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Gonz‡lez Fern‡ndez, Luis. ÒPuntos de vista y puntos de mira en El
pleito que tuvo el diablo con el cura de MadrilejosÓ. Culturas
Populares. Revista Electr—nica 5 (julio-diciembre 2007). http://www.culturaspopulares.org/textos5/articulos/gonzalezfernandez.htm ISSN: 1886-5623 Recibido: 27/11/07 Aceptado: 29/11/07 |
Puntos
de vista y puntos de mira en El pleito que tuvo el diablo
con el cura de Madrilejos
FRAMESPA (CNRS-UMR 5136)
UniversitŽ de Toulouse-Le
Mirail
Este trabajo pretende explorar los diferentes
puntos de vista expresados en la comedia El pleito que tuvo el diablo con el
cura de Madrilejos, compuesta en la dŽcada de 1630 por Luis VŽlez de Guevara, Francisco de
Rojas Zorrilla y Antonio Mira de Amescua. Se examinan los puntos de vista de
diversos grupos de personajes como pueden ser los del entorno familiar de la
protagonista Catalina la Rosela, los de las autoridades religiosa y civiles, y
por œltimo los posibles puntos de vista del pœblico y de los dramaturgos.
Bas‡ndose en hechos reales de principios del siglo xvii, la comedia cuenta la vida protentosa de Catalina y del
exorcismo al que fue sometida por el Cura de Madrilejos (Madridejos, Toledo).
Palabras clave.
Demonio. Punto de vista. Exorcismo. Comedia nueva. Mira de Amescua. VŽlez de
Guevara. Rojas Zorrilla. El pleito que tuvo el diablo.
This article seeks to study points of view as expressed in
the play El pleito que tuvo el diablo con el cura de Madrilejos (The law suit
between the devil and thePriest from Madrilejos), written in the 1630s by Luis
VŽlez de Guevara, Francisco de Rojas Zorrilla y Antonio Mira de
Amescua.Different points of view are considered: those that arise from Catalina
la RoselaÕs family circle, those expressed by religious and civil authorities
and finally the hypothetical points of view of the public and the playwrights.
The play is based on events that took place in the early seventeenth century:
the parish priest of Madrilejos (modern day Madridejos, Toledo) performed an
exorcism on Catalina.
Keywords. Devil. Point of view. Exorcism. Spanish seventeenth-century theatre. Mira de Amescua. VŽlez de Guevara. Rojas Zorrilla.El pleito que tuvo el diablo.
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S |
i existiera tal premio, El pleito que tuvo el
diablo con el cura de Madrilejos estar’a entre los mejores candidatos para el t’tulo m‡s largo de una
comedia ‡urea. Esta obra escrita probablemente en la dŽcada de 1630[1]
es el fruto de las plumas de tres ingenios, Luis VŽlez de Guevara, Francisco de
Rojas Zorrilla y Antonio Mira de Amescua, ocup‡ndose cada dramaturgo
respectivamente de las jornadas primera, segunda y tercera. El primer
testimonio impreso de la obra se encuentra en la serie de Comedias escogidas y vio la luz en Madrid en 1652, a Žste le
sigue otro en Lisboa en 1653 y varias sueltas en las postrimer’as del
diecisiete y a lo largo del siglo dieciocho[2].
En la Žpoca moderna goz—, entonces, de varias ediciones y de una acogida m‡s que
favorable entre el pœblico para luego caer en el olvido editorial m‡s absoluto
hasta la recent’sima edici—n llevada a cabo por Francisco JosŽ S‡nchez y çlvaro
Ib‡–ez Chac—n. El que hasta el a–o pasado no haya habido una edici—n
contempor‡nea explica en gran medida el hecho de que la cr’tica tampoco haya
prestado mucha atenci—n a esta comedia, excepto para nombrarla de paso como
perteneciente a uno u otro de los dos mayores ingenios del trio mencionado, ya
sea VŽlez ya sea Mira de Amescua. Hace unos a–os Abraham Madro–al Dur‡n dio a
la obra, junto con otras, un poco m‡s de atenci—n cr’tica en un art’culo sobre
comedias escritas en colaboraci—n: a Žste sigui— otro art’culo del mismo autor
centrado exclusivamente en la comedia que nos ocupa[3].
En una notable monograf’a sobre la literatura relacionada con el exorcismo, la
estudiosa norteamericana Hilaire Kallendorf describe brevemente nuestra obra al
compararla con otros textos de la Žpoca moderna[4].
Mi recuento de la bibliograf’a cr’tica sobre El pleito casi se acaba aqu’. Desconozco la
existencia de cualquier otro estudio de la obra, no siendo la veintena de
p‡ginas que le dediquŽ en mi tesis doctoral y la tesina de licenciatura que,
bajo mi direcci—n, redact— Anna Sinouet en 2004[5].
S‡nchez e Ib‡–ez, los editores
de esta comedia, se–alan con acierto la suerte de la que suele gozar este tipo
de obra, dicen: Òlamentablemente nos encontramos con la constataci—n de que las
obras creadas con el concurso de m‡s de un ingenio no han gozado,
ordinariamente, de estudios met—dicos y rigurososÓ (p. 337). La constataci—n es
por supuesto m‡s que v‡lida para la obra que nos ocupa. Su reciente publicaci—n
deber’a poner al alcance de un mayor nœmero de lectores y estudiosos esta obra
para nada carente de interŽs. Contiene esta comedia muchas de las
imperfecciones que le suelen achacar a las que se escribieron en colaboraci—n
como pueden ser la falta de continuidad de ciertos aspectos de la trama y
diferencias de calidad entre una jornada y otra debido a la pericia y la
inspiraci—n o falta de ella del dramturgo de turno. Sin querer vender esta
pieza como una de las obras maestras del teatro ‡ureo, quisiera por lo menos
se–alar algunos de los elementos que hacen de ella una especie de rara avis en el vasto elenco de la comedia nueva.
Como ha apuntado, entre otros, Abraham Madro–al, la trama est‡ inspirada en un
hecho real que se produjo en 1604 y en el que un valeroso sacerdote logr—
librar a una mujer de los demonios que la pose’an[6].
La obra colectiva de los tres dramaturgos lleva al escenario los
acontecimientos previos al exorcismo y lo que se ha descrito como el proceso de
exorcismo m‡s elaborado del teatro cl‡sico espa–ol. Esto de por s’ es
extraordinario, ya que en la comedia ‡urea ni abundan los curas ni los
exorcismos, aunque los demonios s’, y aqu’ apenas se dejan ver. Extraordinario
tambiŽn es el hecho de que esta obra es la œnica que conozco en la que se puede
ver sobre las tablas algo parecido a un demonio ’ncubo. Pero ninguno de estos
puntos son los que me interesan aqu’.
El punto de partida de este
trabajo reside en el hecho de que El pleito es una comedia que, sin ser por supuesto un fiel
reflejo de la vida cotidiana del siglo XVII, ofrece una visi—n aguda de las
relaciones humanas comunitarias y de c—mo Žstas, por dispersas que se
encuentren al principio, pasan por el embudo del modelo de vida y costumbres
imperante, el que representa y propaga la Iglesia cat—lica (y los poderes
civiles) frente a cualquier tipo de heterodoxia, y el que en fin de cuentas el
teatro ‡ureo ayud— a consolidar.
En las p‡ginas que siguen quiero centrar mi atenci—n en lo que llamarŽ c—modamente Òpunto de vistaÓ en la obra y, en algunos casos concretos, en la transmisi—n del punto de vista. Por punto de vista entiendo, aunque cabe matizar m‡s, el lugar moral desde donde un individuo observa a otro y la expresi—n verbal de una opini—n relativa a la persona observada. En cuanto al punto de mira, he querido emplear este tŽrmino con la intenci—n de reflejar el hecho de que en la historia que se representa en esta comedia la mirada de la mayor’a de los personajes est‡ puesta en otro, el de Catalina la Rosela: la mirada se dirige en particular hacia la aflicci—n misteriosa que padece. A partir de esa mirada se ir‡n formando los diversos puntos de vista que se evocan en la obra. Es m‡s pertinente desde luego hablar de Òpuntos de vistaÓ ya que de entrada habr’a que distinguir varios enfoques. Podemos hallar los puntos de vista de tres dramaturgos distintos, los de un pœblico variopinto (y en estos dos primeros campos me resignarŽ a mantenerme en lo hipotŽtico, por falta de pruebas, no disponemos de ninguna opini—n de contempor‡neos que hayan visto la obra, s—lo podemos inferir su popularidad a travŽs del nœmero de ediciones antiguas y representaciones), y por œltimo aquŽllos evocados por los personajes que, como veremos, son primero distintos, pero luego convergentes a medida que avanza la obra. Para intentar estructurar de manera m‡s o menos razonada el recuento de las manifestaciones relacionadas con los puntos de vista y su eventual transmisi—n me parece conveniente dividir el proceso en tres apartados. El primero se ce–ir‡ a la expresi—n del punto de vista de las personas del entorno familial o afectivo de Catalina la Rosela, el segundo al de los representantes de las autoridades civiles y religiosa, y el tercer apartado al de los posibles puntos de vista del pœblico y de las estrategias dramatœrgicas para la transmisi—n de una idea concreta.
En
el reducido reparto de la obra, el entorno familiar y afectivo de Catalina la
Rosela es representado por su hermana, Mari S‡nchez, por una en palabras de
Abraham Madro–al Ç criada deslenguada È, Marina, y por el labrador
Mateo Lorenzo, el enamorado de Catalina. Dentro de los l’mites de lo veros’mil
o del decoro, la hermana, por su grado de parentesco, y el amante no
correspondido pero fiel, demuestran ser quienes mayor grado de afecto tienen
por Catalina y esto lo reflejan los dramaturgos mediante las expresiones que
ponen en boca de los dos personajes a la hora de referirse al extra–o
comportamiento de Catalina. Las primeras palabras que Mari S‡nchez dirige a su
hermana son las siguientes: ÒÁQuŽ melanc—lica vienes / CatalinaÓ (vv. 178-179),
a lo que la afligida responde con una serie de t—picos relacionados con la
mencionada enfermedad; la hermana habla en otras ocasiones de: ÒPasi—n extra–a
/ notable melancol’a / de la sangre requemada, / como los mŽdicos dicenÓ (vv.
202-205); Òmelanc—lico humorÓ (v. 275); Ònotable melancol’aÓ otra vez (v. 295);
Ògran melancol’aÓ (v. 553); Òterrible pasi—nÓ (v. 556); Òtu notable enfermedadÓ
(v. 559); ÒNotables extremos son / los de tu melancol’a, / Àsi acaso te han
hechizado?Ó (v. 570-572); ÒÁQue esto un humor haga / melanc—licoÓ (vv.
605-606). Antes de comentar lo relativo al punto de vista en estas
declaraciones monotem‡ticas de la hermana quiero detenerme en las del amante en
esta primera mitad de la jornada inicial. Su primer diagn—stico acerca de
Catalina menciona Òla pasi—n peregrina / que la atormentaÓ (vv. 388-389).
Luego, al o’r unas Òvoces [...] horrendas y [...] atrocesÓ e identificarlas
como pertenecientes a su amada, dice: ÒCatalina la Rojela / es esta: pas— a
locura / su extra–a melancol’aÓ (vv. 425-427); y al verla aparecer, medio
destrozada tras una estrepitosa ca’da, concluye ÒÁOh, incurable enfermedad, /
la desdicha y la locura!Ó (vv. 449-450). Siguen: Ònotable locuraÓ (v. 498); Òmelanc—lico humorÓ (v.
500); Òextra–o furorÓ (v. 501); Òinhumano desdŽnÓ (v. 505); Òterrible pasi—nÓ
(v. 509); Òfurioso accidenteÓ (v. 510) —accidente nada tiene que ver aqu’
con el despe–amiento—, y para acabar Òuna enfermedad como estaÓ (v. 515).
En las aproximadamente veinte
ocasiones en las que los de su entorno pr—ximo se refieren a la aflicci—n
podemos destacar una preferencia por el tŽrmino Òmelancol’aÓ, sobre todo cuando
habla la hermana, y esto a mi parecer responde a un designio autorial, el de
representar a la hermana como una persona a quiŽn la idea de enfermedad
melanc—lica puede convenir como explicaci—n ante las posibles reacciones de sus
vecinos. No se refiere a la aflicci—n de Catalina en otros tŽrminos a pesar de
ser consciente de que su Ònotable enfermedadÓ transciende los l’mites de lo
socialmente aceptable. En dos ocasiones la hermana ruega a Catalina que se
controle en sus excesos: Òno escandalices la Pascua / hoy del Esp’ritu SantoÓ (vv. 212-213,
la cursiva es m’a); y ÒÀHa de tener fuerza tanta / un melanc—lico humor, /
hermana, que ha de ser causa / de tanto esc‡ndalo aqu’Ó (vv. 274-277, cursiva m’a). La extra–eza de
Catalina provoca en Mari S‡nchez cierta confusi—n, la de no poder del todo
definir la enfermedad, de ah’ los adjetivos empleados, y al mismo tiempo hay un
intento de aferrarse a la definici—n menos comprometedora socialmente, la de la
melancol’a. A fuerza de repetirse que es melancol’a se hace realidad para Mari
S‡nchez (de puertas para afuera) esta explicaci—n de la patolog’a que todos
presencian. Consciente, sin embargo, de que la aflicci—n va m‡s all‡ de su
propio entendimiento, llegar‡ incluso a evocar dentro de su c’rculo privado la
cuesti—n de la hechicer’a en un curioso intercambio con su hermana. Enfoca la
idea como causa de la enfermedad de la Catalina: ÒÀsi acaso te han hechizado?Ó.
Es Žsta una manera de explicar su desconcierto frente a la fuerza de la
aflicci—n que padece Catalina y as’ eximir a la melanc—lica de cualquier
responsabilidad. La respuesta de Catalina es elocuente: ÒÁC—mo esto me ha
murmurado! / Y aœn el alcalde dec’a / denantes que era hechiceraÓ (vv.
573-575). La idea inicial de Catalina como v’ctima que presenta la hermana se
transforma en la de Catalina como agente del mal. La transformaci—n viene de
antes, de las palabras del alcalde, que el pœblico ya ha o’do, pero Catalina se
apropia de ellas y da forma a una idea que parec’a ajena al comentario de la
hermana, que aparentemente empieza a ver en Catalina un ser m‡s inquietante:
ÒNo sŽ quŽ me diga de tu malÓ dir‡ a continuaci—n. El punto de vista inicial
propuesto por Mari S‡nchez acerca de la enfermedad de su hermana suena
constante en la primera mitad de la jornada frente a otras voces menos
compasivas, pero una vez evocada la cuesti—n hechiceril, se ver‡ atra’da hacia
las opiniones m‡s hostiles aunque, como buena hermana, no s—lo no se une a la
caza de brujas que se organiza, sino que ayuda a su hermana en la fuga.
Mateo Lorenzo, por su parte,
como algunos otros, ya m‡s alejados del nœcleo familiar de Catalina, refleja
tambiŽn cierta perplejidad ante Catalina. Encontramos en su discurso el tŽrmino
Òmelancol’aÓ, que viene desde el principio asociado al de la ÒlocuraÓ, y aunque
su terminolog’a indecisa lo sitœe en una esfera afectiva m‡s alejada de
Catalina, su amor lo llevar‡ a querer aceptar a la enferma con sus s’ntomas
extra–os. Recordemos c—mo describe a Catalina y sus horrendas voces a la vez
que camina hacia ella. Se ve confrontado a lo grotesco, a la ira y a la
violencia, y se mantiene fiel, aunque con la terminol—gica que emplea refleja
un punto de vista que vacila entre la compasi—n y el miedo (pero curiosamente
no el rechazo). En esta historia que enfrenta una mujer a la mirada de todo un
pueblo, el rechazo vendr‡ de los representantes de la autoridad.
Gran
parte de los personajes de la comedia entran en escena de manera vistosa en la
representaci—n de una procesi—n en honor a la fiesta del Esp’riu Santo, las
mujeres perdidas en una multitud (Òtoda la compa–’a de cofradesÓ, ÒtodosÓ,
ÒtodasÓ, dice la larga acotaci—n inicial)[7]
y Mateo Lorenzo de portaestandarte. Tenemos en escena al principio de la obra a
toda la sociedad, compacta, organizada en una direcci—n œnica, procesional, y
dejando aparte las diferencias de indumentaria y el rango social que marca, nos
encontramos con una actitud œnica, la que lleva a la comunidad a honrar al
tercer componente de la Trinidad. La representaci—n que aparentemente pinta
VŽlez de Guevara es la que propone orden y jerarqu’a y as’ lo confirman las
primeras palabras en boca del Alcalde de Tembleque, que da la bienvenida y
marca quiŽnes han de entrar primero en la ermita para celebrar la misa. Las
dem‡s figuras de autoridad, el maestre don Juan de Guevara, el escribano y el
cura contribuyen a la solemnidad del acto con sendos comentarios pertinentes,
siendo el m‡s vehemente el que emana del maestre: ÒQue lo que el alcalde manda
/ se obedezca es justa cosaÓ (vv. 26-27). Inmediatamente despuŽs de esta
demostraci—n del poder civil y religioso VŽlez de Guevara introduce lo que se
podr’a considerar como un elemento que muestra la artificialidad del
acontecimiento y la presencia de un peligro en la persona de Catalina. El mismo
don Juan que momentos antes contribu’a al establecimiento del orden procesional
que acabo de describir ser‡ el primero en romper filas para exclamar: ÒÁAy,
ojos / labradores de mi alma / quŽ locos llev‡is los m’os! / Vuestras doradas
pesta–as / no son flechas rayos sonÓ (vv. 33-37). Acto seguido ser‡ Mateo
Lorenzo quiŽn exclame: ÒPor
ir siguiendo las plantas / de Catalina, he dejado / a otro deudo y camarada /
el estandarteÓ (vv. 38-41). Si el objeto del deseo del maestre resulta ambiguo
ya que dice Mari S‡nchez: ÒNo sŽ / a cu‡l de las dos hermanas / remira el
comendadorÓ (vv. 41-43), las palabras de Mateo Lorenzo no dejan lugar a duda de
que su mirada se va hacia Catalina. Hemos visto c—mo para Mari S‡nchez, su
hermana puede ser un motivo de esc‡ndalo pœblico, aqu’ vemos c—mo se convierte
en un objeto de veneraci—n de, probablemente, dos pretendientes, uno de alto
rango social que deber’a fijar su mirada en otro lugar, o por lo menos en una
mujer de su estado, y el segundo, que abandona su puesto de abanderado del
Esp’ritu Santo por un amor terrenal. Catalina representa entonces una afrenta a
los usos jer‡rquicos al ser deseada por el maestre, superior social, y a los
eclesi‡sticos al constituir el motivo por el cual un feligrŽs abandona una
solemne procesi—n para entregarse a cuestiones de amor. En la sociedad que
hab’a heredado y practicaba ideas mis—genas que ve’an en las mujeres objetos de
tentaci—n y ministros del demonio Catalina se convierte desde los versos
iniciales de la obra en una persona capaz de mover los hombres a la inmoralidad[8],
se la representa como un peligro para el orden establecido. Esta sensaci—n no
har‡ sino crecer a lo largo de la obra, como tendremos ocasi—n de ver en el
siguiente apartado.
En lo que se refiere al tiempo
escŽnico, Catalina llama la atenci—n de las autoridades por primera vez a la
entrada de la ermita cuando se ve asaltada por una especie de visi—n de horrores
serpentinos: ÒUna niebla de culebras / contra mi pecho enroscadasÓ (vv.
281-282) la impide entrar a la ermita. En las reacciones que siguen
encontramos, como en cualquier pueblo, una multitud de hip—tesis. Al ya
mencionado ÒNotable melancol’aÓ se a–ade un ÒBrava enfermedadÓ en apariencia
neutro del Alcalde en presencia del maestre. La brevedad del dicharachero
alcalde quiz‡ responda a un intento de correr un tupido velo —en una
estrategia parecida a la que he sugerido emplea Mari S‡nchez— a una situaci—n
indeseada que desdora la imagen de su pueblo ante una visita de alcurnia como
es el maestre, y contrasta con la subsiguiente locuacidad de don Juan de
Guevara que dice:
A mi
parecer tan rara
que de la
melancol’a
todos los
l’mites pasa
y,
entrando en segunda especie,
es locura
confirmada.
(vv.
298-302)
La opini—n sentenciosa del
maestre coincide m‡s o menos con la de Mateo Lorenzo, al unirse a la melancol’a
la noci—n de locura. A los ya expuestos viene a a–adirse, casi
accidentalemente, otro punto de vista mucho m‡s peligroso para Catalina que
servir‡ de catalizador de las ideas que gobernar‡n la futura actitud de las
autoridades. El Escribano, de manera muy profesional y como citando los mejores
manuales teol—gicos de teor’as acerca de las brujas, dice:
Yo doy fe, como
escribano,
que he visto hacer extra–as
temeridades a solas,
hablando entre s’, y con hartas
demostraciones de furia
y de espantosas palabras,
romperse el vestido,
y quedarse desmayada
por dos d’as, de manera
que han estado ya las andas,
con la Hermandad de Tembleque,
a la puerta de su casa
para llevarla a enterrar.
(vv. 303-315)
A pesar de que en ningœn
momento mencione el Escribano expl’citamente la palabra ÒbrujaÓ o ÒhechiceraÓ,
al hasta ahora parco en palabras Alcalde le falta tiempo para llegar a dicha
conclusi—n, que no pod’a sino estar en boca del pœblico:
Yo he dado
en una bellaca
sospecha,
porque la he visto
intentar
tan temerarias
cosas que,
menos que siendo
hechicera
o bruja, estaba
por decir
que era imposible
hacerlas
ni ejecutarlas.
(vv.
316-322)
Las palabras sabiondas del
Escribano que expresa un secreto a voces sirven, a mi parecer, como el
desencadenante necesario para que las autoridades representadas por el Alcalde
y el maestre se unan en un ’mpetu represivo que ir‡ cobrando cada vez m‡s
fuerza. El Escribano da pie a que el pueblo y sus representantes identifiquen
con nombre y apellidos a un elemento fuera de lo normal, a un peligro contra el
cual ha de caer el peso y rigor de la autoridad. Consciente quiz‡ de que el evocar
en la plaza pœblica los extremos protagonizados por Catalina constituye ya el
comienzo de un proceso irreversible, o asustado por la glosa que hace el
Alcalde de sus palabras, vemos como el Escribano intenta reenfocar la
disquisici—n hacia un terreno menos agresivo:
Cesad,
alcalde, que pienso
no debŽis
de tener alma,
pues esta
bellaquer’a
se os pone
en la calabaza.
ÀNo sabŽis
que estas mujeres
son hijas
de gente honrada
de
Tembleque, y conocimos
a sus
padres, que Dios haya?
ÀY que
Catalina S‡nchez,
a quien la
Rojela llaman
por su
padre, desde ni–a,
y Mari
S‡nchez, su hermana,
han sido
ejemplo, en Tembleque,
de
doncellas y casadas?
Esta es
una enfermedad
que Dios
le ha dado, y ma–ana
os la
puede dar a vos.
(vv.
323-339)
La inherente confusi—n de
ideas ante este caso ins—lito da lugar a un debate sobre las malas lenguas en
los pueblos en el que cada cual de nuevo expresa su opini—n, pero al producirse
una serie de incidentes de lo m‡s extra–os vemos como las autoridades hacen
causa comœn para prender a Catalina con el prop—sito de castigarla en escenas
que recuerdan otras de tentativas de ejecutar un tipo de justicia expeditiva y
popular. No quisiera de nuevo ser prolijo citando ejemplos, que abundan,
de modo que intentarŽ resumir.
La autoridad local representada
por el Alcalde aboga por medidas dr‡sticas y violentas que tienen como objetivo
el llevar a Catalina a Toledo a comparecer ante el tribunal del Santo Oficio.
El maestre mitad amante mitad comendador oscila entre un apoyo t‡cito a las
palabras del Alcalde y una tibia tentativa de designar a Catalina como loca:
Que es
locura,
imagino,
este rebato,
y que no
tiene m‡s culpa
la pobre,
que el testimonio
que la
levantan
(vv. 978-981)
Busca el maestre, como los vecinos del lugar,
evitar vocablos que causen mayor conmoci—n social. El œltimo personaje
representativo de la autoridad del que quiero ocuparme aqu’ es el del Cura de
Madrilejos —figura de referencia en la obra ya desde el t’tulo— que
se destaca por una marcada discreci—n hasta finales de la primera jornada donde
muestra un interŽs intelectual o casi cient’fico por el caso de Catalina. En
medio de tanta opini—n profesa sirven de contrapunto las sobrias palabras del
Cura, que precisamente mantiene cierta reserva en cuanto a su punto de vista,
dice:
De aqueste
grave accidente
y no
natural, infiero
alguna
causa que yo
he de
averiguar, si puedo,
por m‡s
que ella lo resista.
(vv.
845-848)
Sienta aqu’ las bases para lo
que ser‡ el comienzo de un enfrentamiento y una minuciosa investigaci—n. Asoman
ya en el discurso del clŽrigo el misterio, cierto orgullo intelectual y un
atisbo de violencia latente. La pr—xima aparici—n del Cura llegar‡ en una
escena de caza en la que el intrŽpido sacerdote sale Òcon escopeta y los que
pudierenÓ afirmando:
Yo he de
ver
agora si
he de vencer
la
dificultad pasada;
ninguno en
el blanco ha dado
yo s—lo le
he de acertar.
(vv.
1379-1383)
Las voces del Cura son de lo
m‡s adecuadas y profŽticas, describe, en una buena muestra de iron’a dram‡tica,
lo vacuo e incierto de los puntos de vista hasta ahora expresados por los
habitantes del pueblo de Tembleque y pronostica su propia resoluci—n del enigma
de la aflicci—n de Catalina. En caso de que al pœblico le quedaran dudas sale
de entre los arbustos Catalina para confirmar lo dicho:
Dices
bien, pues enmendar
lo que
todos han errado
tœ s—lo
puedes, pues eres
sacerdote
y confesor,
y
enmendar‡s el error
de todos
(vv.
1384-1390)
Aunque considera una por una
las hip—tesis evocadas por los pueblerinos,
Cuando
alguna vez provoca
a furia
sus pensamientos
con
diversos movimientos,
la
tienen todos por loca;
cuando,
aguda y bachillera,
sabe,
est‡ndose en su casa,
lo que en
otras partes pasa,
la
tienen por hechicera;
cuando en
otras ocasiones,
sale a
robar y ofender,
la tenemos
por mujer
de
malas inclinaciones;
cuando no
hay santo que deje
sin
blasfemia y sin ofensa,
porque es
su c—lera inmensa,
la
tenemos por hereje;
cuando
est‡ quieta algœn d’a
y apacible
la tratamos,
viŽndola
triste pensamos
que es
su mal melancol’a.
ÀAfectos
tan diferentes
proceden
de una ocasi—n?
En la
humana condici—n
no hay tan
varios accidentes.
(vv.
1931-1954, cursiva m’a)
al Cura no le satisface ninguna y llegar‡ a la
conclusi—n de que Catalina ha sido pose’da por el demonio: ÒNinguna causa me
agrada / de las que la gente da: y as’ sŽ cierto que est‡ / la mujer
endemoniadaÓ (vv. 1955-1958); al ser enfrentado a una nov’sima opini—n por
parte del cambiante comendador Òas’ digo que Žsta es mala inclinaci—nÓ, el Cura
espeta: ÒCatalina la Rojela / tiene demonios, se–orÓ (vv. 1996-1997). Las
divergencias en cuanto al punto de vista convergen aqu’ m‡s o menos
definitivamente (aunque espor‡dicamente se vuelva a la Òmelancol’aÓ –
ser‡ Mari S‡nchez quien lo evoque) hacia el punto de vista del clŽrigo, y no por un
ejercicio ret—rico en el que se expresen razones irrefutables: el alcalde dice
en aparte al maestre ÒPienso que el cura se enga–aÓ (v. 2046) y don Juan
constesta ÒQuiz‡ no, pues que porf’aÓ (v. 2047). La imposici—n del punto de
vista correcto se ejecuta mediante la insistencia del cura, que alcanza la
verdad porque sopesa las dem‡s posibilidades y defiende con tes—n la œnica
explicaci—n posible, la de la posesi—n, los dem‡s puntos de vista se esfuman
simplemente por su multiplicidad, son muchos puntos de vista, no compartidos
por todos, de modo que son err—neos. El cura, poseedor de ciencia, conocedor de
lenguas (emplea latin y griego)[9]
impone su opini—n y el resto de la historia consistir‡ en el largo camino hacia
el exorcismo. Las autoridades civiles tienen reflejos de castigo y de control
pero son ineficaces frente al poder diab—lico que ha infiltrado el cuerpo de
Catalina. Por el contrario, el cura, mediante la fe y sobre todo la sabidur’a
del clŽrigo instruido, representar‡ sin embargo, la œnica autoridad competente,
la de Dios y la de la Santa Madre Iglesia. Ser‡ pues el punto de vista de la
Iglesia y su representante, el Cura, el que se imponga, no s—lo en la
resoluci—n del misterio, sino en lo que se refiere a la resoluci—n del
exorcismo.
En los dos primeros apartados he evocado la
ambigŸedad que veo en la expresi—n de puntos de vista, como el de Mari S‡nchez,
que aun estando tan aparentemente convencida de la melancol’a de su hermana,
deja entrever en su comportamiento un intento de encubrir una verdad que
sospecha y que es muy distinta de la versi—n que mantiene pœblicamente con la
repetici—n de la palabra Òmelancol’aÓ. Mateo Lorenzo, que no pertenece a la
casa de Catalina, y que por lo tanto no conoce tan bien a su amada, no se
decide claramente entre la noci—n de melancol’a y locura. Lo mismo le ocurre al
maestre que, adem‡s de ser en lo que a punto de vista se refiere, un p‡lido
reflejo de Mateo Lorenzo, representa a su casta y concluye en un momento determinado
que Catalina es una criminal digna de ser castigada. El Escribano en un intento
de lucirse contando lo que sabe es quien primero evoca la opini—n de que
Catalina es una hechicera, y apenas abiertas las puertas de la sospecha las
quiere volver a cerrar, consciente de lo que puede ocurrir: el linchamiento de Catalina y el
alboroto de la sociedad. Los œnicos puntos de vista firmes entre los personajes
son el del Alcalde, que porf’a en su creencia de que Catalina es bruja o
hechicera y que con su insistencia logra transmitir el sentimiento a los dem‡s
pueblerinos, y el del Cura de Madrilejos que porf’a aœn m‡s, logrando convencer
a todo el mundo que su hip—tesis es la œnica v‡lida. La transmisi—n de su punto
de vista se vive como un art’culo de fe: lo dice el cura, insiste, con lo cual
ser‡ verdad, no hay apenas discusi—n. Ante todos estos diferentes puntos de
vista cabe pregunatrse d—nde se sitœan el pœblico y los dramaturgos.
Es de suponer que la mayor’a
de los espectadores de la comedia en sus primeras representaciones creyeran en
la posesi—n f’sica de las personas por uno o varios demonios. Ten’an no s—lo el
testimonio incontestable de los relatos evangŽlicos y el de numerosos te—logos
sino sin duda el conocimiento de casos notorios de su Žpoca. Con lo referente
al exorcismo no nos encontramos al mismo nivel que con la demonolog’a. Si en
los relatos de los te—ricos de las ciencias o poderes del demonio la tendencia
es la del distanciamiento del narrador frente a lo narrado, de modo que siempre
se trata de acontecimientos que ocurrieron en tal lugar (a menudo
geogr‡ficamente distante) o que le fueron relatados al te—logo-demon—logo por
un amigo o una persona respetable pero que no se nombra, en lo que ata–e al
exorcismo, los propios exorcistas refieren con gran detalle lo que les ha
ocurrido: son pues p‡rrocos o clŽrigos los que ofrecen relatos ver’dicos sobre la posesi—n demoniaca: el
reverend’simo padre fray Luis de la Concepci—n, en su manual para exorcistas, Pr‡ctica
de conjurar (1673),
ofrece consejos basados en su propia experiencia a otros exorcistas. Estos
hombres que conversaban con el demonio para luego vencerlo[10],
no dejar’an de tener una gran autoridad moral sobre los feligreses[11].
No me cabe duda entonces que el punto de vista expresado por el cura de
Madrilejos encontr— una aceptaci—n mayoritaria entre los asistentes a la
comedia, ya que la obra acaba con un proceso de exorcismo en el que, si bien no
se recurre al rito en s’, por una raz—n clara como puede ser el no representar
livianamente sobre un tablado un rito solemne de la Iglesia[12],
si se escenifica la expulsi—n de las legiones de demonios que invaden el cuerpo
de la posesa.
Los dramaturgos juegan a lo
largo de la obra con un discurso tan ambiguo como los puntos de vista de los
personajes que pintan, sobre todo en lo referente a la protagonista. Ser’a
demasiado largo citar todas las ocasiones en las que se pone de manifiesto esta
ambigŸedad, con lo cual ofrecerŽ m‡s bien un resumen de lo que ocurre, para
llegar ya a las conclusiones. Se sitœan los dramaturgos entre la presentaci—n
de Catalina como una mujer digna de compasi—n y una mujer que refleja todos los
t—picos relacionados con la abyecci—n, en particular la abyecci—n femenina.
Queda ya dicho que desde los primeros instantes de la acci—n Catalina es
colocada en el punto de mira de dos personajes masculinos, y tambiŽn en el
punto de mira del pœblico, al ser se–alada. Lo que en una comedia de enredo
t’pica pod’a ser un atributo favorable de la hero’na pasa a ser en esta comedia
at’pica el primer eslab—n de una estrategia poŽtica de relacionar a Catalina
con lo abyecto. Su belleza (en una Žpoca en la que todo el mundo era consciente
de la caducidad de la carne) no inspira admiraci—n sino que es resaltada como
el motivo por el cual dos hombres abandonan sus obligaciones religiosas de
devoci—n hacia el Esp’ritu Santo. El que acto seguido Catalina sea incapaz de
entrar en la ermita la sitœa f’sicamente fuera de la comunidad de cristianos
(como el diablo o los herejes o infieles). Esta incapacidad o renuencia a la
hora de rezar o a la de entrar en un lugar santo se repite en varias ocasiones
en las tres jornadas, con lo cual ha de tener su importancia en la
caracterizaci—n de la protagonista. La repetici—n hace que una vez establecida
la idea de la irreligiosidad de Catalina, el pœblico no se olvide y que en
definitiva no cambie de punto de vista. A estas manifestaciones de
autoexclusi—n de la comunidad se a–aden otras que provocan el rechazo por parte
de la comunidad hacia Catalina. Tiene visiones terror’ficas de monstruos
tradicionalmente asociados con el mundo infernal como pueden ser serpientes,
basiliscos o dragones, aunque tambiŽn mosquitos mostruosos Òcada cual como un
lech—nÓ (v. 600), dice, y no sŽ si VŽlez de Guevara buscaba aqu’ la compasi—n
del pœblico, la risa (Catalina est‡ hablando con la criada, Marina), o si le
falt— inspiraci—n a la hora de encontrar una rima para Òconversaci—nÓ[13].
Estas visiones la afligen y la sitœan a la vez en el campo de lo diab—lico y de
la v’ctima. Parecido procedimiento se puede observar en cuanto a la degradaci—n
corporal de Catalina. La vemos en dos ocasiones cubierta de sangre, una vez
tras haberse lanzado, furibunda, desde un pe–asco y la siguiente tras haber
sido rescatada de una tumba donde los pueblerinos, con el benepl‡cito de un
mŽdico, la hab’an enterrado, creyŽndola muerta tras un desmayo. Los dramaturgos
nos enfrentan aqu’ a la inc—moda imagen de la mujer herida y ensangrentada[14].
Las posibles interpretaciones de la presencia de la sangre femenina en la
caracterizaci—n de Catalina son mœltiples, desde las implicaciones teol—gicas
que conlleva la destrucci—n voluntaria del cuerpo (el suicidio), a las del
rostro herido de una mujer hermosa que no dejar’a de impresionar al pœblico
como pudo hacerlo el cuerpo sangrado de Menc’a en El mŽdico de su honra. Luego est‡n las cuestiones relacionadas
con la visi—n judeocristiana de la sangre femenina como especie de tabœ[15],
y la que refleja el miedo ancestral de ser enterrado vivo. En ambos casos, el
despe–amiento y el rescate de la tumba, el discurso de Catalina es de una
violencia considerable. Mateo Lorenzo inconsciente quiz‡ de que a una mujer
despe–ada no le valen requiebros, se ve amenazado de muerte y en el episodio
del rescate sale Mateo con Catalina agarrada al cuello, no cual tierna doncella
salvada de la muerte sino hecha una furia y gritando: ÒÁHarete mil pedazos, /
fantasma del horror, / entre mis brazos!Ó (vv. 1861-1862). Si bien acaba por
templar su ira, el pœblico no habr’a olvidado que un poco antes Catalina hab’a
amenazado nada menos que al cura de la siguiente manera:
Es furor,
que no
puedo resistir,
y as’ es
mejor vuelva a ser
nuevo
espanto desde aqu’:
hoy has de
ser de mi rabia
despojo,
para que as’
la sed que
de sangre humana
tengo, con
tu sangre vil
satisfaga.
(vv.
1478-1486)
La representaci—n de la mujer
asesina chupadora de sangre (por muchos tipos folcl—ricos parecidos que hayan
existido)[16] caus— sin
duda cierta impresi—n en el pœblico, y sospecho que m‡s que las escuetas
escenas de pathos, lo
que m‡s estaba destinado a marcar al espectador eran las im‡genes de horror y
de sangre[17]. Queda
fuera del alcance de este trabajo el analizar todos los aspectos relacionados
con la degradaci—n poŽtica de la figura de Catalina, pero quisiera recordar
brevemente unas sugerentes palabras de Patricia A. Marshall que, en una
monograf’a sobre la anatom’a y la escenificaci—n en Calder—n, dice:
Estos estados corporales alterados, degradados,
enfermos y fragmentados no solamente sugieren la crisis y la violencia social,
sino que tambiŽn se emplean como manera de construir una fuerte cr’tica social.
Al desarrollar la vertiente poŽtica de estas partes del cuerpo, Calder—n
tambiŽn enfatiza o dramatiza la tensi—n o el conflicto t’picamente barroco
entre la parte (el individuo) y la totalidad (el estado).[18]
Cabe la posibilidad de que
nuestros tres dramaturgos hayan pensado su obra como una cr’tica hacia la
multitud de opiniones infundadas y las supersticiones, o contra la murmuraci—n,
pero lo que salta a la vista en esta comedia es sobre todo esa lucha de una
comunidad finalmente homogŽnea (aqu’ el pueblo puede reemplazar la idea del
Estado citado por Marshall) contra el individuo violento y antisocial que se
encuentra tan bien caracterizado en el personaje de Catalina. Reœne en su
persona todos los peligros. A su violencia verbal y f’sica podemos a–adir la
capacidad de vuelo, de hacer volar a otros, de dejarse seducir por un demonio,
de hacerse pasar por santa y de hacer desaparecer la comida del fest’n
preparado por el Alcalde para sus huŽspedes. Su comportamiento antisocial, su
extra–eza mental y verbal, hacen de ella una persona relacionada con la
alteridad, con lo fuera de lo comœn y con lo peligroso. Para acabar ya con este
demasiado largo repaso de incidentes en la comedia dirŽ que para un teatro que
abunda en demonios uno de los factores m‡s extra–os a mi modo de ver es que,
llegado el exorcismo, el pœblico no ver‡ a los demonios. ƒstos, que son varias
legiones, hablan por boca de Catalina (no hay elementos que permitan saber si
la actriz sigui— empleando su voz normal o si habl— de manera m‡s diab—lica), y
al ser arrojados del cuerpo el œnico efecto espectacular es sonoro: ÒAqu’
hay gran ruido de terremoto, morteretes y cajasÓ (acot. v. 2813). A lo largo de la obra hemos
visto como Catalina ha sido el centro de atenci—n tanto de la comunidad en la
que se mueve como del pœblico. Salvando algunos episodios c—micos, casi todos
los discursos ofrecen puntos de vista relacionados con la protagonista. Es sin
duda l—gico, pues se trata aqu’ de la historia de la posesi—n de Catalina, pero
tambiŽn es la historia de una sociedad y de c—mo esa sociedad cierra filas
contra cualquier amenaza. La mec‡nica de la comedia nueva quiere que se cierre
la acci—n con la resoluci—n de las diversas dificultades que se hayan podido
evocar. Dado el hecho de que en la trama cobra cierta relevancia la historia de
amor deseada por Mateo Lorenzo, un final posible hubiera sido el del matrinonio
feliz entre Žste y la tantas veces rescatada Catalina, una vez libre de su
demonios, pero no hab’a de ser as’. No se casa con su fiel admirador. Cuando
tras ser bautizada por el Cura Catalina recobra su verdadera personalidad
descubre un nuevo mundo lleno de alegr’as despuŽs de tantos a–os de pesadilla.
Sin una mirada para Mateo Lorenzo, olvidado por el dramaturgo, Mira de Amescua,
cincuenta versos antes, la protagonista dice:
No hay
cosa que no derrame
alegr’a;
en todos hallo
una
consonancia y orden,
que a Dios
est‡n alabando,
y, por
servirle mejor,
hoy en Santa
Clara, aguardo
el h‡bito.
(vv.
2830-2836)
Sus palabras finales, casi las
œltimas de la obra, resumen muy bien el punto de vista que se busca imponer en
esta comedia. Extirpado el mal, todo vuelve a ser Òconsonancia y ordenÓ y la
persona fr‡gil que sirvi— de recept‡culo y hogar para las legiones infernales
no encontrar‡ un nuevo lugar en el seno de la comunidad. Ayudada por los
demonios, Catalina la Rosela vivi— una vida de manifiesta y pœblica
transgresi—n de las normas sociales de su comunidad con lo cual se ver‡
apartada (por propia voluntad, al parecer) de esa comunidad que perturb—. Tras
su rechazo inicial a creerse hechizada o pose’da acaba, al igual que sus
conciudadanos, siguiendo las indicaciones del cura, plegando su propio punto de
vista heterodoxo al ortodoxo que expone el sacerdote.
Como dec’a al principio, desde
un abanico relativamente amplio de pareceres, los dramaturgos van cerrando las
posibilidades interpretativas de lo que se ve en escena para llegar a una
interpretaci—n sin equ’vocos, sin ambigŸedad, y sin dudas, una especie de
verdad, que constituye el œnico punto de vista aceptable, una cl‡sica vuelta al
orden establecido.
[1] Cotarelo y Mori aboga por una fecha
posterior a 1638 (apud Francisco JosŽ S‡nchez y çlvaro Ib‡–ez Chac—n, p. 339, en Antonio Mira
de Amescua. Teatro completo, vol 6, Agust’n
de la Granja (coord.), Granada, Universidad de Granada-Diputaci—n de Granada,
2006, pp. 347-432). Spencer y Schevill (1937) creen que la fecha de composici—n
se halla en torno al a–o 1639 debido a una referencia a la moda de llevar
copetes, referencia en la que se basa igualmente Cotarelo. Unas posibles
referencias textuales en nuestra obra a La vida es sue–o (ÒAy m’sera de m’, ay infelice!Ó, v.
1822; y el hecho de Catalina estŽ encerrada en un lugar oscuro que recuerda la
prisi—n de Segismundo) quiz‡ indiquen una proximidad temporal con la comedia
calderoniana y deber’amos pues situar la fecha de composici—n hacia mediados de
los a–os 1630; habr’a que suponer que Rojas Zorrilla cita aqu’ a Calder—n
aunque cabe la posibilidad de que don Pedro se inspirara en la escena de Rojas.
Recordemos que Calder—n se inspir—, para el M‡gico prodigioso, en la escena de la muerte de El
esclavo del demonio de
Mira. Tanto Mira como VŽlez murieron en 1644, con la cual tenemos un terminus
ad quem indiscutible.
[3] El primer art’culo, ÒComedias escritas en
colaboraci—n. El caso de Mira de AmescuaÓ se encuentra en Agust’n de la Granja
& Juan Antonio Mart’nez Berbel (eds), Mira de Amescua en candelero.
Actas del Congreso Internacional sobre Mira de Amescua y el teatro espa–ol del
siglo xvii (Granada, 27-30 octubre
de 1994), pp. 329-346; y
el segundo, ÒLenguaje e historia: El pleito que tuvo el diablo con el cura
de MadrilejosÓ, en
Roberto Castilla PŽrez & Miguel Gonz‡lez Dengra (eds.), La
teatralizaci—n de la historia en el Siglo de Oro espa–ol, Actas del III
coloquio Aula-Biblioteca ÒMira de AmescuaÓ celebrado en Granada del 5 al 7 de
noviembre de 1999 y cuatro estudios cl‡sicos sobre el tema, Granada, Universidad de Granada, 2001,
pp. 329-338.
[4] Exorcism and Its Texts. Subjectivity in
Early Modern Literature of England and Spain, Toronto-Buffalo-London, University of Toronto
Press, 2003, pp. 51-56.
[5] Luis Gonz‡lez Fern‡ndez, ÒThe
Physical and Rhetorical Spectacle of the Devil in the Spanish Golden-Age ComediaÓ, London, Queen Mary and Westfield College, 1998, pp. 252-270; Anna
Sinouet, ÒEstudio comparativo de los personajes femeninos en La vida y
muerte de la Monja de Portugal y en El pleito que tuvo el Diablo con el Cura de MadrilejosÓ, Toulouse, UniversitŽ de
Toulouse-Le Mirail, 2004.
[6] Madro–al Dur‡n, ÒUn documento inŽdito relacionado con la comedia El pleito que tuvo el diablo con el cura de MadrilejosÓ, en Agust’n de la Granja (coord.), Antonio Mira de Amescua. Teatro completo, vol. 6, Granada, Universidad de Granada-Diputaci—n de Granada, 2006, pp. 663-680. El documento (pp. 666-680) que narra la historia y las circunstancias relacionadas con el exorcismo va precedido de unas observaciones muy sugerentes acerca del caso.
[7] No dispongo actualmente de datos, pero el protagonismo dado a la figura del Esp’ritu Santo junto con la menci—n aqu’ de la compa–’a de cofrades (y ÒtodasÓ y ÒtodosÓ que implica gran nœmero de figurantes) me lleva a pensar que esta obra haya podido ser una comedia de encargo quiz‡ para la fiesta de PentecostŽs, quiz‡ de alguno de los pueblos mencionados en la obra, ya sea Madrilejos (Madridejos en la actualidad) ya Tembleque. En el siglo diecisiete se fundaron varias ermitas en Tembleque: ninguna de ellas lleva advocaci—n al Esp’ritu Santo.
[8] Recordemos de paso la situaci—n, en un contexto parecido aunque esta vez c—mico, que pinta Lope de Vega al inicio de El acero de Madrid donde los galanes Riselo y Lisardo esperan la salida de la iglesia de Belisa, la amada de Lisardo, en un d’a festivo. En lugar de asistir a misa, los galanes est‡n cerca de la iglesia por motivos de un encuentro amoroso.
[9] Se dirige en griego a Catalina y Žsta, con ciencia diab—lica, entiende el idioma. Sobre las dotes pol’glotas de los posesos ver Kallendorf (2003, pp. 26-29). Fray Luis de la Concepci—n refiere el caso de una mujer anciana y Òcriada toda su vida en las aldeas, o lugares del Valle de Thenas, en los montes PerineosÓ (con lo cual supongo que debemos inferir que no era mujer letrada) que lograba, mediante la ayuda del demonio que la pose’a, discurrir y argumentar en lat’n (Pr‡ctica de conjurar, en que se contienen exorcismos [...], Alcal‡ de Henares, Francisco Garc’a Fern‡ndez, 1673, fol. C4v).
[10] Remito al manual de Fr. Luis de la Concepci—n, fols. C3r-C6r, donde se refiere un caso en el que el exorcista vence al demonio en una justa verbal; acaba Fray Luis con la siguiente descripci—n (modernizo la ortograf’a y suplo tildes): Òhabiendo o’do el demonio el principio de la respuesta, sin querer aguardar m‡s, echando aparente humo y fuego por la boca, ojos y narices de dicha atormentada, de todo punto se apart— dej‡ndola para siempre totalmente libreÓ (C6r).
[11] Segœn revela el documento publicado por Madro–al Dur‡n, el cura de madrilejos, Juan Garc’a, gozaba de fama de exorcista. Ver al respecto ÒUn documento inŽditoÓ, pp. 663-665.
[12] Algunas comedias contienen ecos o citas del rito de exorcismo. Ver por ejemplo Quien mal anda en mal acaba de Juan Ruiz de Alarc—n. Remito igualmente a mi art’culo en prensa ÒEl diablo y el fest’n interrumpido: magia demoniaca y Ôtransubstanciaci—nÕ en dos comedias de Juan Ruiz de Alarc—n y MendozaÓ.
[13] En unos comentarios que dedica al Pleito
JosŽ Manuel Pedrosa, en su documentado y acertado repaso de la figura del
diablo en la literatura ‡urea, afirma que Òel impresionante suceso de posesi—n diab—lica
original qued— diluido dentro de una estructura que provocaba en el pœblico m‡s
risa que espantoÓ , ÒEl diablo en la literatura de los siglos de oro: de
m‡scara terror’fica a caricatura c—micaÓ, en Mar’a Tausiet & James S.
Amelang (eds.), El diablo en la Edad Moderna, Madrid, Marcial Pons Historia, 2004, pp. 67-98,
la cita se encuentra en la p‡gina 92. El aspecto c—mico de la obra no es a mi
modo de ver uno de los que mejor tratamiento recibe por parte de los tres
ingenios, pero el ejemplo citado del mosquito resulta de lo m‡s extra–o en esta
supuesta escena de visiones terror’ficas.
[14] S‡nchez e Ib‡–ez apuntan que ÒLa sangre de la Rojela no tiene sentido si no es como mera marca de horror en tanto que no hab’a tenido un desmayo sangriento, de manera que Rojas identifica la indumentaria y la apariencia de Catalina con la que t—picamente ofrecer’a un cad‡ver exhumadoÓ, p. 345.
[15] Esta cuesti—n la trata largamente
Barbara Creed en The Monstrous-Feminine: Film, Feminism and Psychoanalysis, London & New York, Routledge,
1994.
[16] Pensemos en la figura de la lamia (una breve pero detallada descripci—n se encuentra en Covarrubias en su Tesoro) o, ya en el romancero, de la Serrana de la Vera.
[17] Esto dicho, la profusi—n de sangre en el teatro pod’a ser tambiŽn contraproducente. Ver al respecto Alfredo Hermenegildo, ÒCrist—bal de ViruŽs y los signos teatrales del horrorÓ, Critic—n, 23, pp. 89-109, especialmente la p‡gina 105 y Luis Gonz‡lez Fern‡ndez, ÒAlgunos delitos de sangre en la comedia de santos (y diablos)Ó, en Amaia Arizaleta et al., (eds), Pratiques hagiographiques dans lÕEspagne du Moyen åge et du Si�cle dÕOr, Toulouse, MŽridiennes, pp. 405-418.
[18] Anatom’a y escenificaci—n: La representaci—n del cuerpo humano en el teatro de Calder—n de la Barca, New York, Peter Lang, 2003, p. 100. Todo el cap’tulo segundo ÒEl cuerpo violentado en las obras de Calder—n: enfermedad, castigo y fragmentaci—nÓ es de gran interŽs en relaci—n con la degradaci—n de la protagonista de El pleito.