos en tantas otras formas onomatopŽyicas, cual cucœ, expresivas cuales chichi o pipi, infantiles cuales pap‡ o mam‡ o en los tres o dos conjuntos a la vez. A tal fin una primera pista ser’a, pues, la forma misma del tŽrmino, la cual aparentemente podr’a contener una onomatopeya. Tal el parecer, por ejemplo, de Moliner (1997: I 655 s. coco), quien remite a una base coc– de la que dice ÇRa’z expresiva que se encuentra en las palabras ÒcocaÓ y ÒcocoÓ con que se nombra la cabeza y cosas relacionadas con ellaÈ (1997: I 652 s. coc–), claro que la ilustre lexic—grafa no especifica por quŽ un segmento como /kok/ puede resultar expresivo para una cabeza o Çcosas relacionadas con ellaÈ. En esa misma l’nea Coromines (1996: II 110 s. coco I) considera tambiŽn la forma Çvoz de creaci—n expresivaÈ amŽn de Çprobablemente paralela pero no descendienteÈ de la voz helŽnica k—kkos (κόκκος) Ôhuesecillo – cuesco – pipa – pepitaÕ a–adiendo que Çambos vocablos y otros an‡logos de muchos idiomas pertenecen originariamente al lenguaje infantilÈ, afirmaci—n que ―y para los ambos vocablos― dista[r’a] mucho de estar demostrada. Ya en concreto en cuanto al origen del coco infantil sostiene nuestro m‡s reputado etim—logo que dŽbase Ça la comparaci—n de la cabeza esfŽrica del coco, groseramente figurada, con uno de los numerosos frutos que llevan este nombre en iberorromanceÈ de modo que coco habr’a sido primeramente un Çnombre infantil de agallas y otros frutos esfŽricos europeos, por los cuales se aplic— al fantasma infantil, y a su vez, partiendo de Žste, se bautiz— el fruto del cocoteroÈ (Coromines 1996: II 111 s. coco I). A esta argumentaci—n pueden hacerse al menos tres objeciones b‡sicas. Veamos.
En
primer lugar, no se ve con nitidez por quŽ /koko/ o algo similar deba ser
necesariamente una voz expresiva para peque–os frutos esfŽricos o quasi esfŽricos. Sin embargo, Coromines
(1996: II 111 s. coco
I) llega incluso a ver aqu’ una Çra’z onomatopŽyica en iberorromanceÈ. Ahora
bien, si muy probablemente nadie discutir’a una posible motivaci—n
onomatopŽyica en el lat’n coccus ÔgalloÕ (cf. francŽs coq), mayor imaginaci—n se
necesitar’a, desde luego, para detectar onomatopeya alguna en mudos cuescos ―los de las frutas― u otros similares productos esfŽricos. O casi esfŽricos. En lugar segundo,
precisamente eso: algunos de esos frutos a los que se aplica el tŽrmino coco o voces expresivas similares resultan ser,
como las pepitas, precisamente poco esfŽricas, poco redondas; Coromines (1996: II 111 s. coco I) aduce, por ejemplo, coca Ôbugalla grandeÕ en el gallego de Tuy o cuco ÔlapaÕ en gallego septentrional y s—lo formas extrahisp‡nicas citadas
y aunque alejadas a veces en significado, cuales el francŽs coque Ôc‡scara de huevoÕ, el italiano c˜cco o cucco ÔhuevoÕ o el sobreselvano coc Ôhueso de
frutaÕ, presentar’an el exigible requisito de redondez. En tercer lugar y
siempre suponiendo Çcabeza esfŽricaÈ para el coco infantil, la extraordinaria
diferencia de tama–o entre algo as’ como una pepita y el cabezorro m‡s bien
espectacular del coco infantil ―y,
por otra parte, comparable sin duda al tama–o del coco del cocotero― hace
en principio bien opaca la raz—n por la que se habr’a podido materializar una
tal analog’a. Con raz—n matizaba Coromines
aquello de que la cabeza del coco deb’a ser Çgroseramente figuradaÈ. Y tan
groseramente para dejarla poco esfŽrica y m‡s reducida que la cabeza de un
j’baro. Por cierto, aqu’ cabr’a mencionar a t’tulo de inventario la variante cuco para nuestro monstruoso coco, forma que, aunque claramente secundaria y probablemente
caricaturizada por influencia del cuco p‡jaro, resulta bastante comœn en HispanoamŽrica.
Coqueto coco gestual
Nada veros’mil nos parece
asimismo la antigua propuesta de Ortiz
(1929: 298), quien asignando a coco un Çindudable
origen africanoÈ supone que el vocablo Çpas— a Espa–a
desde çfrica y las Indias Occidentales, gracias a los numerosos negros bantœes que
influyeron en el lenguaje espa–olÈ. Tampoco tiene grandes dudas en relacionar Ortiz (1929: 297) nuestro coco infantil con el coco Ôgesto – muecaÕ
y el cocar o Ôhacer ademanes halagadores –
hacer se–as cari–osasÕ, aunque a simple vista se aprecia la dificultad de
conciliar el sentido pavoroso del monstruoso coco
infantil con el halagador y cari–oso del coqueto coco gestual. Sin embargo, es esta tambiŽn la opini—n recogida todav’a en la edici—n electr—nica del Diccionario de la Real Academia Espa–ola
que para coco y junto a la primaria acepci—n de Ôfantasma con que se mete miedo a los ni–osÕ ofrece la de Ôgesto – muecaÕ remitiendo as’ adem‡s al mismo coco tanto el cocar como el hacer cocos. Como de costumbre,
en las pesquisas etimol—gicas el espigueo, a la bœsqueda del eslab—n perdido, por la concatenaci—n de lenguas y dialectos puede siempre
proporcionarnos pistas de interŽs cuando no pruebas definitivas. En ese sentido
el, por ejemplo, cuclada Ôgui–o – pegada de
ojo – siestecitaÕ de la conservadora fabla de
Monflorite (Escudero 1995: 31s) o los clucad[et]a
Ôsue–ecitoÕ y el clucar el gŸello o Ôgui–ar el ojoÕ
de la tambiŽn conservadora fabla de Gista’n (Mott
2000: 96 s. clucada y 154 s. gŸello) as’ como el valenciano clucar Ôgui–arÕ o el catal‡n [ull] cluc Ô[ojo] cerradoÕ e incluso el francŽs clin dÕÏil Ôgui–o – pesta–eoÕ apuntan tanto a un originario sentido Ôgui–oÕ
para el gestual coco espa–ol y su derivado cocar cuanto a una ra’z con base f—nica sinestŽsica (*cluc– o *cloc–) del tipo que, por
ejemplo, encontramos en los internacionalismos ingleses click o aun clip.
Convendr’a, por otra parte, tambiŽn acaso inquirir la etimol—gica vecina pista portuguesa, ya que, como vimos, la voz al menos en la acepci—n de Ôfruto del cocoteroÕ es tradicionalmente ―mas no anemp’ricamente― adscrita a este sociolingŸ’stico ‡mbito. De hecho el Diccionario de la Lengua Espa–ola en su vigŽsima primera edici—n de 1992 as’ como en la edici—n electr—nica de estas fechas (= 2007) aœn remite nuestro coco al portuguŽs Çc™co, fantasma que lleva una calabaza vac’a, a modo de cabezaÈ. De nulo valor ―y en su forma y en su significado― nos parece la hip—tesis recogida por Machado (1987: V 174 s. coco) de un origen a partir del lat’n calcāre Ôpis[ote]arÕ, en portuguŽs calcar tambiŽn Ôpis[ote]arÕ, por ser supuestamente nuestro y su coco Çun ser fant‡stico que nos pisa (calca) en el sue–o, caus‡ndonos pesadillasÈ. Ahora bien, la vecina pista portuguesa podr’a ser indirectamente œtil al menos en su remitir ―si, como parece, no hay aqu’ una base latina― a alguna celticidad. Siempre y cuando, claro es, uno crea en el esencial celtismo de las lenguas de antiguos lusitanos y galaicos y no desee hacer prosperar el origen de estas hablas desde ilusorias invasiones de [pre]it‡licos.
Partamos, pues, otra vez de la forma. Pues bien, si esta no es onomatopŽyica y contiene una voz patrimonial, mientras la /k/ inicial apenas podr’a representar otra cosa que una antigua /k/, la segunda /k/, la /k/ intervoc‡lica debe de ser primariamente el resultado de una secuencia geminada /kk/ o eventualmente de una secuencia de otra consonante m‡s /k/, opci—n esta que sobre todo a tenor precisamente del testimonio portuguŽs cabe considerar muy poco probable, ya que en tal caso esperar’amos m‡s bien una resoluci—n tipo /ik/ ―en concreto [jk]― y no /k/. En cuanto al vocalismo, cumple anotar que la primera /o/ podr’a proceder de una misma /o/ larga latina o latinizada o bien de un diptongo /au/, siendo en principio de menor relevancia el origen de la segunda /o/, explicable como la t’pica adaptaci—n morfol—gica regularmente procedente, en suma, de una antigua /u/ breve latina o de procedencia af’n. Todo ello nos dar’a, por tanto, una potencial base */kokk–/ o */kaukk–/. Y puesto que la pista onomatopŽyica parece inveros’mil y la pista latina parece exhausta, no cabe sino mirar en la celticidad de substrato. Y aqu’ nos encontramos con una sorpresa, una ra’z que por forma y significado bien parece cuadrar a nuestro coco.
Escarlata, carmes’ y bermell—n
En efecto, un cocos o coccos con el sentido de Ôescarlata – rojoÕ es forma bien reconstruible en g‡lico a partir de testimonios cuales ―siguiendo a Delamarre (2003: 120s s. cocos, coccos)― los antrop—nimos Cocus y Coccus o los derivados Cocca, Coc[c]illus, Cocidius, Cocilla, Cociru, Cocurus o Cocusia. La extensi—n de esta voz en las lenguas cŽlticas, con verbigracia c—rnico y galŽs coch ÔrojoÕ, antiguo irlandŽs coic ÔrojoÕ har’an dif’cil ―aunque, cierto, no imposible― retrotaer directamente la forma g‡lica hasta el griego k—kkos Ôhuesecillo – cuesco – pipa – pepita – quermes – cochinillaÕ; por su parte, el equivalente latino, coccum, de la forma helŽnica reciŽn citada abre la posibilidad de que el lat’n copiara en realidad de una lengua que en œltima instancia no era la helŽnica, ya que en lat’n no s—lo se dan los valores m‡s restrictos de Ôquermes – gusanillo – grano para te–ir de escarlata – escarlataÕ, sino tambiŽn un inesperado gŽnero neutro ―pues el masculino coccus es tard’o― que no cabr’a esperar de haberse tratado de una directa copia del griego k—kkos.
En cuanto a la cuesti—n de por quŽ el personaje infantil habr’a recibido el nombre de Ô[el] rojoÕ, otra vez Delamarre (2003: 120s s. cocos, coccos) resulta util’simo al recordarnos que el tŽrmino constitu’a un apodo de Marte, ya que Çel rojo es el color guerreroÈ por una obvia asociaci—n meton’mica con la sangre y, por tanto, con la muerte, de modo que resulta f‡cil comprender por quŽ una alusi—n al ÔrojoÕ pod’a causar pavor a insomnes infanzones. As’ pues, el coco, Ôel rojoÕ habr’a sido una el’ptica, elusiva y acaso tabu’stica nominaci—n para el m‡s sanguinario y violento de los dioses del antiguo pante—n latino, deidad a la que celtas y romanos debieron de asimilar la correspondiente divinidad cŽltica. De hecho, como acabamos de ver, suele atribuirse tambiŽn este Žtimo al te—nimo Cocidius, dios venerado en la antigua Britania y al que Çlos romanos asimilaban a Marte en virtud de la asociaci—n de ambos a la caza y a la guerraÈ (Galloni 2006: 285s).
La asociaci—n entre el cruento Marte y el rojo sangu’neo o bien perdur— al menos hasta finales del s. XIII o bien era tan obvia y natural que reemergi— en este per’odo, pues, en efecto, en su obra supra phisonomiam su autor, conocido o identificado como Guillermo de Arag—n (Phis., epil. 215), recuerda que el ―rojizo― planeta ÒMarte hace rojizo al nacidoÓ (Mars facit natum rubei coloris; uide la edici—n de Val 2006: 383). Acaso tambiŽn el Martu del Piamonte o Çgat—n negro con los ojos como brasasÈ (Canobbio 2006: 136), marido de la gata Marel[l]a ―Ào acaso tambiŽn originariamente Martel[l]a?― y hom—logo de nuestro coco en aquellos lares, remonte, en œltima instancia, al latino Marte–, cabiendo aducir para la terminaci—n en –u las pertinentes formas om, ome u omu [del sac] que para Ôhombre [del saco]Õ encontramos como derivadas del latino homĭne– ÔhombreÕ en este mismo ‡mbito lingŸ’stico.
Los mŽritos del roble
Por œltimo, la extra–a y aparentemente aut—noma doble emergencia greco–cŽltica del tŽrmino y la inestable correspondencia latina podr’a adem‡s tener una explicaci—n satisfactoria a partir de testimonios como el de Plinio (nat. 9,141: coccum Galati¾ rubens granum, ut dicemus in ÒterrestribusÓ, aut circa Emeritam Lusitani¾ in maxima laude est) de que en Galacia ―es decir, en la Galia del Helenismo― llamaban coccum al grano carmes’ ―y, reincidentes las lenguas, n—tese que carmes’ viene de quermes― de modo que una ra’z cŽltica o de amplia difusi—n en las hablas cŽlticas, incluyendo la de los tan orientales g‡latas, habr’a suministrado voces en realidad distintas a helenos y romanos porque desde diferentes hablas cŽlticas. Pero es que otros’ en el citado pasaje de Plinio se establece, como ve’amos, una asociaci—n con el mismo producto en Lusitania: ÒEl coscojo de Galacia, la grana roja, como diremos al tratar de las plantas terrestres, es el m‡s apreciado, o el de Lusitania de los alrededores de EmŽritaÓ en la traducci—n de Virgilio Bejarano (1987: 145). Y, en efecto, comentar‡ despuŽs Plinio (nat. 16,32): omnes tamen has eius dotes ilex solo prouocat cocco. Granum hoc primoque ceu scabies fructicis, paru¾ aquifoli¾ ilicis, cusculium uocant [...] gignitur et in Galatia, Africa, Pisidia, Cilicia; lo que, otra vez en la versi—n de Bejarano (1987: 151), viene a decir ÒTodos estos mŽritos del roble, sin embargo, los sobrepasa la encina solamente con el quermes. Este es un grano, y al principio como una ro–a del arbusto, una encina de hoja peque–a a la que llaman coscojo [...] Se cr’a tambiŽn en Galacia, çfrica, Pisidia, CiliciaÓ.
En esa l’nea no menor interŽs ofrecer’a
asimismo el testimonio tambiŽn pliniano de que ÒLos de Dirraquio se enorgullecen de la vid balisca, a la cual llaman coccolobis las HispaniasÓ (nat. 14,29: baliscam Dyrrachini celebrant, Hispaniae coccolobin uocant), testimonio convergente con el de
Junio Moderato Columela (3,2,19)
cuando, hablando de las vides, recuerda: balisca, quarum minorem coccolobin uocant Hispani o, en la traducci—n de Garc’a Armend‡riz (2004: 245), Òla balisca, cuya variedad m‡s peque–a llaman coccolobis los hispanosÓ. Y, en
efecto, mientras que el tŽrmino coccolobis es aceptado como hisp‡nico sin mayor problema, para el tŽrmino balisca AndrŽ
(1956: 50 s. balisca) plante— la posibilidad de un origen
il’rico, ‡mbito territorial donde se hallaba la antigua ciudad de Dyrrachium, hoy Durr‘s, en Albania. Ambos textos
refrendan, pues, la existencia de una voz hisp‡nica coccolobis susceptible, por forma f—nica y sem‡ntico
contexto, de dejarse interpretar como un compuesto Àsobre nuestro g‡lico cocco– ÔrojoÕ o sobre el latino–rom‡nico
cocco– ÔgranoÕ? si
es que, como tantas veces suele en las lenguas acontecer, uno y otro no
representan en realidad m‡s que dos acepciones de una misma forma, en cuyo caso
y atendiendo tanto a la aplicaci—n de los criterios arriba expuestos concernientes
a la detecci—n del valor originario de un tŽrmino cuanto, aqu’ en concreto, al
caudaloso testimonio etimol—gico que nos ofrecen los variabil’simos
cromat—nimos o nombres para los colores en tantas y tantas lenguas del mundo,
cabr’a concluir que el ÔgranoÕ o ÔquermesÕ y no el ÔrojoÕ o Ôcarmes’Õ habr’a
sido el Žtimo primario, valor que, una vez m‡s, habr’an conservado casi
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